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Isla Misterio

Электронная книга - «Isla Misterio». Краткое содержание книги:

Herido en acto de servicio, John Corey, detective de la brigada de homicidios de la policía de Nueva York, se recupera en un pueblecito de Long Island habitado por agricultores, pescadores y, por lo menos, un asesino. Tom y Judy Gordon, una joven y atractiva pareja de biólogos conocidos de Corey, han sido hallados en su jardín con sendas balas en la cabeza. Los primeros indicios apuntan a un robo frustrado, pero el rumor de guerra bacteriológica que salpica al centro de investigación de patologías animales de Long Island hace que circule el rumor de que los Gordon se habían apoderado de una sustancia muy peligrosa. El asesinato del matrimonio se convierte en un crimen de repercusiones mundiales y Corey acaba tomando cartas en el asunto. Sus investigaciones nos conducen por tradiciones, leyendas y secretos ancestrales del norte de Long Island, a la vez que el astuto detective se ve envuelto en una trama mucho más compleja de lo que esperaba. Isla Misterio, con un ritmo trepidante y salpicada de ingeniosas pinceladas cómicas, constituye sin duda la novela más lograda de Nelson DeMille.
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– Los vestuarios son todavía zona uno, como este vestíbulo. Pero al pasar más allá se entra en la zona dos y hay que ir vestido con ropa blanca de laboratorio. Antes de salir de las zonas dos, tres o cuatro para regresar a la zona uno es indispensable ducharse. Las duchas están en la zona dos.

– ¿Son mixtas? -pregunté.

– Claro que no -respondió con una carcajada-. Tengo entendido que ustedes están autorizados a entrar en las zonas dos, tres y cuatro si lo desean.

– ¿Nos acompañará usted? -preguntó Ted Nash con una de sus estúpidas sonrisas.

– No me pagan para eso -respondió ella negando con la cabeza.

Tampoco a mí, a un dólar por semana.

– ¿Por qué no estamos autorizados a entrar en la zona cinco? -pregunté.

Donna me miró aparentemente asombrada.

– ¿Cinco? ¿Y por qué quieren visitarla?

– No lo sé. Porque está ahí.

Donna movió la cabeza.

– Sólo unas diez personas están autorizadas a entrar. Hay que ponerse una especie de traje espacial…

– ¿Estaban los Gordon autorizados a entrar en la zona cinco?

Donna asintió.

– ¿Qué ocurre en esa zona?

– Eso deberá preguntárselo al doctor Zollner -respondió antes de consultar su reloj-. Síganme.

– Manténganse unidos -agregué yo.

Subimos por la escalera, yo un poco rezagado porque empezaba a molestarme mi pierna lastimada y porque quería mirar las piernas y el trasero de Donna. Ya sé que soy un cerdo, podría incluso contraer la fiebre porcina.

Empezamos a visitar las dos alas alrededor del vestíbulo de doble planta. Todo estaba pintado en los mismos tonos de gris pichón y gris oscuro, que al parecer habían reemplazado al verde nauseabundo de los antiguos edificios federales. De las paredes de los pasillos colgaban retratos de antiguos directores, científicos e investigadores del laboratorio.

Me percaté de que todas las puertas de los largos pasillos estaban cerradas y numeradas, pero en ninguna de ellas aparecía ningún nombre ni función, salvo en la de los lavabos. Buena seguridad, pensé, y una vez más me impresionó la mente paranoica de Paul Stevens.

Entramos en la biblioteca de investigación, donde unos cuantos estudiosos consultaban papeles o leían en las mesas.

– Ésta es una de las mejores bibliotecas del mundo en su género -dijo Donna.

– ¡Qué maravilla! -exclamé, aunque no podía imaginar que existieran muchas bibliotecas sobre patología animal en el mundo.

Donna cogió un puñado de folletos, notas de prensa y otras hojas de publicidad de una larga mesa y nos los distribuyó. Los trípticos tenían títulos como Cólera porcina, Fiebre porcina africana, Enfermedad equina africana y algo denominado Enfermedad grumosa de la piel, que, a juzgar por las aterradoras fotografías del folleto, creo que la padecía una de mis antiguas novias. Me moría de impaciencia por llegar a mi casa para leer aquel material y le pregunté a Donna si podía facilitarme otros dos folletos sobre la peste bovina.

– ¿Otros dos…? Por supuesto…

Los buscó y me los dio. Era realmente encantadora. Luego nos entregó un ejemplar a cada uno de la revista mensual Investigación agrícola, en cuya portada figuraba el titular sensacionalista Feromona sexual destruye el pulgón del arándano.

– ¿Tiene una bolsa para ocultar esta revista? -pregunté.

– Pues… claro. Bromea, ¿no es cierto?

– Procure no tomárselo demasiado en serio -dijo George Foster.

Se equivoca, señor Foster, usted debería tomarme muy en serio, pero si confunde mis bromas tontas con descuido o desatención, me parece maravilloso.

Proseguimos con nuestra visita de cincuenta centavos, segunda parte. Después de ver el auditorio pasamos a la cafetería, que era una bonita sala moderna, limpia y con grandes ventanas desde las que se divisaba el faro, el estrecho y Orient Point. Donna nos ofreció café y nos sentamos a una mesa redonda, en la sala casi vacía.

– Los investigadores en biocontención -dijo Donna después de un minuto de charla- piden su almuerzo por fax a la cocina. No merece la pena pasar por la ducha de salida, como la llamamos. Una persona les lleva la comida a la zona dos y luego pasa por la ducha. Los científicos son personas concienzudas, que trabajan en biocontención ocho o diez horas diarias. No sé cómo lo hacen.

– ¿Comen hamburguesas? -pregunté.

– ¿Cómo dice?

– Los científicos. ¿Piden ternera, jamón, cordero y cosas por el estilo?

– Supongo… Yo salgo con uno de los investigadores y le encanta la carne.

– ¿Y se dedica a descuartizar vacas pútridas e infectadas?

– Sí. Supongo que uno acaba por acostumbrarse.

Asentí. Los Gordon también practicaban disecciones y les encantaban los bistecs. Asombroso. Yo no logro acostumbrarme al hedor de los cadáveres humanos. En todo caso, supongo que es diferente con los animales; distintas especies, etcétera.

Sabía que aquélla podía ser mi única oportunidad para separarme del rebaño y miré fugazmente a Max.

– ¿El lavabo? -pregunté después de levantarme.

– Por allí -respondió Donna señalando una abertura en la pared-. Le ruego que no abandone la cafetería.

Coloqué la mano sobre el hombro de Beth y presioné hacia abajo para indicarle que no abandonara a los federales.

– Asegúrate de que no regrese Stevens y me ponga ántrax en el café -le dije.

Me dirigí al pasillo donde estaban los lavabos de señoras y de caballeros. Max se reunió conmigo y nos quedamos en el fondo del corredor sin salida. La existencia de micrófonos es mucho más probable en los lavabos que en los pasillos.

– Podrán afirmar que han cooperado plenamente -dije- después de mostrarnos toda la isla y las instalaciones, salvo la zona cinco. En realidad, se necesitarían varios días para inspeccionar todo este edificio, incluido el sótano, y tardaríamos una semana en interrogar a todo el personal.

Max asintió.

– Debemos suponer que aquí están tan ansiosos como nosotros por descubrir si falta algo -respondió Max-. Creo que en ese sentido podemos confiar en ellos.

– Aunque descubran o ya sepan lo que pudiesen haber robado los Gordon, no nos lo contarán. Se lo dirán a Foster y Nash.

– ¿Y eso qué importa? Estamos investigando un asesinato.

– Cuando descubro el qué y el porqué me acerco al quién -respondí.

– En los casos normales sí, pero cuando afecta a la seguridad nacional y todo lo demás, tienes suerte de que te digan algo. En esta isla no hay nada para nosotros. Ellos controlan la isla, el lugar de trabajo de las víctimas; nosotros controlamos el escenario del crimen, la casa de las víctimas. Tal vez podamos intercambiar alguna información con Foster y Nash. Aunque no creo que les importe quién asesinó a los Gordon, sólo quieren asegurarse de que los Gordon no hayan asesinado al resto del país.

– Sí, Max, lo sé. Pero mi instinto policial me dice…

– Suponte que atrapamos al asesino y que no se le puede juzgar porque no quedan doce personas vivas en el Estado de Nueva York para formar un jurado.

– Déjate de melodramas -respondí antes de reflexionar unos instantes-. Puede que esto no tenga nada que ver con bichos; piensa en drogas.

– Ya se me había ocurrido -asintió-. Me gusta la idea.

– ¿En serio? Dime, ¿qué piensas de Stevens?

Max miró por encima del hombro y yo volví la cabeza para observar a un guardia de uniforme azul que se nos acercaba por el pasillo.

– Caballeros, ¿puedo ayudarles? -preguntó el guardia.

Max le dio las gracias y regresamos a la mesa. Cuando mandan a alguien para interrumpir una conversación privada significa que no podían escuchar lo que se decía.

Después de unos minutos de café y charla, la señorita Alba consultó de nuevo su reloj.

– Ahora podemos ver el resto de esta ala e ir al despacho del doctor Zollner.

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