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La aventura del tocador de señoras

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La aventura del tocador de señoras
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– ¿Buscas a alguien, querida?

Traté de improvisar una evasiva, pero sólo conseguí articular una especie de gorjeo. La persona que me interrogaba se hizo visible: era una enfermera con bata blanca, fonendo y porra. Por su edad, su forma de conducirse y sus bíceps supuse que sería la enfermera jefa. Al copioso sudor de la excursión se sumó otro frío e igual de pestilente.

– No te agobies, querida -añadió al advertir mi confusión-. Es natural sentir un poco de aprensión cuando se franquea este umbral por primera vez y quién sabe si por última vez, ¿verdad? Pero no hay motivo de alarma. Se cuentan tantas cosas de estas residencias…, ay, querida, y todas falsas, créeme, todas falsas… Huy, y qué vestidito tan precioso te han puesto tus familiares para dejarte aquí abandonada. ¿Sabes si ya han pasado por caja?

Me hizo unas mamolas y me pareció advertir que sus colmillos eran desmesuradamente largos, aunque es posible que fuera una ilusión óptica provocada por la incierta luz y la digestión de los pseudodoritos. Por si acaso, di un paso atrás. La enfermera siguió sonriendo.

– No pareces tener la edad mínima para… -dijo-. Claro que siempre podemos hacer una excepción.

– No estoy aquí por mí -conseguí decir.

– Oh, perdona, querida -rió la enfermera-. Un error humano harto comprensible: el vestuario, el comportamiento atrabiliario, los rasgos fisiognómicos, todo hacía pensar en una precoz demencia senil… En fin, dejemos eso y vayamos al grano. ¿Un familiar cercano? ¿Un ser muy querido a quien deseas proporcionar largos años de bienestar en alegre compañía? Sí, querida, sí. Todo es poco cuando una ama de veras y está harta de que se lo hagan todo encima, ¿verdad? Hombre viejo, retablo de duelos. ¿Tu marido, tal vez? Me lo imagino. No hace falta que me cuentes nada. Pobrecita, cuánto habrás sufrido estos últimos tiempos. O quizá desde antes, quizá desde la noche de bodas. Los hombres son unos animales, querida. Animales y además irracionales. Si no fuera por el cipote, ¿de qué servirían? Mi maestro siempre lo decía. No te cases, Maricruz, me decía; pero si te casas, no te cases nunca con un hombre. Mi maestro era un caballero y un gran médico; con un gran cipote. El doctor Sugrañes, psiquiatra eminente, especialista en rehabilitación de psicópatas con tendencias delictivas, hoy felizmente retirado, presidente vitalicio de la Fundación Sugrañes, de quien tuve la suerte de ser aventajada discípula. A lo mejor has oído hablar de él.

Hice una respetuosa genuflexión y luego, impostando la voz para imprimirle un timbre femenil y un ligero acento batueco dije:

– Disculpe la ignorancia de esta pobre rucia, pero una servidora no viene para una egresión, sino a visitar un pariente. El pobrecín ha extraviado los anales, pero conocer, conoce. Si me permite allegarme… Le traigo unos Kinder Sorpresa en las pedorreras, pero me paice que se me han fundido con las calores.

La enfermera jefa arrugó la nariz y apartó la vista de mí con patente desagrado.

– Vaya, para esto no hacía falta que me hicieras perder el tiempo -dijo señalando una puerta al fondo del hall-. Ve tú misma. A esta hora los encontrarás a todos revueltos en el jardín.

Una escalera y su correspondiente rampa conducían a un jardín sin árboles ni hierba, cubierto por un cañizo, donde una veintena de guiñapos de uno y otro sexo, unos de pie y otros sentados, todos demacrados, contrahechos y estupefactos, babeaban y retozaban. En una esquina, apartada del grupo, vi a Ivet en compañía de un inválido. Para poder observarla sin estorbo ni suspicacia elegí a un pobre hombre que dormía en una tumbona atracada al muro con un pijama a rayas y una gorra de papel hundida hasta los ojos. La suciedad del pijama y la concreción calcárea de sus mocos daban a entender que nadie desperdiciaba en él tiempo, dinero y cariño. Arrastré hasta su vera una silla de hierro cubierta de orín (y de orina), me senté y compuse una imagen bastante verosímil de la abnegación filial. Huelga decir que aquellas precauciones eran de todo punto innecesarias, porque allí nadie prestaba atención a nadie ni a nada, ni había enfermeras que velaran por los pacientes, ni Ivet tenía ojos para otra cosa que el ser demacrado en cuya compañía estaba. Un examen de éste me indicó que no se trataba en rigor de un anciano, sino de una persona de mediana edad gravemente enferma. Debía de haber sido en tiempos no lejanos hombre guapo y de buena planta, dos cualidades que ahora había trocado por un rostro consumido, de ojos afiebrados y piel amarillenta, y un cuerpo quebrantado, prisionero de una silla de ruedas. Su expresión parecía despierta, unas veces airada, otras, ansiosa. Escuchaba en silencio lo que le contaba Ivet y luego pronunciaba frases cortas. Al cabo de un rato dejó caer la cabeza sobre el esternón y prorrumpió en algo parecido a sollozos o suspiros. Ivet le reprendió. Parecía decirle: no te dejes vencer por el desaliento. O quizá: todavía no te dejes vencer por el desaliento. Pero también en sus ojos se intuía el brillo de las lágrimas. Por último los dos juntaron las cabezas v estuvieron cuchicheando unos minutos, al término de los cuales Ivet se despidió del inválido y se dirigió con paso vivo a la salida. El inválido la siguió con la mirada y cuando ella se volvió desde lo alto de las escaleras para dirigirle un saludo con la mano, alzó la voz para decir:

– Recuerda lo que me has prometido. En ningún caso, ¿queda claro? En ningún caso.

Ella asintió con la cabeza, sonrió y le volvió a saludar, pero él se hizo el distraído, como si no se viera con ánimos de afrontar con entereza la separación. En conjunto había sido una escena tan conmovedora como aparentemente improductiva a los efectos de mi investigación.

Restañé mis propias lágrimas y me levanté con el propósito de seguir a Ivet. Pero cuando me disponía a salir tras ella se despertó el vejete del pijama de cuyo desmedrado bulto me había servido para espiar el encuentro de Ivet con el inválido, y agarrándose a un pliegue de mi falda tiró de él con inusitada energía y gruñó:

– ¿Se puede saber qué cono haces a mi lado? So guarra. Y fea.

Habría reconocido aquella voz en cualquier parte, pero no podía dar crédito a mis oídos. Escudriñé sus facciones, reparó él en las mías y abrimos ambos las dos bocas desmesuradamente. El vejete del pijama a rayas fue el primero en recobrar el don del habla y usarlo para exclamar:

– Arsa la leche. Esta vez sí que son alucinaciones.

A lo que yo, vencido en parte el inicial asombro, respondí con manso tono:

– No sabe cuánto me alegro de volver a verle, comisario Flores. Sobre todo en circunstancias tan gratas para usted.

*

Mi relación con el comisario Flores se remontaba a tiempos tan lejanos que habría podido decirse sin temor a exagerar que ya formaba parte de la Historia de España, si en la Historia de España tuvieran cabida semejantes pequeñeces y miserias, cosa que está por ver. En los recovecos más oscuros de mi memoria se pierden las causas y circunstancias de nuestro primer encuentro, aunque no sus efectos. Para entonces yo era un simple aprendiz de descuidero y él iniciaba lo que había de ser una brillante carrera al servicio de la ley y el orden. El destino nos unió, sin el menor deseo por mi parte, hasta hacer de nosotros un dúo inseparable. A falta de mejor instructor, él me enseñó cuanto sé: la eficacia del trabajo (no compensa), la importancia de ser honrado (si eres imbécil), la trascendencia de la verdad (nunca decirla), lo aborrecible de la traición (y su rendimiento) y el verdadero valor de las cosas (ajenas), así como, por inducción, lo indicado de la tintura de yodo para heridas, arañazos, hematomas, rasguños y excoriaciones. A su sombra me hice riguroso en la planificación de mis actos, cauto en la realización, meticuloso en la ocultación posterior de todo rastro. En vano: de poco me valieron estas mañas enfrentadas a su sagacidad, sus conocimientos prácticos, su ciencia y la ventaja que otorga disponer de muchos medios y carecer de control y de escrúpulos. Siempre me engañó y nunca se dejó engañar de mí, llegando incluso, en ocasiones contadas, con falsas promesas, a valerse de mi esfuerzo y mi persona en provecho suyo, para dejarme luego en la estacada. A menudo me preguntaba si tanto encarnizamiento y tanto encono no ocultarían, en el fondo de su alma, un rescoldo de afecto mal tramitado, pero después de sopesar cuidadosamente los indicios a la luz de las más acreditadas teorías sobre los actos fallidos y otras meteduras, acabé resolviendo que nanay. Aún ahora, de regreso al redil y en tan distinta coyuntura, no podía caminar por una calle oscura y silenciosa sin temor a oír el ruido de sus pasos a mi espalda.

– ¿A qué has venido? ¿Quién te envía? No me engañes que te parto la cara, eh -dijo.

Hice amago de esquivar el golpe y salir de naja. En sus años mozos, convencido de la conveniencia de cultivar el cuerpo y el espíritu, el comisario Flores gustaba de practicar una modalidad de boxeo basada en la pasividad del contrincante y en la cual él y yo nos lucimos incontables veces. Ahora, avanzado de edad, desprovisto de toda jurisdicción, endeble, mortecino y sujeto a la silla por una correa de cuero, recuerdos del ayer todavía me inspiraban temor.

– Una sola visita -siguió diciendo-, una sola visita en tantos años… y habías de ser tú.

– No se haga ilusiones -respondí-, no he venido a verle. No sabía que hubiera acabado aquí sus días. Si lo hubiera sabido, no habría venido.

El comisario Flores encogió sus descarnados hombros y se escupió en la rodilla.

– Yo tampoco quería venir, muchacho -dijo-. Me engañaron. Verás cómo fue: Estaba yo un día en mi despacho y entraron cuatro tipos de Madrid. Compañeros, hacían ver que eran. Camaradas. Hablaban como si lo supieran todo. Oyéndoles yo pensaba: joder, éstos se la meten cada día al ministro y luego el ministro se la mete a ellos. Ya sabes cómo funcionan estas cosas en Madrid. No nos conocíamos de nada, pero ellos nada más verme me tutearon. En esto hemos ido a dar, me dije. Yo ya se lo había advertido, primero a Carrero Blanco, después a Arias Navarro, y por último al Rey. Ni caso. Me enseñaron el BOE, me citaron no sé qué reglamentos hechos por maricas para maricas. Me dijeron: hemos encontrado un sitio ideal para tu retiro, macho. Estarás divinamente. Tócate los huevos. Me dijeron: hecho a tu medida, joder. El paraje, la gente, todo. Aire puro, pajaritos y tú tranquilo, tío, relajado. Conectado al mundo entero vía satélite, y la próstata, a tomar por el saco. El servicio, de puta madre, un médico siempre de guardia con un par de cojones, y las enfermeras, joder, niñas en tanga. ¿No te jode? Alcánzame aquella piedra.

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