El club De la buena Estrella
- Автор: Tan Amy
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «El club De la buena Estrella». Краткое содержание книги:
Esto no debería haber sido más que un curioso incidente de mi infancia, pero es un recuerdo que acude de vez en cuando a mi mente con una mezcla de náusea y remordimiento. El odio que me inspiraba Arnold había crecido hasta tal punto que finalmente encontré la manera de hacerle morir. Dejé que una cosa se derivara de otra. Desde luego, en conjunto podría tratarse de una serie de coincidencias vagamentes relacionadas y, tanto si así fue en realidad como si no, sé que la intención estaba presente, porque cuando quiero que algo suceda o deje de suceder, empiezo a considerar que todos los acontecimientos son pertinentes, una oportunidad que he de aprovechar o evitar.
Encontré la oportunidad. La misma semana que mi madre me habló del cuenco de arroz y de mi futuro marido, vi una película asombrosa en la escuela dominical. Recuerdo que la maestra había disminuido la iluminación hasta que sólo podíamos ver nuestras siluetas. Entonces, situándose al frente de la sala llena de inquietos y bien alimentados niños chinos nacidos en Estados Unidos, nos dijo:
– Esta película os mostrará por qué debéis dar diezmos a Dios, para que se haga su obra. Quiero que penséis en cinco centavos de golosinas, o la cantidad que gastéis cada semana en caramelos, galletas, dulces… y comparéis eso con lo que ahora vais a ver. Y pensad también en cuáles son vuestras verdaderas bendiciones en la vida.
Entonces puso en marcha el ruidoso proyector. En la película aparecían misioneros en África y la India. Aquellas buenas gentes trabajaban con personas cuyas piernas estaban hinchadas hasta tal punto que parecían troncos de árboles, cuyos miembros entumecidos estaban tan retorcidos como enredaderas en la jungla. Pero la afección más terrible de aquellos hombres y mujeres era la lepra. Sus rostros estaban cubiertos por toda clase de horrores imaginables: hoyos y pústulas, grietas, protuberancias y fisuras que sin duda habían estallado con la misma vehemencia que unos caracoles retorciéndose en un lecho de sal. Si mi madre hubiera estado en la sala habría dicho que aquella pobre gente era víctima de futuros maridos y esposas que se habían negado a comer fuentes enteras de alimentos.
Tras ver esta película hice una cosa terrible. Vi lo que debería hacer para no tener que casarme con Arnold. Empecé a dejar más arroz en mi cuenco y luego amplié mi prodigalidad más allá de la comida china. N o terminaba la tarta de maíz a la crema, el brócoli, las galletas crujientes de arroz o los bocadillos de mantequilla de cacahuete, y una vez, al morder una barra de caramelo y ver sus protuberancias, sus puntos oscuros y secretos, su viscosa cremosidad, también la sacrifiqué.
Me dije que probablemente no le sucedería nada a Arnold, que quizá no cogería la lepra, no iría a África y no moriría, y esto, de alguna manera, contrapesaba la sombría posibilidad de que le ocurriera.
No murió en seguida. Transcurrieron cinco años, a cuyo término yo había adelgazado muchísimo. No dejé de comer por Arnold, del que me había olvidado, sino para seguir la moda y ser tan anoréxica como las demás chicas de trece años que hacían régimen y descubrían otras maneras de vivir una adolescencia sufriente.
Un día estaba sentada a la mesa, esperando que mi madre terminara de envolver el almuerzo que yo siempre tiraba nada más doblar la esquina. Mi padre tomaba su desayuno, comiendo con los dedos: con una mano remojaba los extremos de las tiras de bacon en las yemas de huevo, mientras con la otra sujetaba el periódico.
– Dios mío, escucha esto -me dijo, todavía mojando el bacon.
Entonces me anunció que Arnold Reisman, un muchacho que vivía en nuestro barrio de Oakland, había fallecido a causa de complicaciones tras contraer el sarampión. Acababan de aceptarle en la universidad estatal de Hayward y tenía intención de estudiar podología.
– «Al principio la dolencia causó la perplejidad de los médicos, quienes informan que es muy infrecuente y en general ataca a niños y adolescentes entre diez y veinte años, meses o años después de haber contraído el virus. Según la madre del muchacho, éste ya padeció un sarampión ordinario a los doce años. En esta segunda ocasión, los trastornos empezaron a manifestarse como problemas de coordinación motora y letargo mental, que fueron en aumento hasta que entró en coma. El joven, de diecisiete años, no recobró la conciencia.» -Mi padre dejó de leer y me preguntó-: ¿No conocías a ese chico?
No le respondí, y mi madre comentó, mirándome:
– Ha sido una lástima, una verdadera lástima.
Pensé que podía leer en mi interior y sabía que yo era la causante de la muerte de Arnold. Estaba aterrada.
Aquella noche me di un atracón en mi cuarto. Había cogido del frigorífico un envase de litro de helado de fresa y tomé una cucharada tras otra, forzándome hasta no dejar nada. Más tarde, y durante varias horas, me acurruqué en el rellano de la salida de emergencia, fuera de mi dormitorio, vomitando en el envase vacío del helado, y recuerdo que me pregunté por qué comer algo bueno podía provocarme una sensación tan mala, mientras que vomitar algo terrible podía hacerme sentir tan bien.
La idea de que yo pudiera haber causado la muerte de Arnold no es tan ridícula. Tal vez estaba verdaderamente destinado a ser mi marido, porque, incluso hoy, me intriga que en el mundo, con su caos enorme, puedan darse tantas coincidencias, tantas similitudes y antagonismos exactos. ¿Por qué eligió Arnold para torturarme con sus gomas elásticas? ¿Cómo es posible que contrajera el sarampión el mismo año que yo empecé a odiarle de un modo consciente? ¿Y por qué pensé en Arnold en primer lugar -cuando mi madre miraba mi cuenco de arroz- y luego llegué a odiarle tanto? ¿Acaso el odio no es un simple resultado del amor herido?
E incluso cuando por fin puedo rechazar todo esto por ridículo, sigo pensando que de algún modo, en general, nos merecemos lo que obtenemos. Yo no obtuve a Arnold, sino a Harold.
Harold y yo trabajamos en la misma firma de arquitectura, Livotny y Asociados, sólo que Harold Livotny es un accionista y yo soy una asociada. Nos conocimos hace ocho años, antes de que él fundara Livotny y Asociados. Yo tenía veintiocho y era auxiliar de proyectos. El contaba entonces treinta y cuatro. Ambos trabajábamos en la sección de diseño y construcción de restaurantes de Harned Kelley y Davis.
Empezamos a almorzar juntos para hablar de los proyectos, y siempre pagábamos la cuenta a medias, aunque yo no solía comer más que una ensalada, porque tiendo a ganar peso con facilidad. Más adelante, cuando empezamos a reunimos en secreto para cenar, seguíamos dividiendo la cuenta. Y continuamos así, partiéndolo todo por la mitad. Yo incluso fomentaba ese sistema y a veces insistía en pagar el totaclass="underline" comida, bebida y propina. La verdad es que no me molestaba.
– Eres extraordinaria, Lena -me dijo Harold al cabo de seis meses de cenas, cinco de hacer el amor después de haber comido y una semana de tímidas y bobas confesiones amorosas.
Estábamos en la cama, entre unas sábanas nuevas de color púrpura que le había comprado. Sus viejas sábanas blancas estaban manchadas en lugares reveladores, lo cual no era muy romántico.
Me rozó el cuello con los labios y susurró:
– Creo que no he conocido jamás a otra mujer que sea al mismo tiempo tan…
Recuerdo que sentí una punzada de temor al oír las palabras «otra mujer», porque podía imaginar docenas, centenares de adoradoras ansiosas de pagarle a Harold el desayuno, el almuerzo y la cena para experimentar el placer de su aliento en la piel.
Entonces me mordisqueó el cuello y me dijo precipitadamente:
– Ni ninguna tan suave, tan dulce, tan adorable como tú,
Sentí un deliquio, sorprendida por esta última revelación de amor, extrañada de que una persona tan notable como Harold pudiera considerarme extraordinaria.
Ahora que estoy airada con Harold, me resulta difícil recordar qué era tan notable en él. Sé que tenía buenas cualidades, porque de lo contrario no habría sido tan estúpida de enamorarme y casarme con él. Todo lo que puedo recordar es que me sentía muy afortunada y, en consecuencia, me preocupaba que esa buena suerte desapareciera algún día.