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Asesinato en la calle Hickory

Электронная книга - «Asesinato en la calle Hickory». Краткое содержание книги:

La eficientísima secretaria de Hércules Poirot, Miss Lemon, llega excesivamente atrasada y comete algún error. El motivo de su nerviosismo tiene relación con un problema que atañe a su hermana, señora igualmente eficiente que lleva una pensión para estudiantes extranjeros situada en la calle Hickory. Hacía algunos meses que ocurrían hechos extraños y desagradables que la Sra. Hubbard no conseguía administrar adecuadamente: robos y actos de vandalismo inexplicables. Poirot decide ayudar a la Sra. Hubbard, pero se siente inmediatamente confuso, en medio de tantas situaciones aparentemente independientes unas de otras. El problema se agrava cuando ocurre un asesinato.
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Poirot lanzó un profundo suspiro.

—Eso es exactamente lo que pensaba —dijo.

—Ahora desearía no haberlo hecho —dijo Valerie en tono sombrío—. Pero mi intención fue buena. Es una atrocidad propia de Jean Tomlinson, pero ahí tiene.

—Y ahora —continuó Poirot— pasemos al anillo de Patricia—. Celia se lo dio a usted, y usted tenía que fingir que lo había encontrado en cualquier parte y devolvérselo a Patricia. Pero antes de devolvérselo… —hizo una pausa—, ¿qué ocurrió?

Observó cómo sus dedos jugueteaban nerviosos con el extremo de un pañuelo que llevaba anudado al cuello, y continuó en tono más apremiante:

—Andaba usted algo apurada de dinero, ¿no es eso?

Sin mirarle hizo un gesto de asentimiento con la cabeza.

—Dije que sería sincera —confesó con amargura—. Lo malo que tengo, monsieur Poirot, es que soy jugadora. Es una de esas cosas que nacen con uno y no puede hacerse gran cosa por evitarlas. Pertenezco a un pequeño club de Mayfair… ¡Oh, no debiera haber dicho dónde! Y no quiero ser la responsable de que lo descubra la policía, ni nada por el estilo. Bueno, de momento sólo diré que pertenezco a ese club. Hay ruleta, bacará y demás juegos de azar. He tenido una serie de pérdidas importantes. Tenía el anillo de Pat en mi poder y pasé casualmente por delante de una tienda en la que se exhibía un circón y me dije: «Si sustituyera este brillante por un circón blanco, Pat no notaría la diferencia». Nunca se mira con atención un anillo que se conoce bien, y si el brillante parece un poco más apagado que lo natural es pensar que está sucio, y que lo único que necesita es un buen lavado o algo por el estilo. Lo cierto es que tuve un impulso y caí en la tentación. Quité el brillante y lo vendí, reemplazándolo por un circón, y aquella misma noche fingí encontrarlo en mi sopa. Convengo en que fue una estupidez, pero ya estaba hecho. Ahora ya lo sabe todo. Pero sinceramente nunca tuve intención de que Celia cargara con la culpa.

—No, no; lo comprendo —asintió Poirot—. Fue únicamente una oportunidad que se presentó en su camino, le pareció sencillo y lo hizo. Pero cometió un grave error, mademoiselle.

—Lo comprendo —replicó Valerie con sequedad, y luego agregó con pesar—: ¡Pero qué diablos! ¡Qué importa ahora! Oh, enciérreme si quiere. Dígaselo a Pat, al inspector… a todo el mundo. Pero, ¿de qué servirá? ¿Acaso nos ayudará a descubrir quién asesinó a Celia?

Poirot se puso en pie.

—Nunca se sabe lo que puede ayudar y lo que no —dijo—. ¡Hay que limpiar el camino de tantas cosas que no importan y que confunden las huellas! Era importante para mí saber quién había inspirado a la pobre Celia la comedia que representó, y ya lo sé. Y en cuanto a lo del anillo, le sugiero que vaya usted misma a ver a Patricia Lane para decirle lo que hizo y expresarle los sentimientos adecuados al caso.

Valerie hizo una mueca.

—Creo que es un buen consejo —dijo—. De acuerdo, iré a ver a Pat y le pediré perdón. Pat es una buena chica. Le diré que cuando pueda le devolveré el brillante. ¿Es eso, tal vez, lo que usted quiere, señor Poirot?

—No se trata de lo que yo quiera, sino de que eso es lo aconsejable.

La puerta se abrió de pronto, dando paso a la señora Hubbard.

Respiraba trabajosamente, y la expresión de su rostro hizo exclamar a Valerie:

—¿Qué le ocurre, Mamá Hubbard? ¿Qué ha sucedido?

La recién llegada se dejó caer en una silla.

—Es la señora Nicoletis.

—¿La señora Nick? ¿Qué le pasa?

—¡Oh, Dios mío! ¡Ha muerto!

—¿Que ha muerto? —Valerie había enronquecido—. ¿Cómo? ¿Cuándo?

—Parece ser que anoche la recogieron en la calle… y la llevaron a la comisaría.

Creyeron que estaba… que estaba…

—¿Bebida? Supongo.

—Sí… había estado bebiendo. Pero de todas formas… falleció.

—Pobre señora Nick —dijo Valerie con un ligero temblor en su voz.

Poirot dijo en tono amable:

—¿La apreciaba usted, mademoiselle?

—Resulta extraño en cierto modo… A veces era el mismísimo diablo… pero si… yo la… La primera vez que vine aquí… hace tres años, no era tan… tan temperamental como últimamente… Resultaba una compañía agradable… divertida… de buen corazón… Había cambiado mucho… últimamente…

Valerie miró a la señora Hubbard.

—Supongo que era debido al alcohol. Encontraron un almacén de botellas en su habitación, ¿no es cierto?

—Sí —la señora Hubbard vacilaba, pero al fin exclamó—: Yo tengo la culpa… por dejarla salir sola ayer noche… tenía miedo… ¿saben?

—¿Miedo? —exclamaron a la vez Poirot y Valerie.

La señora Hubbard asintió tristemente mientras en su rostro aparecía una expresión angustiada.

—Sí. No cesaba de decir que no se sentía segura. Le pedí que me dijera qué era lo que temía… y me rechazó. Con ella nunca se sabía hasta qué punto exageraba… Pero ahora… quisiera saber…

Valerie intervino.

—¿No pensará usted que ella… que ella también… fuese…?

Se interrumpió con expresión aterrorizada.

Poirot preguntó:

—¿Cuál dicen que fue la causa de su muerte?

—No… no, han dicho nada… Se abrirá una investigación el martes…

Capítulo XV

Cuatro hombres se hallaban sentados alrededor de una mesa en la tranquila habitación del Nuevo Scotland Yard.

Presidía la conferencia el primer inspector Wilding, del Departamento de Narcóticos. Junto a él estaba el sargento Bell, un joven de gran optimismo y energía, cuyo aspecto era muy parecido al de un inquieto lebrel. Reclinado en su silla, tranquilo y alerta, se hallaba el inspector Sharpe. El cuarto hombre era Hercules Poirot, y encima de la mesa se veía una mochila.

El primer inspector Wilding se rascó la barbilla, pensativo.

—Es una idea interesante, monsieur Poirot —dijo con cierta reserva—. Sí, una idea interesante.

—Es, como les digo, simplemente una teoría —replicó Poirot.

Wilding asintió.

—Hemos esbozado la posición general —dijo—. El contrabando se realiza continuamente, desde luego, en una forma u otra. Después descubrimos una serie de agentes y al cabo de un intervalo de tiempo la cosa vuelve a empezar en cualquier otra parte. Hablando por experiencia propia, durante este último año han estado entrando en el país grandes cantidades de drogas. Heroína principalmente… y bastante cocaína. Hay varios depósitos repartidos por el Continente. La policía francesa ha descubierto un par de sistemas de los que se valen para introducirlas en Francia… Pero no están tan seguros de cómo vuelven a salir.

—¿Acierto al decir que su problema puede dividirse en tres? —preguntó Poirot—. Existe el de la distribución, el de cómo entran las mercancías en el país, y el problema de quién dirige realmente el negocio y recibe los mayores beneficios.

—Así es, a grandes rasgos; tiene usted razón. Conocemos a algunos de los distribuidores y cómo realizan la distribución. A algunos les detenemos y a otros los dejamos en libertad con la esperanza de que nos conduzcan hasta el pez gordo. Se reparte de mil maneras distintas, en los clubes nocturnos, en tabernas, farmacias, por medio de algún que otro médico, modistas de moda y peluquerías. Se ofrece en las carreras, en las tiendas de antigüedades; algunas veces en los almacenes atiborrados de gente. Pero no necesito contarle todo esto. No es eso lo que importa. Podemos luchar contra ellos bastante bien, y tenemos sospechas bastante ciertas de quién es el que llamaríamos pez gordo. Uno de esos caballeros ricos y respetables contra los que nunca hay la más leve prueba. Actúa con gran cautela; nunca maneja las drogas él en persona; y sus agentes ni siquiera le conocen. Pero de vez en cuando alguno comete un desliz y entonces le cogemos.

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