La guerra del fin del mundo
- Автор: Варгас Льоса Марио
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «La guerra del fin del mundo». Краткое содержание книги:
hombros. Suelta el revólver que aún conservaba y sus dedos alisan con torpeza los cabellos alborotados: «Querían matarme a mí», susurra al oído de Jurema. «Ya no hay peligro, ya se llevaron lo que querían.» La mujer se va serenando. Cesan sus sollozos, el temblor de su cuerpo, sus manos sueltan a Gall. Pero él la tiene siempre sujeta, le acaricia siempre los cabellos y, cuando Jurema intenta apartarse, la retiene, «Don't be afraid», silabea, pestañeando de prisa, «They are gone. They…» Algo nuevo, equívoco, urgente, intenso, ha aparecido en su rostro, algo que crece por instantes y de lo que apenas parece consciente. Tiene los labios muy cerca del cuello de Jurema. Ella da un paso atrás, con fuerza, a la vez que se cubre el pecho. Ahora, hace esfuerzos por desprenderse de Gall, pero éste no la suelta, y mientras la sujeta, susurra varias veces la misma frase que ella no puede entender: «Don't be afraid, don't be afraid». Jurema lo golpea con ambas manos, lo rasguña, consigue zafarse y escapa. Pero Galileo corre tras ella por la habitación, la alcanza, la apresa y, después de tropezar con el viejo baúl, cae con ella al suelo. Jurema patalea, lucha con todas sus fuerzas, pero sin gritar. Sólo se escucha el jadeo entrecortado de ambos, el rumor del forcejeo, el cacarear de las gallinas, el ladrido del perro, el tintineo de los cencerros. Entre nubes plomizas, está saliendo el sol.
Nació con las piernas muy cortas y la cabeza enorme, de modo que los vecinos de Natuba pensaron que sería mejor para él y para sus padres que el Buen Jesús se lo llevara pronto ya que, de sobrevivir, sería tullido y tarado. Sólo lo primero resultó cierto. Porque, aunque el hijo menor del amansador de potros Celestino Pardinas nunca pudo andar a la manera de los otros hombres, tuvo una inteligencia penetrante, una mente ávida de saberlo todo y capaz, cuando un conocimiento había entrado a esa cabezota que hacía reír a las gentes, de conservarlo para siempre. Todo fue en él rareza: que naciera deforme en una familia tan normal como la de los Pardinas, que pese a ser un adefesio enclenque no muriera ni padeciera enfermedades, que en vez de andar en dos pies como los humanos lo hiciera a cuatro patas y que su cabeza creciera de tal manera que parecía milagro que su cuerpecillo menudo pudiera sostenerla. Pero lo que dio pie para que los vecinos de Natuba comenzaran a murmurar que no había sido engendrado por el amansador de potros sino por el Diablo, fue que aprendiera a leer y a escribir sin que nadie se lo enseñara.
Ni Celestino ni Doña Gaudencia se habían dado el trabajo —pensando, probablemente, que sería inútil — de llevarlo donde Don Asenio, que, además de fabricar ladrillos, enseñaba portugués, latines y algo de religión. Y el hecho es que un día llegó el Correo y clavó en las tablas de la Plaza Matriz un edicto que no se molestó en leer en voz alta alegando que tenía que clavarlo en otras diez localidades antes de ponerse el sol. Los vecinos trataban de descifrar los jeroglíficos cuando, desde el suelo, oyeron la vocecilla del León: «Dice que hay peligro de epidemia para los animales, que hay que desinfectar los establos con creso, quemar las basuras y hervir el agua y la leche antes de tomarlas». Don Asenio confirmó que eso decían. Acosado por los vecinos para que contara quién le había enseñado a leer, el León dio una explicación que muchos encontraron sospechosa: que había aprendido viendo a los que sabían, como Don Asenio, el capataz Felisbelo, el curandero Don Abelardo o el hojalatero Zósimo. Ninguno de ellos le había dado lecciones, pero los cuatro recordaron haber visto asomar muchas veces la gran cabeza hirsuta y los ojos inquisitivos del León junto al taburete donde leían o escribían las cartas que les dictaba un vecino. El hecho es que el León había aprendido y que desde esa época se le vio leyendo y releyendo, a todas horas, encogido a la sombra de los árboles de jazmín caiano de Natuba, los periódicos, devocionarios, misales, edictos y todo lo impreso a que podía echar mano. Se convirtió en la persona que, con una pluma de ave tajada por él mismo y una tintura de cochinilla y vegetales, redactaba, en letras grandes y armoniosas, las felicitaciones de cumpleaños, anuncios de decesos, bodas, nacimientos, enfermedades o simples chismes que los vecinos de Natuba comunicaban a los de otros pueblos y que una vez por semana venía a llevarse el jinete del Correo. El León les leía también a los lugareños las cartas que les mandaban. Hacía
de escriba y de lector de los demás por entretenimiento, sin cobrarles un céntimo, pero a veces recibía regalos por esos servicios.
No se llamaba León, sino Felicio, pero el sobrenombre, como ocurría a menudo en la región, una vez que prendió desplazó al nombre. Le pusieron León tal vez por burla, seguramente por la inmensa cabeza que, más tarde, como para dar razón a los bromistas, se cubriría en efecto de unas tupidas crenchas que le tapaban las orejas y zangoloteaban con sus movimientos. O, tal vez, por su manera de andar, animal sin duda alguna, apoyándose a la vez en los pies y en las manos (que protegía con unas suelas de cuero como pezuñas o cascos) aunque su figura, al andar, con sus piernas cortitas y sus brazos largos que se posaban en tierra de manera intermitente, era más la de un simio que la de un predador. No siempre estaba así, doblado; podía tenerse de pie por ratos y dar algunos pasos humanos sobre sus ridículas piernas, pero ambas cosas lo fatigaban muchísimo. Por su peculiar manera de moverse nunca vistió pantalones, sólo túnicas, como las mujeres, los misioneros o los penitentes del Buen Jesús.
Pese a que les redactaba la correspondencia, los vecinos no acabaron nunca de aceptar al León. Si sus propios padres podían apenas disimular la vergüenza que les daba ser sus progenitores y trataron una vez de regalarlo ¿cómo hubieran podido las mujeres y los hombres de Natuba considerar de la misma especie que ellos a esa hechura? La docena de hermanos y hermanas Pardinas lo evitaban y era sabido que no comía con ellos sino en un cajoncito aparte. Así, no conoció el amor paterno, ni el fraterno (aunque, al parecer, adivinó algo del otro amor) ni la amistad, pues los chicos de su edad le tuvieron al principio miedo y, luego, repugnancia. Lo acribillaban a pedradas, escupitajos e insultos si se atrevía a acercarse a verlos jugar. Él, por lo demás, rara vez lo intentaba. Desde muy pequeño, su intuición o su inteligencia sin fallas le enseñaron que, para él, los demás siempre serían seres reticentes o desagradados, y a menudo verdugos, de modo que debía mantenerse alejado de todos. Así lo hizo, por lo menos hasta el episodio de la acequia, y la gente lo vio siempre a prudente distancia, aun en las ferias y mercados. Cuando había en Natuba una Santa Misión, el León escuchaba los sermones desde el tejado de la Iglesia de Nuestra Señora de la Concepción, como un gato. Pero ni siquiera esta estrategia del retraimiento lo libró de sustos. Uno de los peores se lo dio el Circo del Gitano. Pasaba por Natuba dos veces al año, con su caravana de monstruos: acróbatas, adivinadores, troveros, payasos. El Gitano, en una de esas veces, pidió al amansador de potros y a Doña Gaudencia que le permitieran llevarse al León para hacer de él un cirquero. «Mi circo es el único sitio donde no llamará la atención», les dijo, «y se hará útil». Ellos consintieron. Se lo llevó, pero una semana después el León se había escapado y estaba de nuevo en Natuba. Desde entonces, cada vez que aparecía el Circo del Gitano, él se volatilizaba.
Lo que temía, por encima de todo, eran los borrachos, esas pandillas de vaqueros que luego de una jornada arreando, marcando, castrando o trasquilando, retornaban al pueblo, desmontaban y corrían a la bodega de Doña Epifanía a quitarse la sed. Salían abrazados, canturreando, tambaleándose, a veces alegres, a veces furiosos, y lo buscaban por las callejuelas para divertirse o desfogarse. Él había desarrollado un oído extraordinariamente agudo y los detectaba a distancia, por sus risotadas o palabrotas, y entonces, brincando pegado a los muros y fachadas para pasar desapercibido, corría a su casa, o, si estaba lejos, a ocultarse en unos matorrales o un techo, hasta que pasaba el peligro. No siempre conseguía escapárseles. Alguna vez, valiéndose de un ardid —por ejemplo, enviándole un mensajero a decirle que fulano lo llamaba para redactar una solicitud al Juez del municipio — lo atrapaban. Entonces, jugueteaban horas con él, desnudándolo para comprobar si debajo de la túnica ocultaba otras monstruosidades además de las que tenía a la vista, subiéndolo sobre un caballo o pretendiendo cruzarlo con una cabra para averiguar qué producía la mezcla.