Las fuerzas del mal
- Автор: Уолтерс Майнет
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Las fuerzas del mal». Краткое содержание книги:
En tanto, en las tierras que lindan con la propiedad del coronel se instala un grupo de nómadas con el objetivo de asentarse por un tiempo indefinido. A la cabeza del movimiento se encuentra un siniestro personaje a quien todos conocen como Fox Evil, un individuo capaz de hundir aún más si cabe los ánimos del coronel. Sólo la providencial visita de su nieta, convertida por los avatares de la vida en una joven capitana del ejército inglés, le ayudará a encarar el avispero emocional en el que vive su agotado corazón.
Como suele ser habitual, fue anulado por una mezcla de silencio y rabietas, y la venta cuatro años atrás de su modesta vivienda (según los estándares londinenses) en la periferia de Chelsea les había permitido mudarse a una buena casa en un pueblo de Dorset, donde los precios inflacionarios de la ciudad superaban con mucho los de la provincia. La casa Shenstead, una excelente edificación victoriana, otorgaba a sus propietarios tradición e historia, mientras que la de la carretera de Croydon, 12, una construcción de los años setenta, no otorgaba nada, y Eleanor siempre mentía cuando contaba dónde habían vivido antes ella y Julian -«a poca distancia de Margaret Thatcher»-, cuál había sido su puesto dentro de la empresa -«director»- y cuál era su salario -«una cifra de seis dígitos».
Irónicamente, la mudanza había sido más ventajosa para él que para ella. Mientras que el aislamiento de Shenstead y sus escasos residentes habían otorgado a Eleanor la categoría de pez grande en estanque pequeño, algo que siempre había anhelado, esos mismos factores habían convertido su victoria en algo huero. Sus intentos de congraciarse con los Lockyer-Fox habían resultado infructuosos -James la había evitado, Ailsa se había mostrado cortés pero distante-, y ella se negó a rebajarse entablando amistad con los Woodgate o, peor aún, con el jardinero de los Lockyer-Fox y su esposa.
Los predecesores de los Weldon en la granja Shenstead habían sido una compañía deprimente a causa de sus problemas monetarios, y los visitantes de fin de semana, gente con suficientes medios para tener una casa en Londres y un chalé junto al mar, no se sentían más impresionados por la nueva señora de la casa Shenstead que los Lockyer-Fox.
Si Julian hubiera compartido sus ambiciones de irrumpir en la sociedad de Dorset, o si hubiera hecho un esfuerzo por apoyarla, el resultado hubiera sido diferente, pero ahora, libre del yugo que implicaba tener que ganarse la vida y harto de las críticas de Eleanor por su holgazanería, había discurrido hasta encontrar algo que hacer. Hombre gregario por naturaleza, visitaba habitualmente un pub en un poblado vecino y copa a copa se iba adentrando en la comunidad agrícola local sin preocuparse de que sus compañeros fueran propietarios, granjeros o agricultores. Nacido y educado en Wiltshire, tenía una idea más precisa que su mujer, nacida en Londres, de la rapidez con que ocurrían las cosas en el campo. Y para disgusto de su esposa, no le suponía ningún problema compartir una jarra de cerveza con Stephen Woodgate o con Bob Dawson, el jardinero de los Lockyer-Fox.
No invitó a Eleanor a que se le uniera. Tras pasar largo tiempo junto a ella y su lengua afilada, se había dado cuenta de la razón por la que había contemplado la jubilación con tanta renuencia. Habían podido tolerarse mutuamente durante veinte años porque él se pasaba todo el día fuera de casa, así que decidió conservar ese hábito. En pocos meses retomó su amor infantil por los caballos, reconstruyó el establo en la parte trasera de la casa, cercó la mitad del jardín como una pista de equitación, adquirió un caballo y se unió a los cazadores del lugar. Mediante esas conexiones encontró buenos compañeros de golf y de billar, navegaba a vela de vez en cuando, y año y medio después se declaró totalmente satisfecho de la vida en el campo.
Como era de prever, Eleanor se enfureció y lo acusó de dilapidar el dinero con fines egoístas que sólo le beneficiaban a él. Alimentaba un resentimiento continuo por haber perdido el tren de la burbuja especulativa inmobiliaria por un año, sobre todo cuando supo que sus ex vecinos habían vendido una casa idéntica a la suya dos años después por cien mil libras más. Con el pensamiento contradictorio tan propio de ella, olvidó convenientemente el papel que había desempeñado en la mudanza y culpó a su marido por haber vendido tan pronto.
A su lengua le habían salido dientes. Hablando con sinceridad, la indemnización por jubilación de él no había sido tan generosa, y no se podían permitir gastos superfluos cada vez que les entraban deseos. ¿Cómo podía él gastar dinero en la reparación del establo cuando la casa pedía a gritos una nueva decoración y nuevas alfombras? ¿Qué impresión causarían en los visitantes la pintura apagada y las alfombras deshilachadas? Él se había unido a los cazadores de forma deliberada para echar por tierra los planes de ella relativos a los Lockyer-Fox. ¿Acaso no sabía que Ailsa apoyaba la Liga Contra los Deportes Crueles?
Julian, hastiado tanto por ella como por sus intentos de medrar socialmente, le aconsejó que no lo intentara con tanto ahínco. No tenía sentido manifestar aires de superioridad si la gente no se relacionaba como ella quería, le dijo. La idea de Ailsa de cómo pasar el tiempo era formar parte de comités de asociaciones caritativas. Para James significaba encerrarse en su biblioteca para compilar la historia de su familia. Eran personas reservadas y no tenían ni el más remoto interés en perder su tiempo en charlas triviales o vistiéndose de etiqueta para tomar un par de copas o para cenas de gala. «¿Cómo sabes todo eso?», le había preguntado Eleanor. Se lo había contado un colega en el pub.
La adquisición de la granja Shenstead por parte de los Weldon fue un salvavidas para Eleanor. Encontró en Prue una amiga del alma que podía devolverle la confianza en sí misma. Prue era el acólito que la admiraba y que contaba con un círculo de contactos adquiridos en los diez años que había pasado al otro lado de Dorchester, precisamente lo que Eleanor necesitaba. Eleanor era el sofisticado eje de acero londinense en el espinazo de Prue, que le permitía hacer públicas sus críticas hacia los hombres y el matrimonio. Se inscribieron juntas en un club de golf, aprendieron a jugar al bridge y hacían expediciones de compras a Bournemouth y Bath. Era una amistad gloriosa -o infernal, según el punto de vista- de dos mujeres con una perfecta sintonía entre ambas.
Meses antes, durante una cena especialmente horrible en la que Eleanor y Prue habían formado un equipo algo ebrio dedicado a insultar a sus maridos, Julian le había hecho a Dick el amargo comentario de que sus mujeres eran Thelma y Louise pasando la menopausia, pero sin sex-appeal. Lo único bueno es que no se hubieran conocido antes, dijo, porque, en ese caso, todos los hombres del planeta estarían muertos, sin importar que hubieran tenido o no el coraje de violarlas. Dick no había visto la película, pero a pesar de ello se rió.
Por consiguiente, no fue una sorpresa que Prue distorsionara los hechos cuando habló con Eleanor aquella mañana del Boxing Day. Lo de Julian «pasando la pelota» se convirtió en «el típico rechazo de los machos a involucrarse»; la «idiotez de llamar a la mansión Shenstead» de Dick se convirtió en «una reacción de pánico ante algo a lo que no podía enfrentarse»; y las «llamadas ofensivas» y las «calumnias» del abogado se convirtieron en «cobardes amenazas porque James estaba demasiado asustado para formular una acusación».
– ¿Cuántos nómadas hay? -preguntó Eleanor-. Espero que no sea una repetición de Barton Edge. En aquel caso, el Echo habló de cuatrocientas personas.
– No lo sé, Dick se marchó enseguida sin dar ningún detalle, pero no pueden ser muchos, o sus vehículos estarían atravesados en la calle. En Barton Edge, los atascos eran de casi diez kilómetros.
– ¿Llamó a la policía?
Prue suspiró con irritación.
– Probablemente no. Ya sabes cómo huye de cualquier confrontación.
– Está bien, déjame eso a mí -dijo Eleanor, que estaba acostumbrada a tomar las riendas-. Echaré un vistazo y después llamaré a la policía. No tiene sentido gastar dinero en abogados si no es estrictamente necesario.
– Llámame cuando sepas lo que pasa. Estaré aquí todo el día. Jack y Belinda tienen que venir esta noche… pero no antes de las seis.
– Te llamaré -dijo Eleanor, añadiendo un jovial «hasta la vista» antes de salir al portal trasero para buscar su chaqueta de rayas de colores y sus botas de diseño.