La Odisea De Troya
- Автор: Cussler Clive
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «La Odisea De Troya». Краткое содержание книги:
– Todavía está en proceso de limpieza -le aclaró Gunn-. Ha sido Hiram Yaeger y su ordenador mágico quienes han fijado una fecha y una cultura.
Sandecker se anticipó a la pregunta de Summer.
– Hiram dató el ánfora en algún momento anterior al mil cien antes de Cristo. También la identificó como fabricada por celtas.
– ¿Celtas? -repitió Summer-. ¿Está seguro?
– Concuerda con la técnica y el material de todas las otras ánforas conocidas fabricadas por los antiguos celtas, tres mil años atrás.
– ¿Qué hay del peine que fotografiamos? -preguntó Summer.
– Sin tener el objeto físico -contestó el almirante-, el ordenador de Hiram solo pudo dar una fecha orientativa. Sin embargo, también corresponde a tres mil años atrás.
– ¿Qué explicación propone Yaeger para que el objeto apareciera donde lo encontraron? -intervino Pitt.
– Dado que los celtas no eran un pueblo marinero y no hay constancia de que cruzaran el Atlántico hasta el Nuevo Mundo, tuvo que ser arrojado desde algún barco que pasaba.
– No hay capitán que decida llevar su barco al banco de la Natividad a menos que desee ver cómo el coral le destroza el casco y presentar una reclamación fraudulenta a la compañía de seguros -señaló Pitt-. La única posibilidad es que el barco se viera arrastrado hacia el banco por una tormenta.
Gunn miró la alfombra como si acabara de recordar alguna cosa.
– Según los registros de naufragios, un viejo vapor llamado Vandalia naufragó en el arrecife.
– Yo visité el pecio -dijo Summer. Miró a su hermano con una expresión expectante.
Dirk asintió al tiempo que sonreía.
– El ánfora no fue la única cosa que encontramos.
– Dirk se refiere a que también encontramos un laberinto de cuevas o habitaciones excavadas en la roca, que ahora están cubiertas por el coral. -Metió la mano en el bolso y sacó la cámara digital-. Sacamos fotos de las habitaciones y de un gran caldero, con imágenes de antiguos guerreros. Estaba lleno de pequeños objetos comunes.
Sandecker la miró con una expresión incrédula.
– ¿Una ciudad sumergida en el hemisferio occidental antes de que aparecieran los olmecas, los mayas y los incas? No parece posible.
– No tendremos respuestas hasta que se realice una exploración a fondo. -Summer levantó la cámara como si fuese una valiosa joya-. La estructura que vimos parecía corresponder a un templo.
El almirante se volvió hacia Gunn.
– Rudi…
Gunn cogió la cámara de la mano de Summer y apretó un interruptor en la pared. Se alzó un panel para dejar a la vista una pantalla de televisión panorámica. Conectó la cámara al televisor y en la pantalla aparecieron las imágenes del templo sumergido filmadas por los dos jóvenes.
Había un total de treinta imágenes, que comenzaban con el arco de la entrada y los escalones que conducían hasta el interior, donde había algo que parecía una cama. El caldero con los objetos de uso cotidiano estaba en otra habitación.
Dirk y Summer hicieron de narradores mientras Gunn pasaba los fotogramas de uno en uno. Tras ver la última imagen, todos permanecieron en silencio durante unos minutos. Pitt fue quien habló primero.
– Creo que deberíamos consultar con Julien Perlmutter.
– Julien no es arqueólogo -puntualizó Gunn, con tono escéptico.
– Es verdad, pero seguramente conocerá o sabrá dónde buscar alguna referencia sobre los primitivos navegantes que pudieron llegar a este lado del océano hace tres mil años.
– Vale la pena probarlo -opinó Sandecker. Miró a Dirk y Summer-. Esa será vuestra investigación durante las próximas dos semanas. Encontrad respuestas. Lo podéis considerar como unas vacaciones del trabajo. -Giró el sillón para mirar a Pitt y Giordino-. Ahora pasemos al tema del légamo marrón.
»Todo lo que sabemos hasta el momento es que no está relacionado con una diatomea ni con ninguna otra especie de alga. Tampoco es una biotoxina vinculada con el fenómeno de la marea roja. En cambio, sabemos a ciencia cierta que está dejando un rastro de destrucción a medida que va hacia mar abierto y vira hacia el norte, empujado por la corriente ecuatorial sur hacia el golfo de México y Florida. Los oceanógrafos creen que el légamo ya está en las aguas territoriales de Estados Unidos. Los informes que envían desde Key West hablan de bancos de esponjas que se están destruyendo por obra de un agente desconocido.
– Lamento que los recipientes con las muestras de agua y los ejemplares muertos se rompieran cuando las olas arrastraron al Pisces al fondo del cañón -dijo Summer.
– No te lamentes. Tenemos muestras y especímenes que nos envían todos los días desde cincuenta lugares diferentes por todo el mar de las Antillas.
– ¿Hay alguna pista del lugar donde se origina el légamo? -preguntó Pitt.
Gunn se quitó las gafas y limpió los cristales con un paño.
– Nada concreto. Los científicos han analizado las muestras de agua, y han intentado calcularlo introduciendo en el ordenador los datos de las corrientes y los vientos, además de las coordenadas suministradas por los satélites y los avistamientos comunicados por los barcos. Dicen que el légamo podría tener su origen en algún lugar frente a las costas de Nicaragua, pero carecen de pruebas.
– ¿Podría tratarse de algún vertido químico en un río? -sugirió Dirk.
Sandecker hizo girar uno de sus grandes puros entre los dedos sin encenderlo.
– Es posible, pero nos falta descubrir un rastro que nos lleve hasta su origen.
– Aquí está pasando algo muy extraño -opinó Gunn-. Esa cosa es letal para la mayor parte de la vida marina y el coral. Tenemos que ponerle remedio antes de que se extienda fuera de control por todo el mar de las Antillas y nos encontremos con un mar absolutamente contaminado sin posibilidades para mantener la vida marina.
– No pintas un cuadro muy alentador -manifestó Pitt.
– Hay que encontrar la fuente y la forma de contrarrestarlo -declaró Sandecker-. Allí es donde entráis tú y Al. Vuestra misión será investigar las aguas frente a la costa este de Nicaragua. Dispondréis de una nave de exploración de la NUMA, de la clase Neptuno. No es necesario que os diga que es pequeña y solo lleva una tripulación de cinco hombres, pero está provista con lo último en equipos de búsqueda e instrumentos para proyectos especializados como éstos. A diferencia de cualquiera de nuestros otros barcos, es la embarcación más rápida que surca los mares, y le sobra potencia.
– ¿Como el Calliope que nos vimos obligados a destruir en el río Níger hace algunos años? -preguntó Pitt, mientras tomaba notas en una libreta.
– Me arrepiento de no haber descontado de vuestros sueldos lo que valía.
– Si no tiene inconveniente, almirante, Al y yo preferiríamos no llamar tanto la atención esta vez.
– No lo haréis -prometió Sandecker. Se despreocupó de los no fumadores y encendió el puro-. El Poco Bonito es la niña de mis ojos. Mide veinticinco metros de eslora y su apariencia engaña. A nadie le llamará la atención porque el casco, la cubierta y la caseta del timón están basados en el típico pesquero de arrastre escocés.
Pitt siempre se asombraba ante la fascinación de Sandecker por los barcos raros.
– Un barco de exploración oceánica disfrazado como un pesquero. Bueno, siempre tiene que haber una primera vez.
– Un típico pesquero de arrastre escocés destacará en el mar de las Antillas como un vagabundo en un baile de gala -opinó Giordino.
– No te preocupes -lo tranquilizó el almirante-. La superestructura del Poco Bonito está diseñada electrónicamente para cambiar de aspecto de forma automática y encajar en cualquier flota pesquera del mundo.
Pitt miró la alfombra mientras intentaba imaginarse el barco.
– Si no he olvidado el español que aprendí en el Instituto, Poco Bonito significa “feo”.
– Me pareció muy apropiado -admitió Sandecker.
– ¿A qué vienen tantos subterfugios? -preguntó Pitt-. No vamos a entrar en una zona de guerra.
Sandecker le dirigió una mirada precavida que Pitt conocía muy bien.
– Nunca se sabe cuándo te puedes cruzar con una nave fantasma tripulada por espectros piratas.
Pitt y Giordino miraron al almirante como si hubiese acabado de anunciar que había volado ida y vuelta a Marte.
– Una nave fantasma -repitió Pitt con tono burlón.
– ¿Nunca has escuchado hablar de la leyenda del bucanero errante?
– No que yo recuerde.
– Leigh Hunt era un contrabandista y un pirata sin escrúpulos que aterrorizó a las Antillas a finales del siglo XVII. Atacaba a todas las naves que encontraba a su paso, fueran españolas, inglesas o francesas. Era un gigante; Barba Negra a su lado era un pigmeo. Los relatos de sus barbaridades se escuchaban por todo el Caribe. Las tripulaciones de los barcos mercantes que capturaba preferían suicidarse antes que rendirse a Hunt. Su pasatiempo favorito era arrastrar a los desgraciados cautivos detrás de su nave para que se los comieran los tiburones.
– Se parece mucho a otro tipo que conozco -murmuró Giordino.
Sandecker continuó con el relato sin hacer caso del comentario.
– El reinado de terror de Hunt duró quince años, hasta que intentó abordar un navío de guerra inglés disfrazado como una indefensa nave mercante. Engañado, Hunt izó la bandera negra con la calavera y las tibias cruzadas y disparó un cañonazo por delante de la proa de los ingleses. Después, cuando se amuró para el abordaje, los ingleses levantaron las tapas de las troneras y comenzaron a descargar su artillería contra la nave pirata, que se llamaba Scourge. Tras una furiosa batalla, una compañía de infantes abordó el barco y acabó rápidamente con los tripulantes.
– ¿Hunt salió con vida de la batalla?
– Desgraciadamente para él, sí.
– ¿Los británicos le pagaron con la misma moneda y lo arrastraron detrás de su navio? -preguntó el joven.
– No -respondió Sandecker-. Hunt había matado a un hermano del capitán dos años antes, así que estaba dispuesto a vengarse. Ordenó que le amputaran los pies. Luego lo ataron de las muñecas y lo bajaron por la borda hasta que los muñones estuvieron a un palmo del agua. Solo fue una cuestión de tiempo que aparecieran los tiburones, atraídos por el olor de la sangre. Comenzaron a saltar fuera del agua con las mandíbulas abiertas hasta que solo quedaron las manos y los brazos de Hunt atados al cabo.