Los 36 hombres justos
- Автор: Bourne Sam
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Los 36 hombres justos». Краткое содержание книги:
Will apenas pudo oír aquellas palabras por encima del martilleo de su propio corazón. Estaba aterrorizado, mucho más de lo que lo había estado fuera. El Rebbe había descubierto la verdad. Algo en el contenido de su cartera lo había traicionado, sin duda el recibo extraviado de alguna olvidada tarjeta de Blockbuster. Solo Dios sabía qué tormentos lo esperaban.
– Ha venido usted aquí buscando a su mujer.
– Sí. -Will fue consciente del agotamiento que su voz reflejaba, y también de la angustia.
– Lo entiendo y creo que yo haría lo mismo si estuviera en su situación. Estoy seguro de que Moshe Menachem y Tzvi Yehuda están de acuerdo. -De repente, los dos matones tenían nombres-. Es un deber de todos los maridos atender y proteger a sus esposas. Esa es la naturaleza del compromiso matrimonial.
– ¿De modo que reconoce que la tienen aquí?
– No reconozco nada y no niego nada tampoco. Ese no el propósito de lo que le estoy diciendo, señor Monroe, Will. Lo que intento explicarle es que las reglas habituales no aplican en este caso.
– ¿Qué reglas habituales? ¿Qué caso?
– Desearía poder decirle más, Will; realmente me gustaría, pero no puedo.
Will no sabía si se debía al efecto del calvario por el que acababa de pasar durante los últimos… ¿qué?, ¿horas, minutos?, o si simplemente era el alivio de que hubiera finalizado, pero estaba convencido de que había algo distinto en la voz del Rebbe. El tono de amenaza había desaparecido; en su lugar percibía una tristeza, una pena que interpretaba como comprensión, incluso compasión hacia él. Pero resultaba ridículo. Aquel hombre era un torturador. Will se preguntó si no estaría sucumbiendo al síndrome de Estocolmo, al extraño vínculo que podía crearse entre el cautivo y su carcelero: primero, había dependido del israelí como si fuera un lazarillo para ciegos en lugar de una bestia violenta, y después percibía rasgos de humanidad en el jefe de los torturadores. Sin duda debía de tratarse de una reacción irracional que tenía lugar al final de la tortura: en lugar de furia por lo sucedido, lo que sentía era agradecimiento hacia el Rebbe por haberle puesto fin. El síndrome de Estocolmo, un caso típico.
A pesar de todo, Will se consideraba un buen juez del carácter de las personas. Siempre había sido perceptivo, y estaba seguro de que podía oír algo distinto en aquella voz.
– Dígame una cosa que creo que tengo derecho a saber -exigió-. Mi mujer… ¿está a salvo? No le han hecho daño, ¿verdad? -No se atrevía a pronunciar la palabra definitiva: «viva». No porque temiera la reacción de los hasidim tanto como la suya propia. Lo que temía era que se le quebrara la voz, mostrar una debilidad que hasta ese instante había conseguido ocultar.
– Esa es una pregunta justa, Will. Y sí, estará a salvo mientras nadie haga ninguna locura o cometa una estupidez. Por «nadie» me estoy refiriendo principalmente a usted, Will. Y por «locura o estupidez» quiero decir implicar a las autoridades, eso lo estropearía todo y entonces ya no podría garantizar la seguridad de nadie.
– No entiendo qué quieren ustedes de mi esposa. ¿Qué puede haberles hecho? ¿Por qué no dejan que se vaya? -No lo había pretendido, pero sus labios habían tomado la decisión por su cuenta: estaba suplicando.
– En efecto. No ha hecho nada a nadie, pero no podemos dejar que se marche. Lamento no poder decir más. Puedo imaginar lo duro que esto debe de ser para usted.
Aquel fue el error del Rebbe, aquella última frase. Will notó que la sangre le hervía y que se le hinchaban las venas del cuello.
– ¡No! ¡No tiene ni jodida idea de lo duro que resulta! ¡A usted no le han secuestrado a su mujer! ¡Usted no ha sido zarandeado, encapuchado, sumergido en agua helada y amenazado de muerte por gente de la que no conoce ni la cara! ¡Así que no me diga que puede imaginarlo, porque no puede imaginar nada de nada!
Tzvi Yehuda y Moshe Menachem, tan sorprendidos como el propio Will por aquella demostración de ira, estuvieron a punto de levantarse de un brinco. Will había estado refrenando su furia desde que había puesto los pies en Crown Heights; en realidad, desde antes, desde que aquel mensaje había aparecido en su Blackberry: «Tenemos a su mujer».
– Bueno -prosiguió-, usted ha dicho que era hora de hablar claro. ¿Qué tal si empezamos? ¿De qué demonios va toda esta historia?
– Eso no se lo puedo decir. -La voz sonaba más calmada que en ningún otro momento, casi desengañada-. Pero se trata de algo mucho más importante de lo que pueda pensar.
– ¡Eso es ridículo! Beth es psiquiatra. Se ocupa de niños que no quieren hablar y de chicas que dejan de comer deliberadamente hasta que se mueren de hambre. ¿Qué asunto «más importante» puede afectarla? ¡Está usted mintiendo!
– Le estoy diciendo la verdad, Will. El destino de su esposa depende de algo mucho más grande que ella o yo. En cierto sentido, se remonta a la historia antigua; nadie habría podido imaginar que iba a resultar así. Nadie predijo esto. No había un plan de contingencia. En nuestros textos sagrados no se nos preparaba, al menos no en ninguno que hayamos encontrado; y créame, lo hemos buscado.
Will no tenía la más remota idea de a qué se estaba refiriendo aquel hombre. Por primera vez se preguntó si aquellos hasidim no serían simplemente víctimas de alguna alucinación. ¿Acaso no los había visto aquella misma noche, poseídos por un extático frenesí de adoración a su líder, reverenciándolo como si fuera el Mesías? ¿Acaso no era posible que hubieran caído en un estado de locura colectiva junto con aquel hombre, su líder, el más loco de todos?
– Ojalá pudiera decirle más, pero lo que está en juego es demasiado. Debemos resolver esto, señor Monroe, y no tenemos mucho tiempo. ¿Qué día es hoy? ¿Shabbos Shuva? Solo disponemos de cuatro días. Esa es la razón de que no pueda correr ningún riesgo.
– ¿A qué se refiere cuando dice que hay «demasiado» en juego?
– Will, no creo que le sirviera de ninguna ayuda que me extendiera sobre ese punto, y por una razón muy simple: no creo que usted creyera ni una palabra.
– Si se refiere a que es probable que no me fíe de un hombre que ha intentado matarme y ha estado a punto de conseguirlo, está en lo cierto.
– Lo sé. Y algún día, que sospecho será muy pronto, entenderá por qué hemos tenido que hacer lo que hemos hecho. Todo quedará claro. Así es como funcionan estas cosas. Le repito lo que le he dicho antes: temía que fuera usted un agente federal, y, cuando me confirmaron que no lo era, temí que fuera algo mucho peor.
– ¿Y qué puede temer usted de un agente federal? ¿A qué teme más incluso que a eso? ¿En qué está metido?
– Ahora entiendo por qué es periodista, Will. Siempre está haciendo preguntas. Lo haría usted bien en nuestro oficio. Eso es lo que significa el estudio de la Torá: hacer las preguntas pertinentes. Pero me temo que se ha acabado el turno de preguntas y respuestas de esta noche. Es hora de que nos digamos adiós.
– ¿Y ya está? ¿Se va a marchar y a dejarme así? ¿No va a contarme qué ocurre?
– No. No puedo arriesgarme a eso, de modo que solo le diré unas cuantas cosas para que las recuerde. Más tarde puede anotarlas si lo desea. La primera es que este asunto es mucho más grande que ninguno de nosotros. Todo aquello en lo que creemos, todo en lo que usted cree, pende de un hilo. La vida misma. La apuesta no podría ser más alta.
»La segunda es que su mujer estará a salvo a menos que usted ponga en peligro su vida por culpa de su imprudencia. Le ruego que no lo haga, no solo por su propio bien, sino por el bien de todos nosotros, de todo el mundo. Por lo tanto, a pesar de lo mucho que la quiera y desee protegerla, le ruego que me crea cuando le digo que lo mejor que puede hacer como amante esposo es mantenerse lejos. Retírese y no se inmiscuya. Si interfiere no puedo garantizarle nada con respecto a ella, con respecto a usted o a ninguno de nosotros.