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Black & blue

Электронная книга - «Black & blue». Краткое содержание книги:

Tres mujeres jóvenes han aparecido ultrajadas y asesinadas. El criminal se ha guardado como fúnebre recuerdo un objeto de cada una de ellas. Demasiadas coincidencias en tono a una forma de actuar que recuerda a los salvajes procedimientos y la impronta de un asesino en serie que conmocionó a la sociedad escocesa en los años sesenta: el escurridizo John Biblia, cuya verdadera identidad nunca se pudo averiguar. El inspector de policía John Rebus es el vivo reflejo de la frustración de aquellos que no pudieron atrapar a aquel depravado criminal. Ahora está decidido a enfrentarse con alguien que parece querer glorificar la memoria de su macabro predecesor.
En el embarullado curso de la investigación el inspector Rebus topa con otra serie de muertes sin conexión aparente. Un trabajador de la industria del petróleo, un confidente del narcotráfico y un conocido mafioso mueres en extrañas circunstancias; unos sucesos a los que hay que añadir las extrañas implicaciones de personajes de los bajos fondos urbanos y de magnates de las altas esferas del poder económico. Inmerso en varios frentes abiertos, el carácter pendenciero, rebelde y transgresor del inspector le enfrenta además a una investigación interna dirigida por un superior vengativo. Cualquier paso en falso puede acabar con la carrera de Rebus, si bien antes habrá que poner punto final a una obsesión: dar caza a John Biblia.
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– ¿Tiene algún problema con las máquinas?

– Diez segundos, y ya empieza con las preguntas. Espere que traiga unos vasos.

Fue a la cocina y cerró la puerta tras de sí, recogió los recortes de prensa y los periódicos de la mesa y los metió en uno de los armaritos. Enjuagó dos vasos y los secó despacio, mirando a la pared. ¿Qué querría? Información, desde luego. Le vino a la cabeza la cara de Gill. Ella le había pedido un favor y había muerto un hombre. En cuanto a Kayleigh Burgess… tal vez había tenido la culpa del suicidio de Geddes. Salió con los vasos y se la encontró en cuclillas ante el equipo de música, leyendo los títulos de los discos.

– Nunca he tenido tocadiscos -le dijo.

– Me han dicho que se van a poner de moda -comentó él mientras abría el Macallan y servía las bebidas-. Lo que no tengo es hielo, aunque podría arrancar un trozo del congelador.

– Solo está bien -dijo ella, levantándose y cogiéndole el vaso.

Vestía vaqueros negros ajustados, descoloridos en la entrepierna y las rodillas, y una cazadora vaquera forrada de borreguito. Advirtió que tenía los ojos algo saltones y las cejas arqueadas, sin depilar, pensó. Los pómulos marcados.

– Siéntese -dijo.

Ella se sentó en el sofá, con las piernas levemente separadas, los codos apoyados en las rodillas y sosteniendo el vaso a la altura del rostro.

– ¿No es el primero que toma hoy, verdad? -inquirió.

Rebus dio un sorbo y dejó el vaso en el brazo del sillón.

– Puedo dejarlo cuando quiera. ¿No ve? -contestó y le mostró las manos vacías.

Ella sonrió y bebió, observándole por encima del vaso. Rebus trató de interpretar su actitud. ¿Coqueta, descarada, tranquila, expectante, calculadora, risueña?

– ¿Quién le dijo lo de la investigación? -preguntó.

– ¿Quiere decir quién informó a los medios de comunicación o a mí personalmente?

– Lo mismo da.

– No sé de dónde salió, pero un periodista se lo contó a otro y corrió la noticia. A mí me llamó una amiga de Scotland on Sunday que sabía que estábamos cubriendo el caso Spaven.

Rebus se puso a pensar: Jim Stevens, al margen de la escena como si fuera el director de escena. Stevens, destinado en Glasgow. Chick Ancram, de Glasgow. Seguro que Ancram sabía que Rebus y Stevens hacía tiempo…

Cabrón. No le extrañaba que no le hubiera invitado a llamarle Chick.

– Es como un mecanismo.

– Me parece que ya sé de dónde procede.

Sonrió levemente.

Cogió la botella y la dejó al alcance de la mano. Kayleigh Burgess se reclinó en el respaldo del sofá y se sentó sobre las piernas recogidas, mirando en derredor.

– Bonito cuarto. Es muy espacioso.

– Necesita una mano de pintura.

Ella asintió con la cabeza.

– Las molduras, desde luego, y quizá la ventana. Pero yo eso lo eliminaría. -Se refería a un cuadro que había encima de la chimenea; una barca de pesca en el muelle-. ¿Dónde es?

– Un lugar ficticio -respondió Rebus, encogiéndose de hombros.

A él tampoco le gustaba el cuadro pero no hasta el extremo de deshacerse de él.

– Podría también rascar la pintura de la puerta -prosiguió ella-, quedaría bien en su tono natural. Acabo de comprarme un piso en Glasgow -añadió al interpretar su mirada inquisitiva.

– Me alegro.

– Los techos son muy altos para mi gusto, pero…

Se interrumpió al darse cuenta del tono con que Rebus había hecho el cumplido.

– Lo siento. Soy un poco anticuado para chismorrear.

– Pero no para la ironía.

– Tengo mucha práctica. ¿Qué tal va el programa?

– Pensé que no quería hablar de eso.

Rebus alzó los hombros.

– Será más interesante que Bricolaje en casa -replicó, mientras se levantaba para volver a llenar los vasos.

– Va bien -dijo ella, mirándole, pero él no levantaba la vista del vaso-. Iría mejor si usted se dejase entrevistar.

– No -respondió él cuando volvió al sillón.

– No -repitió ella-. Bien, pues con usted o sin usted el programa seguirá adelante. Ya está estructurado. ¿Ha leído el libro de Spaven?

– No soy un gran lector de ficción.

Ella se volvió hacia los numerosos libros que había al lado del equipo de música, que desmentían la afirmación.

– He conocido a pocos presos que no proclamen su inocencia -prosiguió Rebus-. Es un mecanismo de supervivencia.

– Y tampoco se habrá tropezado con un error de la justicia, ¿no?

– He visto muchos. Pero el «error» suele producirse cuando el criminal queda impune. Todo el sistema judicial es un error.

– ¿Puedo citar la fuente?

– Esta conversación es estrictamente extraoficial.

– Pues déjelo bien claro antes de decir las cosas.

– Extraoficial -insistió él, alzando un dedo.

Ella asintió con la cabeza y alzó su vaso para brindar.

– Por los comentarios extraoficiales.

Rebus se llevó el vaso a los labios pero no bebió. El whisky comenzaba a relajarle, fundía el cansancio y su dolorida cabeza. Un cóctel peligroso. Sabía que desde ese momento tenía que ir con mucho más cuidado.

– ¿Algo de música? -dijo.

– ¿Un sutil cambio de conversación?

– Preguntas, preguntas -replicó él, poniendo la cinta Meddle.

– ¿Qué es? -preguntó ella.

– Pink Floyd.

– Ah, me gusta. ¿Su nuevo disco?

– No precisamente.

Le dio pie para que le hablara de su trabajo y cómo se había dedicado a aquella profesión y ella le contó su vida hasta la niñez, interrumpiéndose de vez en cuando para preguntarle algo de su pasado, pero él negaba con la cabeza y la obligaba a seguir con su historia.

«Necesita parar -pensó-; un descanso.» Pero ella estaba obsesionada por su trabajo, y quizás aquella conversación era la máxima concesión que se hacía, sólo porque con él era como si trabajara. Volvió a surgir lo de la culpa; culpa y ética. Le vino a la cabeza una historia: Primera Guerra Mundial, Navidad, los enemigos salen de sus trincheras a darse la mano y jugar un partido de fútbol, para volver de nuevo a las trincheras a coger las armas…

Al cabo de una hora y cuatro whiskies, ella se había tumbado en el sofá con una mano detrás de la cabeza y la otra en el estómago. Se había quitado la cazadora y ahora se subía las mangas de la camiseta: la lámpara convirtió en filamentos dorados el vello de sus brazos.

– Será mejor que llame a un taxi… -dijo con voz queda, con el Tubular Bells de fondo-. ¿Y éste quién es?

Rebus no contestó. Era innecesario: se había rendido al sueño. Podía despertarla, ayudarla a subir a un taxi. Podía llevarla a casa; a aquella hora, Glasgow estaba a menos de una hora de coche. Pero la tapó con el edredón y dejó la música tan baja que casi no se oían las entradas de Viv Stanshall. Fue a sentarse en un sillón junto a la ventana y se tapó con un abrigo. La calefacción de gas caldeaba el cuarto. Esperaría a que se despertase y se ofrecería a llamar a un taxi o bien a hacer de chofer. Ella diría.

Tenía mucho que pensar, mucho que planear. Y una idea para el día siguiente, Ancram y la investigación. Estaba perfilándola, dándole forma, consolidándola. Mucho que pensar…

Le despertó la luz de las farolas de la calle y tuvo la sensación de no haber dormido mucho; miró hacia el sofá y vio que Kayleigh no estaba. Iba a cerrar de nuevo los ojos cuando advirtió que en el suelo estaba la cazadora vaquera.

Se levantó medio adormecido; ahora deseaba despejarse. La luz del recibidor estaba encendida y la puerta de la cocina, abierta. También había luz…

La encontró junto a la mesa, con dos paracetamol en la mano y un vaso de agua en la otra. Y los recortes de prensa esparcidos, delante. Dio un respingo al verle y a continuación fijó la mirada en la mesa.

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