La guerra de las salamandras [Válka s mloky - es]
- Автор: Чапек Карел
- Год: 1992
- Язык: испанский
- Год: Hiperi
- ISBN: 978-84-7517-321-4
- Переводчик: Ana Falbrov
- Жанр: Социально-философская фантастика
Электронная книга - «La guerra de las salamandras [Válka s mloky - es]». Краткое содержание книги:
Nacido en 1890 y muerto en 1938, poco después de ser propuesto para el premio Nobel, Čapek dejó una importante obra teatral, narrativa, ensayística, periodística y de viajes, de la que varios títulos han sido traducidos a nuestro idioma. Su humanismo concreto, su preocupación por la pérdida de valores o por el alejamiento de la naturaleza, su defensa de la tolerancia, el ccntraste y el respeto hacia los otros, confieren a su obra literaria, de muy diversos y ricos matices, innegable perdurabilidad y actualidad.
El transporte de las salamandras en los barcos-cisterna es humano e higiénico. Cada dos días se les cambia el agua de los recipientes y se les da alimento en abundancia. La mortalidad durante el transporte alcanza solamente un 10%. A petición de la Sociedad Protectora de Animales, en cada buque-cisterna hay un capellán que se preocupa de que se trate humanitariamente a las salamandras y que noche tras noche les hace una pequeña plática en la que, principalmente, les inculca él respeto a los hombres, la obediencia y el agradecimiento a sus futuros amos, que no desean más que ocuparse paternalmente de su bienestar. Desde luego, es bastante difícil explicar a las salamandras esa «preocupación paternal», ya que el sentimiento de la paternidad les es desconocido. Las salamandras más educadas decidieron llamar a dicho capellán Papá Salamandra. También han dado muy buen resultado las películas educativas que son proyectadas a las salamandras durante el transporte y que les enseñan, ya la técnica humana, ya su futuro trabajo y obligaciones. Hay gente que traduce la abreviatura S-Trade (Salamander TradeJ, como Slave Trade, o sea, comercio de esclavos. Como observadores imparciales, hemos de decir que si el antiguo negocio de esclavos hubiera estado tan bien organizado y hubiese sido tan higiénico como el actual de las salamandras, no podríamos menos que felicitar a los esclavos. Sobre todo con las salamandras más caras, se guardan una serie de atenciones y delicadezas, principalmente porque el capitán y la tripulación del barco responden con sus sueldos por la vida de las salamandras que les han sido confiadas. El que escribe este artículo fue testigo de cómo hasta los más duros marineros del buque-cisterna S.S.14 estaban profundamente impresionados cuando doscientas cuarenta formidables salamandras enfermaron de diarrea. Iban a mirarlas con lágrimas en los ojos y daban salida a sus sentimientos humanitarios con ásperas palabras tales como: «¡Qué falta nos hacían estos bichos del diablo!»
Al aumentar las ganancias por la explotación de las salamandras surgió, también, el comercio pirata; el Sindicato de las Salamandras no pudo controlar y administrar todas las líneas en las que el fallecido capitán van Toch había llevado salamandras, especialmente las que dejó en las islas de Micronesia, Melanesia y Polinesia, así que muchas bahías en las que vivían y se multiplicaban las mismas, quedaron abandonadas. Como resultado de esto se estableció, junto a la cría racional de salamandras, la caza de las salvajes, que recordaba, en muchos aspectos, las antiguas expediciones a la caza de focas. En cierto modo, esta caza era ilegal, pero como no existía ninguna ley para la protección de las salamandras salvajes, sólo se podía perseguir a los piratas por intromisión en las aguas territoriales de este o aquel país. Y como al multiplicarse tan extraordinariamente en aquellas islitas las salamandras causaban un sinfín de molestias a los naturales del lugar, amén de destrozos en sus huertos y campos, esta caza de salamandras se consideraba, aunque en silencio, como un modo de regular la población salamándrica. Citamos una auténtica investigación judiciaclass="underline"
Eran las once de la noche cuando el capitán de nuestro barco ordenó bajar la bandera de nuestro país y nos mandó arriar los botes. Hacía una clara noche de plenilunio. La islita hacia la que remábamos era, según creo, Gardner Island, del archipiélago Fénix. En las noches de plenilunio las salamandras salen a bailar a la playa. Uno puede acercarse a ellas sin que lo oigan, tan embebidas están en su silenciosa danza colectiva. Veinte de nosotros llegamos a la playa con los remos en la mano y, esparcidos en semicírculo, empezamos a acercarnos al oscuro rebaño que se agitaba en la playa, bajo la lechosa luz de la luna.
Es difícil expresar la impresión que produce la danza de las salamandras. Unos trescientos animales están sentados sobre sus patas traseras en un círculo exacto, con la cara mirando hacia el centro de dicho círculo, que permanece vacío. Las salamandras no se mueven, están como petrificadas, parecen una especie de empalizada ante algún altar secreto. Pero allí no hay altar ni dios alguno. De pronto, uno de los animales hace chasquear la lengua, «Chisss, chisss, chisss», y empieza a balancearse haciendo un movimiento circular con la parte superior de su cuerpo. Esta especie de balanceo se va transmitiendo de unas salamandras a otras y, al cabo de unos segundos, todas mueven circularmente la parte superior, sin moverse de su sitio, cada vez con mayor rapidez, sin sonido, como fanáticos en una furiosa y loca embriaguez. Al cabo de un cuarto de hora se debilita alguna salamandra, luego otra y otra, se balancean y, exhaustas, quedan paralizadas. De nuevo permanecen quietas, sentadas como estatuas, descansando algunos momentos. Después de unos segundos se oye de nuevo «Chisss, chisss, chisss»… y otra salamandra se empieza a mover, pasando su danza de unas a otras hasta que se balancea frenéticamente todo el círculo. Sé que, por esta descripción, les parecerá la danza un poco mecánica, pero añadan ustedes a ello la blanquecina luz de la luna y el susurro melodioso de las olas. Todo esto tiene en sí algo de embrujo, de magia. Me quedé parado con el corazón en la garganta, sintiendo algo así como horror y admiración. «¡Hombre, mueve los pies», me gritó el compañero más próximo, «vas a hacer un agujero en la arena!»
Cada vez cerrábamos más el cerco alrededor de los animales danzantes. Los hombres tenían preparados los remos y hablaban en susurros, no tanto porque las salamandras pudiesen oírlos, sino porque era de noche. «¡Hacia ellas, rápido!», gritó el oficial. Corrimos hacia aquel círculo hirviente; los remos, con un chasquido seco, chocaban contra los espinazos de las salamandras. De pronto éstas volvieron en sí, escapándose hacia el centro del círculo o tratando de pasar por entre los remos para llegar hasta el mar, pero los golpes que recibían las hacían retroceder, encogidas de dolor y de miedo. Se empujaban hasta el centro del círculo aplastándose, pisoteándose, cayendo unas sobre otras, formando ya varias capas. Diez hombres las levantaban y las metían tras un cerco de remos, y diez más hincaban y golpeaban a las que trataban de escabullirse o de escapar. Era una especie de ovillo negro que se movía y temblaba, una masa de carne croante sobre la que caían pesados golpes. Luego se abría algún espacio entre los remos, se escurría alguna salamandra y quedaba aturdida por un golpe de remo en la nuca. Tras ella, otra y otra más, hasta que yacían unas veinte. «¡Cerrad!», gritaba el capitán, y el espacio entre los remos se cerraba de nuevo. Bully Beach y Dingo cogían cada uno de una pata a una de las salamandras aturdidas y la llevaban arrastrando por la arena hasta el bote, como un saco sin vida. Algunas veces el cuerpo del animal se enganchaba en las piedras; los marineros, rabiosos, tiraban con fuerza quedándose con las patas en las manos. «No es nada», gruñía el viejo Mike que estaba a mi lado, «¡Ya les crecerán de nuevo!» Una vez que las salamandras, aturdidas, estaban en el bote, el oficial ordenaba secamente: «¡Preparen otras!» Y de nuevo llovían los golpes de remo sobre las salamandras. Aquel oficial —Bellamy se llamaba— era un hombre inteligente y silencioso, formidable jugador de ajedrez. Pero se trataba de una caza o, mejor dicho, de un negocio, así que ¿para qué andar con miramientos? De esta forma cazamos más de doscientas salamandras aturdidas, quedando unas setenta que seguramente estaban muertas y que ya no valía la pena llevar.