En Manos del Destino
- Автор: Смолл Бертрис
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «En Manos del Destino». Краткое содержание книги:
Cailin lo sabe por propia experiencia. Siendo casi una niña, escapa milagrosamente de una sangrienta matanza en la que perece toda su familia. Huérfana y desposeída de todos los bienes familiares, conoce a Wulf, un sajón atractivo y enérgico que la ayuda a rehacer su vida.
Pero Cailin parece condenada a la desdicha: cuando está dando a luz a su primer hijo, alguien le administra un poderoso somnífero y la vende a un traficante de esclavos. Sin embargo, el destino no ha dicho aún la última palabra.
– La vida es frágil, hija mía, y asombrosamente veloz, como pronto sabrás. Un día estás llena de juventud y nada es imposible. Y de pronto eres una vieja cáscara seca con los mismos deseos pero sin voluntad para realizarlos. -Rió. -Todavía te queda tiempo. Ahora ve con tu hombre. Envía a buscarme cuando vaya a nacer el niño. Maeve y yo te ayudaremos.
Cailin se detuvo junto al banco donde su abuelo permanecía al sol de la mañana de mayo. Se inclinó para besarle su blanca cabeza y le dio un apretón en la mano.
– Adiós, abuelo -dijo con voz suave. -Os traeré el niño cuando haya nacido.
Ella y Wulf regresaron a su hogar y Cailin, más fuerte de lo que creía, ayudó a sellar las paredes del nuevo granero con adobe y cañas mientras Wulf trabajaba en sus campos con los sirvientes. Era un buen verano, ni demasiado seco ni demasiado húmedo. En los huertos la fruta crecía y colgaba de las ramas de los árboles. El grano maduraba lentamente mientras el heno se cortaba, secaba y finalmente almacenaba en cobertizos para el invierno siguiente.
Él ganado engordaba; sus rebaños habían aumentado considerablemente aquella primavera con el nacimiento de muchos terneros. En los prados las ovejas también se habían multiplicado y se acercaba la época del esquileo. Un cálido día, Cailin, sentada fuera de la casa, miró con satisfacción al otro lado de los campos. Por un momento le pareció que nada había cambiado, y sin embargo todo había cambiado. Era una época diferente y empezaba a percibir la diferencia con más fuerza.
Una noche, ella y Wulf yacían de espaldas en la ladera de la colina, contemplando las estrellas.
– ¿Por qué nunca mencionas a tu familia? -le preguntó ella. -Voy a tener un hijo tuyo y sin embargo no sé nada de ti.
– Tú eres mi familia -respondió él cogiéndole la mano.
– ¡No! -exclamó ella. -Háblame de tus padres. ¿Tenías hermanos? ¿Qué les sucedió? ¿Están en Britania?
– Mi padre murió antes de que yo naciera -contó él. -Mi madre murió cuando yo tenía poco más de dos años. No recuerdo nada de ellos. Eran jóvenes y yo era su único hijo.
– Pero ¿quién te crió? -preguntó Cailin.
Lamentaba que no tuviera parientes cercanos, pero por otra parte eso significaba que Wulf era sólo para ella.
– Los parientes, en la aldea junto a un río de Germania. Fui pasando de un pariente a otro como un animalillo adorable pero no deseado. No se portaban mal conmigo, pero la vida era dura. Nadie necesitaba otra boca que alimentar. Me marché cuando cumplí trece años e ingresé en las legiones. Jamás regresé. Ahora ésta es mi tierra, mi hogar. Tú y nuestro hijo sois mi familia, Cailin. Hasta que te conocí estaba solo.
– Hasta que me conociste -dijo ella- yo también estaba sola. Los dioses han sido bondadosos con nosotros, Wulf.
– Sí -coincidió él.
Ambos levantaron la mirada y vieron una estrella fugaz cruzar el firmamento.
Un día llegó un esclavo de Antonio Porcio con un mensaje. Antonia había empezado a tener dolores de parto y el magistrado no sabía qué hacer. Según decía, las criadas de Antonia parecían confundidas, aunque no deberían estarlo, pensó Cailin. El anciano rogaba que Cailin acudiera a la villa para ayudarles. A Wulf Puño de Hierro no le gustó la idea, pero Cailin consideró, a la luz de la bondad que el magistrado había mostrado hacia ellos, que no podía negarse.
– Acolcharemos la carreta y así viajaré con comodidad -dijo a su esposo. -Nuestro hijo no tiene que nacer hasta dentro de unas semanas. Aunque vayamos despacio, estaré de vuelta antes de que acabe el día.
Antonio Porcio agradeció la llegada de Cailin. Antonia seguía con dolores y tenía grandes dificultades.
– Echó a todas las mujeres que siempre habían estado con ella después de la muerte de Quinto y las sustituyó por un grupo de jovencitas. No sé por qué -explicó a Cailin, respondiendo a la pregunta que ella no formuló.
– Probablemente quería empezar de nuevo -sugirió Cailin. -Quizá las otras mujeres que vivían con ella cuando estaba casada con Sexto Escipión y luego con mi primo la entristecían. Sólo le recordaban todo lo que había perdido, los tiempos mejores que se habían ido.
– Puede que tengas razón, Cailin -respondió el anciano.
– Me habéis pedido que venga y he venido -dijo Cailin, -pero ¿qué le parecerá mi presencia a Antonia? Yo la ayudaré, por supuesto, pero no soy experta. ¿Por qué no tenía a una comadrona entre su servidumbre?
Él se encogió de hombros.
– No lo sé.
– Nunca he ayudado a parir, pero sé lo que hay que hacer. Antonia podrá ayudarme, ya que es su cuarto hijo. Llevadme junto a ella.
Cuando llegaron a los aposentos de Antonia, la encontraron sola, pues sus doncellas habían huido. Al ver quién acompañaba a su padre, los ojos azules de Antonia destellaron por un momento, pero reprimiendo su ira preguntó:
– ¿A qué has venido, Cailin Druso?
– Tu padre me ha pedido que te ayude, aunque la verdad es que tú entiendes más que yo de parir un hijo. Pero haré lo que pueda, Antonia. Al parecer tus jóvenes mujeres no saben hacer nada.
Antonia gimió al sentir una contracción, pero hizo un gesto de asentimiento.
– Has sido bondadosa al venir -admitió de mala gana.
El bebé, que llegó poco después, nació muerto, con el cordón umbilical enrollado en el cuello. Era un niño, con el rostro azulado. Cailin lloró abiertamente con pesar. Aunque había detestado a su primo Quinto, sabía que Antonia le había amado. Amando a Wulf como le amaba, Cailin pudo imaginar la profunda tristeza de Antonia al perder al hijo póstumo de Quinto Druso.
Sin embargo, Antonia tenía los ojos secos.
– Es mejor así -dijo con tono fatalista. -Mi pequeño Mario ahora está con los dioses y con su padre.
Exhaló un exagerado suspiro.
«Es difícil que Quinto esté con los dioses», pensó Cailin con amargura mientras Antonio Porcio trataba de consolar a su hija.
– Me quedaré a pasar la noche y regresaré a casa mañana -les dijo Cailin, dando un pequeño respiro cuando sintió una leve contracción en el vientre.
– ¿Qué ocurre? -preguntó Antonia.
– Sólo ha sido una punzada -respondió Cailin aparentando más seguridad de la que sentía.
Le desagradaba encontrarse allí y le parecía que la mañana no llegaría nunca.
– No me dejes tan pronto, Cailin -suplicó Antonia. -Quédate conmigo unos días, al menos hasta que se me haya pasado la pena de los primeros momentos. No le sirves de nada a tu apuesto esposo en tu estado actual. Quédate conmigo. Estoy segura de que te gustará disfrutar de mis baños. En tu casa no tienes tantas comodidades.
Cailin consideró la tentadora oferta de Antonia. Realmente quería irse a casa, pues Antonia le hacía sentirse incómoda. Si en verdad sentía pena por la pérdida de su pequeño hijo, Cailin no lo veía. ¿Qué clase de mujer era? Con todo, su tono de súplica parecía auténtico y la oferta de los baños era seductora. A Cailin no le importaba la vida más sencilla que llevaba, salvo por una cosa: verdaderamente echaba de menos los baños, con su sistema de calentamiento hipocaustito, que había en la antigua villa de su familia. Hacía más de un año que había disfrutado del lujo de un largo baño caliente. Sería agradable quedarse unos días para volver a hacerlo.
– Bueno -dijo. -Me quedaré, Antonia, pero sólo dos o tres días.
Luego envolvió el cuerpo del bebé en una pequeña sábana y se lo llevó para que recibiera sepultura y envió a las necias doncellas de Antonia junto a su ama para que atendieran a sus necesidades.
Su ama apenas se fijó en ellas. Estaba demasiado ocupada trazando planes. Había visto el espasmo que había cruzado el rostro de Cailin. ¿Era posible que el parto se le adelantara? ¿O quizá había calculado mal el momento de la llegada de su hijo? Antonia Porcio sabía que nunca volvería a tener una oportunidad así para vengarse, y ansiaba hacerlo. Si Cailin tuviera a su hijo allí, sola y sin su esposo sajón, la esposa y el hijo de Wulf Puño de Hierro se hallarían a su merced. «Oh, Quinto -pensó. -Ayúdame a vengar tu injusta muerte a manos de ese bárbaro. ¡Déjame hacerle sufrir como yo he sufrido! ¿Por qué él ha de ser feliz cuando yo no lo soy?»