Viaje al fin del mundo: Galápagos
- Автор: Васкес-Фигероа Альберто
- Год: 2013
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Viaje al fin del mundo: Galápagos». Краткое содержание книги:
Afortunadamente casi todos éstos son de aguas profundas y no se aproximan a las costas, por lo cual, aunque no constituyan un gran peligro para los bañistas, sí lo son para los náufragos. El mayor problema que presentan se basa en el hecho de que, al seguir a los grandes barcos para devorar los desperdicios que arrojan, se introducen en los puertos, pudiendo causar allí graves daños.
Los que en aquella ocasión nos acompañaban no eran demasiado grandes. Oscilaban entre los dos y los cuatro metros, y sabido es que un buen tiburón azul puede llegar a sobrepasar los seis de longitud. «El peregrino» — inofensivo — pasa de los doce, y el «martillo» — el más feo de todos, con su cabeza aplastada y los ojos a ambos extremos — llega cómodamente a los cinco. Los demás suelen ser algo más pequeños, aunque no por eso menos temibles. Sobre todo, el «tigre», del que conservo, por la única ocasión que me tropecé con él, espantosos recuerdos.
A mi entender, la particularidad más acusada de los escualos es la maravillosa perfección de su sistema olfativo, así como el sistema de percepción de movimientos de agua de que están dotados. Toda una serie de papilas receptivas discurren a lo largo de su cuerpo, y por medio de ellas captan las vibraciones que se producen en el agua, tales como un chapoteo o la agonía de un pez. También siente los cambios de presión, de densidad, de salinidad e, incluso, las variaciones químicas que puedan producirse en el agua.
Todo ello le permite desenvolverse con increíble facilidad, pese a que, según se ha comprobado últimamente, su visión no es perfecta en aguas turbias, donde fácilmente se asusta y desorienta.
No era éste el caso de las islas Galápagos, donde las aguas llegan a poseer una transparencia extraordinaria, y por ello, no me sentía muy tranquilo ante la compañía de aquellos tres monstruos azules que cortaban la superficie del mar con sus amenazadoras aletas.
— ¿Le ponen nervioso? — pregunté, señalándolos.
— En absoluto — respondió—. Mientras estemos aquí arriba, se quedarán tranquilos, y si tenemos la desgracia de ir a parar al mar con ellos, ya no vale la pena preocuparse. Sólo me ponen nervioso las «orcas», porque son capaces de atacar barca y todo. A menudo, pasan, muy mar afuera, y entonces es cosa de ponerse a rezar. Por fortuna, nunca se arriman a tierra.
Días después, iba yo a recordar esas palabras de Guzmán, al tener el más feo encuentro de mi vida con una «orca». La única, según los expertos, que se haya arrimado nunca a tierra. Pero eso ocurrió la última tarde de mi estancia en Galápagos durante mi primer viaje al archipiélago, y ya tendré tiempo de relatarlo en su momento.
Ahora, y tal como Guzmán aseguraba, no había problemas con los tiburones, mientras cada cual permaneciera en su lugar: ellos en el agua, y nosotros en la barca, bien secos. El mar estaba en calma, el viento era suave y firme, la embarcación, resistente, y Guzmán la manejaba con indudable pericia. No existía, por tanto, razón alguna para preocuparse.
Minuto a minuto, Floreana se iba agrandando a nuestra vista.
Cerca ya de tierra, los desagradables compañeros de viaje desaparecieron de improviso. Se sumergieron y no volvieron a hacer acto de presencia.
Guzmán sorteó con habilidad unos islotes y señaló un punto de la costa nordeste de la isla.
— Ahí abundan los flamencos — dijo—. Pero ahora hay muy pocos. Prefiero atracar en Post-Office Bay. ¿Conoce la tradición?
— ¿Aún continúa…?
— Desde luego — admitió—. pero ya es más una leyenda que una realidad.
Media hora después, habíamos atracado junto al barril de madera que — clavado en lo alto de un poste — constituye la más conocida y antigua de las tradiciones del archipiélago. En aquella barrica — la misma desde hacía cientos de años—, los navegantes pasaban cerca de las islas depositaban su correspondencia para cualquier rincón del mundo, o retiraban que les había llegado desde los cinco continentes.
Era «ley del mar», ley de caballeros marinos, por muy sinvergüenzas que pudieran ser, que todo el que encontrara en la barrica una carta que pudiera aproximar a su destino, tenía la obligación de llevarla y, una vez en la civilización, franquearla de su propio bolsillo hasta el fin de su trayecto. De igual modo, debían trasladar gratis a Floreana cuantas cartas le entregaran para ella, quienes sabían que iba a pasar pos sus inmediaciones.
Esta costumbre — que según algunos iniciaron los piratas — cobró especial auge entre los balleneros de los siglos XVIII y XIX. Sabido es que muchos de ellos acostumbraban a pasar años en alta mar, y esta estafeta de Post-Office Bay, era su único medio de comunicación.
Tradicionalmente; las proximidades del archipiélago han sido siempre muy abundantes en ballenas, razón por la que los cazadores de las mismas frecuentaban esta región en los siglos pasados. Era como una cadena sin fin: el hombre venía atraído por las ballenas; las ballenas por el placton, y el plancton por las excepcionales condiciones climatológicas y la existencia de corrientes marinas de la región.
El archipiélago está enclavado en una encrucijada. Una corriente cálida que corre hacia el Sudoeste. Otra «contracorriente», do aguas muy claras y también cálidas, que viene del oeste a todo lo largo de la línea equinoccial; y por último, una muy fría, la Gran Corriente de Humboldt, que sube desde la Antártida, siguiendo las costas de Chile y Perú. En Perú, gira hacia el Noroeste, baña el Sur de las Galápagos y desaparece en el Pacífico. Durante nueve meses del año, esta Corriente de Humboldt corre con increíble velocidad arrastrando una inmensa cantidad de agua y haciendo que cualquier objeto arrojado en el mar en las costas del continente llegue al archipiélago en poco tiempo.
Es así como se supone que nació la vida vegetal y animal en las islas, pese a estar a mil kilómetros de la costa y ser de origen volcánico. Flotando en pedazos de madera llegaron las iguanas y las grandes tortugas de tierra, mientras las semillas vinieron en los buches y vientres de las aves. Lobos de mar, focas y la familia de pingüinos de Fernandina arribó nadando en esa corriente de fantástica potencia.
Esa confluencia de aguas frías y cálidas es lo que origina, pues, condiciones particularmente excepcionales para la proliferación de la vida marina, y la abundancia del plancton que así se forma atrae a millones de peces y a las ballenas.
Cuando le pregunté a Guzmán si ya no se pescaban cetáceos por aquellos alrededores, se encogió de hombros:
— Muy pocos — dijo—. Ya no es como antes. Han acabado prácticamente con ellos. A veces, cuando estoy pescando algo alejado de la costa, veo pasar algunas manadas, pero no vale la pena montar una industria para perseguirlas. Antiguamente, sí. Antiguamente, los noruegos pensaron seriamente en montar una factoría en la isla de San Cristóbal, pero ahora es inútil. Pronto no quedará una ballena en los mares. Están locos. Las persiguen hasta aniquilarlas. ¿Sabe que leí una vez que se cazan más de setenta mil ballenas al año? Una bestialidad. El hombre destroza cuanto toca… Lo aniquila. Por eso me gusta vivir aquí en las islas. Salvo eso de las ballenas lo demás se conserva. Es un Gran Parque y está prohibido matar cualquier clase de animal. Vivimos muy bien todos juntos, no hay por qué aniquilarse… No tenemos aquí esa especie maldita que se llama cazador y que la mayoría de las veces hace daño a los bichos sin provecho de ninguna clase… Sí se prohibiera matar en todas partes, si se suspendiera la caza tan sólo unos años, el mundo volvería a ser una maravilla. Durante la Segunda Guerra Mundial, como los submarinos no permitían salir a la caza de la ballena, éstas, al vivir en paz se multiplicaron en forma increíble. Me contaban que comenzaron a pasar nuevamente las grandes manadas hacia el Sur… Llevaban muchos ballenatos, y se volvieron confiadas y tranquilas, como son aquí las focas o las aves, sin tener miedo al hombre. Pero al acabar la guerra, todo comenzó de nuevo, y esos noruegos y japoneses se dedicaron a la aniquilación de la especie. Total, ¿para qué? para conseguir un poco de aceite refinado con el fin de hacer jabones y productos de belleza… Si las mujeres supieran la muerte y la crueldad que son necesarias para que se pongan potingues en la cara, no se los pondrían, creo yo.