El Jardinero Nocturno
- Автор: Пелеканос Джордж
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El Jardinero Nocturno». Краткое содержание книги:
Cuando el cadáver de un adolescente aparece en un parque público de Washington, el detective Gus Ramone revive con intensidad una investigación en la que participó veinte años atrás. El asesino, a quien los mede víctimas los parques de la ciudad y salió impune. El nuevo crimen reunirá a los tres hombres que participaron en aquel caso y les dará la oportunidad de cerrarlo. Tal vez ahora consigan atrapar al Jardinero Nocturno…
– Regina…
– ¿Qué?
– Pues que el nombre de Asa… se escribe igual al derecho que al revés. Es un palíndromo.
– Sí.
– Tú estabas en el cuerpo cuando asesinaron a aquellos chicos de Southeast.
– Todavía era novata, pero, sí, me acuerdo.
– Aquellos chicos también aparecían en jardines comunitarios. Todos. Con un tiro en la cabeza.
– ¿Tú crees que tiene relación?
– Tengo que pensarlo. Supongo que mañana abriré algunos expedientes antiguos.
– Mañana. Pero ahora olvídate.
Pasaron un momento en silencio.
– Diego parece estar bien. Nunca olvidará esto, pero lo está llevando bastante bien.
– La verdad es que ha tenido un día muy duro. Y encima van y lo echan del colegio…
– Por reírse durante un simulacro de incendio. A saber cuántos chicos blancos se rieron.
– Venga, Gus. Ahora no te pongas a odiar a los blancos.
– A la mierda el colegio. Ya estoy harto de todas esas chorradas.
– Tranquilo. -Regina le apartó el pelo de la frente y le dio un beso tras la oreja-. Se te va a poner el corazón a cien y luego no vas a poder dormir.
Se abrazaron y Ramone notó que se le calmaba la respiración. Y abrazado a ella, percibiendo aquel olor tan suyo, sintiendo la piel suave de su mejilla pensó: «Por esto estoy casado con ella. Algo así no lo tendré nunca con nadie.»
16
La muerte de Asa Johnson ocupó la segunda página de la sección Metro al día siguiente en el Washington Post. El evento llevaba más peso que la habitual mención de uno o dos párrafos que se dedicaba a las víctimas negras en las secciones Crimen o En breve, que muchos residentes de la zona llamaban informalmente «Negros muertos». Johnson, al fin y al cabo, no era un chico de la calle. Era un adolescente de clase media, y muy joven. Lo que lo llevó a los titulares fue su edad: las víctimas menores se habían convertido en una perturbadora moda.
En mitad del verano habían encontrado a un niño de seis años, Donmiguel Wilson, atado, amordazado y asfixiado boca abajo en la bañera de un apartamento en Congress Heights. Llevaba muerto varias horas. Aquel espantoso suceso llegó a la primera página del Post. El asesinato a tiros de Donte Maning, una niña de nueve años que estaba jugando a la puerta de su casa en Columbia Heights, también había merecido la atención de la prensa y había provocado la indignación de los ciudadanos. Eso había sido en primavera. El índice de asesinatos había bajado ese año, pero los asesinatos de niños y adolescentes habían aumentado más que nunca.
Las estadísticas inquietaban tanto al alcalde como al jefe de policía, y no sólo por la mala prensa que suponían, aunque naturalmente eso venía a sumarse a su ansiedad. Todos, hasta los más insensibles, sentían un escalofrío cuando asesinaban a un niño por la única razón de haber nacido o haberse criado en una determinada sección de la ciudad. Cada víctima infantil era un recordatorio para la policía, los oficiales y los ciudadanos de que vivían en un mundo que se había torcido mucho.
A pesar de todo, tampoco podía decirse que la muerte de Asa Johnson, todavía no calificada de asesinato oficialmente, atrajera la atención o la prioridad reservada a las víctimas blancas o a los niños negros por debajo de los diez años. Había otros asesinatos por investigar. De hecho los últimos dos días habían aparecido varios cadáveres.
Rhonda Willis se encargaba de uno de ellos. Por la noche había aparecido una víctima de un tiroteo en Fort Slocum Park, unas manzanas al oeste del jardín comunitario de Oglethorpe Street.
– ¿Quieres venir conmigo? -preguntó Rhonda, sentada en su mesa.
Era temprano, ni siquiera habían dado las nueve. Gus Ramone y Rhonda Willis tenían el turno de ocho a cuatro las siguientes dos semanas.
– Claro -contestó Ramone-. Pero primero tengo que hablar con Garloo.
– Muy bien. Ya tenemos identificada a la víctima. Voy a pasar su nombre por la base de datos, a ver qué tenemos.
– Pues en cuanto termines nos vamos.
Garloo Wilkins estaba en su cubículo, leyendo algo en Internet. Cerró la pantalla en cuanto vio acercarse a Ramone. Seguramente eran o deportes o pornografía. A Garloo le iban el béisbol de fantasía y las mujeres maduras con abundantes delanteras.
Su mesa estaba limpia, con los expedientes ordenadamente alineados en un archivador de acero a un lado. No tenía en el tablón iconos religiosos, ni fotos familiares ni de ningún otro tipo, excepto una Polaroid sacada de la ficha de un teclista go-go, sospechoso de asesinato. Aparecía mirando a la cámara con una sonrisa mientras se follaba a una joven por detrás. Había sido interrogado pero no llegaron a acusarle, por falta de pruebas y testigos. No había sido un caso de Garloo, pero toda la unidad acabó furiosa por la habilidad del sospechoso para evadir la detención, y la foto era un recordatorio de que seguía en la calle, divirtiéndose y respirando aire libre. En la mesa de Garloo había también un paquete de Winston y un mechero en el que aparecía el mapa de Vietnam del Norte y del Sur. Wilkins era ex militar, pero demasiado joven para haber luchado en aquella guerra.
– Bill.
– Gus.
Ramone se sentó.
– ¿Qué hay de Asa Johnson?
Wilkins sacó el expediente del archivador y se quedó mirando un papel. Ramone echó un vistazo. No había nada anotado. Normalmente en un caso bien trabajado había notas apuntadas en los márgenes y huellas de dedos sucios en el sobre de papel de Manila. Éste estaba impecable.
Wilkins cerró el expediente y lo devolvió a su sitio. No había nada nuevo en él, pero había querido sacarlo por hacer algo de melodrama. Por lo visto tenía noticias.
– En las notas preautopsia han establecido la hora probable de la muerte entre la medianoche y las dos de la madrugada. Herida de bala en la sien izquierda, salida por la coronilla.
– ¿Y la bala?
– Era de una treinta y ocho. Bastante limpia para tener marcas. Podríamos relacionarla con el arma, si la encontramos.
Ramone asintió.
– ¿Tóxicos en la sangre?
– Ninguno. Había restos de pólvora en los dedos de la mano izquierda. Supongo que levantó la mano como para defenderse antes de recibir el disparo.
– Bueno, eso es cosa de los forenses. ¿Y la investigación?
– No hemos encontrado testigos. Excepto la anciana aquella que creyó haber oído una rama romperse. Nada. Todavía.
– ¿Colaboración ciudadana?
– Tampoco.
– ¿Y la grabación de la llamada anónima que hizo la denuncia?
– Aquí la tengo. -Wilkins sacó una cinta de un sobre del cajón.
– ¿Te importa que la oiga?