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Bienaventurados los sedientos

Электронная книга - «Bienaventurados los sedientos». Краткое содержание книги:

En Oslo el verano promete ser largo y caluroso. Las elevadas temperaturas del mes de mayo han sorprendido a los noruegos; entre ellos a Hanne Wilhelmsen, que ha sido enviada a investigar un macabro escenario criminal: una caseta abandonada en los arrabales de Oslo regada, literalmente, de sangre. En una de las paredes destacan ocho dígitos escritos también en sangre. No hay rastro de la víctima. Aunque tampoco es seguro que haya una víctima humana hasta que se verifique la procedencia del fluido.
Una semana más tarde, también un domingo, se reproduce la misma escena sanguinaria, esta vez en un párking. Y de nuevo, los ocho dígitos y ni víctima, ni testigos, ni motivo aparente. A Wilhelmsen le inquieta el tema, pero no tiene a qué agarrarse. Además, hay otro caso que ocupa su agenda estos días: una violación. Curiosamente, ésta ha coincido en un domingo en el que no se han repetido los desagradables episodios anteriores. Pero Hanne no es la única interesada en el caso, el padre de la chica violada está dispuesto a todo para dar con el culpable.
Bienaventurados los sedientos es la segunda entrega de la serie protagonizada por la subinspectora Hanne Wilhelmsen y su equipo. La serie se caracteriza por la interesante descripción del trabajo cotidiano de una jefatura de Policía que Holt conoce bien por sus años como asesora legal de la policía noruega. El primer libro de esta serie, La diosa ciega, recibió el prestigioso premio Riverton.
«Hanne Wilhelmsen es una detective brillante que domina el humor y las formas duras características del género, sin caer en la parodia de una mujer con gabardina». Politiken
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Fue aquella mañana cuando Hanne introdujo el té helado ante sus compañeros del A 2.11. A las siete de la mañana y sin haber pegado ojo, daba vueltas frotando y limpiando las cafeteras mugrientas. A continuación, preparó catorce litros de té, fuerte como la pólvora. Lo mezcló todo con grandes cantidades de azúcar y dos botellas de esencia de limón en un bidón de acero, de esos que se utilizan para destilar. Lo «tomó prestado» del almacén de objetos incautados. Finalmente, llenó la cuba hasta el borde con hielo picado, que había mendigado en la cocina del comedor. Fue todo un éxito. El resto del día, todo el mundo transitaba con vasos repletos, sorbiendo té helado y extrañado de que no se le hubiera ocurrido esta idea antes a nadie.

– Menos mal que lo guardé todo -jadeó aliviado Erik, entregando a Hanne un montón de papeles con doce pistas del caso de Kristine Håverstad.

Era el papeleo de los juristas y de los policías, del que se habían reído juntos. El que «gracias a Dios» le había pedido que guardara. Tardó un cuarto de hora en repasarlo todo. Una de las pistas despuntaba más que las otras, además apareció anotada dos veces:

El retrato del diario Dagbladet, del 1 de junio, guarda cierto parecido con Cato Iversen. Aunque es verdad que tiene la cara más flaca, se ha comportado últimamente de un modo muy extraño. Ya que trabajo con él, prefiero seguir en el anonimato. Cursamos ambos en la UDI, le encontrarán ahí en jornada diurna normal (horario de oficina).

– Bull’s eye! -murmuró Hanne, apropiándose enérgicamente de la segunda hoja que Erik le tendía con mucha expectación.

Me quedé pasmado al comprobar hasta qué punto se parece el dibujo a mi vecino Cato Iversen. Vive en Ulveveien 3, Kolsås, y tengo entendido que trabaja en la Dirección General de Extranjería. Ha estado ausente de su domicilio durante largos periodos y está soltero.

La carta estaba firmada con una súplica de permanecer en el anonimato.

Treinta segundos después, Hanne estaba en el despacho de Håkon.

– Necesito un papel azul.

– ¿Para qué caso?

– ¡Pues para «el caso»! Mira esto.

Le entregó las dos notas. La reacción fue muy distinta a lo que ella esperaba. Sosegado, el hombre leyó los documentos hasta dos veces y se los devolvió.

– Esta es mi teoría -empezó, un poco confundida por la pasmosa tranquilidad del fiscal adjunto-. ¿Has oído hablar de los delitos de «marca»?

Por supuesto que los conocía, él también leía libros.

– El criminal deja alguna marca, una señal, ¿no? Esa marca se hace notoria a través de los periódicos o del boca a oreja. Luego hay alguien que quiere hacer desaparecer a una persona y, por tanto, disfraza el «suyo»… -Movió los dedos para señalar las comillas-. Camufla «su propio» asesinato como si fuera uno de la serie de crímenes ya conocidos.

– Pero eso nunca sale bien -musitó Håkon.

– Eso mismo. Generalmente sale mal porque la Policía no ha revelado, claro está, todos los signos característicos del caso. Pero aquí, Håkon, aquí tenemos una situación completamente invertida.

– Una situación invertida, ah, sí. ¿De qué?

– Del homicidio que se intenta introducir furtivamente, que se intenta colar disfrazado como uno más de la serie.

Håkon carraspeó, poniendo el puño delante de la boca, esperando que ella profundizara un poco más sin tener que pedírselo.

– ¡Aquí tenemos a un asesino de marca que comete un error! Va a llevar a cabo otro crimen en la cadena de asesinatos, pero algo sale mal. No, deja que concrete más.

Arrastró la silla, acercándola a su escritorio, y atrapó al vuelo un folio y un bolígrafo. Bosquejó rápidamente una réplica reducida de la línea cronológica de los acontecimientos, similar a la que había hecho sobre la pizarra blanca de la sala de emergencias.

– El 29 de mayo tenía previsto volver a violar y asesinar a una refugiada. Esta, demandante de asilo.

Soltó una carpeta encima de la mesa. Håkon no la tocó, pero torció la cabeza para poder leer el nombre inscrito en la cubierta. Era la mujer que vivía en la planta inferior, la que habían intentado localizar la pasada noche.

– Mira -dijo Hanne, frenética y hojeando los documentos-. Es perfecta. Llegó sola a Noruega para reunirse con su padre, o eso creía, porque murió unos días antes de que ella llegara. Luego heredó un piso y algo de dinero, y se ha mantenido en la sombra a la espera de que la gente de UDI mueva el culo. La víctima ideal, ni siquiera vive en el centro de acogida.

– Entonces, ¿por qué no se la cargó, no era tan perfecta?

– Eso no lo sabemos, claro está. Pero mi hipótesis es que se había ido fuera, de viaje, lo que sea. Lo cierto es que me contó que estuvo durmiendo y que no oyó nada, pero, por el pánico que esa gente tiene a la Policía, es posible que mintiera. Entonces tenemos a nuestro hombre allí, esperando, hasta que aparece Kristine Håverstad. Una monada de chica, atractiva. Y lo que hace es sencillamente un cambio.

Håkon tuvo que reconocer que la teoría tenía cierto fundamento.

– Entonces, ¿por qué no la mató?

– Es evidente -dijo Hanne, levantándose. Parecía cansada, a pesar de la excitación. Se agarró de las caderas y empezó a balancear el tronco repetidas veces de un lado a otro-. ¿Cuántos sumarios de violación sobreseemos, Håkon?

Abrió las manos en un gesto de desconocimiento.

– No tengo ni la menor idea, pero son un huevo. Demasiados.

Ella volvió a sentarse y se inclinó hacia él. Håkon observó que la cicatriz encima del ojo parecía ahora más marcada. ¿Estaba más flaca?

– Sobreseemos cada año más de cien violaciones, Håkon. ¡Más de cien! ¿Y cuántas de estas han sido objeto de una mínima investigación?

– No muchas -murmuró el hombre, no sin cierto sentimiento de culpabilidad. Inconscientemente, reposó la vista en un pequeño montón de papeles. Eran tres sumarios de violación que esperaban el sello de sobreseimiento. Abultaban muy poco; prácticamente, cero pesquisas.

– ¿Cuántos homicidios sobreseemos cada año? -siguió preguntando, retóricamente.

– ¡No sobreseemos casi nunca los homicidios!

– ¡Precisamente! No «podía» matar a Kristine Håverstad. Lo habrían descubierto a las pocas horas y habríamos rondado por toda la ciudad como un enjambre de avispas. Este tío es listo. -Pegó con el puño en la mesa-. Condenadamente listo.

– Bueno, no ha sido tan jodidamente listo, al fin y al cabo. Dejó que Kristine viera su rostro.

– Sí, bueno, apenas diría yo. Mira qué retrato robot hemos conseguido. No es de los más sólidos que digamos.

Una oficial de la Fiscalía entró y le entregó a Håkon un proceso de encarcelamiento.

– Llegarán otros cinco del grupo de hurtos -dijo compadeciéndose y se esfumó.

– No obstante, hay un detalle que no encaja, que no me cuadra -dijo Håkon, reflexionando-. Si está en posesión del plan perfecto, ¿por qué no se ciñe a él? ¿No estaría tan cachondo como para «tener que pillar» aquella noche?

Claro que podía estarlo. Hanne y Håkon llegaron simultáneamente a la misma conclusión. El año anterior, una sucesión de violaciones castigó a Oslo y, también entonces, la mayor parte acaeció en el distrito de Homansbyen. Al final atraparon al culpable casi por casualidad. La explicación sobre cuál fue el motivo que empujó al criminal a cometer sus delitos se encendió como una luz para ambos.

– ¡Pastillas! -dijo Håkon, mirando asustado a su compañera-. ¡Esteroides anabolizantes!

– Buscamos a un cachas -afirmó Hanne, en un tono seco-. Cada vez hallamos más pistas. Y ahora mismo, como te pedí, quiero un papel azul para este tío. Cumple todos los requisitos para ser el sospechoso perfecto.

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