¡Hagan sitio! ¡Hagan sitio! [Make Room! Make Room! - es]
- Автор: Гаррисон Гарри Максвелл
- Год: 1976
- Язык: испанский
- Год: Acervo
- ISBN: 84-7002-205-9
- Переводчик: Jose Maria Aroca
- Жанр: Социально-философская фантастика
Электронная книга - «¡Hagan sitio! ¡Hagan sitio! [Make Room! Make Room! - es]». Краткое содержание книги:
Peor en ese miserable mundo, que puede ser el nuestro dentro de muy pocos años, en el que todo escasea excepto la necesidad, ni siquiera la policía tiene efectivos suficientes para llevar a cabo su trabajo.
—Sí, señor.
Capturarle. ¿Capturar a quién? Bueno, capturarle a él, desde luego. Billy sabía quiénes eran los hombres que estaban allí, policías, y habían venido a detenerle. Le habían localizado, tal como él sabía que lo harían. Pero no quería ir con ellos, precisamente ahora que experimentaba unas sensaciones maravillosas. ¿Eran los efectos del polvo? maravilloso polvo. Tendría que procurarse más. Ignoraba un montón de cosas, sabía un montón de cosas, y una de las cosas que sabía era que los polizontes no tienen polvo ni le dan a uno polvo. ¿Ningún polvo?
La barandilla crujió, y unos pesados pies treparon por la escalera del puente. Billy se encaramó a la mesa de acero y salió a través de la ventana lateral al otro lado, alzó los brazos, se agarró a alguna parte y se izó a si mismo por encima de la ventana. Resultó muy fácil. Y agradable también.
—¡Como apesta esto! —dijo una voz, y luego, más fuerte, dirigiéndose a alguien que estaba abajo—: No está aquí, teniente.
—Siga buscando. Registre todo el barco, tiene que estar en alguna parte.
El aire nocturno era bastante cálido, y cuando Billy corrió le pareció bastante sólido como para sostenerle, y pensó en caminar sobre el aire hasta el barco contiguo. Entonces llegó a la chimenea, y esto parecía mejor. Unas curvadas varillas de acero surgían del costado de la chimenea, formando una escalerilla, y Billy trepó por ellas.
—¿Has oído algo ahí arriba?
Una última varilla, y allí estaba la negra boca ovalada de la chimenea, más negra que la negrura circundante. Billy no podía ir más allá, excepto dentro, y agitó su brazo sobre la nada y su pie resbaló, y por un instante se bamboleó y empezó a descender por el largo túnel negro, hasta que su mano chocó contra una barra del interior: áspera, oxidada, cubierta de ruinosa y grasienta oscuridad. Con un gran esfuerzo se elevó hasta quedar semiagachado sobre la barra, y se agarró al borde del metal que formaba la chimenea, y alzó la mirada hacia las estrellas. Podía observarlas ahora que las voces eran sola mente un murmullo lejano como de olas, y nunca había visto estrellas como aquellas. Todas eran de colores distintos, colores que no podía recordar haber visto nunca.
Sus piernas estaban agarrotadas y sus dedos rígidos de sujetar el metal, y ya no podía oír ninguna voz. Al principio no pudo soportarlo y pensó que podría caer en el interminable pozo oscuro que se abría debajo de él, y ahora la idea no le parecía tan buena como le había parecido antes. Finalmente, reuniendo todas sus fuerzas. logró extender sus piernas y encontrar los barrotes que jalonaban la lisa superficie de la pared metálica.
Cuando se ha nacido en los barcos y se vive en los barcos, resultan un mundo tan normal como las calles, o en cualquier otro sitio. Billy sabía que si uno trepaba hasta lo alto de la amura y tomaba impulso y saltaba, podía aterrizar sobre la popa del barco contiguo. Y había otros caminos para pasar de un barco a otro que evitaban las pasarelas, y Billy los utilizó, a pesar de la oscuridad, sin tener plena consciencia de lo que hacía, pero avanzando hacia tierra firme. Estaba casi allí cuando notó un agudo dolor en sus pies descalzos a consecuencia de haber pisado unas púas de alambre, algunas de las cuales se le habían clavado en las plantas. Se sentó y trató de arrancárselas al tacto. Mientras estaba sentado allí, reclinado contra la barandilla, empezó a temblar.
El recuerdo era claro. Sabía lo que había oído y hecho, pero solamente ahora empezaba a darse cuenta de su verdadera importancia. La policía le había localizado, y no le había detenido ya por pura casualidad. Si hubiese permanecido en la cama cinco minutos más…
¡Le estaban buscando, y sabían quién era!
El cielo griseaba detrás de la oscura silueta de la ciudad cuando llegó al muelle, mucho más arriba en la hilera de barcos. Parecía haber mucha gente cerca de la Calle Veintitrés, pero la oscuridad era demasiado intensa para poder estar seguro.
Saltó al desembarcadero y corrió hacia la hilera de cobertizos, una menuda figura tiznada de hollín, descalza y asustada. Las sombras se lo tragaron.
XII
La ola de calor pesaba sobre la ciudad desde hacia tanto tiempo que la gente no la mencionaba ya, se limitaba a soportarla. Cuando Andy subía en el ascensor, el ascensorista, un muchacho delgado y de aspecto fatigado, se apoyó contra la pared con la boca abierta, sudando en su uniforme lleno de manchas de humedad. Eran poco más de las siete cuando Andy abrió la puerta del apartamento 41-E. Cuando la puerta exterior se hubo cerrado tras él llamó a la interior, y luego se inclinó exageradamente en dirección al objetivo de TV. La puerta se abrió y Shirl apareció ante él, con el pelo enmarañado y una bata echada sobre los hombros.
—¡Dichosos los ojos! —exclamó Shirl, y se arrojó en brazos de Andy, ofreciéndole sus labios, que él se apresuró a aceptar. Olvidó el lío de plástico que llevaba bajo el brazo y que cayó al suelo —¿Qué es eso?— preguntó Shirl, arrastrándole hacia el interior.
—Mi impermeable; tengo que entrar de servicio dentro de una hora, y se supone que hoy va a llover.
—¿No puedes quedarte?
—¡Ojalá pudiera! —Andy volvió a besarla y gruñó, medio en serio, medio en broma—: Han pasado muchas cosas desde la última vez que te vi.
—Voy a preparar un poco de café, no tardaré nada. Ven a la cocina y cuéntamelo todo.
Andy se sentó y miró a través de la ventana mientras Shirl ponía el agua a hervir. Unas nubes oscuras llenaban el cielo de horizonte a horizonte, tan pesadas que parecían estar inmediatamente encima de los tejados de los edificios.
—Aquí en el apartamento no puedes notarlo —dijo— pero hoy es peor que nunca. La humedad, supongo; debemos estar alrededor de los 37 grados.
—¿Has encontrado al tal Chung? —preguntó Shirl.
—No. Por lo que sabemos, podría estar en el fondo del río. Han pasado más de dos semanas desde que escapó de nosotros en el barco, y no hemos encontrado el menor rastro de él desde entonces. Hemos enviado su fotografía con sus huellas dactilares y sus señas particulares a todas las comisarías, y yo he hablado personalmente con la mayoría de los detectives. Al principio pusimos a un agente de guardia en el apartamento del muchacho, pero hemos anulado la medida. Tenemos dos confidentes que viven en el barco: mantendrán los ojos abiertos y nos informarán inmediatamente si el muchacho aparece por allí; no recibirán un solo centavo a menos que le vean. Es casi todo lo que podemos hacer por ahora.
—¿Crees que le cogeréis?
Andy se encogió de hombros y sopló en la taza de café que Shirl le había entregado.
—No hay modo de saberlo. Si no se mete en algún jaleo, o se marcha de la ciudad, no volveremos a verle. Ahora es una simple cuestión de suerte. Me gustaría poder convencer de eso a mis superiores.
—Entonces… ¿ continúas en el caso?
—Mitad y mitad, que es mucho peor. Las presiones para que encontremos al muchacho no han disminuido pero Grassy logró convencerles de que yo podía ocuparme de la investigación sin dedicarle todas mis horas de servicio. De modo que teóricamente dedico la mitad de mis horas de servicio al caso, y la otra mitad a mis tareas normales. Conociendo a Grassy, eso significa que dedico todas mis horas de servicio a mis tareas normales y el resto del tiempo a buscar a Billy Chung. He llegado a odiar a ese muchacho. Ojalá se hubiese ahogado y yo pudiera demostrarlo.
Shirl se sentó en frente de él y sorbió su café.
—De modo que eso es lo que has estado haciendo estos últimos días.
—Ni más ni menos. He estado de guardia cuarenta y ocho horas en el Depósito Kensico, sin poder pasar por aquí ni enviarte un mensaje. Hoy empiezo el servicio a las ocho, pero tenía que verte sin falta. Estamos a treinta. ¿Qué vas a hacer, Shirl?