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El Monje Desaparecido

Электронная книга - «El Monje Desaparecido». Краткое содержание книги:

La abadía de Imleach, al suroeste del reino irlandés de Muman, se está convirtiendo en un serio rival de Armagh como centro de la fe, gracias sobre todo a las reliquias que conserva. Por ello, las sospechas se dirigen sólo en una dirección cuando se producen simultáneamente dos enigmáticas desapariciones que tal vez estén vinculadas: por un lado, el monje más veterano de la abadía parece haber sido raptado, pero, por si fuera poco, las preciadas reliquias, de gran valor simbólico tanto religioso como político, han sido robadas, lo cual puede tener consecuencias muy indeseables.
Se trata sin duda de una investigación muy delicada, pues un error en la identificación de los culpables puede ser desastrosa, y además nadie consigue hallar la más mínima pista. Hasta que llegan a la abadía sor Fidelma y su inseparable Eadulf.
Paso a paso, con cautela, Fidelma va descubriendo una de las más siniestras conspiraciones con la que jamás se ha enfrentado, en la que intervienen hombres que parecen no detenerse ante nada, ni siquiera ante el asesinato más despiadado, para alcanzar sus objetivos. Sin duda, la novela más terrorífica y emocionante (de momento) de una serie espléndida.
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Eadulf apretó los labios, irritado consigo mismo por no haber caído en algo tan evidente, y dijo:

– Otra pregunta: ¿por qué nos hemos detenido aquí?

Fidelma lo miró con una sonrisa enigmática y asomó la cabeza sobre la pared del edificio para volver a mirar hacia la calle.

– La respuesta está de camino.

En aquel momento, uno de los carreros de la taberna de Cred -el de Cashel, que la había identificado- venía corriendo por la calle, mirando a todos lados como si buscara algo.

– Una persona puede decir tantas cosas con los ojos, como con la boca y las manos -susurró Fidelma a Eadulf.

Cuando el carrero llegó a la altura de ellos, Fidelma tosió. Lanzó una mirada aturdida hacia donde estaban. Entonces, sin advertir su presencia, se agachó sobre una rodilla y empezó a toquetearse la bota.

– Fingid que no estáis hablando conmigo -le pidió a Fidelma con un susurro silbante-. Hay ojos y oídos por todas partes.

– ¿Qué queréis de nosotros? -preguntó ella, volviendo la cabeza como si estuviera hablando con Eadulf.

– No os lo puedo explicar aquí. ¿Conocéis el pozo de Gurteen, un pequeño campo de cultivo?

– Queda a menos de dos kilómetros al noreste de aquí. Si os adentráis por un sendero hacia los bosques de tejos, llegaréis a un campo labrado que linda con un muro de mampostería. El pozo está al otro lado del muro. Es imposible perderse.

– Lo encontraremos.

– Estad allí al anochecer y hablaremos. No digáis nada a nadie sobre este encuentro. Nos pondría en peligro a todos.

Entonces, el carrero se irguió otra vez y se alejó andando tan tranquilo, como si sólo se hubiera detenido a atarse la bota.

Eadulf cruzó la mirada con Fidelma.

– ¿Creéis que es una trampa? -opinó.

– Pero, ¿para qué querría el carrero hacernos caer en una trampa?

– Porque él y sus amigos podrían creer que sabemos más de lo que parece -sugirió Eadulf.

Fidelma consideró el comentario un momento con la cabeza inclinada a un lado.

– No, no creo. El miedo que tenía de que le vieran hablando con nosotros parecía sincero.

– Bueno, pues yo creo que es peligroso ir allí… y nada menos que al anochecer. Es una trampa de zorros.

Fidelma le dijo con una sonrisa burlona:

– Y el zorro nunca hallaría mejor mensajero que yo.

Eadulf gimió de impaciencia al oír otro de los axiomas de Fidelma.

– ¿Por ventura no tendréis otro proverbio en este país, como… «no enseñes los dientes hasta que no puedas morder»? -preguntó con sarcasmo.

Fidelma se rió entre dientes.

– Bien dicho, Eadulf. Veo que vais aprendiendo… Pero esta noche estaremos en el pozo de Gurteen al anochecer.

CAPÍTULO XI

Caía la tarde cuando Fidelma y Eadulf salieron de la abadía. Tras asegurarse de que nadie los observaba, empezaron a seguir las indicaciones que el carrero de Samradán les había dado para llegar al pozo de Gurteen. Como había sido un día cálido y se percibía que la noche iba a ser fría, una tenue neblina se estaba levantando en los campos del lugar. Nada se movía, ya que no soplaba el viento, ni siquiera una brisa nocturna que hiciera susurrar a árboles y arbustos.

Habían decidido ir andando desde la abadía, en vez de a caballo, porque Fidelma consideraba que de este modo la salida no llamaría tanto la atención. Eadulf se había llevado con él un bastón rígido, un bordón que un peregrino había desechado y que él había encontrado por el monasterio. Convenía llevar algún medio de protección. Por las noches rondaban lobos por el campo, y se sabía que alguna vez habían atacado a algún solitario caminante. En ocasiones había tantos en florestas y refugios, que en épocas de hambruna podían ser un temible peligro para poblaciones enteras y mucho más para quienes moraban en granjas aisladas.

Cuando iban por el sendero, un aullido solitario surcó el aire. Eadulf agarró con más fuerza el bastón y miró hacia el lugar de donde venía el gemido, que recordaba el canto de una sirena.

– Ahora comprendo por qué en irlandés se le llama glademain a una manada de lobos -observó con una mirada ansiosa.

La palabra venía de glaid, que significaba «grito»; de ahí glademain, es decir, «grito de lobos».

– Su forma de aullar resulta extraña y cautivadora -reconoció Fidelma-. En ocasiones, ha habido gente que se ha sentido seducida hasta el extremo de olvidar cualquier peligro. Es el único animal realmente peligroso del campo. Muchos nobles organizan cazas anuales para que no aumenten.

Un perro se echó a ladrar como reacción a los aullidos del lobo.

– Bueno, ése es otro peligro -se corrigió Fidelma-. Por ley y por costumbre, a primera hora de la mañana se ata a los perros, pero de noche, al apriscar al ganado, se les suelta para proteger la granja y alrededores. A veces pueden atacar de forma tan salvaje como ese «hijo del campo» al que habéis oído ulular.

Eadulf iba a decir algo cuando volvió a oír el siniestro aullido del lobo. Esperó a que cesara.

– Conozco muchas maneras de llamar a un lobo, pero «hijo del campo»… ¿por qué? -preguntó, sintiendo un leve escalofrío.

– Se me ocurren cuatro nombres para designar al animal, así como para la manada. Se le llama mac-tíre, «hijo del campo», sencillamente por alusión al hecho de que ronda los bosques salvajes y los refugios.

Entonces se detuvo en seco y le hizo una seña para que él también lo hiciera.

– Ahí delante -dijo a media voz-. Creo que ahí está el campo labrado al que se refería el carrero de Samradán. El pozo debe de estar cerca.

El resplandor de la luna, junto con la neblina del suelo, daban cierta luz al campo. De hecho, la niebla no había subido más de unos centímetros. Se arremolinaba entre la parte más baja de sus piernas, como si caminaran por aguas someras. Eadulf dirigió la vista adónde le indicaba Fidelma con el brazo extendido y vio en la penumbra un cercado rectangular claramente marcado por los árboles de alrededor.

– Debe de ser eso de ahí -coincidió Eadulf, señalando una rama grande y curva.

Era evidente que la había plantado alguien, y se alzaba sobre el suelo neblinoso a una altura de unos tres metros. Al fondo vieron una cuerda, de la que colgaba un cubo.

Fidelma volvió a tomar la iniciativa encaramándose al muro de piedra, que era de poca altura, para saltar al campo y cruzar el suelo húmedo y arado en dirección al pozo.

– Parece que aún no ha llegado nadie -se quejó Eadulf, tratando de ver en la penumbra que lo rodeaba.

Aún no había acabado de decir esto, cuando reparó en un movimiento al otro lado del brocal que señalaba la boca del pozo, una pared baja, hecha con piedras de varios tamaños apiladas sin mortero.

– ¿Quién va? -preguntó Fidelma.

Se oyó una tos espasmódica y luego la voz del carrero de Samradán saludándoles.

Fueron al otro lado del pozo y hallaron al hombre sentado en el suelo, con la espalda apoyada en el brocal. Estaba con las piernas tendidas frente a él, y los brazos caídos a ambos lados del cuerpo.

No podían discernir su aspecto a causa de la escasa luz.

– Esperaba que fuerais a llegar antes -dijo el hombre, subiendo la voz.

Fidelma lo miró con el ceño fruncido.

– ¿Os ocurre algo? -le preguntó al ver que no se levantaba.

– No me queda mucho tiempo -dijo el hombre con impaciencia-. Callad y escuchad lo que tengo que deciros.

Fidelma y Eadulf se miraron con perplejidad.

Volvió a oírse el aullido quejumbroso del lobo, al que se unieron otros.

– Hablad, pues -le invitó Fidelma, sentándose sobre la pared-. ¿Qué queréis de nosotros?

Eadulf no se movió de donde estaba, sin soltar el bastón, observando con preocupación cómo iba cerrándose la noche.

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