El puente de los asesinos
- Автор: Перес-Реверте Артуро
- Серия: La flotte perdue: Par-delà la frontière #7
- Год: 2011
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические приключения
Электронная книга - «El puente de los asesinos». Краткое содержание книги:
«Diego Alatriste bajó del carruaje y miró en torno, desconfiado. Tenía por sana costumbre, antes de entrar en un sitio incierto, establecer por dónde iba a irse, o intentarlo, si las cosas terminaban complicándose. El billete que le ordenaba acompañar al hombre de negro estaba firmado por el sargento mayor del tercio de Nápoles, y no admitía discusión alguna; pero nada más se aclaraba en él.»
Nápoles, Roma y Milán son algunos escenarios de esta nueva aventura del capitán Alatriste. Acompañado del joven Íñigo Balboa, a Alatriste le ordenan intervenir en una conjura crucial para la corona española: un golpe de mano en Venecia para asesinar al dogo durante la misa de Navidad, e imponer por la fuerza un gobierno favorable a la corte del rey católico en ese estado de Italia.
Para Alatriste y sus camaradas -el veterano Sebastián Copons y el peligroso moro Gurriato, entre otros-, la misión se presenta difícil, arriesgada y llena de sorpresas. Suicida, tal vez; pero no imposible.
– Ven.
Salimos, y el capitán cerró la puerta. Allí me detuvo, cogiéndome por el jubón. Estaba muy cerca, y aún aproximó más su rostro al mío. Casi me rozaba con el mostacho.
– Escucha… Si nos van a la huella, todo puede irse al diablo. Caeremos como ratas. Un centenar de vidas, entre ellas las de Sebastián, el moro y los camaradas, dependen de esto -abrí la boca para protestar, pero me acalló negando con la cabeza-… No quiero que el barrachel de la Inquisición me caiga encima con veinte corchetes, sin tiempo a defenderme, y acabar comiendo el pan de San Marcos antes de que me estrangule en secreto el verdugo, como acostumbran aquí.
Me dejó un instante de silencio, para que calase la idea. Después miró hacia la puerta del cuarto donde aguardaba donna Livia.
– No tenemos elección -bajó la voz hasta un susurro-. Es la muchacha contra todo lo demás.
Aquello me subió la pólvora al campanario. Con movimiento brusco, le aparté la mano que aferraba mi jubón.
– Me da igual. No pienso consentir…
– ¿No piensas, qué?
Me agarró de pronto, empujándome sin miramientos contra la pared. Y cuando me tuvo allí, rápido como un relámpago, desenvainó la daga y me la puso en el cuello.
– Lo tenemos ya. ¿Comprendes?… El filo en la gorja. Tú, yo y los otros.
Su tono era tan frío como el acero que apoyaba en mi garganta. Más desconcertado que furioso, más desmayado de sentimiento que movido de cólera, intenté liberarme. Pero me sujetó con fuerza.
– Aquí ya nadie puede elegir nada, te digo. Sólo ir adelante, hasta el final.
Me miraba muy de cerca. Apretó más la hoja de la daga, como si en ese momento mi vida le fuese por completo indiferente. Su aliento olía fuerte, a vino trasegado con demasiada rapidez.
– Es una orden lo que te estoy dando -casi escupió-. Una orden militar.
La escarcha glauca de sus ojos me helaba los huesos hasta la médula. Y por el Dios que me crió, tuve miedo.
– Así que quítate de en medio, o te mato.
Diego Alatriste había torturado antes: burgueses flamencos o tudescos, durante saqueos, para averiguar dónde escondían su riqueza; turcos capturados en desembarcos, tomados como rehenes con sus familias; soldados enemigos prisioneros, para tomar lengua o descubrir en qué doblez del coleto llevaban oro oculto. No le gustaba, pero lo había hecho. Con hierro, cuerda y fuego. Hijo de su tiempo y de su mundo, sabía a costa propia que no era fácil sobrevivir con escrúpulos. Que una cosa eran los reyes en sus palacios, los teólogos en sus pulpitos y los filósofos en sus libros, y otra ganarse la vida con cinco cuartas de acero en una mano. Sin contar con que, cuando las cosas se torcían, reyes, teólogos y filósofos echaban mano de gente como él para desbrozar los caminos de la virtud. Todos ellos -incluidos los filósofos- mataban y torturaban de lejos, por mano interpuesta. Sin jugarse nada al as ni a la sota. Tiempo atrás, en Madrid, Alatriste había leído una antigua hoja manuscrita que circulaba, clandestina, con la copia de la carta que un guipuzcoano llamado Lope de Aguirre, que anduvo por el río Marañón con la triste expedición de Ursúa hasta rebelarse con su gente, había escrito al rey Felipe II -tuteándolo sin empacho, de igual a igual- cuando, por su cuenta, resolvió romper los lazos con el monarca y vivir sin amo en las Indias. Aquella carta arrogante y otros crímenes habían costado al tal Aguirre la cabeza, pero Alatriste no olvidaba algunos de sus párrafos:
«No puedes llevar con título de rey justo ningún interés de estas partes donde no arriesgaste nada. Ni yo ni mis compañeros esperamos ni queremos tu misericordia, y aunque la ofrecieras escupiríamos en ella por deshonrosa. Tenemos tus promesas por menos crédito que los libros de Martín Lutero.»
Miró a Luzietta y pensó que él mismo había rebasado, hacía mucho, el punto de la vida en que se escribían, si es que había redaños para ello, cartas como la de ese Lope de Aguirre. En aquel momento, con los vapores del vino enturbiándole los ojos, que no la lucidez, sólo anhelaba no morir aún. O confiaba al menos en que, llegado el caso, eso ocurriese de manera decorosa, allí donde pudiera cobrárselo con costas de oficio. No, desde luego, en esa ciudad sombría, donde lo natural era acabar ahogado como un perro dentro de un saco. En tal cuidado, la muchacha que al verlo entrar y cerrar con llave la puerta retrocedía espantada hasta apoyarse en la pared, era un trámite más. Una lágrima en el lago helado de desolación en que Dios -si es que había un estúpido e irresponsable Dios en todo aquello- había convertido el mundo a su imagen y semejanza.
– Parla, ragaza.
En la habitación sin ventanas sólo había una mesa baja, un taburete y un arcón. Sobre la mesa humeaba, sin despabilar, un candelabro con dos velas cuya luz hacía relucir los ojos de la joven, húmedos y desorbitados de terror. Seguía vestida sólo con la camisa de dormir y la toquilla, recogido el pelo con una cinta. Sus pies estaban descalzos. Aún no debe de tener, pensó Alatriste con disgusto, dieciocho años.
– E' il mío fidanzato, excelenza… Lo iuro.
No había tiempo, ni ganas, de persuasión o amenazas. No esa noche. Estaba demasiado cansado y el tiempo, indiferente a delicadezas y afanes, corría en su contra. Tras una breve vacilación, golpeó a Luzietta en el rostro con la mano abierta, sin arrebato. Suficiente para que ella volviese la cara a un lado, dando con ella en la pared.
– ¡Lo iuro!
Lloraba con desesperación, aterrada. No debe de ser el mío un aspecto agradable, se dijo Alatriste. Pardiez que no. Y espero que eso ayude a majar el grano.
– Parla. ¿Quién era el gondolero?
Golpeó de nuevo, en la misma forma. Seco y eficaz. La bofetada restalló en el cuarto ciego como un latigazo de cómitre. Ella emitió un chillido de angustia y cayó de rodillas al suelo, derramándose el cabello. Con un estremecimiento de incómoda piedad, Alatriste pensó fugazmente que tal vez estuviese diciendo la verdad: un enamorado celoso. Pero la certeza era necesaria. Aquello iba a vida o muerte. Suya y de otros.
– Parla.
Con tal de que no se desmaye, pensaba. Que siga en condiciones de hablar. La agarró por el cabello, obligándola a levantarse, y alzó la mano para abofetear otra vez el rostro cubierto de lágrimas, desencajado de horror. Pero la náusea que ascendía desde su estómago le detuvo la mano en alto. No voy a poder, se dijo asqueado. No estoy seguro de llegar al final. Y esto no tiene vuelta atrás.
Echó la mano al cinto y desenvainó la daga. Al advertir el movimiento, Luzietta gritó de nuevo queriendo desasirse; pero estaba demasiado aterrorizada, y sólo pudo hacer algunos blandos esfuerzos. Sin soltarla del pelo, Alatriste le apoyó el filo del acero en el lado derecho de la cara.
– Parla, o te señalo para toda la vida.
No iba a hacerlo -creía estar seguro de eso-, pero lo cierto era que ya lo había hecho doce años atrás, en Nápoles: marcada la cara de una mujer con una cuchillada y muerto un hombre en el mismo arrebato. Una amante y un amigo. Por eso dejó entonces el tercio y huyó a España sin oficio, a ganarse la vida en Sevilla y Madrid. Tarifando muertes por cuenta ajena, en vez de por cuenta del rey. El recuerdo no se contaba entre los dulces, y vino acompañado de una arcada que le agrió la garganta. Era uno de sus remordimientos, y no el menor de ellos.
Tardó un poco en darse cuenta de que la muchacha, entre sollozos, lo estaba confesando todo: el visitante nocturno era gondolero en Rialto y espía de la Inquisición, como tantos de su oficio. Nicolo, que así se llamaba, había pedido a Luzietta que intimara con el criado español y alentase confidencias sobre miser Pedro Tovar, e iba cada noche a escuchar su informe -ella había cobrado por eso medio ducado de sesenta y dos sueldos-. El tal Nicolo era hombre arriscado y violento; y al verse descubierto quiso apuñalar al criado para disimular el lance como reyerta ordinaria por mujeres, de las que cada día se daba media docena en Venecia.