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El reinado de witiza

Электронная книга - «El reinado de witiza». Краткое содержание книги:

El argumento arranca de un misterioso hecho acaecido en el cementerio municipal de Tomelloso. Antonio El Faraón, popular comerciante de vinos del pueblo, había abierto recientemente un nicho de su propiedad para que se aireara de cara a la inminente toma de posesión del mismo por parte de su señora suegra (todo un detalle de amor filial y de afición a la limpieza, sin duda). Pues bien, un día el susodicho nicho amanece tabicado. El Faraón acude a denunciar ante los municipales el tan extraño como vergonzoso atentado contra su patrimonio. Desplazados al lugar el Jefe de la Policía, su ayudante oficioso y el médico forense se ordena al encargado del camposanto romper la pared para comprobar qué sorpresa aguarda dentro. Y en el hueco -tampoco voy a engañar a nadie- aparece lo que cabe esperar que aparezca al abrir un nicho: un cajón con su correspondiente muerto incorporado. Empieza entonces en Tomelloso el llamado reinado de Witiza en recuerdo de aquella frase con la que los manuales escolares de la época comenzaban a evocar la figura de aquel monarca visigodo: Oscuro y tormentoso se presentaba el reinado de Witiza… Pues oscura, muy oscura y bastante tormentosa se presenta también para Plinio la investigación sobre la identidad de un cadáver anónimo, sobre la causa de su muerte y sobre sus posibles asesinos y, especialmente, sobre las razones que llevaron a darle sepultura de aquella forma.
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Pararon ante la puerta del Ayuntamiento bien pasado el mediodía. La gente que paseaba o platicaba haciendo corros miró con expectación la llegada de los dos coches. Plinio intuyó que la noticia del robo del cadáver había corrido por el pueblo. En efecto, cuando se apeó, don Lotario, que había llegado primero, le dijo:

– Manuel, todo el mundo lo sabe.

El agente Rovira apareció descompuesto en la puerta del Ayuntamiento y miró a Plinio con aire de reto.

– Ya está aquí otra vez el pobre difunto -le dijo Plinio sonriendo.

Rovira no respondió, pero se apreció muy bien que el aliento le había vuelto al cuerpo. El fotógrafo y el redactor de "El Caso" se acercaron al Land Rover.

– Por allí vienen el alcalde y el Juez – le señaló el veterinario.

– ¡Qué barbaridad! ¡Qué recibimiento! – le respondió en voz baja.

En efecto, el alcalde y el Juez, que sin duda acababan de salir de misa, cruzaban la plaza a buen paso en dirección a ellos. Rovira se cercioró de que el muerto venía en el coche.

Plinio, como vio que la gente lo cercaba, dijo a la pareja que había en la puerta.

– Traigo aquí dos detenidos. Haceos cargo de ellos.

Los guardias se aproximaron al coche.

– Ponedlos separados… En calabozos distintos. No jorobéis.

– Ande, Manuel – dijo el alcalde -, vamos dentro que nos explique.

– ¿No decía usted que no había visto todavía al muerto? – le preguntó Plinio a su vez -. Pues échele un vistazo, ahora que lo tiene en la puerta de su casa.

– ¿Pero está ahí?

– Aquí está el pobrecico.

Se subió al coche y con gran esfuerzo sacó el cuerpo de debajo el asiento, ayudado por Cerezo. Levantó luego la manta y mostró el rostro al alcalde. Éste, después de mirar unos momentos, dijo:

– La verdad es que ya lo conocía por las fotos.

Se oyó la voz del Faraón que llegaba sudoroso:

– ¿Pero qué ha pasado con mi muerto, Manuel?

Los que estaban próximos, que eran muchos, empezaron a reír.

– ¿Yo qué hago, Jefe? – le preguntó Cerezo.

– No sé si el señor Juez querrá algo de ti. Espérate un rato. De momento podías acabar la faena y llevar el muerto al Depósito.

– ¿Yo solo, Jefe?

– No, hombre, con dos guardias. Maleza, que acompañen dos hombres a Cerezo al Cementerio. Dejáis el cuerpo en el Depósito, cerráis la puerta con dos vueltas, y dais la llave a Matías. Al regreso, Cerezo, me esperas aquí abajo.

Cuando entraba Plinio tras el Juez y el alcalde entre la mayor expectación, don Lotario, que estaba medio oculto, se aproximó a él y le confidenció:

– Oye, Manuel, que está ahí Juaneque. Y quiere hablar contigo.

Plinio quedó pensando un momento.

– ¿Por qué no me esperan ustedes en la bodega de Braulio? Yo voy al contao que despache.

– Vale.

El Faraón decía a un grupo de amigos que le rodeaban viendo a don Lotario hablar con el Jefe:

– El veterinario, desde que no hay muías, porque casi todos nos hemos tractorizado, vive a sus anchas. Fuera de las cuatro chapuzas, puede dedicarle el día entero a su Plinio. Mira que es hombre de carrera e instruido, sin embargo, para él, después de Dios, Plinio.

Como viera el Faraón que don Lotario, Juaneque y otro mozo se iban calle del Campo adelante, le picó la curiosidad y dejando a sus escuchantes con la palabra en el oído, echó tras ellos.

Plinio no marchó a la bodega de Braulio en seguida de contar a las autoridades lo ocurrido en aquella espesa mañana, como hubiera sido su deseo. Tuvo que denunciar formalmente a los ladrones del muerto, suavizar a Rovira, que se volvía a Alcázar, y encargarle que asistiesen en la Comisaría de Valladolid. Tuvo además que darles algunas noticiejas a los de "El Caso", pasar revista a sus hombres uniformados de verano y otras menudencias del servicio.

Cuando tomó derechura por la calle del Campo eran ya más de las dos y sentía el estómago lacio como una bufanda.

Como le habían dejado el postigo de la portada entreabierto, pasó derechamente a la cueva. Apenas pisó la umbrosa escalera de tierra sintió el fresco vivificador y el aroma del vino del año que preñaba aquella atmósfera.

– ¡Aquí, Jefe, a poniente! – le gritó el Faraón desde la oscuridad.

Plinio subió por la escalera de mano hasta el empotre con aire derrotado. Las viejas maderas crujían bajo sus pies. Allí, casi en la proa de la cueva, estaban los cinco hombre sentados entre dos tinajas, echando rondas de vino con el mismo vaso como es uso, y comiendo de las berenjenas que ofrecía Braulio en una fuente muy historiada.

Braulio, el filósofo, lo recibió en pie, alargándole con una mano el vaso de vino y con la otra las berenjenas de Almagro:

– ¡Bien llegada sea la flor de la detectivesca manchega!

Plinio, antes de saludar, se echó al coleto el vaso que le ofrecían, paladeó con gran sonoridad, volvió a llenar y a beber sin esperar rueda; y después de desabrocharse la guerrera, dejar la gorra en el empotre y sentarse en la tinaja próxima, a media anqueta, la emprendió con una berenjena gorda como maza de bombo, rezumante de vinagre, y con su rebaba de guindilla flequeando.

Para matar el fuego berenjenero y morisco, se trasladó otro vaso que le ofreció su cuidador y huésped Braulio el Mochales, y empezó la lianza de cigarros a cuenta de la petaca del mismo.

Cuando Plinio concluyó todas sus labores de boca y buche, las lumbres de los cigarros jugaban en la oscuridad de la cueva y los humos azules, como bien educados, tomaban el derecho derrotero de la lumbrera, dijo:

– Bueno, Juaneque, explícame el resultado de tus averiguaciones:

– Pues verá usted, como ya le dije que recordaba muy mal la casa y la calle donde vi el cajón, me busqué aquí a Julián – dijo señalando al otro – que es el compañero que conduce la camioneta del maestro. Le expliqué de qué se trataba, pero él recordaba muy poco más que yo, aunque sí tuvo la corazoná desde un principio de que pudo ser en la calle de San Luis.

Julián tenía el cuello muy largo y una nuez colosal que le botaba sobre el cuello de la camisa, particularmente cuando hablaba. Llevaba una boinilla insignificante y sus manos eran tan enormes y huesudas que más se iban los ojos a ellas que a cualquiera otra parte de su cuerpo, con ser todas de pareja o de mayor fealdad.

– Entonces – siguió Juaneque, que parecía llevar muy amarrado su discurso – nos hemos recorrido, como quien dice palmo a palmo, la calle de San Luis… Y no hemos querido preguntar nadica, ¿usted me entiende?, por no levantar sospechas – y se llevó el dedo al párpado en señal de perspicacia -, eso lo dejamos para usted, pero… estamos los dos casi de acuerdo, ¡digo yo! – y miró a Julián.

– De acuerdo del to que fue en el número x o en xx de la calle de San Luis.

– ¿Sabéis quién vive en esas casas?

– Pues sí, señor. En una vive Federico Gotera, el Mealiebres por mal nombre. Y en la otra…

– En la otra – se precipitó Julián -, Jacinto, el Pianolo, también por mal nombre.

El Faraón, que hasta el momento estuvo sin saber muy bien de qué iba la cosa, al oír el nombre de Jacinto el Pianolo levantó la mano y dijo:

– Un momento, señores, y perdonen la introdución. ¿Se puede saber lo que están ustedes averiguando…? Porque ese Pianolo me ha sonado tan mal que estoy tocando madera.

Y desacomodándose un poco, puso la mano sobre la barandilla del empotre.

Plinio, al que se le había aguilizado el perfil al ver la reacción del Faraón, le explicó en pocas palabras la diligencia en que andaban sobre la caja o cajón que en una casa de la calle de San Luis descargaron noches atrás.

El Faraón, que había escuchado al Jefe con la boca abierta y su rosácea lengua sobre el labio de abajo, poniendo de pies su rotonda figura, empezó a decir en tono de lamento:

– ¡Ay, mama mía! ¡Ay, mama mía! ¿Y cómo no se me habrá ocurrido a mí antes pensar en este hijo de caballo blanco? ¡La leche!… ¿Conque viste descargar la caja del muerto en la puerta del Pianolo?

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