La Caverna De Las Ideas
- Автор: Сомоса Хосе Карлос
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «La Caverna De Las Ideas». Краткое содержание книги:
La caverna de las ideas es una obra griega clásica que narra una intrigante historia: diversos asesinatos ocurridos en la época de Platón. Cuerpos mutilados de efebos son descubiertos en las calles de Atenas, crímenes inexplicables que no parecen seguir ningún orden lógico. Heracles Póntor, el Descifrador de Enigmas, se encargará de resolverlos con ayuda de uno de los filósofos de la célebre Academia platónica, Diágoras de Medonte.
Pero el propio texto de La caverna de las ideas, que el lector tiene ahora en sus manos, también esconde secretos: sus traductores desaparecen o mueren, y el actual se enfrenta a un enigma milenario que desborda su capacidad de juicio y en el que se imbricará tanto la novela como la percepción de cada lector.
Los huesudos hombros de Menecmo se alzaron a la vez.
– Creo haber oído algo parecido. ¡Es lo más necio que he escuchado jamás! -y diciendo esto, volvió a subir por la escalera del podio en dos saltos-. ¡Nadie puede prohibir el arte! -exclamó, y propinó un cincelazo impulsivo, casi azaroso, en una de las esquinas de la mesa de mármol; el sonido dejó en el aire un ligero vestigio musical.
Diágoras abrió la boca para replicar, pero pareció pensárselo mejor y desistió. Heracles dijo:
– ¿Y se mostraban temerosos de ser descubiertos?
Menecmo rodeó la estatua con expresión afanosa, como buscando alguna otra esquina desobediente que castigar. Dijo:
– Supongo. Pero sus vidas no me interesaban. Les ofrecí la posibilidad de actuar como coreutas, eso es todo. Ellos aceptaron sin rechistar, y los dioses saben que lo agradecí: mis tragedias, a diferencia de mis estatuas, no me dan fama ni dinero, sólo placer, y no es fácil encontrar gente que participe en ellas…
– ¿Cuándo los conociste?
Tras una pausa, Menecmo repuso:
– Durante los viajes que hacíamos a Eleusis. Soy devoto.
– Pero tu relación con ellos no se limitaba a compartir creencias religiosas, ¿no es cierto? -Heracles había iniciado un lento recorrido por el taller, deteniéndose a examinar varias obras con el limitado interés que podría manifestar un aristocrático mecenas.
– ¿Qué quieres decir?
– Quiero decir, oh Menecmo, que los amabas.
El Descifrador se hallaba frente a la figura de un inacabado Hermes con caduceo, sombrero pétaso y sandalias aladas. Dijo:
– Sobre todo a Antiso, por lo que veo.
Señalaba el rostro del dios, cuya sonrisa expresaba cierta bella malicia.
– ¿Y aquella cabeza de Baco, coronada de pámpanos? -prosiguió Heracles-. ¿Y ese busto de Atenea? -iba de una figura a otra, gesticulando como un vendedor que quisiera encarecerlas-. ¡Yo diría que advierto varios bellos rostros de Antiso repartidos entre las diosas y dioses del sagrado Olimpo!…
– Antiso es amado por muchos -Menecmo reanudó su trabajo con furia.
– Y ensalzado por ti. Me pregunto cómo te las arreglabas con los celos. Imagino que a Trámaco y a Eunío no les agradaría demasiado esta ostensible inclinación tuya por su compañero…
Por un instante, entre las notas del cincel, pareció que Menecmo jadeaba con fuerza: pero al volver el rostro, Heracles y Diágoras descubrieron que sonreía.
– Por Zeus, ¿crees que yo les importaba mucho?
– Sí, puesto que accedían a ser tus modelos y actuar en tus obras, desobedeciendo así los sagrados preceptos que recibían en la Academia. Creo que te admiraban, Menecmo: que, por ti, posaban desnudos o vestidos de mujer, y que, cuando el trabajo finalizaba, empleaban sus desnudeces o sus vestimentas andróginas para tu deleite… y se arriesgaban, de este modo, a ser descubiertos y deshonrar a sus familias…
Menecmo, sin dejar de sonreír, exclamó:
– ¡Por Atenea! ¿Crees de veras que valgo tanto como artista y como hombre, Heracles Póntor?
Heracles replicó:
– Para los espíritus jóvenes, que, al igual que tus esculturas, se hallan aún inacabados, cualquier tierra es buena para echar raíces, Menecmo de Carisio. Y mejor que ninguna, la que abunda en estiércol…
Menecmo no pareció escucharle: se dedicaba en aquel momento, con gran concentración, a esculpir ciertos pliegues de la ropa del hombre. ¡Cling! ¡Cling! De repente empezó a hablar, pero era como si se dirigiera al mármol. Su áspera y desigual voz ensuciaba de ecos las paredes del taller.
– Yo soy un guía para muchos efebos, sí… ¿Piensas que nuestra juventud no necesita de guías, Heracles? ¿Acaso… -y parecía emplear su creciente irritación en aumentar la fuerza del golpe: ¡Cling!-… acaso el mundo que van a heredar es agradable? ¡Mira a tu alrededor!… Nuestro arte ateniense… ¿Qué arte?… ¡Antes, las figuras estaban llenas de poder: imitábamos a los egipcios, que siempre han sido mucho más sabios!… -¡Cling!-. Y ahora, ¿qué hacemos? ¡Diseñar formas geométricas, siluetas que siguen estrictamente el Canon!… ¡Hemos perdido espontaneidad, fuerza, belleza!… -¡Cling! ¡Cling!-. Dices que dejo inacabadas mis obras, y es cierto… Pero ¿adivinas por qué?… ¡Porque soy incapaz de crear nada de acuerdo con el Canon!…
Heracles quiso interrumpirle, pero el limpio comienzo de su intervención quedó sumido en el lodazal de golpes y exclamaciones de Menecmo.
– ¡Y el teatro!… ¡En otra época, el teatro era una orgía donde aun los dioses participaban!… Pero con Eurípides, ¿en qué se convirtió?… ¡En dialéctica barata a gusto de las nobles mentes de Atenas!… -¡Cling!-. ¡Un teatro que es meditación reflexiva en vez de fiesta sagrada!… ¡El propio Eurípides, ya viejo, lo reconoció al final de sus días! -interrumpió el trabajo y se volvió hacia Heracles, sonriendo-. Y cambió de opinión radicalmente…
Y, como si sólo aquella última frase hubiera necesitado de una pausa, reanudó los golpes con más fuerza que antes, mientras proseguía:
– ¡El viejo Eurípides abandonó la filosofía y se dedicó a hacer teatro de verdad! -¡Cling!-. ¿Recuerdas su última obra?… -y exclamó, con gran satisfacción, como si la palabra fuera una piedra preciosa y él la hubiese descubierto de repente entre los escombros-: ¡Bacantes!…
– ¡Sí! -se impuso otra voz-. ¡Bacantes! ¡La obra de un loco! -Menecmo se volvió hacia Diágoras, que parecía desparramar sus gritos con exaltación, como si el silencio que hasta entonces había mantenido le hubiera costado un gran esfuerzo-. ¡Eurípides perdió facultades al envejecer, como nos suele ocurrir a todos, y su teatro se degradó hasta extremos inconcebibles!… ¡Los nobles cimientos de su espíritu razonador, afanado en buscar la Verdad filosófica durante la madurez, cedieron con el paso de los años… y su última obra se convirtió, como las de Esquilo y Sófocles, en un basurero hediondo donde pululan las enfermedades del alma y corren regueros de sangre inocente! -y, sonrojado tras el ímpetu de su discurso, desafió a Menecmo con la mirada.
Después de un breve silencio, el escultor inquirió con suavidad:
– ¿Puedo saber quién es este imbécil?
Heracles detuvo con un gesto la airada réplica de su compañero:
– Perdona, buen Menecmo, no hemos venido aquí para hablar de Eurípides y su teatro… ¡Déjame seguir, Diágoras!… -el filósofo se contenía a duras penas-. Queremos preguntarte…
Un estrépito de ecos lo interrumpió: Menecmo había comenzado a gritar mientras paseaba de un lado a otro por el podio. De vez en cuando señalaba a uno de los dos hombres con el pequeño martillo, como si se dispusiera a lanzárselo a la cabeza.
– ¿Y la filosofía?… ¡Recordad a Heráclito!… ¡«Sin discordia no hay existencia»!… ¡Eso opinaba el filósofo Heráclito!… ¿Acaso la filosofía no ha cambiado también?… ¡Antes era una fuerza, un impulso!… Ahora… ¿qué es?… ¡Puro intelecto!… ¡Antes…! ¿Qué nos intrigaba?… ¡La materia de las cosas: Tales, Anaximandro, Empédocles…! ¡Antes pensábamos en la materia! ¿Y ahora? ¿En qué pensamos ahora? -y deformó la voz grotescamente para decir-: ¡En el mundo de las Ideas!… ¡Las Ideas existen, claro, pero viven en otro lugar, lejos de nosotros!… ¡Son perfectas, puras, bondadosas y útiles…!
– ¡Lo son! -saltó Diágoras, chillando-. ¡Lo son, de la misma forma que tú eres imperfecto, vulgar, canalla y…!
– ¡Por favor, Diágoras, déjame hablar! -exclamó Heracles.
– ¡No debemos amar a los efebos, oh no!… -se burlaba Menecmo-. ¡Debemos amar la idea de efebo!… ¡Besar un pensamiento de labios, acariciar una definición de muslo!… ¡Y no hagamos estatuas, por Zeus! ¡Eso es un arte imitativo vulgar!… ¡Hagamos ideas de estatuas!… ¡Esta es la filosofía que heredarán los jóvenes!… ¡Aristófanes hacía bien en situarla en las nubes…