La gangrena
- Автор: Salisachs Mercedes
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «La gangrena». Краткое содержание книги:
La gangrena narra la vida de Carlos Hondero, desde su niñez en los años de la Dictadura hasta los años setenta, cuando se convierte en un hombre rico y poderoso, pero también la historia misma de España. Las mutaciones del alma (originariamente publicada como Bacteria mutante) retoma el mundo novelesco de La gangrena, cuando Lolita Moraldo, a los setenta y un años, recibe la visita de su viejo amigo Carlos Hondero, que fue el gran amor de su vida. La historia retrocede hasta la época en que se conocieron antes de la guerra civil. Patética historia de un amor frustrado, retablo de los ambientes de la buena sociedad y retrato del país en el curso de más de medio siglo, es una obra crucial en la trayectoria de la autora.
Por primera vez en un único volumen, La gangrena, este clásico de las letras españolas con el que la autora obtuvo, en 1975, el Premio Planeta, y Las mutaciones del alma (originariamente publicada como Bacteria mutante), que prolonga y amplía el mundo novelesco de La gangrena. Se trata de una de las obras más intensas de Mercedes Salisachs.
Los momentos eran difíciles para la economía del país: los proyectos de expansión fluctuaban entre un capitalismo socializado y una socialización capitalista: dos situaciones parecidas pero difíciles de compaginar. Fue una época de gran actividad para Ramón Pérez: «Ese madrileño tiene recursos para todo», comentaba el señor Jaume.
De pronto, un día se sintió comunicativo. Miró hacia el fondo del pasillo y dijo abiertamente: «Las cosas funcionarían como una seda si no fuera por esos dos incordiantes.» Tampoco él era partidario de los J. J. Conocía demasiado sus triquiñuelas particulares para tolerarlos sin reservas. «Acabarán estrellándose cuando menos lo esperen.»
Hablaba para sí mismo, igual que si pensara. Me fijé en Paquito: movía la cabeza asintiendo: era evidente que tampoco él simpatizaba con los J. J. En realidad, nadie en la empresa, salvo Estrella, parecía simpatizar. Por lo bajo Paquito me decía: «Están al borde del precipicio.» Y comprendí que Jaume Palafell tenía fundamentos sólidos cuando argumentaba que los J. J. iban a arrastrarnos a la ruina. Pero entonces yo no podía saber lo que, al poco tiempo, iba a ocurrir.
Paquito era algo mayor que yo y llevaba dos años metido en el Banco, ayudando al señor Jaume. «Aproximadamente los mismos que don Peca-Cura lleva de director general», me aclaró. Supe entonces que también don Pablo era nuevo en la empresa. Don Alberto lo había nombrado director al morir su antecesor y quedar la plaza vacante. «Un hombre raro, pero muy sagaz», aseguraba Paquito.
Para contentar al señor Jaume, Paquito se expresaba en catalán y se declaraba separatista, pero en realidad (no tardé mucho en averiguarlo) Paquito tenía otro tipo de aspiraciones políticas. Aunque no lo confesara abiertamente (entonces aquellas tendencias hubieran hecho peligrar su empleo) soñaba con sistemas internacionales y cambios ecuménicos. Era, como yo, hijo de viuda y, según decía, su madre estaba enferma: «Al menos la tuya trabaja, pero la mía no puede.» Comprendí enseguida que Paquito era un nido de rencores sociales, de diatribas contra la injusticia humana y de ataques directos contra el capital. Pero trabajaba en un Banco privado y no le quedaba otro remedio que apechugar con todo lo que odiaba. Aunque no podía admitir el sistema, estaba viviendo de la empresa, y aquel factor condicionaba su silencio y su prudencia. Pero cuando su madre empeoraba, el disimulo decrecía. Se le ponían los labios tensos y la voz le salía gangosa: «Hasta que España no adopte una conciencia mundialista…» Cuando el señor Jaume escuchaba susurros, nos mandaba callar: «Mientras se trabaja, no se habla.» Era riguroso no sólo con los demás, sino consigo mismo y no perdonaba el menor desliz. Amaba la Banca Salcedo como si fuera algo propio: como si al tiempo que se hubiera creado, él hubiese empezado a nacer. No había horas para su trabajo. Más que trabajar para vivir, daba la impresión de que vivía para trabajar: para dejar su huella en cada talón que ingresaba o en cada operación que pasaba por sus manos. Su gran aspiración era ésa: ser útil, sin ambiciones, sin afán de lucro: sencillamente por idealismo.
Creo que nunca he conocido un hombre más idealista que Jaume Palafell. Me pregunto qué hubiera hecho ahora, en este mundo tan necesitado de ideales y tan invadido de ideas. Jamás hubiera podido avenirse con la Banca Salcedo de nuestros días, extendida por toda la región, ramificada en toda España (incluida aquella ciudad que detestaba porque se llamaba Madrid), con sus horas de trabajo estrictas e inviolables, sus conatos de huelga parodiando protestas sordas y sus computadoras sustituyendo al hombre.
Y pienso que tal vez haya sido mejor que muriese antes de sentirse estafado por el desarrollo (españolizado y antirregionalista) de aquella empresa que hasta cierto punto consideraba suya, y un poco también de aquel Estado Catalán (breve y quimérico) perdido ya entre los escombros de una historia sin memoria. Jaume Palafell era inteligente, tenaz y sobre todo bueno. Por eso Paquito se esforzaba tanto en ocultarle sus verdaderas tendencias, porque en el fondo tenía miedo de su rectitud.
Sin embargo, a mí Paquito no me engañaba. Su forma de pensar era cada vez más diáfana. La iba pregonando en mil detalles. Uno de ellos lo constituían los hijos de don Alberto, cuando periódicamente nos visitaban: «Ya los tenemos aquí», decía Paquito entre dientes. Era un rito establecido. Primeramente iban los tres al despacho de su padre, luego, acompañados por él, recorrían las distintas secciones del Banco. Cuando entraban en algún lugar, los empleados se ponían en pie y don Alberto decía: «Aquí están mis heeus: Jodi, Quimet y Tomé.» Los tres eran rubios, como él, altos para su edad, de ojos claros y movimientos tranquilos, pero las facciones eran de su madre. Con ademanes mecanizados iban estrechando manos uno tras otro. Los empleados sonreían, saludaban y departían con ellos con la familiaridad democrática que a don Alberto tanto le gustaba fomentar. Como los J. J. no tenían hijos, don Alberto daba por sentado que aquellos tres niños iban, con el tiempo, a convertirse en los amos de la Banca Salcedo, y ponía mucho empeño en que el personal fuera acostumbrándose a ellos.
Los recuerdo muy bien: eran tres caras sin relieve; tres dibujos de Ingres, planos, sintéticos. Criaturas que, sin poderlo evitar, iban despidiendo vacío: tres cuerpos a medio crecer que, de antemano, advertían su imposibilidad de hacerlo. Pero don Alberto no parecía intuir que aquellos niños jamás llegarían a ser hombres. Cuando se iban, Paquito volvía a sus indirectas: «Así ¡ancha es Castilla! ¡En cuanto nacen se les da todo hecho!» No admitía que aquellos niños pudiesen heredar algún día todo lo que se desarrollaba gracias al trabajo nuestro: los que estábamos a sueldo; aquel sueldo que le permitía mantener, a medias con el de su hermana, la existencia de una madre enferma. «Y luego se creerán los dueños y presumirán de poderosos.»
Por contraste, la reacción de Jaume Palafell era completamente opuesta: «Ya los ha visto usted, Hondero: con el tiempo serán ellos los responsables del Banco. Cuando llegue ese día, procure usted ayudarlos con lealtad, como he hecho yo con su padre. Van a necesitarlo. Yo me habré jubilado y es posible que usted ocupe mi puesto.» A Jaume Palafell le gustaba hacer proyectos: pertenecía a una generación en que todavía se consideraba lógico planear para el futuro.
En cierta ocasión le dije:
– Dios sabe lo que ocurrirá cuando lo jubilen… Es usted muy joven aún y pueden suceder mil cosas.
No me resignaba a admitir que mi meta consistiera en sustituir Jaume Palafell. Era imposible que yo, algún día, fuera capaz de estancarme en la ingrata sección de Contabilidad. Sin embargo, Jaume Palafell no aspiraba a más. Le parecía que nada podía enaltecer tanto a un hombre como una jubilación honrosa: «Es como ganar una carrera, o aprobar unas oposiciones difíciles… malo es no tener hijos.» Aquella lacra era el gran fallo de su vida, su terrible mancha negra. «Un hombre sin hijos es un hombre a medias», decía siempre. «Poco más o menos lo que les ocurre a ésos.» Ésos, naturalmente, eran los J. J. Pero a los J. J. no parecía importarles demasiado la falta de descendencia. La vida para ellos era simple juerga, sin más aspiraciones que las de rellenar el día de satisfacciones personales. La política les importaba poco; sin embargo, habían jugado su baza fuerte apostando por la República. Eran liberales por comodidad, no por sentido de justicia. Tal vez por eso, cuando ocurrían desmanes cogían el portante y se iban al extranjero. Sus ausencias me irritaban, porque Estrella dejaba de asistir al Banco.
Aquel verano los acontecimientos políticos iban embrollándose cada vez más. En Madrid y Sevilla se había intentado un golpe militar sin consecuencias: el general Sanjurjo fue condenado a muerte, pero el indulto no tardó en llegar. Los pequeños intentos monárquicos morían a poco de nacer: les faltaba coherencia y apoyo masivo. Por eso nadie los consideraba virulentos. Los cabecillas rebeldes eran deportados a lugares insólitos, como si el hecho de alejarlos de la península fuera suficiente garantía para la República. Y mi madre, como siempre, temía: «Son ganas de incordiar ¿Cómo se convencerán que lo que España quiere es una República consecuente y nada más?»