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El Juguete Rabioso

Электронная книга - «El Juguete Rabioso». Краткое содержание книги:

El juguete rabioso es la más autobiográfica de sus novelas. Está dividida en cuatro partes que muestran a su protagonista Silvio Astier en diferentes situaciones en las que fracasa sistemáticamente. En el primer capítulo `Los ladrones`, Silvio forma un club con el objetivo de efectuar robos en el barrio, los intentos son frustrados y el club se disuelve. En el segundo, `Los trabajos y los días` el protagonista es dependiente de una librería pero luego de intentar un incendio, fracasa y debe huir. En el tercero, `El juguete rabioso` Astier ingresa en la Escuela de Aviación como aprendiz, pero lo expulsan. El capítulo culmina cuando intenta suicidarse y fracasa. En la parte final, llamadas `Judas Iscariote`, Silvio, ya mayor, entabla amistad con un rengo que es un cuidador de carros, muy humilde, en Flores. El Rengo le cuenta que quiere robar la casa del ingeniero Vitri. El protagonista lo delata y comenta que desea irse al sur.
El resentimiento de sus repetidos fracasos lo impulsa a delatar a un hombre común, marginado como él. La única vez que no falla en sus intenciones, falla como ser humano, delatando al que lo consideraba su amigo y confidente. (Escuela Normal Superior de Chascomús 1997)
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– Yo conozco a uno que tiene plata. Si querés te lo hago conocer y nos arreglamos. Y… ¿vamos o no vamos?

– Vamos.

Súbitamente el Rengo dirigía una mirada investigadora en redor, para gritar después con voz desapacible:

– ¡Pibe!

El Pibe, que estaba riñendo con otros vagos de su calaña, reaparecía:

No tenía diez años de edad, y menos de cuatro pies de estatura, pero en su rostro romboidal como el de un mogol, la miseria y toda la experiencia de la vagancia habían lapidado arrugas indelebles.

Tenía la nariz chata, los labios belfos, y además era enormemente cabelludo, de una lana rizada y tupida entre cuyos aros desaparecían las orejas. Todo este cromo aborigen y sucio se ataviaba con un pantalón que le llegaba hasta los tobillos, y una blusa negra de lechero vasco.

El Rengo le ordenó imperativamente:

– Agarrá eso.

El Pibe se echó la bolsa a la espalda y rápidamente marchó.

Era criado, cocinero, mucamo y ayudante del Rengo.

Éste lo recogió como se recoge un perro, y en cambio de sus servicios lo vestía y alimentaba; y el Pibe era fidelísimo servidor de su amo.

– Fijate -me contaba-, el otro día, al abrir la cartera una mujer en un puesto, se le caen cinco pesos. El Pibe los tapa con el pie y después lo alza. Vamos a casa y no había ni "medio" de carbón.

"-Andá a ver si te fían.

"-No hace falta -me contesta el loco, y pela los cinco mangos.

– Caramba, no es malo.

– Y de ahí para la "biaba". ¿Además no sabés lo que hace?

– Contá.

– ¡Pero date cuenta!… Una tarde veo que sale.

"-¿Adónde vas? -le digo.

"-A la iglesia.

"-Me cazzo, ¿a la iglesia?

"-'Manyá'.

"Y me empieza a contar que de la caja que hay metida en la pared a la entrada, para la limosna, había visto asomar la colita de un peso. Resulta que lo habían entrado apretado, y él con un alfiler lo sacó. Y se había hecho un ganchito con un alfiler para ir a pescar dentro de la caja todos los pesos que haya. ¿Te das cuenta?…"

El Rengo se ríe, y si dudo que el Pibe haya inventado ese anzuelo, no dudo en cambio que sea el pescador, mas no se lo digo, y palmoteándole en la espalda, exclamo:

– ¡Ah, Rengo, Rengo!…

Y el Rengo se ríe con una risa que le tuerce los labios descubriéndole los dientes.

Algunas veces en la noche.

Piedad, quién tendrá piedad de nosotros.

Sobre esta tierra quién tendrá piedad de nosotros. Míseros, no tenemos un Dios ante quien postrarnos y toda nuestra pobre vida llora.

¿Ante quién me postraré, a quién hablaré de mis espinos y de mis zarzas duras, de este dolor que surgió en la tarde ardiente y que aún es en mí?

Qué pequeñitos somos, y la madre tierra no nos quiso en sus brazos y henos aquí acerbos, desmantelados de impotencia.

¿Por qué no sabemos de nuestro Dios?

¡Oh! Si Él viniera un atardecer y quedamente nos abarcara con sus manos las dos sienes.

¿Qué más podríamos pedirle? Echaríamos a andar con su sonrisa abierta en la pupila y con lágrimas suspendidas de las pestañas.

Un día jueves a las dos de la tarde, mi hermana me avisó que un individuo estaba a la puerta esperándome.

Salí, y con la consiguiente sorpresa, encontré al Rengo, más decentemente trajeado que de costumbre, pues había reemplazado su pañuelo rojo por un modesto cuello de tela, y a las floreadas alpargatas las sustituía un flamante par de botines.

– ¡Hola! ¿Vos por acá?

– ¿Estás desocupado, Rubio?

– Sí, ¿por qué?

– Entonces salí, tenemos que hablar.

– Cómo no, esperame un momento.

Y entrando rápidamente me puse el cuello, cogí el sombrero y salí. De más está decir que inmediatamente sospeché algo, y aunque no podía imaginarme el objeto de la visita del Rengo, resolví estar en guardia.

Una vez en la calle examinando su semblante reparé que tenía algo importante que comunicarme, pues observábame a hurtadillas, mas me retuve en la curiosidad, limitándome a pronunciar un significativo:

– ¿Y?…

– Hace días que no venís a la feria -comentó.

– Sí… estaba ocupado… ¿Y vos?

El Rengo tornó a mirarme. Como caminábamos por una vereda sombreada, diose a hacer observaciones acerca de la temperatura; después habló de la pobreza, de los trastornos que le traían los cotidianos trabajos; también me dijo que en la semana última le habían robado un par de riendas, y cuando agotó el tema, deteniéndome en medio de la vereda, y cogiéndome de un brazo, lanzó este ex abrupto:

– ¿Decime, che Rubio, sos de confianza o no sos?

– ¿Y para preguntarme eso me has traído hasta acá?

– ¿Pero sos o no sos?

– Mirá, Rengo, decime, ¿me tenés fe?

– Sí… yo te tengo… pero decí, ¿se puede hablar con vos?

– Claro, hombre.

– Mirá, entonces entremos allá, vamos a tomar algo. Y el Rengo encaminándose al despacho de bebidas de un almacén, pidió una botella de cerveza al lavacopas, nos sentamos a una mesa en el rincón más oscuro, y después de beber, el Rengo dijo, como quien se descarga de un gran peso:

– Tengo que pedirte un consejo, Rubio. Vos sos muy "centífico". Pero por favor, che… te recomiendo, Rubio…

Le interrumpí:

– Mirá, Rengo, un momento. Yo no sé lo que tenés que decirme, pero desde ya te advierto que sé guardar secretos. No pregunto ni tampoco digo.

El Rengo depositó su sombrero encima de la silla. Cavilaba aún, y en su perfil de gavilán la irresolución mental movíale ligeramente por reflejo los músculos sobre las mandíbulas. En sus pupilas ardía un fuego de coraje, después mirándome reciamente, se explicó:

– Es un golpe maestro, Rubio. Diez mil mangos por lo menos.

Le miré con frialdad, esa frialdad que proviene de haber descubierto un secreto que nos puede beneficiar inmensamente, y repliqué para inspirarle confianza:

– No sé de qué se trata, pero es poco.

La boca del Rengo se abrió lentamente.

– Te pa-re-ce po-co. Diez mil mangos lo menos, Rubio… lo menos.

– Somos dos -insistí.

– Tres -replicó.

– Peor que peor.

– Pero la tercera es mi mujer.

Y de pronto sin que me explicara su actitud, sacó una llave, una pequeña llave aplastada y poniéndola encima de la mesa, dejóla allí abandonada. Yo no la toqué.

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