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Электронная книга - «Historia de una maestra». Краткое содержание книги:

Historia de una maestra es un relato en el que la protagonista rememora con serena lucidez la historia de su vida. Entregada a una profesión que la lleva de pueblo en pueblo, en condiciones casi siempre miserables, Gabriela vive su historia personal sobre el telón de fondo de un periodo decisivo en la historia de España: desde los años veinte hasta el comienzo de la guerra civil.
El advenimiento de la República, con sus promesas de grandes cambios y su exaltación del papel de los maestros en la transformación de la sociedad española, la lucha contra la ignorancia y el caciquismo, la revolución de Octubre vivida en un pueblo minero, la violencia y el brutal desgarramiento familiar, la nostalgia recurrente de la única aventura de su vida, su primera escuela en Guinea… todo ello va conformando la vida de una mujer testigo y protagonista de unos hechos que explican en gran parte los sucesos que vinieron después.
El sueño individual y colectivo, la lucha y las renuncias de los que entregaron su vida para conseguir despertar a un pueblo adormecido transcurren por las páginas de esta excelente novela, que se convierte así en un homenaje a unos personajes olvidadas y sin embargo clave en la historia de España: los maestros de la República.
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Continuaba Marcelina su exuberante charla, y ya estaba yo preguntándome cuáles iban a ser las consecuencias del golpe a Eloisa, inicio del ataque que sobrevino después.

– No es posible la violencia. Nunca la violencia -dije.

Pero Marcelina seguía desgranando su relato con los brazos cruzados sobre el pecho sin decidirse a entrar en casa, detenidas las dos ante la escuela vacía.

– Nunca la violencia -repetí.

Ella dejó de hablar por un momento. Reparó en mis palabras y dijo:

– Es verdad. Las cosas no se arreglan a pedradas. Y encima el año que menos gente había. No sé si usted se ha dado cuenta que ni delante de las casas hay flores amarillas, como en otros años que era una alfombra todo, al paso del Señor. Tengo yo ido con mi Mateo a pelar escobas por el monte y era una gloria verlas cubriendo las calles. Se lo digo a Joaquín, que es renegado para eso de los curas: Pero Joaquín, si es lo que hemos oído en nuestras casas. Si tu madre te enseñó a persignarte, ¿vas a olvidar eso?, ¿vas a empezar a pedradas con eso…?

Caía la tarde cuando Ezequiel bajó sofocado por el calor y los acontecimientos.

– No ha sido nadie conocido. Nadie se responsabiliza. Unos salvajes pero no obedecían a nadie. Nadie ha mandado ese disparate. -Se sentó y se calmó. Luego se me quedó mirando a los ojos, fijamente-. Una mala noticia -dijo-. Don Germán está grave. Le ha dado algo de corazón a consecuencia del susto. A consecuencia creo yo de otras muchas cosas. No es tan viejo pero le va a matar antes de tiempo su República…

Aquella primavera, aquel verano han quedado grabados en mi memoria casi día a día. Me pregunto en mis noches de insomnio: ¿Cuándo empezó todo? ¿En qué momento advertí que Ezequiel abandonaba su independencia, su entrega a la educación para entregarse a una lucha más extensa?

No fue un día concreto. Su cambio no está vinculado a un hecho especial. Me parece que fue un proceso lento que se desarrolló de forma paralela a la marcha de los acontecimientos históricos que nos tocó vivir.

La incapacidad de la República para llevar adelante las grandes promesas de su primer año le habían hundido en el desencanto y la decepción. Pero fue nuestro traslado al pueblo minero y su contacto con personas y situaciones vinculadas a la política lo que le llevó al compromiso. Todas las humillaciones, las ofensas, las limitaciones sufridas desde la infancia se levantaron a un tiempo para alimentar su amargura. Todas las injusticias, las frustraciones, los abusos que veía sufrir a los obreros de la mina, reavivaron el despertar de su conciencia. A través de la educación había esperado transformar a gentes como él, privadas de todo aquello a lo que tenían derecho. Pero ya era tarde, ya no podía esperar. Yo sentía crecer el ímpetu de su rabia. El fracaso total del Frente Único del Magisterio acabó en mayo con todas las tentativas de acción desde el ámbito profesional. «Lee, lee», me dijo un día: «Aquí está el epitafio del Frente Único»

«El temor ridículo», decía el artículo, «a caer en posturas políticas paralizaba todas las actividades. Se desconfiaba de nosotros y se ponían obstáculos a nuestra labor… Se descuidaba sistemáticamente el aspecto de propaganda en la calle, el más interesante. En una palabra el F.U. se había convertido en un organismo burocrático.»

La revista era Trabajadores de la Enseñanza. Hacía un mes que Ezequiel pertenecía a la Federación. Antes de acabar el curso, me dijo: «Voy a afiliarme al partido socialista. Me siento muy de acuerdo con la postura que los socialistas mantienen en cuanto a la República.»

En cuanto a mí, respetaba y comprendía su actitud pero no me sentía capaz de secundarla. Mis sueños, vapuleados como estaban, aún eran los de siempre. Educar para la convivencia. Educar para adquirir conciencia de la justicia. Educar en la igualdad para que no se pierda un solo talento por falta de oportunidades…

– Romanticismo, un gran romanticismo -me dijo Ezequiel.

Luego recitó de memoria la frase de uno de sus líderes:

«Nosotros fuimos a una revolución y el poder cayó en manos de los republicanos y hoy hay en el poder un Gobierno republicano y ya destruye lo que hicimos nosotros.»

Los días de junio eran largos y el verano se instalaba presuroso en las tardes sofocantes. La escuela no acababa nunca. A las cinco de la tarde bajábamos al río mi hija y yo y una corte de niños y niñas nos acompañaba. Recogíamos hojas para nuestros herbarios. Arrancábamos juncos para trenzar cestos que llenábamos de flores. El río bajaba rebosante. La corriente golpeaba las orillas pero había remansos, suaves entradas del agua en el soto que descubrían playas diminutas de guijarros triturados. El agua estaba fría pero los niños chapoteaban en la piscina improvisada, se bañaban entre gritos de miedo y alegría. Bajo las piedras buscaban los cangrejos que se escondían torpones y ciegos. Regresábamos tarde, cuando el sol empezaba a enrojecer, por el oeste, los montes pelados de las minas.

Juana era feliz. Los niños la llevaban de la mano, le hacían saltar charcos, jugar al escondite. Subíamos cantando por la carretera y ella también cantaba transformando palabras y sonidos a su antojo. Algunas tardes elegíamos el bosque y cortábamos peonías rojas, de pétalos curvados y tersos. Con ellas adornábamos la escuela; las colocábamos en latas, en botes, en cacharros de barro. Los niños dibujaban el río y los árboles del bosque y colocábamos sus dibujos en un friso largo que se extendía por las paredes de la clase.

La calurosa plenitud del verano era causa también de pequeñas molestias. Las chinches hacían su aparición y había que bajar al prado los jergones y echar agua hirviendo en los travesaños de madera. El chorro de agua humeante descendía por el somier empinado y las chinches caían indefensas ante nuestros ojos vengativos.

Los domingos de junio organizábamos excursiones cortas para los tres.

Al otro lado del río había praderas y un molino harinero con patos en la presa y gallinas picoteando en las orillas. Extendíamos la merienda sobre un mantel y después de comer nos tumbábamos en la pradera contemplando el cielo luminoso. Quedaba lejos la mina y el pueblo y los problemas inmediatos. Sólo existíamos nosotros y nuestra hija corriendo alegremente por la hierba. Eran unos días cargados de nostalgia anticipada. «El tiempo huye», me repetía. Porque la alegría del presente se tambaleaba ante la incertidumbre del futuro.

Desde el uno de julio Ezequiel nos estaba animando a marchar.

– Tus padres os esperan -afirmó-. Hace meses que no ven a la niña. Tenéis que iros ya. En seguida me tendréis allí. En cuanto deje en orden todo esto…

Y señalaba a su alrededor, a las dos escuelas, desordenadas con el fin de curso, y a nuestra casa que necesitaba una mano de cal para borrar las goteras.

No miraba al mundo que empezaba en la Plaza, pero yo sabía que también necesitaba poner orden allí, en las reuniones de los mineros. Necesitaba participar de la excitación y el bullicio que hervía en aquel espacio encerrado dentro de los límites ambiguos de la clandestinidad, a medias entre el miedo y la osadía.

Por lo demás estaba satisfecho. Un nerviosismo alegre había sustituido la pasividad que antes le sumía en prolongadas pesadumbres. Se mostraba jovial con la niña y conmigo, como si estuviera a punto de emprender un largo viaje desbordante de promesas.

Preparamos el viaje azuzadas por su impaciencia y apenas me quedó tiempo de subir a despedirme de don Germán. Le encontré en un sillón del que no se había movido desde su enfermedad. En tan sólo unos días había envejecido años. Cogió mi mano y la retuvo mucho tiempo entre las suyas.

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