La gran cruzada [The High Crusade - es]
- Автор: Андерсон Пол Уильям
- Год: 1990
- Язык: испанский
- Год: Miraguano
- ISBN: 84-7813-071-3
- Переводчик: Francisco Arellana
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «La gran cruzada [The High Crusade - es]». Краткое содержание книги:
Sir Roger está preparándose para partir a luchar en Tierra Santa, cuando un gigantesco ingenio volador tripulado por extraños seres de intenciones poco amistosas aterriza en sus tierras.
Los visitantes esperaban que su superioridad tecnológica les diera una victoria fácil, pero iban a descubrir que un ejército primitivo posee recursos inesperados. Los contrastes entre la mentalidad civilizada de los alienÌgenas y la mentalidad medieval de los cruzados proporciona muchos momentos francamente divertidos.
Con ilustraciones de H. R. Van Dongen.
—¿Sabe sir Roger todo esto?
Sir Owain asintió con la cabeza. Pasaron como con prisa a otra cosa. Aquel signo con la cabeza era una mentira descarada. Sir Roger no sabía nada. Ninguno de sus hombres se había atrevido a decírselo. Quizá yo debiera haberme arriesgado, pues él nunca había golpeado a ningún eclesiástico, pero yo también lo ignoraba. Como el barón evitaba la compañía de sir Owain y tenía muchas otras cosas en la cabeza, apenas pensaba en él. Supongo que en el fondo de su alma no quería hacerlo.
No me atreveré a afirmar que sir Owain tuviera realmente torcido el tobillo. Era, con todo, una coincidencia muy extraña. También dudo que hubiera organizado con todo detalle su última traición. Es más probable que quisiera hablar con Branithar para ver qué sacaba en claro.
Se inclinó hacia lady Catalina y se echó a reír.
—Hasta mi marcha, al menos, bendeciré el accidente.
La dama apartó la vista y tembló.
—¿Por qué?
—Creo que ya lo sabéis —la tomó de la mano.
Ella se retiró.
—Os suplico que recordéis que mi esposo se encuentra en la guerra.
—¡No dudéis de mí! ¡Antes morir que quedar deshonrado ante vuestros ojos!
—Nunca podría dudar… de un caballero tan cortés.
—¿Es eso todo lo que soy? ¿Cortés? ¿Divertido? ¿Un bufón para los momentos de cansancio? Bien, mejor ser el bufón de lady Catalina que el amante de Venus. Dejad que os distraiga —su clara voz empezó a cantar un rondó en su alabanza.
—No… —ella se apartó de él como una fiera del cazador—. He comprometido… mi fe…
—En las Cortes del Amor —dijo sir Owain—, sólo el Amor os compromete —el sol brillaba en sus hermosos cabellos.
—Tengo dos hijos —dijo mi señora con voz suplicante.
Sir Owain se puso serio.
—Señora, he sostenido en mis rodillas a Robert y a la pequeña Matilda muchas veces. Espero poder hacerlo de nuevo, si Dios lo quiere.
Se volvió hacia él, dispuesta a saltar, a irse.
—¿Qué queréis decir?
—¡Oh! Nada —Sir Owain miró hacia los bosques susurrantes cuyas hojas tenían formas y colores desconocidos en la Tierra—. Ni siquiera de palabra querría ser desleal.
—¿Y los niños? —mi señora le tomó la mano—. Por el santo nombre de Cristo, Owain, si sabéis algo, ¡hablad!
El caballero mantuvo la cara vuelta. Tenía un hermoso perfil.
—No conozco ningún secreto, Catalina —dijo—. Me parece que vos, tan bien como yo, podéis juzgar la situación. Después de todo, vos conocéis al barón mejor que nadie.
—¿Quién le conoce realmente? —dijo mi señora, con amargura.
—Me parece que sus sueños son cada vez más desmesurados —siguió sir Owain en voz baja—. Al principio, le bastaba con volar a Francia para reunirse con el rey. Luego, quiso liberar Tierra Santa. Cuando fue traído hasta aquí por la desgracia, respondió noblemente. Nadie puede negarlo. Pero, cuando ha tenido un respiro, ¿ha pretendido volver a la Tierra? No, se ha apoderado de un mundo. Ahora ha partido a la conquista de otros soles. ¿Dónde acabará todo esto?
—Sí… —ella no pudo continuar; ni pudo apartar su rostro del de sir Owain.
El caballero continuó:
—Dios ha puesto límites a todo. Una ambición sin freno es fruto de Satán, y de ella sólo puede nacer la desgracia. ¿No os parece, mi señora, cuando os quedáis durante toda la noche en vela sin poder dormir, que presumimos de nuestras fuerzas y eso nos conducirá a la ruina?
Tras un buen momento, añadió:
—Por eso, repito, ojalá Cristo y su Madre protejan a los niños.
—¿Qué podemos hacer? —exclamó lady Catalina, angustiada—. Hemos perdido el camino que conduce a la Tierra.
—Podríamos encontrarlo.
—¿Buscándolo durante cien años?
La miró un instante en silencio antes de contestar.
—No querría despertar falsas esperanzas en tal dulce pecho. Pero, de vez en cuando, hablo con Branithar, Conocemos muy mal nuestros idiomas mutuos y concede muy poca confianza a los seres humanos… pero, sin embargo, me ha dicho algunas cosas, que me han hecho pensar que quizá pudiéramos encontrar el camino de la Tierra.
—¿Cómo? —sus dos manos tomaron las de él, desesperadamente—. ¿Cómo? ¿Dónde? Owain, ¿estáis loco?
—No —replicó con estudiada brusquedad—. Pero supongamos que fuera verdad y que Branithar pudiera guiarnos. No lo haría sin pedir un precio. ¿Creéis que sir Roger renunciaría a la Cruzada y volvería a Inglaterra tranquilamente?
—Él… pero…
—¿No ha dicho una y mil veces que Inglaterra se encuentra en mortal peligro mientras exista el imperio de los wersgorix? Si encontramos la Tierra, ¿no redoblaría con ello sus esfuerzos? ¿Para qué saber cuál es el camino de vuelta? La guerra seguirá hasta que todos perezcamos.
Lady Catalina se estremeció y se santiguó.
—Mientras esté aquí —dijo al fin sir Owain—, intentaré averiguar si podemos encontrar el camino de vuelta. Quizá podríais imaginar un modo de emplear esas indicaciones antes de que sea demasiado tarde.
Le deseó cortésmente buen día, cosa que mi señora ni siquiera escuchó, y se alejó cojeando hacia el bosque.
Capítulo 18
Pasaron los largos días de Tharixan, semanas de la Tierra. Sir Roger se apoderó del primer planeta que visitó y echó a volar hacia otro. Allí, mientras sus aliados llamaban la atención de los cañoneros enemigos, asaltó el castillo principal, ocultando a sus tropas debajo de hojas. En aquella fortaleza fue donde John Hameward el Rojo liberó al fin una princesa cautiva. Es cierto que tenía los cabellos verdes y pequeñas antenas, y que toda reproducción resultaba imposible entre su especie y la nuestra. Pero la semejanza humana y la excesiva gratitud de la vashtunari —arrancada de manos de sus verdugos en el preciso momento en que éstos se disponían a conquistarla— reconfortaron grandemente a nuestros solitarios ingleses. Las prohibiciones del Levítico, ¿eran de aplicación en aquel apartado lugar? Se debatió el tema ardientemente.
Los wersgorix contraatacaron desde el espacio; su flota partía de bases situadas en una zona de pequeños planetas. En la ruta, sir Roger encontró cómo suprimir el peso artificial a bordo y obligó a sus hombres a ejercitarse en aquellas nuevas condiciones. En la prueba del vacío, nuestros arqueros realizaron la famosa gesta de la Batalla de Meteoritos. Sin rayos de fuego ni impulsos de fuerza magnética que delatara su posición, atravesaron con sus flechas a muchos wersgorix ataviados con trajes espaciales.
Con la base desprovista de tropas, el enemigo se retiró de todo el sistema. El almirante Beljad se hizo, por su parte, con otros tres soles, y los wersgorix tuvieron que replegarse muy lejos.
En Tharixan, sir Owain fue siendo cada vez más agradable para lady Catalina. Bajo el pretexto de estudios lingüísticos, se vio cada vez más frecuentemente con Branithar. Al fin, pensaron haber alcanzado el mutuo entendimiento.
Sólo faltaba convencer a la baronesa.
Creo que las dos lunas acababan de saltar al cielo. Las copas de los árboles brillaban como si estuvieran cubiertas de escarcha; su doble sombra se extendía sobre la hierba brillante por el rocío. Los ruidos de la noche parecían familiares y apacibles. Lady Catalina salió de su pabellón, como solía hacer cuando se dormían sus hijos y no podía conciliar el sueño. Envuelta en una gran capa, avanzó a lo largo de una amplia avenida que debía convertirse en la calle mayor de la nueva ciudad, pasó junto a las casas de adobe medio rematadas, masas de bloques obscuros bajo las lunas, y llegó a un prado cruzado por un arroyuelo. El agua corría brillante bajo la obscura claridad y murmuraba suavemente entre los guijarros. La dama percibía los extraños y cálidos aromas de las flores, que le recordaron los majuelos ingleses cuando la habían coronado Reina de Mayo. Se acordó del tiempo en que había estado en una playa de pedrisco en Dover; recién casada, había acompañado a su esposo, que embarcaba para una campaña de verano, agitando su velo mucho tiempo, hasta que había desaparecido la última vela. Las estrellas de aquellas noches eran más frías y nadie vería el ondear de su pañuelo. Agachó la cabeza y se dijo que no lloraría.