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Líbranos del bien

Электронная книга - «Líbranos del bien». Краткое содержание книги:

Tres hombres, entre ellos un carabiniere, irrumpen en el apartamento de un pediatra en plena noche, lo atacan y se llevan a su hijo de dieciocho meses. ¿Qué ha motivado un ataque tan violento por parte de las fuerzas del orden? Cuando el comisario Brunetti es convocado al hospital en que ingresa la víctima del cruel asalto, deberá enfrentarse a más preguntas que respuestas. Sl mismo tiempo, el inspector Viaenllo descubre una estafa que implica a los farmacéuticos y médicos de Venecia. Y tras la estafa… algo más que dinero. Líbranos del bien, el decimosexto caso protagonizado por el cominsario Brunetti, el más negro y el primero sin crimen, urde dos tramas paralelas en torno a tráfico ilegal de menores para la adopción y a un dilema médico. Con el ingenio y la lucidez habitual en ella, Donna Leon demuestra que el camino del Infierno puede estar sembrado de buenas intenciones.
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– Veamos qué dice él. -Brunetti dio unos pasos y, al llegar a la puerta, se detuvo-. Llama a Bocchese, haz el favor. Que mande a un equipo del laboratorio.

– ¿El ordenador? -preguntó Vianello.

– Si se usaba para programar las visitas, tendremos que llevárnoslo -respondió Brunetti.

Franchi y la mujer estaban en la tienda, a un extremo del mostrador, del lado del público. El farmacéutico señalaba un mueble del que habían sido arrancados todos los cajones.

– ¿Puedo llamar a Donatella? ¿O a Gianmaria, dottore? -oyó Brunetti que decía ella.

– Sí, supongo. Habrá que ver qué hacemos con las cajas.

– ¿Intentamos recuperar algunas?

– Sí, si se puede. Todo lo que no esté roto ni pisoteado. Y del resto empiece a hacer una lista, para el seguro. -Hablaba con fatiga: Sísifo mirando la roca.

– ¿Cree que han sido los mismos? -preguntó ella.

Franchi miró a Brunetti y a Vianello y dijo:

– Espero que eso lo averigüe la policía, Eleonora. -Y, como si advirtiera que su tono rozaba el sarcasmo, añadió-: Los designios del Señor son inescrutables.

– Ha dicho usted «tres veces», dottore -dijo Brunetti, insensible a la piedad-. ¿Esto había ocurrido ya otras dos?

– Esto no -respondió Franchi agitando las manos hacia la escena que los rodeaba-. Pero nos han robado dos veces. Una noche entraron y se llevaron todo lo que quisieron. La segunda vez vinieron de día. Drogadictos. Uno tenía la mano dentro de una bolsa de plástico y dijo que nos estaba apuntando con una pistola. Les dimos el dinero.

– Es lo mejor que podían hacer -apostilló Vianello.

– Ni se nos ocurrió resistirnos -dijo Franchi-. Que se lleven el dinero, mientras nadie salga herido. Pobres diablos; no pueden evitarlo, imagino.

¿Lo había mirado con extrañeza la signora Invernizzi al oírle decir eso?

– ¿Entonces piensa que esto ha sido otro robo? -preguntó Brunetti.

– ¿Y qué puede ser si no? -preguntó Franchi con impaciencia.

– Desde luego -convino Brunetti. Ciertamente, no era el momento de ponerse a discutir.

El farmacéutico levantó las manos con un ademán cargado de resignación y dijo:

– Va bene. -Miró a la signora Invernizzi-. Creo que deben venir los demás; puede usted empezar por llamarlos. -Levantó el pulgar y fue contando con los dedos mientras decía-: Yo llamaré a Sanidad para dar parte, y al Seguro; luego, cuando tengamos una lista, haremos reposición de existencias, y veré manera de conseguir otro ordenador para mañana por la mañana. -La conformidad de su voz no ahogaba por completo la rabia.

Franchi fue hasta el mostrador y se inclinó para descolgar el teléfono, pero habían arrancado el cable. Se apartó del mostrador dándose impulso con las manos y fue hacia el pasillo.

– Llamaré desde el despacho -dijo por encima del hombro.

– Perdón, dottore -dijo Brunetti alzando la voz-. Lo siento, pero no puede entrar en su despacho.

– ¿Que no puedo qué? -inquirió Franchi encarándose con el comisario.

Brunetti se reunió con él en el pasillo y explicó:

– Ahí dentro hay pruebas y, hasta que las hayamos examinado, nadie puede entrar.

– Es que tengo que hablar por teléfono.

Brunetti sacó el telefonino del bolsillo y se lo tendió.

– Puede usar éste, dottore.

– Es que tengo los números ahí dentro.

– Lo lamento -dijo Brunetti con una sonrisa que daba a entender que él se sentía tan víctima del reglamento como el farmacéutico-. Si marca Información le darán los números. O llame a mi secretaria y ella los buscará. -Antes de que Franchi pudiera protestar, Brunetti agregó-: Y lo siento, pero no tiene objeto que diga a sus empleados que vengan. Por lo menos, hasta que haya pasado el equipo del laboratorio.

– No hubo nada de esto la última vez -dijo Franchi en un tono de voz que fluctuaba entre el sarcasmo y la indignación.

– Esto parece algo distinto de un simple robo, dottore -dijo Brunetti con calma.

Franchi tomó el telefonino con evidente desgana, pero no hizo ademán de utilizarlo.

– ¿Y las otras cosas de ahí dentro? -preguntó señalando al despacho con un movimiento de la cabeza.

– Lo siento, dottore, pero toda la zona debe ser procesada como escenario de un crimen.

La cara de Franchi reflejó más cólera todavía, pero el farmacéutico sólo dijo:

– Todos mis archivos están en el ordenador: los cargos de los proveedores, mis propias facturas y la documentación de la ULSS. La póliza del seguro… Seguramente, esta misma tarde podría tener otro ordenador, pero necesito el disco para copiar los datos.

– Lo lamento, pero eso no es posible, dottore -dijo Brunetti, venciendo la tentación de utilizar una expresión informática que había oído con frecuencia y que creía entender: «copia de seguridad»-. No sé si se habrá dado cuenta, pero quien haya hecho esto ha reventado el ordenador. Dudo que pueda usted recuperar algo.

– ¿Reventado el ordenador? -preguntó Franchi como si nunca hubiera oído la frase e ignorara el significado.

– O, más exactamente, ha intentado abrirlo metiendo una cuña por una esquina, ¿no, Vianello? -preguntó Brunetti al inspector, que acababa de entrar.

– ¿Se refiere a esa especie de caja metálica? -preguntó el inspector con estudiada estupidez bovina-. Sí, lo han roto, buscando lo que hubiera dentro. -Daba la impresión de que, para el inspector, un ordenador era como una especie de hucha. Cambiando de tono anunció-: Bocchese está en camino.

Sin dar a Franchi tiempo de preguntar, Brunetti explicó:

– El equipo del laboratorio. Querrán tomar huellas. -Con una cortés inclinación de cabeza dedicada a la signora Invernizzi, que seguía la conversación con interés, Brunetti dijo-: La signora tuvo la precaución de quedarse fuera, por lo que, si han dejado huellas, ahí seguirán. Los técnicos querrán tomar las de ustedes -prosiguió, dirigiéndose a ambos-, para excluirlas de las del intruso. Y también las de los demás empleados, desde luego, pero eso puede esperar hasta mañana.

La signora Invernizzi asintió y Franchi la imitó.

– Y les agradeceré que no toquen nada hasta que mis hombres lo hayan examinado -agregó Brunetti.

– ¿Cuánto tardarán? -preguntó Franchi.

Brunetti miró el reloj y vio que eran casi las once.

– Pueden venir ustedes a eso de las tres, dottore. Estoy seguro de que para entonces ellos ya habrán terminado.

– ¿Y puedo…? -empezó Franchi, pero pareció cambiar de idea-. Me gustaría salir a tomar un café. Volveré luego para que me tomen las huellas, ¿de acuerdo?

– Desde luego, dottore -respondió Brunetti.

El comisario esperó a ver si Franchi invitaba a la signora Invernizzi a acompañarlo, pero no fue así. El farmacéutico devolvió el telefonino a Brunetti, sorteó a Vianello, se alejó por el pasillo, salió a la calle y desapareció sin decir palabra.

– ¿Puedo irme a casa? -dijo la mujer-. Volveré dentro de una hora, pero me parece que me vendrá bien echarme un rato.

– Por supuesto, signora. ¿Quiere que la acompañe el inspector?

Ella sonrió por primera vez y rejuveneció diez años.

– Muy amable. Pero vivo cerca, al otro lado del puente. Volveré antes del almuerzo, ¿conforme?

– Está bien, signora -dijo Brunetti y la acompañó hasta la puerta de la calle lateral. Salió con ella, la despidió y la vio alejarse. Al llegar a la desembocadura de la calle en el campo Sant'Angelo, la mujer se volvió y agitó ligeramente la mano.

Brunetti le devolvió el saludo y entró otra vez en la farmacia.

CAPÍTULO 17

– ¿«Esa especie de caja metálica», Lorenzo? -preguntó Brunetti-. ¿Es una forma avanzada de lenguaje cibernética para designar «unidad central»? -Le pareció que había conseguido disimular el orgullo que sentía por poder utilizar el término con tanta naturalidad.

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