Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Триллеры » La Mordaza De La Chismosa
La Mordaza De La Chismosa - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

La Mordaza De La Chismosa

Электронная книга - «La Mordaza De La Chismosa». Краткое содержание книги:

Mathilda Gillespie, sesenta y cinco años, ha aparecido muerta. Estaba en la bañera de su casa, con la cabeza cubierta por una peculiar mordaza, a modo de jaula, usada en la Edad Media para castigar a las mujeres chismosas: un sórdido artilugio de represión que iluminaba y al tiempo oscurecía el motivo de su muerte.
Porque la jaula, a su vez, estaba recubierta de flores, como una referencia a la Ofelia muerta de Hamlet: Shakespeare era una de las pasiones de la señora Gillespie. ¿Se podía por tanto deducir que la recargada y morbosa escenografía revelada, junto a la ausencia de signos de violencia, un suicidio? La doctora Sarah Blakeney, medica personal de la anciana y una de sus escasas amigas, no acababan de tenerlo claro. E investigaciones someras ponen de manifiesto viejos y terribles traumas familiares. Así como personas interesadas en la muerte de la señora Gillespie…
1 ... 27 28 29 30 31 32 33 34 35 ... 88
Перейти на страницу:

– Déjeme que se lo diga de otra manera, doctora Blakeney, ¿cómo probará que usted no la ha matado mediante el rechazo del legado? ¿No diría todo el mundo que le entró miedo porque su intento de hacer que pareciera un suicidio no funcionó? -Hizo una pausa momentánea y prosiguió al no decir ella nada-. Y nadie la aplaudirá por su magnanimidad, ¿sabe?, porque el dinero no irá a parar a manos de la señora Lascelles ni de su hija, sino a un puñado de burros. Si acepta usted el legado al menos a ellas les quedará la posibilidad de obtener una suma global.

Sarah miró más allá de él, hacia la ventana.

– ¿Por qué lo hizo?

– Dijo que le tenía cariño.

– ¿No cuestionó usted eso? Quiero decir, ¿se le presentan normalmente y de una forma tan súbita señoras ancianas ricas diciendo que quieren hacer un nuevo testamento secreto del que no quieren que se enteren sus familias? ¿No debería de haber intentado disuadirla de ello? Podría haberse tratado de un capricho impulsivo que se nos ha echado encima porque ella murió de modo inesperado. La gente está diciendo que yo usé una influencia indebida.

Él hizo girar el lápiz entre los dedos.

– No fue nada impulsivo. Vino a verme por primera vez hace tres meses y, sí, de hecho intenté disuadirla. Yo señalé que, como regla general, es mejor dejar el dinero de la familia dentro de la familia por mucha antipatía que una persona sienta por sus hijos. Argumenté, sin ningún éxito, que ella no debía de considerar la fortuna Cavendish como suya propia sino como una especie de fideicomiso heredado que debía pasar a las generaciones sucesivas. -Se encogió de hombros-. No quiso saber nada. Así que intenté persuadirla de que primero lo comentara con usted, pero me temo que tampoco quiso saber nada de eso. Se mostró bastante intransigente respecto a que usted debía heredar pero no debía saberlo con antelación. Para que conste, y tal y como se lo he dicho a la policía, quedé convencido de que no había para nada ninguna influencia indebida.

Sarah estaba espantada.

– Tres meses -repitió-. ¿Le ha dicho eso a la policía?

Él asintió con la cabeza.

– Ellos también estaban trabajando sobre la teoría de que se trataba de un capricho repentino.

Ella se llevó los dedos temblorosos a los labios.

– Yo casi podría demostrar que no podría haberlo sabido si ella hubiese hecho el testamento dos días antes de morir. No hay forma de que pueda demostrar ignorarlo si había estado planeándolo durante tres meses.

John Hapgood, el director del banco, se aclaró la garganta.

– A mí me parece, doctora Blakeney, que está concentrándose usted en el problema por completo equivocado. La noche en que la señora Gillespie murió era sábado, si no recuerdo mal. ¿Dónde estaba usted esa noche y qué estaba haciendo? Establezcamos si usted necesita demostrar su ignorancia respecto al legado.

– Estaba en casa, de guardia. Lo comprobé al enterarme del testamento.

– ¿Recibió alguna llamada?

– Sólo una, poco después de las ocho. No se trataba de nada serio, así que lo solucioné por teléfono.

– ¿Estaba su esposo con usted?

– No, ese fin de semana se encontraba en Stratford. No había nadie conmigo. -Le sonrió débilmente-. No soy una completa imbécil, señor Hapgood. Si tuviera una coartada ya la habría presentado, a estas alturas.

– En ese caso, pienso que debe tener más fe en la policía, doctora Blakeney. A pesar de lo que lea en los periódicos, es probable que continúe siendo la mejor del mundo.

Ella lo estudió con aire divertido.

– Puede que tenga usted razón, señor Hapgood, pero, personalmente, no tengo ninguna fe en mi capacidad para demostrar que no maté a Mathilda por su dinero, y tengo la desagradable sensación de que la policía lo sabe. -Alzó los dedos y contó un punto tras otro-. Tenía un móvil, tenía la oportunidad y proporcioné al menos la mitad de los medios. -Sus ojos destellaron-. Por si usted no lo sabía, estaba drogada con los barbitúricos que yo le prescribí, antes de que le hicieran las incisiones en las muñecas. Encima de todo eso, trabajé doce meses en un departamento de patología porque estaba considerando la carrera forense antes de convertirme en médico de cabecera, así que si alguien sabría cómo falsificar un suicidio, ésa sería yo. Ahora déme un buen argumento que pueda citar en mi defensa cuando la policía se decida a arrestarme.

Él apoyó el mentón sobre los dedos entrelazados.

– Es un problema interesante, ¿verdad? -Sus cejas blancas se juntaron en un feroz ceño fruncido-. ¿Qué estuvo haciendo ese sábado?

– Lo habitual. Jardinería, tareas domésticas. Creo que la mayor parte de ese sábado la dediqué a podar las rosas.

– ¿La vio alguien?

– ¿Qué diferencia habría si alguien me hubiese visto o no? -Hablaba con considerable irritación-. Mathilda fue asesinada en algún momento de la noche, y desde luego yo no estaba haciendo jardinería a oscuras.

– ¿Qué estaba haciendo?

«Maldiciendo a Jack. Sintiendo compasión por mí misma.»

– Estuve pintando uno de los dormitorios.

– ¿Después de trabajar en el jardín durante todo el día?

– Alguien tenía que hacerlo -replicó ella con tono cortante.

Se produjo un corto silencio.

– Resulta obvio que es usted una trabajoadicta -comentó el señor Hapgood con suavidad. Le recordaba a su esposa, siempre en movimiento, siempre inquieta, sin detenerse nunca lo bastante como para darse cuenta de adonde iba.

Sarah le dedicó una débil sonrisa.

– La mayoría de las mujeres lo somos. No podemos quitarnos de encima la responsabilidad de la casa con un simple encogimiento de hombros sólo porque queramos tener una carrera. Nos llevamos la peor parte de ambos mundos cuando nos disponemos a irrumpir en los bastiones de los hombres. -Se presionó los ojos cansados con el pulgar y el índice-. Mire, nada de esto es relevante para esta reunión. Hasta donde soy capaz de ver, Mathilda me ha puesto en una situación imposible. Haga lo que haga se me cargará con la culpa por su hija y su nieta. ¿No existe ninguna manera mediante la que yo pueda simplemente apartarme del problema y dejarlas que lo decidan luchando entre ellas?

– No hay nada que le impida devolvérselo a ellas en forma de regalo -dijo Duggan-, una vez que sea suyo. Pero eso sería usar el dinero de una forma muy ineficaz. Los impuestos resultarían colosales. -Le sonrió con expresión de disculpa-. También sería oponerse de forma abierta a los deseos de la señora Gillespie. Cualesquiera sean las incorrecciones o correcciones del caso, ella no quería que ni la señora Lascelles ni la señorita Lascelles heredaran sus bienes.

Keith recogió su maletín.

– ¿Hay alguna prisa para que la doctora Blakeney tome la decisión -preguntó, razonable-, o puedo sugerir que dejemos el tema en suspenso durante una o dos semanas más hasta que la policía resuelva el caso en uno u otro sentido? No puedo evitar la sensación de que a la doctora Blakeney le resultará más fácil tomar una decisión una vez se haya celebrado la vista previa.

Y así se acordó, aunque para Sarah no fue más que posponer una decisión que ya había tomado.

Keith y Sarah almorzaron en un pequeño restaurante que había al pie de la colina. Keith la contempló por encima del borde de su copa de vino.

– ¿Eso fue una actuación, o tienes de verdad miedo de que te arresten?

Sarah se encogió de hombros.

– ¿Importa eso?

Él pensó en lo profundamente que le había afectado a ella la marcha de Jack. Nunca antes se había encontrado con la amargura de Sarah.

– Por supuesto que importa -dijo sin rodeos-. Estás preocupada, así que te sugiero acompañarte ahora y aclarar las cosas con la policía. ¿Qué sentido tiene desgarrarte por algo que podría no suceder nunca?

Ella le sonrió apenas.

– Era una actuación -dijo-. Me sentía muy harta de que hablaran de mí como si no estuviera presente. Podría haber estado tan muerta como Mathilda. Es el dinero lo que los emociona.

1 ... 27 28 29 30 31 32 33 34 35 ... 88
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)