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Un asesino irresistible

Электронная книга - «Un asesino irresistible». Краткое содержание книги:

Martina de Santo, nuestra detective más internacional, ha sido ascendida al cargo de inspectora. Como tal, tendrá que resolver el extraño asesinato de la baronesa de Láncaster, cuyo cadáver, abandonado en un prado, muestra señas de haber sido atacado por un criminal y por un animal salvaje simultáneamente. Al hilo de la investigación, Martina se introducirá en el cerrado y excéntrico mundo de la aristocracia española, contemplará sus grandezas y sus miserias y las luchas cainitas por mantener sus privilegios. Una trama perfecta de Martina, quien tendrá que aplicarse a fondo para solucionar este nuevo y fascinante enigma.
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Aprensiva, Dalia midió las olas a simple vista. Las más altas se elevaban hasta los tres metros. Aquella zona de la playa no estaba aconsejada para deportes náuticos. Tenía corrientes, una fuerte resaca y rocas cuyos filos cortaban como serruchos.

– ¡Martina! ¡Contesta!

No había rastro de ella en la inquietante superficie del mar. Dalia notó cómo su incertidumbre iba evolucionando hacia algo parecido al terror.

¿Y si a Martina le hubiese sucedido algo irreparable?

40. El paraíso de Dalia

No podía decirse que Martina de Santo fuera una de sus mejores amigas, pero Dalia y ella se conocían desde la infancia.

Dalia siempre había mantenido con Martina una relación especial. De niña, Martina era un terremoto de actividad y una fuente de conflictos. Se rebelaba contra cualquier norma. Con las monjas tuvo serios problemas. Llegó a sufrir alguna expulsión temporal, hasta que su padre, el embajador, se la llevó a Londres.

También en la adolescencia, Dalia y Martina habían compartido episodios y experiencias. A partir de la etapa universitaria, sus vidas apenas volvieron a coincidir.

Hacía algunos años que no se veían. Se habían perdido la pista por completo. De hecho, la decoradora ni siquiera sabía que Martina era policía.

En su reciente reencuentro -habían coincidido en una de las tiendas de muebles donde se vendían diseños de Dalia-, ésta le había hablado con entusiasmo de su paraíso de Ossio de Mar. Martina solía perderse de vez en cuando por aquellos parajes. En parte por curiosidad, en parte por complacer y recuperar a una amiga a la que realmente apreciaba, se había comprometido a aceptar su invitación en cuanto tuviese un día libre.

– Realmente, es un paraíso -fue lo primero que Martina dijo al llegar, en cuanto hubo bajado del coche y admirado el idílico entorno de la cabaña.

Tras su fachada posterior, se elevaba el bosque. Hacia el norte, en dirección al mar, serpenteaban las dunas. Un intenso olor a plantas aromáticas invitaba a respirar y a pasear.

– ¿Cómo descubriste este lugar?

Dalia le confió que un buen día, casi de la mañana a la noche, harta de la contaminación y de las incomodidades de la ciudad, había tomado la decisión de romper con su rutina (también, de paso, con su pareja) e instalarse en un paraje natural. Tuvo la posibilidad de hacerlo porque a la muerte de su madre había heredado aquellos prados colindantes a la reserva, que su familia venía arrendando para usos ganaderos. La cabaña quedó instalada en un claro.

– Resultó bastante más confortable en cuanto hube trasladado unos cuantos muebles, pero la belleza del paisaje es difícil de superar.

El pueblo, Ossio, encantaba a Dalia. Nada le gustaba tanto como perderse por sus calles de piedra. Para que su proceso de adaptación fuese completo, el párroco le había alquilado la antigua Casa de Juventud -cerrada, paradójicamente, por falta de jóvenes-, a fin de transformarla en un estudio de decoración. Ella misma, con ayuda de un albañil, había ejecutado la reforma. El estudio había quedado muy original. Abría a la plaza de la Iglesia, junto al Café La Joyosa.

– De modo -había concluido Dalia- que, en menos de tres meses, con una casa al aire libre y un lugar perfecto para diseñar y trabajar, me encontré disfrutando de una nueva vida.

Y, en tan sólo un semestre más, confesó la decoradora a su amiga Martina, de una cuenta corriente saneada. Ahora que ya llevaba casi un año instalada en Ossio de Mar, estaba ganando más allí que en la ciudad. Sus clientes se multiplicaban. Al principio, únicamente recibía encargos de la gente del pueblo, pero la fama de sus reformas, proyectando la habilitación de viejas casonas, convirtiendo apriscos y hórreos en posadas y habitaciones de ensueño, se había ido extendiendo por comarcas vecinas. Los nuevos propietarios que aspiraban a gozar de privilegiadas vistas a la costa adecuando viejas vaquerías oían hablar de ella y algunos la contrataban. Una recomendación llevaba a la siguiente y el trabajo se multiplicó. En un nuevo paso, Dalia apostó por asociarse con una familia de pequeños constructores. El equipo funcionó muy bien y pronto estuvieron desbordados.

Un buen día, Dalia descolgó el teléfono y se encontró hablando con Covadonga Narváez, duquesa de Láncaster, a la que sólo conocía por las revistas del corazón.

La duquesa quería hacer reformas en el palacio y una amiga suya le había recomendado los servicios de Dalia. La decoradora mantuvo una entrevista con doña Covadonga y aceptó el trabajo. Era un proyecto ambicioso. Sumado a los que venían acumulándose sobre su mesa, la obligó a contratar a otros dos ayudantes. A pesar de todo, Dalia tuvo que hacer horas extras y decidió instalar una cama en el estudio, aunque siempre que podía regresaba a dormir a su cabaña del bosque.

Situada a unos ochocientos metros de las dunas, la casita de Dalia era, en realidad, una de esas construcciones prefabricadas de una planta que pueden instalarse en cualquier lugar si a su propietario no le importa prescindir de calefacción, agua caliente o luz eléctrica. Las buenas relaciones de su propietaria con el Ayuntamiento de Ossio y con los forestales de la reserva le habían franqueado los permisos necesarios para instalarse en aquel hermoso y pintoresco lugar, aunque por completo aislado.

Con la salvedad del convento de las Hijas de la Luz, perdido en mitad del bosque, y de la mansión Láncaster, en las inmediaciones no había vecinos.

El pueblo, Ossio, quedaba a unos seis kilómetros. Sin prisa, y con unas buenas botas, se podía llegar caminando. Dalia había dado a menudo ese paseo por placer, pero prefería coger la bicicleta, recorrer la pista forestal, atravesar el Puente de los Ahogados, cuya soledad y misterio le comunicaban una deliciosa e infantil sensación de temor, y seguir pedaleando por la ribera del Turbión hasta aparcar en la plaza de la Iglesia, en uno de cuyos chaflanes abría su firma.

Se sentía ocupada, gratificada, feliz. Una creciente sensación de bienestar la iba embargando. Sólo le pedía a la vida que el día siguiente fuese tan completo como el anterior. Y, quizá, que le trajese una nueva propuesta sentimental, una relación amorosa a la medida de sus renovadas y eufóricas sensaciones.

41. Dos amigas en una cabaña

El viento seguía soplando con fuerza. Nuevamente Dalia intentó encender un cigarrillo, pero las cerillas parecían apagarse y explotar al mismo tiempo.

La decoradora ya no podía dominar su inquietud. Estaba a punto de abandonar la playa y salir corriendo en busca de ayuda cuando descubrió a Martina. Era, al menos, una silueta de mujer la que acababa de surgir entre las olas, justo en la línea de las rompientes…

– ¡Deja de hacer locuras! -le gritó Dalia, agitando los brazos por encima de su cabeza en dirección al mar-. ¡Vuelve!

Martina no podía oírla. Dalia la vio surfear, agachándose hasta rozar el agua, para elevarse con la tabla pegada, dibujar un escorzo en el aire y dejar a la ola que venía detrás la tarea de engullirla. Cinco segundos más tarde, y veinte o treinta metros más allá, cerca de las puntiagudas rocas, resurgió del túnel de agua, ensayó otra pirueta y se precipitó de cabeza, clavando la figura al caer. La tabla saltó como un potro salvaje. La inspectora, simplemente, desapareció en el mar.

– ¡Déjalo ya, Martina! -volvió a gritar Dalia; la resaca había provocado un escalón en la arena y el mar de fondo era ensordecedor-. ¡Las olas son enormes, regresa de una vez!

La inspectora había conseguido recuperar el dominio de la tabla. Tumbada sobre ella, dirigió a su amiga una tranquilizadora seña y comenzó a remar hacia la playa. Otra espuma la devolvió con limpieza a la orilla.

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