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Pasado Perfecto

Электронная книга - «Pasado Perfecto». Краткое содержание книги:

El primer fin de semana de 1989 una insistente llamada de teléfono arranca de su resaca al teniente Mario Conde, un policía escéptico y desengañado. El Viejo, su jefe en la Central, le llama para encargarle un misterioso y urgente caso: Rafael Morín, jefe de la Empresa de Importaciones y Exportaciones del Ministerio de Industrias, falta de su domicilio desde el día de Año Nuevo. Quiere el azar que el desaparecido sea un ex compañero de estudios de Conde, un tipo que ya entonces, aun acatando las normas establecidas, se destacaba por su brillantez y autodisciplina. Por si fuera poco, este caso enfrenta al teniente con el recuerdo de su antiguo amor por la joven Tamara, ahora casada con Morín. «El Conde» irá descubriendo ciertas sombras inquietantes en el aparente pasado perfecto sobre el que Rafael Morín ha ido labrando su brillante carrera de burócrata.
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– Corre, es para ti -y parece confundida y también preocupada.

El se coloca una toalla en la cintura y sale del cuarto. Tamara lo sigue hasta el vano de la puerta y lo mira hablar.

– ¿Sí, quién es? -pregunta, y luego escucha más de un minuto y sólo agrega-: Mándame el carro que voy para allá.

Cuelga el teléfono y mira a la mujer. Se acerca a ella, quiere besarla, y antes lucha contra el mechón indispensable.

– No, Rafael no ha aparecido -dice, y comienzan un beso largo y sosegado, de lenguas que se enredan sin orden, salivas que se trafican, de dientes que tropiezan y labios que empiezan a doler. Es el mejor beso que se dan y dice:

– Tengo que ir para la Central, ya encontraron a Zoila. Si tiene que ver con Rafael te llamo más tarde.

Zoila Amarán Izquierdo los observó mientras entraban en el cubículo. En sus ojos se alternaron la indiferencia y el recelo, pero Mario Conde pudo respirar su vigorosa femineidad. La piel dorada de la muchacha tenía un brillo de animal saludable y lo más significativo de su cara, la boca, era impúdica y carnosa, decididamente atractiva. Apenas había cumplido los veintitrés años pero se veía segura de sí misma y el Conde presintió que no iba a ser fácil. Aquella muchacha había vivido en la calle y la conocía, se había endurecido tratando a todo tipo de gentes, y uno de sus orgullos era decir no le debo nada a nadie, porque tengo los ovarios bien puestos, como lo habría tenido que demostrar más de una vez. Le gustaba vivir bien y para hacerlo no le importaba bordear lo ilegal, porque además de ovarios tenía suficiente cerebro para no atravesar fronteras demasiado peligrosas. No, no iba a ser fácil, se advertía sólo de mirarla y comprobar, además, que era una de esas mujeres tan bellas que da deseos de comer tierra.

– Ella es Zoila Amarán Izquierdo, compañero teniente -dijo Manolo y avanzó hacia la muchacha, que permanecía sentada en el centro del cubículo-. El operativo la encontró cuando regresaba a su casa, en un taxi, y le pidió que viniera hasta la Central para entrevistarla.

– Sólo queremos hacerte unas preguntas, Zoila. No estás detenida y queremos que nos ayudes, ¿está bien? -le explicó el Conde y caminó hacia la puerta del pequeño cubículo, buscando un ángulo en el que ella debía voltearse para verlo.

– ¿Por qué? -preguntó sin moverse, y también tenía una linda voz, clara, bien proyectada.

El Conde miró a Manolo y le dijo que sí con los ojos.

– ¿Dónde estuviste el día 31?

– ¿Tengo que contestar?

– Creo que sí, pero no estás obligada. ¿Dónde estabas, Zoila?

– Por ahí, con un amigo. Éste es un país libre y soberano, ¿no?

– ¿Dónde?

– Ah, en Cienfuegos, en casa de otro amigo de él.

– ¿Cómo se llaman esos amigos?

– ¿Pero qué es lo que pasa, a santo de qué este lío?

– Por favor, Zoila, los nombres. Mientras más rápido terminemos más rápido te vas.

– Norberto Codina y Ambrosio, creo que Fornés, ¿está bien? ¿Ya terminamos?

– Está bien, pero todavía… ¿Y no había otro amigo, Rafael, Rafael Morín?

– Ya me preguntaron por ese hombre y dije que no sé quién es. ¿Por qué yo tengo que conocerlo?

– Es amigo tuyo, ¿no?

– Yo no lo conozco.

– ¿Dónde vive tu amigo, el de Cienfuegos?

– Al doblar del teatro, no sé cómo se llama esa calle.

– ¿Y seguro no te acuerdas de Rafael Morín?

– Oigan, ¿qué es esto? Miren, si quiero me quedo callada y se acabó este lío.

– Está bien, como tú quieras. Te quedas callada, pero también te puedes quedar aquí guardada, pendiente de investigación como sospechosa de secuestro y asesinato y…

– ¿Pero qué es esto?

– Una investigación, Zoila, ¿me entiendes? ¿Cómo se llama el amigo que fue a Cienfuegos contigo? -Norberto Codina, ya se lo dije.

– ¿Dónde vive?

– En Línea y N.

– ¿Tiene teléfono?

– Sí.

– ¿Qué número?

– ¿Qué van a hacer?

– Llamarlo, a ver si es verdad que estaba contigo.

– Oigan, que él es casado.

– Dime el número, nosotros somos discretos.

– Por favor, compañeros. Es el 325307.

– Llame, teniente.

El Conde caminó hacia el teléfono que estaba sobre el archivo y pidió una línea.

– Mira esta foto, Zoila -siguió Manolo y le entregó una copia de la foto circulada de Rafael Morín.

– Sí, ¿qué pasó? -preguntó, tratando de oír la conversación del Conde, que hablaba en voz muy baja.

– ¿No lo conoces?

– Bueno, salí con él unas cuantas veces. Hace como tres meses de eso.

– ¿Y tú no sabes cómo se llama?

– René.

– ¿René?

– René Maciques, ¿por qué?

El Conde colgó el teléfono y se acercó al buró.

– Zoila, ¿seguro que se llama así? -preguntó el teniente y la muchacha lo miró y casi intentó una sonrisa. -Sí, seguro.

– Estaba con Norberto Codina -informó el Conde y regresó a la puerta.

– ¿No ven, no ven?

– ¿Dónde conociste a René?

Zoila Amarán Izquierdo hizo un gesto de incomprensión. Era evidente que no entendía nada, pero temía algo y ahora sí sonrió.

– En la calle, me dio botella.

– ¿Y por qué te llamó el día 31 o a lo mejor el primero?

– ¿Quién?, ¿René?

– René Maciques.

– Qué sé yo, si hace una pila de tiempo que no lo veo.

– ¿Qué tiempo hace que no lo ves?

– No sé, desde octubre, por ahí.

– ¿Qué sabías de él?

– Pues nada, que era casado, que viajaba al extranjero y que cuando íbamos a los hoteles siempre resolvía habitación.

– ¿A qué hoteles?

– Ay, imagínese. Al Riviera, al Mar Azul, a esos hoteles.

– ¿En qué te dijo que trabajaba?

– En el MINREX, ¿puede ser? O en Comercio Exterior, una cosa de esas, ¿no?

– No, yo no sé, la que sabes eres tú.

– Bueno, creo que sí, en el MINREX.

– ¿Manejaba mucho dinero?

– ¿Con qué usted cree que se alquila en el Riviera?

– Ten cuidado como hablas, Zoila. Respóndeme.

– Claro que manejaba dinero. Pero lo que le digo, nada más salimos unas cuantas veces.

– ¿Y no lo viste más?

– No.

– ¿Por qué?

– Porque se iba para el extranjero. Iba un año completo para Canadá.

– ¿Cuándo fue eso?

– Por octubre, ya le dije.

– ¿Te hizo algún regalo?

– Boberías.

– ¿Qué son boberías?

– Un perfume, unas argollas, un vestido, cositas así.

– ¿De afuera?

– Sí, de afuera.

– ¿Y tenía dólares?

– Yo nunca se los vi.

– ¿Cómo hacían para verse?

– Nada, él tenía siempre mucho trabajo y cuando tenía un chance me llamaba a la casa. Si yo no estaba complicada, pues él me recogía. Claro, en el carro.

– ¿Qué tipo de carro?

– Fue con dos. Casi siempre con uno más nuevo, un Lada particular, y otras veces con otro Lada, creo que estatal, que tenía los cristales oscuros.

– Zoila, quiero que pienses bien lo que me vas a decir ahora, por tu bien y por el de tu amigo René Maciques. ¿De dónde podía sacar él tanto dinero?

Zoila Amarán Izquierdo ladeó la cabeza para mirar al teniente, y trataba de decir con los ojos pero qué sé yo. Entonces miró a Manolo y respondió:

– Mire, compañero, en la calle esas cosas no se preguntan. Yo no soy una puta porque no me acuesto por dinero, pero si viene uno con dinero y la invita a comer en el Laiglon, y a tomar cervezas en la piscina y descargar en un cabaret y subir a una habitación que da al Malecón, pues no se averigua nada más. Se disfruta, compañero. Las cosas están muy malas y juventud hay una sola, ¿verdad?

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