Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне

Электронная книга - «La Isla Bajo El Mar». Краткое содержание книги:

La isla bajo el mar de Isabel Allende narra la azarosa historia de una esclava en el Santo Domingo del siglo XVIII que logrará librarse de los estigmas que la sociedad le ha impuesto para conseguir la libertad y, con ella, la felicidad.
Esta es la historia de Zarité, una muchacha mulata que a los nueve años es vendida como esclava al francés Valmorain, dueño de una de las más importantes plantaciones de azúcar de la isla de Santo Domingo. A lo largo de la novela viviremos cuarenta años de la vida de Zarité y lo que representó la explotación de esclavos en la isla en el siglo XVIII, sus condiciones de vida y cómo lucharon para conseguir la libertad. Pese a verse obligada a vivir en el ambiente sórdido de la casa del amo y verse forzada a acostarse con él, nunca se sentirá sola. Una serie de personajes de lo más variopinto apoyarán a nuestra protagonista para seguir adelante hasta conseguir la libertad para las futuras generaciones. Mujeres peculiares como Violette, que se dedica a la prostitución o Loula, la mujer que organiza su negocio; Tante Rose, la curandera, Celestine o Tante Matilde, la cocinera de la plantación: personajes con este punto de magia que dan un ambiente y un color especial a la novela. Los amos desprecian y maltratan a los esclavos. Estos a su vez organizan rebeliones, una de las cuales provoca un incendio en la plantación. Valmorain huye de la mano de Zarité. Ella ha criado a Maurice, hijo de Valmorain que crece junto a Rosette la propia hija de Zarité y su amo. Como esclava, también estará al servicio de las dos esposas de Valmorain: dos personajes totalmente distintos pero muy bien caracterizados por la autora. Conforme avanza la novela nuestro personaje alcanza la dignidad que le corresponde. Vivirá su propia historia de amor y conseguirá la libertad.
Isabel Allende le da voz a una luchadora que saldrá adelante en la vida sin importar las trampas que el destino le tiende.
1 ... 30 31 32 33 34 35 36 37 38 ... 106
Перейти на страницу:

Viajó tres días con sus noches sin más alimento que aquellas mágicas hojas de Tante Rose. La negra bola que llevaba en la boca le adormecía las encías y lo mantenía despierto y sin hambre. De los cañaverales pasó al bosque, la selva, los pantanos, bordeando la llanura en dirección a las montañas. No oía ladridos de perros y eso lo animaba. Bebía agua de los charcos, cuando podía hallarlos, pero debió aguantar el tercer día en seco, con un sol de fuego que pintó el mundo de un blanco incandescente. Cuando ya no podía dar otro paso, cayó un chaparrón del cielo, breve y frío, que lo resucitó. Para entonces iba a campo abierto, la ruta que sólo un demente se atrevería a emprender y que por lo mismo Cambray la descartaría. No podía perder tiempo buscando alimento y si descansaba no podría volver a ponerse de pie. Sus piernas se movían solas, impulsadas por el delirio de la esperanza y la bola de hojas en la boca. Ya no pensaba, no sentía dolor, había olvidado el miedo y todo lo que dejó atrás, incluso la forma del cuerpo de Zarité; sólo recordaba su propio nombre de guerrero. Caminó algunos trechos a pasos enérgicos, pero sin correr, venciendo los obstáculos del terreno con calma, para no agotarse ni perderse, como le había dicho Tante Rose. Le pareció que en un momento lloraba a lágrima viva, pero no estaba seguro, podía haber sido el recuerdo del rocío o de la lluvia sobre la piel. Vio una cabra balando entre dos peñascos con un pata quebrada y resistió la tentación de degollarla y beberle la sangre, tal como resistió la de esconderse en los cerros, que parecían al alcance de la mano, y la de echarse a dormir por un momento en la paz de la noche. Sabía adónde debía llegar. Cada paso, cada minuto, contaban.

Por fin alcanzó la base de las montañas y comenzó el esforzado ascenso, piedra a piedra, sin mirar hacia abajo para no sucumbir al vértigo ni hacia arriba para no desalentarse. Escupió el último bocado de hojas y de nuevo lo asaltó la sed. Tenía los labios hinchados y partidos. El aire hervía, estaba confundido, mareado, apenas podía recordar las instrucciones de Tante Rose y clamaba por sombra y agua, pero siguió trepando aferrado a rocas y raíces. De pronto se encontró cerca de su aldea, en las llanuras infinitas, cuidando el ganado de cuernos largos y aprontándose para la comida que sus madres servirían en la vivienda del padre, el centro del conjunto familiar. Sólo él, Gambo, el hijo mayor, comía con el padre, lado a lado, como iguales. Se estaba preparando desde su nacimiento para reemplazarlo; un día él también sería juez y jefe. Un tropezón y el dolor agudo del golpe contra las piedras lo devolvió a Saint-Domingue; desaparecieron las vacas, su aldea, su familia, y su ti-bon-ange se encontró de nuevo atrapado en el mal sueño de su cautiverio, que ya duraba un año. Ascendió las escarpadas laderas por horas y horas, hasta que ya no era él quien se movía, sino otro: su padre. La voz de su padre repetía su nombre, Gambo. Y era su padre quien mantenía a raya al pájaro negro de cogote pelado que volaba en círculos sobre su cabeza.

Llegó a un empinado y estrecho sendero que bordeaba un precipicio, culebreando entre peñascos y grietas. En un recodo se topó con la sugerencia de escalones tallados en la roca viva, uno de los caminos escondidos de los caciques, que según Tante Rose no desaparecieron cuando los mataron los blancos, porque eran inmortales. Poco antes del anochecer se encontró en una de las temibles encrucijadas. Las señales se lo advirtieron antes de verla: una cruz formada por dos palos, una calavera humana, huesos, un manojo de plumas y pelos, otra cruz. El viento traía una resonancia de lobos entre las rocas y dos negras aves de rapiña se habían unido al primero, acechándolo desde arriba. El miedo que había mantenido a la espalda por tres días, lo atacó de frente, pero ya no podía retroceder. Le castañeteaban los dientes y se le heló el sudor. El frágil sendero de los caciques desapareció de súbito frente a una lanza clavada en tierra, sostenida por un montón de piedras: el poteau-mitan, la intersección entre el cielo y el lugar de más abajo, entre el mundo de los loas y el de los humanos. Y entonces los vio. Primero dos sombras, luego el brillo del metal, cuchillos o machetes. No levantó los ojos. Saludó con humildad repitiendo la contraseña que le había dado Tante Rose. No hubo respuesta, pero percibió el calor de esos seres tan cercanos, que si tendía una mano podría tocarlos. No hedían a podredumbre ni a cementerio, despedían el mismo olor de la gente en los cañaverales. Pidió permiso a Kalfou y Ghédé para continuar y tampoco hubo respuesta. Por último, con la poca voz que logró sacar entre la arena áspera que le cerraba la garganta, preguntó cuál era el camino para seguir. Sintió que lo cogían por los brazos.

Gambo despertó mucho después en la oscuridad. Quiso incorporarse pero le dolían todas las fibras del cuerpo y no pudo moverse. Se le escapó un quejido, volvió a cerrar los ojos y se hundió en el mundo de los misterios, del que entraba y salía sin voluntad, a veces encogido de sufrimiento, otras flotando en un espacio oscuro y profundo como el firmamento en una noche sin luna. Recuperó la consciencia de a poco, envuelto en bruma, entumecido. Se quedó inmóvil y en silencio, ajustando los ojos para ver en la penumbra. Ni luna ni estrellas, ningún murmullo de la brisa, silencio, frío. Sólo pudo recordar la lanza de la encrucijada. En eso percibió una luz vacilante moviéndose a corta distancia y poco después una figura con una lamparita se inclinó a su lado, una voz de mujer le dijo algo incomprensible, un brazo lo ayudó a incorporarse y una mano le acercó una calabaza con agua a los labios. Bebió todo el contenido, desesperadamente. Así supo que había llegado a su destino: estaba en una de las grutas sagradas de los arahuacos, que servía de puesto de vigilancia a los cimarrones.

En los días, semanas y meses siguientes, Gambo iría descubriendo el mundo de los fugitivos, que existía en la misma isla y al mismo tiempo, pero en otra dimensión, un mundo como el de África, aunque mucho más primitivo y miserable, escucharía lenguas familiares e historias conocidas, comería el fufu de sus madres, volvería a sentarse junto a una fogata a afilar sus armas de guerra, como hacía con su padre, pero bajo otras estrellas. Los campamentos estaban salpicados en lo más impenetrable de las montañas, verdaderos villorrios, miles y miles de hombres y mujeres escapados de la esclavitud y sus hijos, nacidos libres. Vivían a la defensiva y desconfiaban de los esclavos escapados de las plantaciones, porque podían traicionarlos, pero Tante Rose les había comunicado mediante misteriosos conductos que Gambo iba en camino. De los veinte fugitivos de Saint-Lazare, sólo seis llegaron hasta la encrucijada y dos de ellos tan mal heridos, que no sobrevivieron. Entonces Gambo confirmó su sospecha de que Tante Rose servía de contacto entre los esclavos y las bandas de cimarrones. Ningún suplicio les había arrancado el nombre de Tante Rose a los hombres que Cambray había apresado.

La conspiración

Ocho meses más tarde, en la casa grande de la habitation Saint-Lazare, murió sin aspavientos ni angustia Eugenia García del Solar. Tenía treinta y un años, había pasado siete desquiciada y cuatro en la duermevela del opio. Esa madrugada su cuidadora se quedó dormida y le tocó a Tété, quien entró como siempre a darle su papilla y asearla para el día, encontrarla encogida como un recién nacido entre sus almohadones. Su ama sonreía y en el contento de morirse había recuperado un cierto aire de belleza y juventud. Tété fue la única que lamentó su muerte, porque de tanto cuidarla había acabado por quererla de verdad. La lavó, la vistió, la peinó por última vez, luego le puso el misal entre las manos cruzadas sobre el pecho. Guardó el rosario bendito en la bolsa de gamuza, la herencia que su ama le había dejado, y se lo colgó al cuello, debajo del corpiño. Antes de despedirse de ella, le quitó una pequeña medalla de oro con la imagen de la Virgen, que Eugenia siempre usaba, para dársela a Maurice. Después fue a llamar a Valmorain.

1 ... 30 31 32 33 34 35 36 37 38 ... 106
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)