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Электронная книга - «El Vuelo De La Reina». Краткое содержание книги:

G. M. Camargo, el todopoderoso director de un diario de Buenos Aires, se obsesiona por Reina Remis, una periodista de talento a la que dobla en edad. Su soberbia le impide ver que los sentimientos ajenos no est?n bajo su dominio, y esa ceguera lo sume en una historia de amor de la que saldr? transfigurado. A partir de esa intriga cl?sica, Tom?s Eloy Mart?nez construye una novela irresistible sobre el deseo, el poder y la identidad. Casi todo lo que sucede, sucede dos veces, de un modo siempre m?s oscuro y desconcertante.La corrupci?n pol?tica y la impunidad en un pa?s que se va viniendo abajo, y el creciente delirio er?tico, van dibujando un friso cuyo final, imprevisible, arrastra a los lectores otra vez a la primera l?nea del libro, atrapados por una historia que se parece tanto a la vida.
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– Subamos -dijo Camargo-. El piso es el octavo.

Tenía las llaves de la entrada y un pesado manojo de otras llaves.

– ¿Está solo? -preguntó Reina.

– Cómo se te ocurre. Tiene más de noventa años, ¿no te dije? Lo cuida una enfermera. Lo lava, lo limpia, le da de comer. Sicardi viene a cada rato para que no le falte nada.

– ¿Y por qué no venís vos? Es tu padre.

– Sicardi o yo da lo mismo. A veces me reconoce, a veces no.

La enfermera era enorme, casi tan alta como la puerta, y no le interesaba ocultar que era infeliz allí, en esa prisión sin palabras. El televisor estaba encendido frente al anciano, pero él no lo vela. Ocupaba las manos en pasar arena o pedregullo a una caja de madera, que agitaba a ratos, produciendo un sonido que tal vez a él le evocara una tormenta, pero que sólo parecía eso: el siseo de la arena. De vez en cuando alzaba la caja y se miraba en el espejo que cubría la pared, a la izquierda. Le sonreía a su imagen, quizá la saludaba, y luego vertía el pedregullo o la arena en otra caja. A Reina le pareció que Camargo calculaba mal su edad: debía de tener más de cien años. El cuerpo se le había encogido tanto que, cuando la enfermera le acariciaba la cabeza, lo borraba como si tuviera una goma en las manos. Era un viejo apacible, inofensivo, y cuidarlo no podía dar otro trabajo que alimentarlo y mantenerlo limpio. Ni siquiera había que ocuparse de que se muriera, porque eso tal vez no iba a suceder nunca. De pronto la mirada del padre se cruzó con la de Reina. Una vez que se posaron en ella, los globitos duros, acerados, ya no dejaron de observarla: eran ojos nublados por cataratas y unos párpados flojos y pesados, pero el anciano no estaba sirviéndose de ellos sino de un sentido para el cual los ojos eran sólo mediadores. Con la luz de la memoria veía los labios finos y pequeños de Reina, la nariz erguida hacia una punta redonda y gruesa, la barbilla enhiesta y desafiante. Parecía reconocer los tobillos gruesos y los pechos mínimos que, bajo el vestido ligero, de algodón, se mecían con ondulaciones de medusa. Aun a esa edad imposible podía sentir cómo irradiaba Reina una libertad de gata, una indiferencia que la ponía lejos de todo alcance.

El anciano dejó a un lado las cajas de madera y la encaró, con una voz que no parecía salir de aquel cuerpo mínimo sino del recuerdo que ese cuerpo tenía de su juventud perdida.

– ¿A qué has venido, perra? -le dijo-. ¿A reírte de mí?

– No, señor, cómo dice eso -contestó ella, turbada-. Vine con su hijo, a verlo.

– Mi hijo no puede haberte traído. Hace rato que no quiere saber nada de vos. Ves que andás siempre con mentiras, siempre fingiendo?

En el tono del viejo no había razón ni designio: sólo un odio invencible, como el olor de la cerveza rancia en los bares de afuera. Camargo se puso de cuclillas ante él y lo tomó de las manos.

– Soy yo, papá. Yo la traje.

El viejo retiró las manos con vigor y lo miró de arriba abajo. Estaba lleno de ira, de desprecio. Vaya a saber desde cuándo venía guardando esos sentimientos.

– ¿Quién te conoce a vos, eh? Debés ser una mierda, como ella.

– Papá, papá -insistió Camargo.

Nadie hubiera dicho que al viejo le quedaban fuerzas, pero en aquel momento parecía dispuesto a levantarse y a noquear a un peso pesado en el ring. Un viento impetuoso y ciego soplaba dentro de éclass="underline" un viento que arrastraba los silencios, las desesperaciones, el desamor de todos los años que había perdido. Ya no le prestaba atención a Camargo. Todo el ser que le quedaba se había concentrado en Reina.

– Has venido a humillarme en mi propia casa -le dijo-. Esperaste a que me volviera inválido y viejo, ano? ¡Esperaste tanto para traer a tu amante.'

– Se equivoca, señor. Se confunde dijo Reina.

– ¿Yo? ¿Cómo voy a confundirme si pasé la vida esperando que este momento llegara?

Perdía el aliento y de su pecho salía un coro de silbidos. La enfermera preparó una inyección calmante e hizo señas de que todo había terminado. Era mejor dejar al viejo en paz.

– Vamos a irnos, papá -dijo Camargo-. Me alegra verte bien. Me alegra que te cuiden.

– Perra, perra -siguió el anciano-. ¿Y ahora por qué no te pusiste los guantes del hospital, eh? ¿Ya no te da asco tocarme?

– No llevo guantes, señor. Véame. No vengo del hospital -trató de convencerlo Reina mientras Camargo la tomaba por el brazo y la arrastraba hacia el ascensor.

Fue como si la marea de lo no vivido se retirara de las playas que había cubierto durante años y el pasado apareciera ante Camargo liso y nítido: la desmemoria a que lo condenaron las fotos quemadas por el padre y el nombre prohibido de la otra, la que se había ido, todo eso regresaba, como regresan siempre los dolores que no queremos sufrir. Se dio cuenta de que durante anos había equivocado la búsqueda, yendo detrás de una madre que debía repetir su propia imagen, una forma errante cuyos ademanes y voz estaba seguro de reconocer, sin saber -pero ahora el padre acababa de decírselo- que perdemos la vida buscando lo que ya hemos encontrado.

– Estás pálido -le dijo Reina, ya en la calle.-Estoy bien -dijo él.

– ¿Por qué estás bien? No podes estar bien después de lo que ha pasado.

– Siempre es así. A veces me reconoce, a veces no; ya te lo dije.

– A mí me pareció que estaba perdido pero lúcido. Me confundió con otra, eso fue todo. No te veía a vos, pero estaba viendo algo que era verdadero.

– Vos no eras verdadera. No eras otra.-Para tu padre sí, en ese momento. -¿En ese momento? No, nunca. No puede distinguir una persona de un micrófono.-Claro que sabe. Las personas somos para los demás no como somos sino como nos quieren ver.

– Vaya a saber de quién hablaba -dijo Camargo-. No sé quién pudo haberlo herido así.

– Sabes, sabes -lo acosó ella-. No querés acordarte.

– No sé. Y tal vez no quiero acordarme.

Reina no debía haber sentido ternura en ese momento, pero la ternura no es una decisión que se pueda tomar sino una ola que se mueve por dentro sin que nadie la llame. Meses después se daría cuenta de que estaba cometiendo un error, pero en ese momento sólo pensaba en él y en su pasado triste: un pasado que no conocía entonces y que Camargo nunca le revelaría. Fue tal vez por eso que aceptó ir esa noche a la casa de los geranios, en San Isidro, olvidando que, apenas él se sintiera seguro de su amor, volvería a menospreciarla. No era correcto hablar del amor de Reina, porque no se trataba de eso, como ya se ha dicho: lo que ella sentía era apego y, muy en lo hondo, temor de su cólera. Entrar en el espacio de Camargo significaba ser vigilada, asediada, y también vulnerada por sus cambios de humor. Pero no sabía cómo apartarse de él una vez que cata bajo su influencia: era un imán de alcance infinito, o una herida que nunca cicatrizaba.

Empezó a pasar dos o tres noches a la semana en San Isidro. Le gustaba levantarse al amanecer y caminar sobre el césped de la casa hasta una glorieta desde la que se veían los veleros tempranos del río y la mansa niebla destrenzándose de la corriente. Reina sentía entonces que el ser de antes se le evaporaba y no sabía si este nuevo ser que ahora entraba en ella podía ser feliz alguna vez, con Camargo pesándole como una sombra. Su vida de antes había sido gris y ésta también lo era, aunque de otro modo: en la vida de antes corría y corría sin poder avanzar, y en la de ahora avanzaba sin poder correr. Le parecía que un invencible aro de hierro la asía de los tobillos, mientras el viento se la llevaba de un lado a otro. En noviembre Camargo y ella volvieron a viajar juntos, a Venecia y a Paris, donde se tomaron fotos y jugaron en los hoteles a ser padre e hija. Celebraron la llegada del 2000 en un crucero a los glaciares del sur de Chile, y desde la cubierta, abrazados, contemplaron la gloria de los fuegos artificiales en la bahía de Puerto Montt después de haberse extasiado, en el televisor del barco, con las réplicas iluminadas de los globos Montgolfier que volaron sobre la torre Eiffel de Paris y los muros de fuego que se deshicieron en Berlín a un lado y otro de la puerta de Brandeburgo. Esa noche se hablaron por primera vez en una lengua que sólo tenía significado para los dos. Reina había empezado a estudiar la gramática canaanita e inventaba frases a partir de los sonidos que le dictaban sus deseos. Estaban ya borrachos o más bien colocados -como decía Reina- y se desnudaron en la cabina para que el nuevo siglo los bañara con la luz de felicidad y desconcierto que tiene todo lo que empieza. Ella le acarició las piernas y le dijo, de pronto: «Maná pussa astiy». «¿Maná pussa?», preguntó Camargo. ¿Qué es pussa?» Ella le mintió: «Quiero tocar tu animalito. Pussa significa animalito». La expresión en arameo es más dulce, significa «es mi hijo», pero a ella le dio vergüenza confesar que el animalito le parecía pequeño y en estado de perpetua necesidad. «Bringueame la plusidra, entonces», siguió Camargo, besándola. Ella lo apartó: «Eso no vale. Es glíglico, el horrendo invento de Cortázar. Si nos hablamos, que sea en mi lengua, maru legrabas, con sintaxis, con núcleos: voz de seres humanos,.»Si es así, te fuqueo, Queenie, musaraño ta coquina.» «Así es mejor, urduno», suspiró ella.

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