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Lo mejor de la ciencia ficción rusa

Электронная книга - «Lo mejor de la ciencia ficción rusa». Краткое содержание книги:

Teniendo en cuenta que el libro es de la época de la Guerra Fría, resulta sumamente interesante ver lo que se escribía por allí en materia de ciencia-ficción. Los cuentos (como cabría esperar) no son todos del mismo nivel, pero aún así el libro no tiene desperdicio. Gran trabajo como compilador de Jacques Bergier (compañero de Louis Pauwels en «El retorno de los brujos» y «La rebelión de los brujos»). Recomendable.
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El sudor le inundaba los ojos. Otra esquina. Poliessov, se detuvo. Por un instante una fuerte luz azul le cegó. Luego distinguió dos sombras negras. Berkut estaba inclinado sobre Iván Ivanovic sentado con las piernas cruzadas y que apoyaba las palmas de las manos sobre el pavimento azul.

Poliessov se precipitó hacia ellos y cogió a Iván Ivanovic por debajo de las axilas. Iván Ivanovic era extraordinariamente pesado. Sus piernas se arrastraban por el suelo y a cada momento resbalaba en los brazos de Poliessov. Consiguió arrastrarlo hasta la puerta, se lo cargó a la espalda e, introduciéndose con fatiga en el corredor, miró atrás hacia Berkut. Este le seguía sin prisa, mientras sus brazos colgaban como las mangas de un capote echado sobre las espaldas. Tras él vio sólo dos columnas transparentes… En las columnas se debatía con lento latir una llama azul, acompañada por el grito del radioteléfono.

Iván Ivanovic se reanimó con un vasito de coñac y dijo:

— Ha sido toda una exploración.

— ¿Otro? — preguntó Poliessov.

— No, ya basta.

— ¿Y usted, Tovarich Berkut?

Berkut sonrió.

— Gracias, Piotr Vladimirovic. Póngase en comunicación con Leming, si no le molesta.

Poliessov atornilló la cantimplora y se puso en el transmisor. Berkut se apoyó en el respaldo y siguió sonriendo. El cuerpo era ligero y fresco, no quedaba ni siquiera una traza de la enervante impotencia que le había asaltado al regreso de los corredores subterráneos.

— Aquí está la comunicación — indicó Poliessov.

— Leming — llamó Berkut al micrófono—. Leming, soy Berkut.

— Berkut — repitió con voz desacostumbradamente baja Leming—. ¿Por qué se ha arriesgado tanto?

— Calma, Leming — dijo, sonriendo Berkut—. Estamos sanos y salvos. Leming, no nos hemos equivocado. ¿Me escucha, Leming? El «motor del tiempo» permanece intacto y trabaja a toda presión. Trabaja, ¿me escucha?

Tras una pausa, Leming respondió:

— Sí, le escucho.

— Haga venir aquí con toda urgencia un equipo para quitar la energía — continuó Berkut—. Con urgencia, ¿ha comprendido? Y envíe a gente. Mucha gente. Envíe a Kuzmin, a la Iesileva, Akopian. Envíe sin falta a Akopian.

Y hágalo pronto, Leming. Hay que prevenir la próxima explosión. Tenga en cuenta que no es posible atravesar la niebla azul con los medios acostumbrados. Pida a los interplanetarios algún otro tanque super acorazado. Tampoco resultan seguros, pero por lo menos…

— Los tanques completamente equipados están ya en camino y llegarán mañana. Y los hombres llegarán dentro de un cuarto de hora. He enviado tres reactores — contestó Leming.

— No valía la pena — Berkut echó una ojeada a la pantalla, en la que brillaban bajo el sol los restos del Galatea—. Aquí tenemos ya uno.

— No importa, pasarán sobre la vieja autopista en vuelo rasante. No les pasará nada.

Leming tosió, luego con una voz voladamente indiferente se informó si Berkut tenía alguna idea respecto a aquella… ¿cómo se llama?… niebla azul.

Berkut respondió:

— Sí, tengo alguna. No está excluido que se trate de una protomateria no cuantística o, mejor dicho, el producto de su reacción con el aire y el vapor acuosos.

— También yo pensaba lo mismo — dijo Leming—, Muy bien. Esperen. No se arriesguen. Hasta luego.

Iván Ivanovic se echó a reír. Berkut se separó del micrófono y rió también. Sólo Poliessov permaneció serio. Estaba pálido y desmejorado por la fatiga. Había tragado otra tableta de esporamina; no tenia sueño, pero no se encontraba bien. Además, por primera vez en su vida no comprendía lo que sucedía en torno suyo, lo que le ponía a rabiar y le humillaba. Se sentía molesto ante la vanidad de Iván Ivanovic e incluso la gentileza de Berkut, aunque se daba cuenta de que estaba equivocado. Al fin venció el orgullo y preguntó resueltamente:

— ¿Qué es el «motor del tiempo»?

Los físicos le miraron y luego lo hicieron entre sí.

Poliessov añadió:

— Si no es un secreto, claro está. Berkut enrojeció.

— Nos habíamos olvidado…, perdone, Piotr Vladimirovic — balbuceó—. Antes no estábamos seguros, y ahora este éxito… ha sido tan inesperado… ¡Ah, qué contrariedad! Por favor, no se ofenda. ¿Conoce usted la mecánica causal?.

Poliessov sacudió la cabeza fríamente. Seguía aún enfadado, aunque Berkut se le mostrara simpático.

— Entonces resulta más complicado. De todas formas, intentaré explicárselo…

Hizo un esfuerzo para darle una explicación clara. Poliessov, por su parte, hizo todo lo posible por comprender. Se trataba de las propiedades del tiempo. Del tiempo como proceso físico. Según Berkut, el problema era extremadamente complejo. Muchos años antes al estudiar un científico el problema de la fuente de energía estelar, fue el primero en formular una original teoría del tiempo como proceso físico ligado a la energía.

Así nació la mecánica de las relaciones entre la causa y el efecto, dicho de otra manera, la mecánica causal.

Una de las notables consecuencias de la mecánica causal había sido la hipótesis sobre la posibilidad de utilizar la marcha del tiempo como fuente de energía. Se habían calculado sistemas mecánicos que hacían posible su realización práctica. A pesar de todo, la productividad de semejantes sistemas era nula. No proporcionaban más que una confirmación experimental genérica de la teoría fundamental. Para fines prácticos, este problema, siempre en una línea experimental, sólo se resolvió tras la aparición de la electrodinámica causal. Y también estos sistemas electrodinámicos causales precisaron decenas de años antes de que empezasen a suministrar energía de modo concreto y útil.

Setenta y cinco años antes, después de una deliberación del Consejo Científico Mundial, cuatro de tales sistemas fueron montados y puestos en funcionamiento a titulo experimental. Uno en la taiga, otro en Amazonia, un tercero en la Antártida y un cuarto en el cráter Bulliald de la Luna. Más tarde, cerca del motor en la taiga fue construido un laboratorio telemecánico para el estudio de los mesones. Durante un experimento no determinado se produjo una explosión. Ocurrió cuarenta y ocho años antes. El «motor del tiempo» se consideró perdido, porque los daños eran extraordinariamente importantes y porque se hizo imposible penetrar en el territorio donde se hallaba la instalación. La atención de los estudiosos se había concentrado en las tres instalaciones restantes y el experimento de la taiga fue olvidado. Pero el motor no había sido dañado, continuaba recogiendo la energía. De pronto, cuatro meses antes, liberó la primera porción de energía.

— Esto es todo, o casi todo — Berkut sonrió tímidamente—. ¿Comprende ahora?

— Gracias — dijo Poliessov.

— Y lea un poco a Leming — continuó Berkut—. Hay una estupenda monografía de Leming sobre La electrodinámica causal.

Poliessov tosió.

— Las columnas transparentes del subterráneo — explicó Berkut— sirven para la derivación de la energía. El motor se encuentra en el piso inferior. La energía fluye en las columnas, allí se recoge y de vez en cuando sale al exterior. Nadie sabe, en general, cuál es su naturaleza.

— Leming lo sabe — intervino Iván Ivanovic. Berkut le miró y prosiguió:

— Sí. Leming sostiene que la energía sale bajo la forma de «protomateria», que constituye la base no cuantitativa de todas las partículas y de todos los campos. Luego la protomateria forma espontáneamente los cuantos, en parte partículas y antipartículas y, en parte, campos magnéticos. Pero parcialmente, entra también en reacción con el medio circunstante. Es probable que nazca así la niebla azul. Esta protomateria penetra por todas partes. No conoce obstáculos y actúa sobre los aparatos, sobre los kiber, como dicen ustedes y sobre nuestros cuerpos… Pero no me explico con claridad.

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