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A cualquier precio [Saving Faith - es]

Электронная книга - «A cualquier precio [Saving Faith - es]». Краткое содержание книги:

David Buchanan aplica sucias presiones para financiar causas honrosas. Robert Thornhill, un alto cargo de la CIA, descubre el juego y empieza a chantajearle, pues quiere devolver a la CIA el prestigio perdido. Faith Lockhart, una tercera persona implicada en este asunto, opina que se ha ido demasiado lejos y decide confesarlo todo al FBI. Su vida a partir de entonces tiene un precio
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Milstead miró hacia la puerta y luego habló en voz muy baja, como si así mejoraran las cosas.

– Conozco a varias personas con quienes tal vez te interesaría hablar. -Parecía nervioso e incómodo-. Acerca de asumir algunas de mis funciones. Por supuesto, no les he mencionado el asunto de forma directa, pero me sorprendería que no estuvieran dispuestos a llegar a algún tipo de acuerdo.

– Me alegra oírlo.

– Y haces bien en planear las cosas de antemano. Los dos años pasarán volando.

– ¡Jesús! Puede que dentro de dos años ya no esté aquí, Harvey.

El senador sonrió afectuosamente.

– Nunca creí que te retirarías. -Se calló-. Pero supongo que tienes heredero forzoso. Por cierto, ¿cómo está Faith? Tan llena de vida como siempre, estoy seguro.

– Faith es Faith. Ya lo sabes.

– Tienes suerte de que te respalde alguien así.

– Mucha suerte -dijo Buchanan frunciendo el ceño ligeramente.

– Dale mis más cariñosos recuerdos cuando la veas. Dile que venga a ver al viejo Harvey. Tiene la mente más lúcida y las mejores piernas del lugar -añadió con un guiño.

Buchanan no dijo nada al respecto.

El senador se reclinó en el sofá.

– He sido funcionario la mitad de mi vida. El sueldo es ridículo; de hecho, una miseria para alguien de mi talla y con mis recursos. Ya sabes cuánto ganaría ahí fuera. Ésa es la recompensa que te dan por servir a tu país.

– Sin duda, Harvey. Tienes toda la razón.

«El dinero para sobornos sólo te corresponde a ti. Te lo has ganado», pensó Buchanan.

– Pero no me arrepiento. De nada.

– No tienes por qué.

Milstead sonrió cansinamente.

– La de dólares que he gastado todos estos años reconstruyendo este país, remodelándolo con vistas al futuro, para la próxima generación. Y la siguiente.

Era su dinero. Había salvado el país.

– La gente nunca agradece eso -dijo Buchanan-. Los medios de comunicación sólo van a por los trapos sucios.

– Supongo que obtendré mi compensación cuando llegue a la tercera edad -comentó Milstead con un deje de arrepentimiento.

«Al cabo de todos estos años todavía le queda un poco de humildad y sentimiento de culpa», se dijo Buchanan

– Te lo mereces. Has servido a tu país como debías. Ahora sólo tienes que esperar, tal y como acordamos. A ti y a Louise no os faltará de nada. Viviréis como reyes. Has hecho tu trabajo y obtendrás tu recompensa. Al estilo americano.

– Estoy cansado, Danny. Cansado hasta los huesos. Entre tú y yo, no estoy seguro de aguantar dos minutos más, y mucho menos otros dos años. Este lugar me ha exprimido la vida.

– Eres un auténtico hombre de estado. Un héroe para todos nosotros.

Buchanan respiró a fondo y se preguntó si los hombres de Thornhill que se encontraban en la furgoneta estarían disfrutando con esta conversación más bien ñoña. Lo cierto es que Buchanan también deseaba salir de aquello. Miró a su viejo amigo. Al reparar en su expresión azorada Buchanan supuso que estaría pensando en el glorioso retiro que le esperaba con la esposa con la que llevaba casado treinta y cinco años, una mujer a quien había engañado en numerosas ocasiones pero que siempre le había permitido regresar y que, además, lo mantenía en secreto. Buchanan estaba convencido de que la psicología de las esposas de los políticos bien podría estudiarse en la universidad.

Lo cierto era que tenía debilidad por los Urbanitas. En realidad habían logrado muchos avances y, a su manera, eran las personas más honorables que Buchanan había conocido. Sin embargo, al senador no parecía molestarle que lo compraran.

Harvey Milstead tendría otro amo en breve. La Decimotercera Enmienda de la Constitución prohibía la esclavitud, pero, al parecer, nadie se lo había comunicado a Robert Thornhill. Buchanan estaba entregando a sus amigos al mismo diablo. Eso es lo que más lo inquietaba. Thornhill, siempre Thornhill.

Los dos hombres se incorporaron y se estrecharon la mano.

– Gracias, Danny. Gracias por todo.

– No hay de qué -replicó Buchanan-. De verdad, no hay de qué. -Recogió el maletín de espía y salió a toda prisa de la habitación.

18

– Desmagnetizada? -Reynolds miraba fijamente a los dos técnicos- ¿La cinta está desmagnetizada? ¿Me quieren explicar qué es lo que pasa?

Reynolds había visto la grabación unas veinte veces, desde todos los ángulos posibles. Mejor dicho, había visto un montón de líneas y puntos irregulares que recorrían la pantalla como en un combate entre cazas de la Primera Guerra Mundial con una buena dosis de fuego antiaéreo de fondo. Reynolds había pasado mucho rato viendo aquello y no había averiguado nada de nada.

– Sin entrar en detalles técnicos… -comenzó a decir uno de los hombres.

– No, por favor -terció Reynolds. El dolor de cabeza le martilleaba las sienes. ¿Y si la cinta no les sirviese de nada? «Santo Dios, no puede ser», pensó.

– «Desmagnetizar» es el término empleado para el borrado de un medio magnético. Se hace por muchos motivos, el más habitual de los cuales es que el medio pueda volver a utilizarse o eliminar la información confidencial grabada. Una cinta de vídeo es uno de los muchos formatos de los medios magnéticos. Lo que ha ocurrido con la cinta que nos ha entregado es que una influencia externa no deseada ha distorsionado y/o corrompido el medio, evitando así su correcto funcionamiento.

Reynolds observó asombrada al hombre. ¿Cómo demonios habría sido la respuesta técnica?

– 0 sea, que alguien ha jodido a propósito la cinta -resumió Reynolds.

– Exacto.

– Pero ¿no podría tratarse de un problema de la propia cinta? ¿Cómo está tan seguro de que ha habido una «influencia externa»?

– El grado de corrupción que hemos apreciado en las imágenes excluye esa posibilidad -afirmó el otro técnico-. No estamos seguros al ciento por ciento, por supuesto, pero parece que ha habido una interferencia. Tengo entendido que el sistema de vigilancia era muy sofisticado. Un multiplexor con tres o cuatro cámaras en paralelo, para que no hubiera lagunas temporales. ¿Cómo se activaban las unidades? ¿Por movimiento o láser?

– Por láser.

– Es mejor por movimiento. Hoy día los sistemas son tan sensibles que detectan una mano que se acerca a un escritorio en un área reducidísima. Los sensores de láser se han quedado obsoletos.

– Gracias, intentaré no olvidarlo -dijo Reynolds con sequedad.

– Hemos realizado una ampliación digital para definir mejor los detalles, pero nada. Ha habido una interferencia, sin duda.

Reynolds recordó que habían encontrado abierto el armario de la casita donde se ocultaba el equipo de vídeo.

– De acuerdo, ¿cómo lo han hecho?

– Bueno, existe una amplia gama de instrumentos especiales para ello.

Reynolds negó con la cabeza.

– No, no se trata de un laboratorio. Tenemos que pensar que lo han hecho in situ, donde estaba instalado el equipo. Y tal vez quien lo hizo ni siquiera supiese que allí había un vídeo. Así que debemos suponer que usaron lo que llevaban consigo.

Los técnicos cavilaron por unos instantes.

– Bueno -dijo uno de ellos-, si la persona llevara un imán potente y lo pasara por encima de la grabadora varias veces, eso podría reordenar las partículas magnéticas de la cinta, lo que, a su vez, eliminaría las señales grabadas previamente.

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