Marina
- Автор: Zafón Carlos Ruiz
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
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Colector sector IV/nivel 2 – Tramo 66
Al otro lado del túnel, el muro estaba caído. El subsuelo había invadido parte del colector. Se podían apreciar diferentes estratos de antiguos niveles de la ciudad, apilados uno sobre otro.
Contemplé los cadáveres de viejas Barcelonas sobre las que se erguía la nueva ciudad. El escenario donde Sentís había encontrado la muerte. Encendí otra cerilla. Reprimí las náuseas que me ascendían por la garganta y avancé unos metros en la dirección de las pisadas.
– ¿María?
Mi voz se transformó en un eco espectral cuyo efecto me heló la sangre; decidí cerrar la boca. Observé decenas de diminutos puntos rojos que se movían como insectos sobre un estanque. Ratas. La llama de las cerillas que no dejaba de encender las mantenía a una prudencial distancia.
Vacilaba si continuar adentrándome más o no, cuando oí una voz lejana. Miré por última vez hacia la entrada de la calle. Ni rastro de Florián. Escuché aquella voz de nuevo. Suspiré y puse rumbo a las tinieblas.
El túnel por el que avanzaba me hizo pensar en el tracto intestinal de una bestia. El suelo estaba recubierto por un arroyo de aguas fecales. Avancé sin más claridad que la que provenía de los fósforos. Empalmaba uno con otro, sin dejar que la oscuridad me rodease por completo. A medida que me adentraba en el laberinto mi olfato se fue acomodando al olor de las cloacas. Advertí también que la temperatura iba ascendiendo. Una humedad pegajosa se adhería a la piel, la ropa y el pelo.
Unos metros más allá, brillando sobre los muros, distinguí una cruz
pintada burdamente en rojo. Otras cruces similares marcaban las paredes. Me pareció ver algo brillar en el suelo. Me arrodillé a examinarlo y comprobé que se trataba de una fotografía. Reconocí la imagen al instante. Era uno de los retratos del álbum que habíamos encontrado en el invernadero. Había más fotografías en el suelo. Todas ellas provenían del mismo lugar. Algunas estaban desgarradas. Veinte pasos más adelante encontré el álbum, prácticamente destrozado.
Lo tomé y pasé las páginas vacías.
Parecía como si alguien hubiese estado buscando algo en él y, al no encontrarlo, lo hubiera hecho trizas con rabia.
Me hallaba en una encrucijada, una especie de cámara de distribución o convergencia de conductos. Alcé la vista y vi que la boca de otro pasadizo se abría justo sobre el punto donde yo me encontraba.
Creí identificar una rejilla. Alcé la cerilla hacia allí pero una bocanada de aire cenagoso que exhaló uno de los colectores extinguió la llama. En ese momento escuché algo desplazarse, lentamente, rozando los muros, gelatinoso. Sentí un escalofrío en la base de la nuca. Busqué otra cerilla en la oscuridad y traté de encenderla a ciegas, pero la llama no me prendía. Esta vez estaba seguro: algo se movía en los túneles, algo vivo que no eran ratas. Noté que me ahogaba. La pestilencia del lugar me golpeó brutalmente las fosas nasales. Un fósforo prendió en mis manos por fin. Al principio la llama me cegó. Luego vi algo reptando a mi encuentro. Desde todos los túneles. Unas figuras indefinidas se arrastraban como arañas por los conductos. La cerilla cayó de mis dedos temblorosos. Quise echar a correr, pero tenía los músculos clavados.
De repente, un rayo de luz rebanó las sombras, atrapando una visión fugaz de lo que me pareció un brazo extendiéndose hacia mí.
– ¡Oscar!
El inspector Florián corría en mi dirección. En una mano sostenía una linterna. En la otra, un revólver. Florián me alcanzó y barrió todos los rincones con el haz de la linterna. Ambos escuchamos el sonido escalofriante de aquellas siluetas retirándose, huyendo de la luz. Florián sostenía la pistola en alto.
– ¿Qué era eso?
Quise responder, pero me falló la voz.
– ¿Y qué demonios haces aquí abajo?
– Colector sector IvMaría… articulé.
– ¿Qué?
– Mientras le esperaba, vi a María Shelley lanzarse a las cloacas y…
– ¿La hija de Shelley? -preguntó Florián, desconcertado. ¿Aquí?
– Sí.
– ¿Y Claret?
– No lo sé. He seguido el rastro de pisadas hasta aquí…
Florián inspeccionó los muros que nos rodeaban. Una compuerta de hierro cubierta de óxido quedaba en un extremo de la galería. Frunció el ceño y se aproximó lentamente hacia allí. Me pegué a él.
– ¿Son éstos los túneles donde encontraron a Sentís?
Florián asintió en silencio, señalando hacia el otro extremo del túnel.
Esta red de colectores se extiende hasta el antiguo mercado del Borne. Sentís fue encontrado allí, pero había signos de que el cuerpo había sido arrastrado.
– Es allí donde está la vieja fábrica de la Velo Granell, ¿no?
Florián asintió de nuevo.
– ¿Cree usted que alguien está utilizando estos pasadizos subterráneos para moverse bajo la ciudad, desde la fábrica a…?
– Toma, sostén la linterna -me cortó Florián. Y esto.
"Esto" era su revólver. Se lo aguanté mientras él forzaba la compuerta de metal. El arma pesaba más de lo que había supuesto. Coloqué el dedo en el gatillo y la contemplé a la luz. Florián me lanzó una mirada asesina.
– No es un juguete, cuidado.
Ve haciendo el tonto y una bala te reventará la cabeza como si fuese una sandía.
La compuerta cedió. El hedor que se escapó del interior era indescriptible. Dimos unos pasos atrás, combatiendo la náusea.
– ¿Qué diablos hay ahí dentro? exclamó Florián.
Sacó un pañuelo y se cubrió la boca y la nariz con él. Le tendí su arma y sostuve la linterna.
Florián empujó la compuerta de una patada. Enfoqué hacia el interior. La atmósfera era tan espesa que apenas se distinguía nada. Florián tensó el percutor y avanzó hacia el umbral.
– Quédate ahí me ordenó.
Ignoré sus palabras y avancé hasta la entrada de la cámara.
– ¡Dios santo!… escuché exclamar a Florián.
Sentí que me faltaba el aire. Era imposible aceptar la visión que se ofrecía a nuestros ojos. Atrapados en las tinieblas, colgando de garfios herrumbrosos, había docenas de cuerpos inertes, incompletos. Sobre dos grandes mesas yacían en un caos completo unas extrañas herramientas: piezas de metal, engranajes y mecanismos construidos en madera y acero. Una colección de frascos reposaba en una vitrina de cristal, un juego de jeringas hipodérmicas y un muro repleto de instrumentos quirúrgicos sucios, ennegrecidos.
– ¿Qué es esto? -murmuró Florián, tenso.
Una figura de madera y piel, de metal y hueso yacía sobre una de las mesas como un macabro juguete inacabado. Representaba a un niño con ojos redondos de reptil; una lengua bífida asomaba entre sus labios negros. Sobre la frente, marcado a fuego, se podía ver claramente el símbolo de la mariposa.
– Es su taller… Aquí es donde los crea… -se me escapó en voz alta.
Y entonces los ojos de aquel muñeco infernal se movieron. Giró la cabeza. Sus entrañas producían el sonido de un reloj al ajustarse.
Sentí sus pupilas de serpiente posarse sobre las mías. La lengua bífida se relamió los labios. Nos estaba sonriendo.
– Salgamos de aquí -dijo Florián. ¡Ahora mismo!
Regresamos a la galería y cerramos la compuerta a nuestras espaldas. Florián respiraba entrecortadamente. Yo no podía ni hablar. Tomó la linterna de mis manos temblorosas e inspeccionó el túnel. Mientras lo hacía, pude ver una gota atravesar el haz de luz.
Y otra. Y otra más. Gotas brillantes de color escarlata. Sangre. Nos miramos en silencio. Algo estaba goteando desde el techo.
Florián me indicó que me retirase unos pasos con un gesto y dirigió el haz de luz hacia arriba. Vi cómo el rostro de Florián palidecía y su mano firme empezaba a temblar.