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El último detective

Электронная книга - «El último detective». Краткое содержание книги:

Elvis Cole se enfrenta a uno de los momentos más delicados de su vida: acaba de recibir la llamada de un hombre que asegura tener secuestrado a Ben, el hijo de Lucy, su compañera sentimental. El niño, que estaba al cuidado de Cole mientras su madre se hallaba de viaje, salió al jardín a jugar y pocos minutos después desapareció sin dejar rastro. Según las palabras del hombre que retiene a Ben, el secuestro está relacionado con un oscuro suceso del pasado de Cole. Éste fue el único superviviente de un batallón americano que fue aniquilado en Vietnam, y aunque en su momento fue premiado por su heroicidad, parece que alguien sigue resentido por el hecho. Para complicar aún más las cosas, Cole tiene que enfrentarse con Richard, ex marido de Lucy y padre de Ben, quien además de culparle por lo acontecido entorpece La búsqueda al insistir en la participación de su propio equipo de investigadores. Ayudado por su socio, Joe Pike, y la policía Carol Starkey, Cole se vuelca de pleno en el rescate en una carrera contra el reloj, mientras revive unos espinosos episodios que creía haber enterrado. Robert Crais ahonda en cuestiones vitales al retomar el pasado de su protagonista en esta novela que aúna con acierto una clásica trama detectivesca con un thriller de gran intensidad.
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No tenía muy claro por qué se había presentado allí ni qué quería decir. Tener las ideas claras era muy útil. Últimamente había demasiadas cosas poco claras.

– He visto salir a Elvis.

Ella negó con la cabeza, sin abrir los ojos, todavía apoyada contra la puerta.

– No quiero que ninguno de los dos se inmiscuya. Lo único que vais a conseguir es que empeore la situación de Ben.

– Está pasándolo mal.

– Joder, yo también. Y, además, ¿a ti qué te importa? Ya sé que sufre, y lo lamento.

Él buscó las palabras con prudencia.

– Quiero decirte algo.

El peso del silencio de Pike hizo que Lucy abriera los ojos.

– ¿Qué?

No sabía cómo empezar.

– Quiero decírtelo.

Lucy empezó a ponerse de mal humor y se apartó de la puerta.

– Joder, Joe, nunca dices nada y de repente te presentas aquí dispuesto a hablar. Si quieres soltar algo, hazlo de una vez.

– Te quiere.

– Qué bien. No tenemos ni idea. de lo que le está pasando a Ben, pero a ti sólo te importa lo que sienta Elvis.

Pike la observó detenidamente.

– No te caigo bien.

– No me gusta comprobar que la violencia os sigue a todas partes, lo mismo a ti que a él. Conozco a muchos policías y ninguno vive así. Conozco a fiscales federales y estatales que han pasado años trabajando en acusaciones contra asesinos y jefes mafiosos y a ninguno de ellos le han secuestrado un hijo. Y eso es en Nueva Orleans. ¡Por favor! ¡Y ninguno atrae la violencia como vosotros! No sé cómo he podido ser tan tonta para meterme en un lío como éste.

Pike se encogió de hombros.

– No he escuchado la grabación. Sólo sé lo que nos ha contado Starkey. ¿Te lo crees?

– No. Claro que no -repuso ella-. Ya se lo he dicho a él. Joder, ¿tengo que repetir la misma conversación? -Parpadeó y cruzó los brazos en un gesto enérgico-. Mierda, no soporto llorar.

– Yo tampoco.

Lucy se frotó la cara con fuerza y replicó:

– No sé si lo dices en broma. Nunca sé si hablas en serio o no.

– Si no te crees esas acusaciones, confía en él.

– ¡Me preocupo por Ben! -gritó ella-. No se trata ni de mí ni de él ni de ti. Tengo que protegerme y proteger a mi hijo. No puedo permitir que esta locura controle mi vida. ¡Soy una persona normal! ¡Quiero serlo! ¿Estás tan desquiciado que crees que esto es normal? ¡Pues no lo es! ¡Esto es una locura!

Levantó los puños como si quiera golpearle el pecho. Pike la habría dejado, pero ella se limitó a quedarse quieta, con las manos en alto, hecha un mar de lágrimas.

Pike ya no sabía qué más decir. Siguió observándola por unos momentos y después apagó la luz.

– Enciéndela cuando me haya ido.

Abrió la puerta y salió. Bajó las escaleras sigilosamente y pasó por entre los arbustos, pensando en lo que le había dicho Lucy, hasta llegar al Marquis. Las ventanillas estaban bajadas. Fontenot se había encorvado tras el volante y semejaba un hurón asomado por encima de un tronco. Pike se colocó a tres metros, y él ni se enteró. Por eso Pike lo odiaba, porque había visto a Elvis salir de casa de Lucy y había advertido que sufría. Los momentos vacíos que se arremolinaban en torno a Pike se llenaron de rabia. Su peso, cada vez mayor, se convirtió en una marea. Podía haberlo matado hacía diez minutos y de repente se planteó hacerlo en aquel instante.

Se acercó más al Marquis. Apoyó la mano en la puerta trasera. Fontenot no se enteró. Dio un golpetazo con la mano abierta contra el capó, produciendo un ruido semejante a un disparo. El ocupante del vehículo dio un respingo y buscó apresuradamente su pistola por debajo de la americana.

Pike le apuntó a la cabeza. Fontenot se quedó paralizado al ver la pistola. Se relajó un poco al reconocer a Pike, pero tenía demasiado miedo para moverse.

– Mierda, ¿qué haces?

– Vigilarte.

El rostro de Fontenot flotaba al final del arma de Pike como un globo con una diana dibujada. Pike intentó decir algo, pero la ola de momentos pesados ahogó su voz hasta convertirla en un susurro y estuvo a punto de arrastrarlo.

– Quiero decirte algo.

Fontenot miró a un lado y a otro, como si esperase ver a alguien.

– ¡Me has acojonado, cabrón! ¿De dónde has salido? ¿Y qué coño estás haciendo?

Pike fue vaciando los momentos que caían sobre él. Hizo un esfuerzo para resistirse a la marea.

– Quiero decírtelo.

– ¿Qué?

Los momentos se vaciaron. Pike recuperó el control. Bajó la pistola.

– ¿Qué es lo que quieres decir, joder?

Pike no contestó.

Se fundió con la oscuridad. Al cabo de pocos minutos volvía a estar bajo el árbol del caucho, sin que Fontenot lo supiera.

Se quedó pensando en Luay y en Elvis. La verdad era que Cole nunca le había contado gran cosa, pero si se prestaba atención no hacía falta preguntar. Los mundos que la gente se construía eran un libro abierto que mostraba sus vidas: la gente creaba lo que nunca había tenido pero siempre había querido. Todo el mundo era igual.

Pike se dispuso a esperar. Se dedicó a observar. Existía, sin más.

Los momentos vacíos fueron pasando uno tras otro.

12

Vida en familia

Se llamó Philip James Cole hasta los seis años, cuando su madre anunció, sonriendo como si estuviera ofreciéndole el regalo más maravilloso del mundo:

– Voy a cambiarte el nombre. Vas a llamarte Elvis. Es un nombre mucho más original que Philip James, ¿no te parece? A partir de ahora vas a ser Elvis.

Jimmie Cole no sabía si su madre estaba jugando o no. Quizá fue esa incertidumbre lo que le dio tanto miedo.

– Pero si me llamo Jimmie.

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