Dos Mujeres En Praga
- Автор: Mill Juan Jose
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Dos Mujeres En Praga». Краткое содержание книги:
Luz Acaso es una solitaria y misteriosa mujer de mediana edad que decide acudir a un taller literario para que un profesional escriba la historia de su vida. Una novela de intriga apasionada que nos invita a contener la respiración y a vislumbrar los territorios ocultos, y casi siempre negados de la existencia.
Lo mejor del libro es la habilidad retorica de Millas para justificar la equidistancia entre ficcion y realidad, las coincidencias inverosimiles, los solapamientos de los personajes […] Hay una constante duda en los personajes que es la metafora de una duda mas profunda: que punto de ficcion tiene lo real. La duda se resuelve con la novela misma: todo es, en definitiva, literatura.
Joaquin Fortanet, `Lateral`. Mayo 2002.
Me dio la noticia María José, desde su ojo izquierdo, cuando me acerqué a la casa de Praga para ver cómo iban las cosas.
– La enterramos ayer -dijo.
Se me ocurrió preguntarle si había localizado a su familia y me miró como si estuviera loco. Tuve el pensamiento mezquino de que, a juzgar por el modo en que se había instalado, pretendía quedarse con la casa, pero tal vez la mezquindad sólo estaba dentro de mi cabeza, cómo saberlo. Desde el lado derecho casi todo es mezquino, ruin, previsible, caduco. Dios mío, ella estaba bellísima en su mezquindad, y al darme cuenta de eso, de lo mezquina y lo bella que era al mismo tiempo, supe que mi vida se había acabado, que yo pertenecía a otro mundo, aunque continuara moviéndome por inercia en éste. No quisiera dramatizar: es probable que viva muchos años todavía y que continúe ganándome la vida holgadamente, que tenga incluso más éxitos profesionales de los que me merezca, pero todo eso le ocurriría ya a un tipo acabado, un tipo que no había sido querido en los momentos de su vida en los que lo necesitó. No me observaba con lástima, sino con cierta curiosidad antropológica. No pudo ser, muchacho. Cuando hablaba conmigo mismo, me gustaba llamarme muchacho, aunque ya era un señor, y en todos los sentidos, a quién iba a engañar.
Mientras María José iba de acá para allá ordenando o desordenando cosas, quizá -pensé mezquinamente- buscando algún dinero oculto, yo olfateaba disimuladamente, de manera que en el cajón de un mueble parecido a una cómoda encontré el móvil de Luz Acaso, que escondí en el bolsillo, como un fetiche, para oír las cosas que le decían, le decíamos, los hombres a aquella falsa o verdadera puta, quién lo sabe. Pregunté a María José si había entrado en la habitación de la izquierda y no, no había entrado, dijo, añadiendo que aún no era la hora de forma algo retórica.
Cuando volví a casa, me senté en mi silla alemana especial para combatir el lumbago, cerré un ojo e imaginé que todo mi costado derecho era de madera. Una vez lograda esa sugestión, me fue más fácil viajar hacia el lado izquierdo, que estaba constituido, en efecto, por una geografía sin mapas. Tampoco los necesitaba, puesto que la memoria recordaba perfectamente aquel lugar inhóspito. Procedemos del lado izquierdo y huimos de él hacia el derecho en busca de una quimera, o de una notaría. Al poco de entrar en el izquierdo, tropecé con una versión desnutrida de mí a la que había abandonado hacía tiempo prometiéndole volver. íbamos, en aquella época remota, apoyado cada uno en el hombro del otro, los dos perplejos frente a un mundo incomprensible, cuando advertí que no llegaríamos a ninguna parte. Entonces le dije que me adelantaría yo para hacerme con unas reservas de palabras que nos ayudaran a entender las cosas, y que cuando tuviera esa reserva regresaría a por él. No regresé. Peor aún: lo olvidé, y ahora volvía a encontrármelo desnutrido y afásico. Le habría dado todas mis palabras, pero no le habrían servido porque eran palabras del lado diestro y él era una criatura del izquierdo.
Cada otoño, desde hace muchos años, empiezo un curso de inglés que abandono hacia las navidades. El resultado es que dentro de mí ha ido creciendo un individuo anglosajón que apenas es capaz de defenderse en los aeropuertos internacionales con cuatro frases que sirven para saber dónde está el cuarto de baño y poco más.
Este sujeto que aprende inglés y yo nos encontramos con frecuencia, lo que resulta inevitable viviendo el uno dentro del otro. Normalmente vive él dentro de mí, pero cuando viajo al extranjero, soy yo el que se refugia en su interior. Y desde allí observo sus dificultades. No es nada fácil entenderse con los taxistas ni con los camareros ni con los subsecretarios chapurreando cuatro palabras de inglés. Por eso, cuando regresamos a casa, él vuelve a sus profundidades y yo tomo el mando en castellano. La convivencia con este pobre diablo analfabeto dura, como digo, hasta las navidades. Es la cantidad máxima de tiempo que resisto estudiando inglés. Luego él se queda dormido en lo más hondo de mi conciencia, como si invernara, y yo apenas le reclamo, de no ser que tenga un viaje, aunque a veces, al meterme en la cama, me acuerdo de él y le despierto.
– Get up!, get up!
– What's happening? -pregunta él sobresaltado.
Le digo que quiero un vaso de agua o un vaso de leche, o que mi sastre es rico, cualquier tontería, en fin, que sea capaz de entender, y tras este breve intercambio nos echamos a dormir los dos. Este año lo encuentro un poco más delgado de lo habitual. Si me muero yo antes que él, no sé cómo va a salir adelante en la vida: así era el niño que encontré en el lado izquierdo.
Telefoneé a Alvaro, le informé de que Luz Acaso había muerto y le di el pésame. No me preguntó detalles sobre el entierro, ni si había hecho ya alguna gestión para que se publicara la carta a la madre en el periódico, no me preguntó nada. Todas las preguntas mezquinas se me ocurrían a mí.
– Vivía con una chica -añadí- que quiere conocerte y que todavía continúa en su casa.
Quedamos en una esquina, para ir juntos. Cuando nos encontramos, nos dimos un abrazo como el que se habrían dado un padre y un hijo en un funeral.
– Hijo -le dije absurdamente y le retuve entre mis brazos más tiempo del normal.
María José nos esperaba con el parche en el ojo y el costado derecho prácticamente inmóvil. Nada más hacer las presentaciones, comprendí que, en efecto, Alvaro Abril le estaba destinado porque los dos vivían en el mismo lado de la lente. Luego, cuando ella fue a la cocina a por el café, me vi en la obligación de explicarle que no era tuerta ni paralítica, sino que estaba conquistando su lado izquierdo con la idea de escribir un libro zurdo. Alvaro observaba todo como si ya hubiera estado allí en una época lejana e intentara ahora adecuar el tamaño de las cosas al de su memoria. Después María José y él se pusieron a hablar de literatura y de la vida de tal manera que yo quedé excluido en seguida de su conversación. Parecía un padre controlador empeñado en conocer las relaciones de su hijo.
Me despedí casi sin que se dieran cuenta de que me iba y salí a la calle convencido de que me había ocurrido una historia zurda, una aventura del lado izquierdo, aunque yo sólo fuera capaz de contarla desde el derecho. Sin duda, era un privilegio: otras personas pasaban por la vida sin saber que ese lado existía: personas que jamás habían apagado el interruptor de la luz con la mano izquierda, que jamás se habían pasado la mano izquierda por la frente, que no habían socorrido ni asesinado a nadie con esa mano, y que en la resurrección de los muertos ni se imaginaban a la izquierda de Dios. Yo, en cambio, ya no podía verme en otro sitio.
Recibí un paquete con las cintas magnetofónicas en las que estaban registrados los encuentros entre Luz Acaso y Alvaro Abril. Alvaro me explicaba en una carta adjunta que había decidido no escribir la biografía de su madre, y me hacía depositario de todo ese material que me comprometía de forma imaginaria. ¿Pero hay acaso ataduras más fuertes que las imaginarias? «He sabido por María José -continuaba- que mi madre y tú os visteis con frecuencia durante la última época. Te confieso que en un primer momento tuve celos, pero ya no. Supongo que tú necesitabas arreglar cuentas con el pasado más que yo. De hecho, no le debo nada al pasado; es el pasado el que tiene una deuda conmigo. Por otra parte, el material del que te hago depositario y responsable encaja muy bien con el que llevas recogiendo sobre la adopción desde hace tanto tiempo. Tal vez cruzando tu documentación con la mía consigas hacer algo de interés. En cuanto a la carta a la madre, no hagas ninguna gestión en el periódico: ya no me interesa. Quémala o incluyela entre los materiales sobre la adopción. Después de todo, si la leíste atentamente, es más de lo mismo.»
Le llamé por teléfono y protesté de manera retórica.