Leyendas de Guatemala
- Автор: Asturias Miguel Angel
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Leyendas de Guatemala». Краткое содержание книги:
CORO. (Lento.) ¡Fiesta del reposo sobre los enemigos! ¡Seis días y veinte días atrás éramos amigos, sabíamos su olor sin negarles el nuestro; el aire nos traía sus cabellos, como hierbas fragantes, y espumitas de su saliva pisaban nuestras plantas, y su tabaco pintaba de amarillo nuestros dientes!
Sigue la lluvia de flechas rojas sobre la cortina roja. Tambores, conchas de tortugas, tunes, caracolas, piedras entrechocadas aumentan el ruido desgarrador de la batalla de la tarde.
CORO. (Lento.) ¡Fiesta del reposo sobre los enemigos! ¡Seis días y veinte días fuimos amigos, hoy descansaremos sobre ellos o ellos sobre nosotros, como enemigos, descansarán! ¡No hay paz si no se reposa sobre los escudos, las cabezas y los cuerpos sin cabeza del enemigo! ¡Nosotros, oíd guerreros, oíd guerreros combatientes, hemos vivido en paz, porque cien veces en cien anos de cuatrocientos días, nuestros padres descansaron, después del combate, sobre los escudos, las cabezas y los cuerpos sin cabeza del enemigo!
Una lluvia de flechas cae sobre la cortina roja. Disparan casi al mismo tiempo todos los guerreros. Cuculcán, unido a los combatientes, dispara. Bailan al compás de un estrépito ensordecedor de tambores, caracolas, tunes, piedras golpeadas. La lluvia de flechas rojas enciende, cerca de la cortina de la tarde, el fuego de la guerra. Llamea. Los guerreros siguen a Cuculcán, se acercan y se alejan del fuego. Más flechas, piedras de honda de pita y alaridos de gusto, de rabia, de guerra, de fiesta.
CHINCHIBIRÍN. (Hace alto y grita sofocado.) ¡Guerreros, la raíz de la.guerra en las lenguas de lo que cada uno defiende! ¡La raíz de la guerra en el aliento del hombre combatiente! ¡Es hermoso defender con la palabra lo que se paladea con el pedernal filudo de la mirada, en el ojo del combatiente enemigo o en su pecho de piedra contraria! ¡Con la mirada me sacó la sangre más que con su cuchillo de pedernal! ¡Mi sangre era mi vuelo… (cayendo y levantándose)…ah, cómo pesa el cuerpo del guerrero herido… no, no me dejes libre, átame de pies y manos a la muerte para que no vuelva al fuego que me llama!
Sigue la danza guerrera. Muchos heridos y muertos. Los combatientes saltan sobre los cuerpos de sus compañeros. Al apagarse el campo de batalla con la última luz de la tarde, Cuculcán dispara su última flecha y sale. Chinchibirín está entre los caídos.
CHINCHIBIRÍN. (La voz que no alcanza aliento.) ¡Mi sangre era mi vuelo… era el ave que dentro de mí volaba para mantenerse en alto… ah… cómo pesa el cuerpo del guerrero herido… del guerrero que… del guerrero que… que… que ya va perdiendo por dentro el vuelo de su sangre!… ¡No… no me dejes libre, átame de pies y manos a la muerte, para que no vuele al fuego que me llama!
GUACAMAYO. (Entra silencioso, funeral. Algunas plumas alborotadas sobre sus ojos le dan apariencia pensativa, pues parece que junta las cejas para ver mejor el triste resultado de la batalla, Pasa entre los guerreros codos, como reconociéndolos y llega por fin a Chinchibirín quo yace Se inclina como para olerle el aliento y aletea gozoso, significando que aún vive,) ¡Uác, uác! ¡Uác, uác! (Da vueltas aleteando alrededor de Chinchibirín.) ¡…birín, cuác, Chinchibirín, cuác, Rinchinchibirín, cuác, cuác!… ¡Chin! ¡Chin! ¡Chin! ¡Chinchibirín!… ¡Chin! ¡Chin! ¡Chin! Chinchibirín! ¡Chin! ¡Chin! ¡Chin! ¡Chinchibirín! Chin! ¡Chin! ¡Chin! ¡Chinchibirín! (Así diciendo, va, paso adelante, paso atrás, alrededor del cuerpo de Chinchibirín; pero de pronto se detiene y va hacia el fuego que arde cerca de la cortina de la tarde.) ¡Chin! ¡Chin! ¡Chinchibirín! ¡Chin! ¡Chin! ¡Chinchibirín! ¡Chin! ¡Chin! ¡Chinchibirín! (Al llegar al fuego, se pone de espaldas y lo oculta con las alas abiertas.)
CHINCHIBIRÍN. (Se incorpora poto a poco. Casi no puede levantar la cabeza.) ¡Sobre nosotros descansarán ahora nuestros enemigos! ¡Tendrán paz y la servidumbre de los nuestros, y nuestras mujeres, y nuestras joyas, y nuestras plumas, y nuestras cosechas! (En la penumbra crepuscular confunde al Guacamayo con el Arcoiris.) ¡Ah, ya asoma el arcoiris, cubre el fuego de la guerra con sus alas, el fuego de la guerra que no tiene ceniza! ¡Se levanta sin la flecha que nos dio la muerte!’ ¡Ya lo veo y veo pasar bajo su puerta de colores, las sombras de los que perdieron la vida combatiendo! ¿Qué será de nuestros enemigos en su pensamiento? ¿Qué será de nuestros enemigos en su corazón, ahora que tienen paz y reposo sobre nuestros escudos, sobre nuestras cabezas, sobre nuestros cuerpos sin cabeza? ¡A la espalda de ellos ha salido el arcoiris! (El Guacamayo mueve las alas.) Y no sólo veo sus colores, sino entiendo sus señales, bejuco de agua de colibrí, habla de cielo en nube acabada de partir… (El Guacamayo se vuelve.)
GUACAMAYO. (Volviéndose a Chinchibirín, sacude las alas.) ¡Cuác! ¡Cuác! ¡Cuác!
CHINCHIBIRÍN. (Trata de incorporarse, como el que se defiende en agonía, y apenas si logra articular.) ¿A qué vienes? Di, ¿a qué vienes? ¡Tú, el Arcoiris del Engaño… qué dura es la derrota!
GUACAMAYO. (Se aproxima a Chinchibirín que ha vuelto a botar la cabeza sobre la tierra del combate.) ¡Vengo para una sola y última flecha! (Se echa junto a Chinchibirín que no responde, lo acaricia ton la pata.) ¡Una sola y última flecha, acucuác!
CHINCHIBIRÍN. (Reacciona. El Guacamayo se para y se retira asustado.) ¡El arco… mi flecha… mi flecha… mi… mi… GUACAMAYO. ¡Tu última flecha es Yaí!
CHINCHIBIRÍN (Habla con dificultad. Parece haberse agotado más con la reacción violenta.) ¡Yaí, Flor Amarilla… co… mo… mis ojos con… mi… go… co… mo… mis o… í… dos… conmigo… co… mo… mis pies con… migo… co… mo… mis ma… como mis manos conmigo… ¡Yaí, Flor Amarilla!… (Gritando.) ¡Yaí, Flor Amarilla… (Se vuelve a incorporar.) Mi madre era ciega, pero ella la veía pasar por mi júbilo y yo la veía pasar por los ojos de ella que no la veía… ¡Yaí, Flor Amarilla!… ¡Flor-flecha amarilla para matar al Guacamayo, ahora que estoy empapado de crepúsculo!
Prolongado silencio. Se oye la respiración del Guacamayo. Sus picotazos al aire, como si atacara a alguien. Pura monomanía de pájaro viejo. Entra Yaí, joven, radiante. Viste de amarillo muy claro. Sortea al pasar los cuerpos de los caídos en el combate de la tarde. Se detiene junto al fuego que arde cerca de la cortina roja, y dice al fuego.
YAÍ. Los que oyen la tierra hecha en sus oídos tierra. Los que ven la tierra hecha en sus ojos tierra. Los que huelen la tierra hecha en sus narices tierra. Los que prueban la tierra hecha en sus labios y sus lenguas tierra…
CHINCHIBIRÍN. (Voz lejana, apagada, surgida de entre los muertos en el combate.) ¡Yaí, Flor Amarilla…!
YAÍ. (Sorprendida de oírse nombrar, sin saber por quién.) Después del combate quedan vagando en el campo de batalla las últimas palabras de los combatientes. Después del combate, después de la vida, después de la llama, cuando la brasa deja ir maripositas de blanca ceniza…
CHINCHIBIRÍN. ¡Yaí, Flor Amarilla!
YAÍ. (Inquieta, pierde su aparente aplomo.) ¡Alguno de los combatientes murió con mi nombre en los labios!… Cuculcán… ¿Sería Cuculcán, al que estoy ofrecida desde niña? (Busca entre los guerreros caídos, para ver si le encuentra.) ¡Cuculcán! ¡Cuculcán, Poderoso del Cielo y de la Tierra, el del Palacio de los Tres Colores, como el Palacio del Sol… el que sale por la mañana vestido de amarillo, el que por la tarde viste de rojo, el que por la noche, aún vestido, tiene la desnudez de la tiniebla…!
CHINCHIBIRÍN. ¡Yaí, Flor Amarilla!
YAÍ. (Toma de un ala al Guacamayo que parece dormitar.) ¡Tú has sido! ¿Para qué m quieres? ¿Para qué me llamas?
GUACAMAYO. (Defendiéndose.) ¡Cuác! ¡Cuác! Cuác!
YAÍ. ¡Me quieres hacer creer que me llaman los muertos, embustero!
GUACAMAYO. (Encorajinado.) ¡No he movido el pico!
YAÍ. Gran Saliva de Espejo cuando quiere habla sin mover el pico…
GUACAMAYO. ¡Cuác! ¡Cuác! ¡Cuác!
YAÍ. Digo que Gran Saliva de Espejo cuando quiere habla sin mover el pico. Ahora mismo me llamabas con una voz que te sale de las plumas del vientre. Sin duda querías apartarme del fuego de la guerra, el fuego que no tiene ceniza, y que pronto será el nance de la tarde, aquel fuego que tú picoteaste en vano.