Amantes y enemigos
- Автор: Montero Rosa
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Amantes y enemigos». Краткое содержание книги:
No volví a tomar un ácido, no volví a beber alcohol, no volví a fumar un cigarrillo. Mi organismo era un templo, porque él lo había consagrado con su sacrificio. Todo cuanto hacía en la vida, y todas las decisiones que iba tomando, las asumía pensando en Miguel. ¿Qué hubiera hecho él?, me preguntaba. ¿Habría ido a esta película o a esta otra, comprado este libro o aquél, alquilado este apartamento o el de la glorieta? Con el transcurso de los años, las preguntas se sumergieron por debajo del nivel de la conciencia, como pesados peces abisales. Ya no tenía ni que cuestionarme las elecciones: elegía sin más, con la certidumbre de estar haciendo lo debido y lo adecuado, aquello que Miguel hubiera hecho. Pero todas y cada una de las noches, al intentar dormirme, volvía a revivir el momento atroz de la caída, ese cuerpo en forma de aspa, esa estrella de carne, ese grito ensordecedor que yo grité por él.
Hice la carrera de Exactas por libre y me convertí en una profesora de matemáticas muy mediocre y muy triste. Residía en la zona antigua de la ciudad, corría un puñado de kilómetros todas las mañanas, jugaba al ajedrez los domingos, cultivaba con fría eficiencia a los amigos de Miguel. La vida transcurría veloz e inanimada, esa vida ajena que yo vivía, semejante a un tren que atravesara la llanura cerca de mí, agitándome apenas con el rebufo del aire desplazado.
El único punto incierto y conflictivo residía en el terreno sentimentaclass="underline" porque yo no quería, no podía enamorarme. Exiliada de mí, carecía de cuerpo y existencia propios para compartirlos con un hombre. Intenté contemplar a las mujeres con los ojos de él (imborrables, persecutorios ojos grises); e incluso me metí una vez en la cama con una chica pelirroja de grandes pechos que a él seguramente le habría gustado. Fue un desastre. Era una mala suerte que tanto Miguel como yo fuéramos estrictamente heterosexuales: de otro modo nos las hubiéramos podido arreglar mejor. Tal como estaban las cosas, tan sólo el deseo carnal se sublevó a mi voluntad de entrega; y de cuando en cuando me sorprendía a mí misma mirando a algún varón con hambre en la mirada. Entonces doblaba la longitud de mis carreras matinales: diez o doce kilómetros, en lugar de seis, para castigar ese cuerpo insumiso. Terminaba herida, acalambrada, tenebrosamente satisfecha.
Así pasó un decenio, y luego otro. Un día me encontré cumpliendo cuarenta años (y él cuarenta y uno). Miré hacia dentro de mí y no vi nada. Me había ido vaciando poco a poco, de manera insensible e irremediable. Era como un organismo anestesiado pero aún vivo sobre el que se hubiera practicado, por error, una lenta autopsia generaclass="underline" un día te extraen una rebanada de cerebro, al siguiente un puñado de vísceras, luego dos picudas vértebras lumbares. La mutilación había proseguido implacable por ahí dentro durante veinte años, mientras yo añoraba ser capaz de sufrir, añoraba poder agarrarme a algo tan concreto como el dolor para detener tanta devastación. Pero no: nunca sentí nada. Llegué a sospechar que estaba muerta; que en verdad era yo quien se había caído aquella mañana de enero en el Viaducto; y que los últimos e interminables veinte años no eran más que un espasmo infinitesimal de mi cerebro, la alucinación final de mi agonía.
Aún me arrastré por mi rutina varios meses más, mientras en mi interior culminaba el hundimiento. Y entonces empezó a suceder algo terrible. Ocurría por las noches, cuando me encontraba en mi cama, aprisionada por el estrecho encierro de las sábanas, como quien se halla en la oscura boca de un cañón que te va a disparar hacia tus pesadillas. Entonces, en esos momentos siempre vertiginosos, siempre inciertos e inermes de la entrada en el sueño, yo ya no recordaba obsesivamente la caída de él, sino que no tenía nada, absolutamente nada en qué pensar. Qué terrible pobreza, qué desamparo el de quien no tiene en qué pensar antes de la pequeña muerte del dormir. Ahora cerraba los ojos y sólo veía oscuridad. Un infierno polar de hielo negro. Se puede vivir sin dinero, se puede vivir sin familia, se puede vivir sin amor, se puede vivir incluso sin vivir (esto es, viviendo una vidita miserable). Pero es imposible seguir adelante sin tener ensueños dentro de la cabeza. Sin que palpite en tu interior ni una pequeña idea ni se enciendan algunas fantasías por los rincones. No hay nada tan insoportable e inhumano como la ausencia total de imaginación.
Volvía a ser enero, y eso me pareció un signo, un presagio, casi un mandato expreso del Destino. Una mañana helada, en fin, caminé hasta el Viaducto. No había vuelto jamás desde aquel día y me sobresaltó la semejanza con mi recuerdo: el lugar había cambiado muy poco en esos años. Los taludes de hierba seguían estando ahí, de nuevo escarchados y brillantes. Pero en esta ocasión no necesitaba hacerlo tan difícil. Nada de bajar por la ladera: bastaría con saltar desde el pretil. Asomé la cabeza: habían puesto una red metálica contra suicidas, pero desde donde yo estaba podría salvarla fácilmente. Apoyé las manos sobre el pretil, áspero y frío: un par de movimientos más y todo habría acabado. Me precipitaría en el vacío, el cuerpo en aspa, una estrella de carne; sena un brevísimo vuelo y luego nada. Veinte años después, mi muerte me alcanzaba.
Y entonces sucedió. Algo se completó súbitamente dentro de mi cerebro, como si hubiera colocado la última pieza de un rompecabezas gigantesco. Fue un rayo de conocimiento, una descarga eléctrica: ahora, como en una revelación, la vida parecía mostrarme su carpintería, el entramado oculto que aguanta y da sentido a la realidad. Por supuesto: yo no podía suicidarme, ya que le debía mi existencia a él. Pero, al mismo tiempo, y al renunciar al suicidio, que era en verdad lo único que a esas alturas me quedaba, estaba saldando definitivamente mi vieja deuda con Migueclass="underline" si su muerte hipotecó mi vida, ahora su no-vida quedaba compensada con mi no-muerte. Aprecié, con vieja costumbre profesional, el equilibrio lógico de esta construcción de la existencia; y luego me dije: odio las matemáticas. Sí, odiaba la Lógica, y las Ciencias Exactas, y dar clases. Odiaba mi vida enajenada y monacal; odiaba mi cuerpo casi intacto. De repente, en aquella mañana de enero, dos decenios más tarde, yo era yo.
Han pasado dos años desde entonces. Ahora trabajo como responsable de finanzas en una ONG y estoy coqueteando con mi vecino, un tipo divorciado y con un niño. Mis noches son como las de los demás mortales: algunas serenas, otras angustiadas, todas ellas habitadas o perseguidas por imágenes. Gano poco dinero, trabajo demasiado y el vecino no me hace mucho caso: no es una vida espléndida, en fin, pero es mi vida. En la sala de mi casa tengo una foto enmarcada de Miguel. El vecino me ha preguntado quién era. Yo le he contestado que mi marido; que habíamos estado viviendo juntos (pero muy, muy juntos) durante veinte años. Y que al fin, pobre hombre, ha fallecido.
Los besos de un amigo
Se llamaba Ruggiero y era vecino de Ana: ella vivía en el segundo y él en el sexto. Ruggiero era italiano, periodista, corresponsal en España del Corriere della Sera. Tenía treinta y cinco años, una esposa llamada Johanna y tres niños pequeños lindos y rubísimos. Cuando salían juntos y te los encontrabas en el portal, tan guapos y educados, parecían un anuncio publicitario. Toda esa opulencia familiar, en fin, colocó a Ana desde el mismo principio en desventaja.
Y no es que la vida de ella estuviera desprovista de cosas, ni mucho menos. En su profesión estaba atravesando momentos muy dulces. Era restauradora, y había conseguido convertirse, pese a ser mujer, en un chef de prestigio (no hay un ejemplo más despiadado de machismo que el hecho de que las mujeres sean siempre las cocineras de tropa, mientras que el generalato de los chefs es ocupado por los varones); había conquistado una estrella Michelin, un puñado de premios, estupendas críticas. Además le gustaba escribir, y publicaba una sección no de recetas, sino de artículos sobre gastronomía, en uno de los diarios nacionales. Era lo que la gente entiende por una persona triunfadora. Ahora bien, el éxito profesional no es un talismán; aunque endulza la vida, no te garantiza una protección total contra la pena negra. El mejor cocinero del mundo, por ejemplo, puede ser un maníaco depresivo que desee morir tres veces cada noche.