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Электронная книга - «El Seductor». Краткое содержание книги:

No hay mujer en Yorkshire Falls ajena al atractivo de los hermanos Chandler. Sin embargo, el agente Rick, el mediano de la familia, ha conseguido eludir los intentos de más de una de llevarle al altar. En cuestiones de amor, el compromiso no va con Rick, pues un error del pasado le ha enseñado a no abrir su corazón. Pero todo cambia cuando acude a socorrer a Kendall Sutton, una novia que se ha dado a la fuga y que jura que no se casará jamás. La aversión al matrimonio que ambos comparten hace de Kendall la novia ideal para Rick, la mejor solución para ahuyentar a la legión de admiradoras que intenta darle caza y acabar con las artimañas de su madre para buscarle esposa. Poco a poco, su apasionada farsa acaba convirtiéndose en realidad, y Rick se da cuenta de que quiere pasar el resto de su vida con Kendall. ¿Pero consentirá una mujer que reniega de las bodas casarse con uno de los mejores partidos de Yorkshire Falls?
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– No me refería a eso. -Kendall se pasó una mano por el pelo despeinado-. Tenemos que hablar.

– Sí, claro.

Kendall entornó los ojos. Hannah llevaba varios días evitando sus llamadas y ahora de repente quería hablar.

– ¿Qué ocurre?

– Como si te importara.

Kendall hizo caso omiso del comentario.

– He hablado con el señor Vancouver y…

– Me odia.

– Por lo que parece le has dado motivos para ello.

Su hermana soltó un bufido.

– Me dijo que te habían dado una última oportunidad.

– Ya no importa.

Kendall parpadeó.

– ¿Que ya no importa? ¿Cómo lo has conseguido? ¿Te has disculpado o…?

– Me he largado.

– ¿Qué quieres decir con eso de que te has largado? -chilló Kendall. Rick, que seguía en la cama, se sobresaltó y se levantó para hacer que se sentara en el colchón-. ¿Dónde estás? ¿Y cómo estás? -Intentó conservar la calma. Por el momento.

– ¿A ti qué te parece? Tampoco puede decirse que allí me quisieran. Estoy convencida de que le he ahorrado el trabajo de expulsarme.

– ¿Expulsarte? -Aunque el señor Vancouver había insinuado que tal cosa era posible, Kendall había dado por supuesto que antes se sentaría con Hannah y sus padres, o con Hannah y Kendall, y lo hablarían. Además, nunca había pensado que su hermana pudiera hacer algo que tuviera unas consecuencias tan drásticas.

– ¿Quieres dejar de repetir lo que digo? No hay para tanto. Ese internado es una mierda.

– Ojo con lo que dices.

– No me digas lo que tengo que hacer. No eres mi madre.

Kendall sintió vergüenza ajena al oír el tono desagradable de Hannah. ¿Qué había sido de su tierna hermana y qué la había hecho escaparse del internado?

– Mira, resulta que soy tu único familiar adulto que aparece como persona de contacto en el internado. Eso me concede ciertos derechos. Y el primer derecho que tengo es obtener respuestas claras. -A la pregunta más importante, pensó Kendall-. ¿Cómo estás?

– Como si te importara -espetó Hannah con aquel tono desdeñoso.

– Pues me importa.

– Lo que tú digas. Estoy bien y estoy en la estación de autobuses que hay cerca del internado. Necesito un billete y saber dónde estás. Entre papá, mamá y tú, es como si no tuviera familia.

Las palabras de Hannah fueron como una daga que a Kendall se le clavó en el corazón. Había vivido la vida que Hannah acababa de describir y no había sido agradable y tampoco había tenido demasiados momentos cariñosos para recordar. Sus padres habían decidido enviar a su hermana pequeña a un internado para ofrecerle más estabilidad de la que había tenido Kendall. Pero ¿acaso la estabilidad sustituía a una familia?, le planteó una voz interior.

– Hannah…

– No te pongas ñoña conmigo. Sácame de aquí, ¿vale?

Kendall parpadeó. Era obvio que su hermana tenía interiorizados el sufrimiento y la hostilidad. Y Kendall ni siquiera se había dado cuenta de ello. Había estado tan absorta cuidando de tía Crystal y enfrentándose a sus problemas que se había limitado a dar por supuesto que Hannah estaba contenta y feliz en el internado. Suposición que ahora pagaría cara.

Pero antes que nada, tenía que conseguir que Hannah volviera a casa. Como si tuvieran una… Kendall consultó la hora. Eran las ocho de la mañana. Se frotó los ojos.

– Dime exactamente dónde estás y llamaré para comprar un billete de autobús. ¿Llevas encima tu documentación? -Hizo un gesto a Rick para pedirle lápiz y papel.

– Sí.

Rick le tendió lo que había pedido.

– Gracias -le dijo moviendo los labios-. Adelante, Hannah. -Kendall apuntó el nombre de la estación de autobuses de Vermont junto con el código postal y luego le dijo que pidiera el número de teléfono-. Me encargaré del tema y tendrás un billete. Te esperaré en la estación de autobuses de aquí.

– Lo que tú digas.

Kendall intuyó que, más allá de su pasotismo, su hermana era una chica sola y asustada en una estación de autobuses, o quizá Kendall necesitara creer que su hermana no era tan dura y desafecta como parecía. Al fin y al cabo, había estado en contacto con Hannah últimamente y le había parecido que estaba bien. Pero «¿cuándo fue la última vez que realmente te tomaste la molestia de escucharla?», le preguntó la misma voz acusadora. Como no quería hacer frente a las respuestas ni al sentimiento de culpa, Kendall se centró en el aquí y ahora.

– Ten cuidado, Hannah.

– No pienso volver a ese sitio. -A la chica se le quebró la voz y Kendall se dio cuenta de que esta vez no se lo había imaginado.

Kendall tragó saliva para deshacer el nudo que tenía en la garganta.

– Cuando llegues aquí hablaremos, ¿vale?

– Prométeme que no volverás a enviarme a ese sitio.

Tendría que ponerse en contacto con sus padres de alguna manera, pero ninguna persona tenía por qué permanecer en un lugar donde era tan infeliz.

– Te lo prometo.

Desde el otro extremo de la línea se oyó un fuerte suspiro de alivio.

– Llamaré al señor Vancouver y le explicaré que vienes hacia aquí. No quiero que llame a la policía o que dé parte de tu desaparición.

– No te tomes demasiado en serio nada de lo que diga, el cabeza huevo…

– ¿Así llamas al señor Vancouver? -Kendall imaginó que sí.

Hannah respondió con un bufido.

– No tiene sentido del humor.

– Yo tampoco lo tendría si me llamaras cabeza huevo -dijo Kendall irónicamente. No estaba segura de querer oír la última trastada de Hannah.

– Sólo se lo he dicho a la cara una vez.

Kendall negó con la cabeza y se dio cuenta de que tendría mucho trabajo por hacer cuando Hannah llegara.

– Ahora cuelga para que te compre el billete. Quiero que llegues aquí sana y salva. Quédate al lado del teléfono de la estación. Te llamaré dándote los detalles.

Kendall se pasó los cinco minutos siguientes al teléfono, comprando el billete y asegurándose de que el empleado vigilaría a Hannah hasta que cogiera el autobús antes de volver a llamar a su hermana.

Al final, colgó el teléfono y se dirigió a Rick.

– Sale a las 10.45. Tengo que recogerla en Harrington a las 14.55.

– ¿Qué ha pasado? -Rick le quitó el móvil de la mano y lo dejó en la mesita de noche.

Kendall se pasó una mano temblorosa por el pelo y luego empezó a caminar de un lado a otro.

– No me lo puedo creer.

– Ven, siéntate. -Dio una palmadita en la cama en la que habían hecho el amor y dormido felizmente ajenos al mundo, mientras su hermana era tan desgraciada.

Y Kendall sin saberlo. Ni se lo había imaginado. Negó con la cabeza mientras le daba vueltas al asunto.

– Hannah debe de estar consternada. Porque ¿cómo es posible que se haya marchado del internado? ¿Cómo es capaz de cometer la estupidez de ir a la estación de autobuses sin pensar en un destino? ¿Cómo se puede ser tan impulsiva?

Rick hizo una mueca.

– Perdona que diga una obviedad, pero tú eres así.

Kendall abrió la boca para replicarle, pero se dio cuenta de que no podía.

– Vale, o sea que es cosa de familia. Pero ¿sabes qué puede pasarle a una chica de catorce años sola en una terminal de autobuses? -Se estremeció al pensarlo-. Más vale que el empleado la vigile.

Rick cogió el papel en el que Kendall había anotado la información y llamó por teléfono.

– ¿Hola?

– ¿Qué estás…?

Alzó una mano para silenciarla.

– Soy el agente Rick Chandler, de la comisaría de policía de Yorkshire Falls, en Nueva York. ¿Tiene ahí a una menor llamada Hannah Sutton? -Esperó la respuesta y luego asintió en dirección a Kendall-. Bien. Le agradecería que se asegurara de que sube al autobús adecuado y de que ningún desconocido la molesta mientras espera. Puedo darle mi número de placa como identificación si lo desea… -Volvió a guardar silencio mientras escuchaba-. ¿No hace falta? Gracias. Muy amable. Adiós. -Colgó el auricular y dedicó una sonrisa a Kendall.

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