Al Morir Don Quijote
- Автор: Trapiello Andres
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «Al Morir Don Quijote». Краткое содержание книги:
Si don Quijote le respondía, como de hecho así le respondió no pocas veces, un «yo no estoy loco, sino triste», le replicaba ella, «más triste estoy yo de teneros en casa todo el día leyendo novelas, y no me quejo. Bien está que vuesa merced consuma su vida, pero ya le tengo dicho que no quiera consumir su hacienda y consumirnos a los de esta casa».
¡Su tío! Por primera vez le vio como un pobre ser desvalido, y de lo más hondo de sí misma le afloró sentimiento de delicado afecto. Pensando en estas cosas, se quedó adormilada en su escaño Antonia. Tres meses habían transcurrido ya desde la muerte de su tío, dos desde la desaparición de Quiteria, y los mismos desde la partida de Sansón. ¿Se acostumbraría a la una, se acostumbraría a las otras?
Y en ese punto, adormilada en su escaño, oyó violento estruendo y golpes alarmantes en la puerta de la calle.
– ¡Quiteria! -exclamó sobresaltada Antonia, que corrió escaleras abajo a abrirla.
No era Quiteria. De haberle dado crédito a un corazón que ya sólo hablaba la lengua de los presentimientos, Quiteria y nadie más hubiera tenido que ser. Se encontró en cambio, alumbrado por una linterna, al bachiller Sansón Carrasco que venía preguntando por el ama, y para saber cómo se encontraba la sobrina.
CAPITULO DÉCIMO OCTAVO
De todos los amigos y conocidos de don Quijote, el bachiller fue el último en ponerse al corriente. Al fin se había decidido a visitar a su tío el obispo de Sigüenza, como exigía su padre, y de allí acababa de volver, con cartas para su hermana, todavía lacradas, donde les anunciaba la mudanza del mozo en relación a sus órdenes. Y sólo a su regreso supo que el ama había desaparecido, de lo que ya estaba enterado todo el pueblo. Sin demorarlo más, se personó en casa de Antonia. Aún vestía la sotanilla con su cuello sin almidonar, por lo que nadie podía adivinar el propósito que traía de Sigüenza de ahorcarla sotana.
En pocas palabras le puso al corriente Antonia de lo que había ocurrido, cómo Quiteria, contra su costumbre, le había anunciado que se marchaba a Hontoria a pasar el día con su familia y cómo, alarmando a todos, no regresó esa noche, y cómo a los tres días envió a Cebadón a buscarla, y ya había desaparecido.
– ¿Qué dicen el cura, el barbero, el escribano?
– Unos creen que se corrió hacia Sevilla, para embarcarse; otros, que se habrá quedado en una venta, sirviendo; otros la suponen ya en un convento y hay quien sostiene, incluso, que se habrá subido a un monte y en una cueva estará haciendo vida de ermitaña, como es el gusto ahora. Pero, ay, yo a veces doy en imaginar que se habrá tirado a un pozo, y habrá muerto.
– ¿Por qué dices eso, Antonia?
– No sé. Son cosas que me vuelan por dentro, como los murciélagos.
La noticia sorprendió al bachiller, el hecho le admiraba, la suposición le impresionó y el desenlace le dejaba suspenso. Se quedó pensativo, y nada dijo tampoco. Luego se levantó, se despidió y se dispuso a marcharse.
– ¿Qué prisa tiene vuesa merced en irse, apenas ha llegado después de dos meses? Aquí me encuentra sola, esperando lo excusado, porque creo que Quiteria no va a venir nunca más, ¿y no tenéis tiempo más que para coger la puerta y marcharos? ¿Os doy miedo?
– ¿Y yo qué podría hacer?
– ¿No me preguntáis cómo va la hacienda, si salgo de rica y entro de pobre o salgo de pobre y me hago rica? ¿Puedo
Y acaso por darle celos, y cuando el bachiller le prometió guardárselo, le confió Antonia la proposición del señor De Mal
– Apenas dejo el pueblo y todos se desmandan. ¡Viejo asqueroso, liendre, sanguijuela!
Antonia reputó aquellos denuestos de su bachiller como el primer augurio favorable en tres meses. «Le importo», pensó ilusionada, y eso le animó a proponerle lo que en la soledad de aquellos días había pensado tanto:
– Sansón, ya dos veces salisteis a buscar por esos mundos lo que a esta casa se le había ido.
Era difícil adivinar si aquello estaba dicho por la muchacha como una orden, como una súplica o sencillamente como lo que era, apenas una manera delicada de que siguiera apareciendo por aquella casa, aunque don Quijote hubiese muerto.
– ¿Quieres que salga una tercera a buscar lo que se va de esta casa, Antonia?
Se dispuso entonces el bachiller a volver a sentarse en el poyo, pero la muchacha, mirando que la noche era fresca como para estarse fuera, le invitó a que subiese con ella a la sala.
– ;Y estará bien hacerlo, estando como estás sola en casa? -preguntó un Sansón todavía cortado por los patrones eclesiásticos-. Mira que la murmuración tiene mil ojos y espías en todas las esquinas, y tú eres, hoy por hoy, una doncella sin familia.
Se ruborizó Antonia al oír la palabra doncella, y así lo advirtió el bachiller, que recibió contento de ello, aunque no hubiera podido explicar por qué.
Permanecieron los dos un momento sin saber qué decirse, azorados, hasta que al fin Antonia se aventuró a decir:
– ¿Y qué nos importa a nosotros lo que puedan decir? Súbase conmigo, que he de contarle algunas cosas que le admirarán.
Así lo hicieron. Subieron la oscura y pina escalera alumbrándose con el lampión.
Era una estancia amplia, con su estrado y su alcatifa. En una pared había colgada una vieja sarga pintada, como las que se usan en las aldeas; en la otra, solo, un viejo contador, sobre su mesa negra. Ése era todo el ornamento que allí había. Apagó el farol Antonia y encendió una lámpara que dejó sobre la mesa. Su luz, temblorosa y dorada, parecía mantenerles unidos, como apresados en una misma red. Era una luz silente, balsámica y oleosa, la verdadera luz de las confidencias.
– ¡Qué injusta he sido con Quiteria! Ahora lo veo, porque si yo estoy sola en este mundo, sé de sobra que más sola ha de estar ella. En esta casa encontró lo que en la suya no había o no pudieron o no quisieron darle nunca. Pero aún encontró más…
Y en breves palabras le contó al bachiller cómo después de cierta conversación que mantuvo con el ama, ella, Antonia, la había maltratado de palabra y con tal desdén y tal ingratitud que la tenía apenumbrada desde entonces.
– ¡Qué egoísmo el mío y más cuando mi corazón estaba aún más maltrecho que el suyo!
Y se asustó Antonia de haberse referido a su corazón delante del bachiller.
– ¿Y qué quieres decir, Antonia, con eso del corazón maltrecho, que no te entiendo? -preguntó Sansón Carrasco.
Le miró con tristeza Antonia, pero no se atrevió a ir más lejos. Y le estuvo sosteniendo la mirada y llevando a sus ojos un «lee en ellos, bobo, y no creas que estaba maltrecho mi corazón por la muerte de mi tío. Bueno, también; pero de otro modo. Lee la letra pequeña». ¡Qué complicados le parecieron entonces a Antonia sus sentimientos. Pero se alegró de que fuese aquélla la primera vez que Sansón Carrasco, el bachiller que estudiaba para clérigo, le sostuviera la mirada. Aunque al bachiller le habían enseñado a leer Salustios y Horacios, no en los ojos de las jóvenes.
– En fin, algún día lo sabrá vuesa merced -dijo muy enigmática Antonia-, y no digo más. Ahora urge traer de nuevo a esta casa a Quiteria, si sigue aún con vicia y si está a la vista, porque si estuviera penando, no podría perdonármelo en todos los días de mi vida.
– De acuerdo, dame unos días -dijo el bachiller- y de la misma manera que me traje a casa al tío, así traeré al ama, si está a la vista, y si no, noticia al menos de donde se halle, tanto si se ha partido al nuevo mundo o al otro.
Y para quitar gravedad a ese propósito, vistió el bachiller esa última frase de cierto tono jocoso.
– ¿Es que van a pasarse vuesas mercedes haciendo burlas toda la vida hasta con la vida del prójimo? ¿No hay jerarquía que les imponga respeto? Y aunque haya sido yo quien le diese la idea, no os quiero oír decir nunca más que Quiteria ha muerto, porque creeré que fui yo la causante. Así que, mozo, un poco más de formalidad.
– Así te lo prometo yo, y levanta ahora esa murria, Antonia. Fuera presentimientos; aire, penas y tristezas, y sacude a escobazos ese moho melancólico que se te está poniendo. Y ahora, y ya que estamos metidos en harina, querría yo saber algunas cuestiones sobre vuestro tío, para ciertos papeles que tengo pensado escribir.