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Pasos sobre cristal [Walking on Glass - es]

Электронная книга - «Pasos sobre cristal [Walking on Glass - es]». Краткое содержание книги:

La historia de Pasos sobre cristal, son tres historias en realidad. En la primera tenemos a Graham, un joven artista que se dirige a casa de su amiga Sarah, acompañado de una carpeta con varios dibujos de ella. En segundo lugar está Steven Grout, un tipo verdaderamente extraño, que acaba de renunciar a su puesto de trabajo y que siempre va con casco, huyendo de sus Atormentadores. Y por último tenemos a Quiss y Ajayi, un hombre y una mujer, respectivamente, ya mayores, que están encerrados en un extraño castillo, algunas de cuyas paredes son de cristal, detrás de las cuáles hay peces luminiscentes, y donde pasan los días jugando a estrambóticos juegos de mesa con el fin de poder obtener la opción de responder a un acertijo, y así poder salir libres.
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Graham cogió su mano entre las suyas. Sara esforzó una pequeña sonrisa.

—Me alegro de serte útil —dijo (trató de hablar en voz baja ya que había gente cerca)—, pero no quiero ser para ti únicamente como un hermano.

Al escuchar esto el rostro de Sara se endureció, y a Graham le pareció que el alma se le caía a los pies como si percibiera que casi había estado a punto de decir algo desatinado. Pero Sara volvió a sonreír, y dijo:

—Es comprensible que tal vez no quieras volver a verme —bajando la vista hasta el suelo y retirando su mano. Graham dudó unos instantes, pero luego colocó su mano sobre el hombro de ella.

—No quería decir eso —dijo—. Me encanta verte. Te extrañaría terriblemente si… pues, si te fueras. —Hizo una pausa, mordiéndose brevemente el labio—. Pero no sé qué es lo que te propones. No conozco tus planes; no sé si te quedas o te marchas o qué harás. Simplemente me siento dudoso.

—Bienvenido al club —dijo ella. Mirándole, tocó la mano que tenía apoyada sobre su hombro—. Creo que me quedaré. Voy a inscribirme en el R.C.M. Si hubiera querido habría tenido allí una vacante, hace tres… cuatro años atrás, pero no me presenté. Ahora tal vez entre, si es que me aceptan.

Graham se mordió el labio. Qué hacer: ¿admitir su ignorancia y preguntarle qué era el R.C.M., o sencillamente asentir emitiendo algunos sonidos apreciativos?

—¿Y qué harás allí exactamente? —le preguntó.

Encogiéndose de hombros, Sara miró sus largos dedos, doblándolos.

—Piano. Creo que aún pudo tocar. Aunque no practico como debiera. Tengo uno electrónico que me dejó Verónica; bueno, en realidad es de uno de sus ex novios… su mecanismo no está mal, pero no es lo mismo. —Inspeccionándose aún los dedos, volvió a alzarse de hombros—. Ya veremos qué pasa.

Graham respiró nuevamente, aliviado. Debía referirse al Real Conservatorio de Música. Por supuesto; Slater le había mencionado sus aptitudes pianísticas.

—Algún día tendrías que probar de tocar algo en uno de los pianos que hay en los pubs —le dijo. Ella sonrió.

—Bien, de todas maneras —dijo Sara, inspirando profundamente. Graham sintió a través de la gruesa tela de su camisa a cuadros escoceses cómo movía el delgado hombro—, por ahora todo lo que sé es que haré eso. Es probable que me quede aquí durante los próximos dos o tres años. Eso creo. Todavía tengo que madurar muchas cosas. Pero me alegra que estés aquí, me ayudas a pensar. —Sara le miró a los ojos, como si estuviera buscando algo en ellos; el rostro pálido y las espesas cejas hacían que sus obscuros ojos pareciesen vacíos, y al cabo de un rato tuvo que dejar de mirarlos, apartando la vista con una sonrisa.

A continuación, y sin ningún motivo, una especie de desesperación pareció apoderarse de él haciéndole sentirse solo, utilizado y engañado, y por un instante deseó hallarse lejos de aquella mujer esbelta y morena de rostro tenso y delgados dedos. Aquella sensación desapareció, y Graham trató de imaginarse por lo que ella estaría pasando, en qué medida le afectaba.

Con un tirón el tren comenzó a aminorar la marcha. Graham tuvo la repentina y curiosa imagen del tren irrumpiendo violentamente a través del barro y de ladrillos en el canal que había debajo de la casa de Sara; como si habiéndose desviado por un antiguo carril subterráneo en desuso que se alejaba de la estación, se hubiera estrellado contra las penumbras y las aguas del viejo canal bajo la colina. Trató de verse dibujando semejante escena, pero no pudo. Sacudiendo la cabeza, se olvidó de su idea y miró de nuevo a Sara mientras el tren se detenía en la estación. Ella se inclinó hacia adelante en su asiento, sonriendo irónicamente.

—Graham, siempre le he caído bien a la gente rápidamente, y por razones falsas. Tal vez cambies de opinión cuando llegues a conocerme mejor. —Las puertas se abrieron; Sara se incorporó, y mientras él también se levantaba, mientras salían juntos a la plataforma, Graham sonrió confiadamente sacudiendo su cabeza.

—De ningún modo —dijo.

Y ahora, en el mes de junio, ¿cuánto mejor la conocía? Apenas un poco; la había visto con alguna que otra disposición de ánimo, a veces más alegre, otras más decaída. Únicamente floreció su atracción. Graham se veía a sí mismo tratando de oler su pelo cuando estaban sentados juntos en algún pub, observando por el rabillo del ojo sus pechos insinuados por debajo del mono o camiseta que llevase puesta, deseando acariciarlos, cogerlos.

Pero jamás parecía ser el momento apropiado; al final de cada encuentro ella le besaba brevemente y él podía abrazarla, sintiendo sus brazos alrededor de su estrecha espalda, su cuerpo levemente pegado al suyo, pero cuando sus manos se deslizaban un poco más abajo de la región lumbar, o intentaba besarla más intensamente, o abrazarla con mayor fuerza, ella enseguida se ponía tensa y se apartaba, sacudiendo la cabeza. Aquellas limitaciones casi le hicieron darse por vencido.

Y ahora había sucedido eso. Todo parecía indicar que Stock ya no contaba, que ella finalmente era libre, lo suficientemente fuerte como para vivir sin él, para no depender de él y aceptar a Graham como —como algo más que— un amigo.

No abrigues esperanzas, no demasiadas, se decía a sí mismo. Lo más probable es que no sea lo que tú esperas. Graham se hallaba parado a un costado de la Vía Pentonville, junto a una caja de empalme de teléfono que tenía pegados encima carteles que anunciaban el espectáculo Woza Albert, y se dijo a sí mismo que no debía esperar nada. Las esperanzas y los sueños siempre acababan evaporándose.

Pero tenía demasiado presente el sonido de la voz de Sara por teléfono, con quien había hablado esa misma mañana desde la Escuela.

—Esta vez me gustaría invitarte —dijo ella—. Prepararé para los dos una ensalada, o algo parecido.

—¿Te refieres a subir a tu piso? —se rio él—. ¿Quiegges decig que estoy invitado a entgagg dentgo? —dijo, de buen humor, imitando la voz de un francés de lo cual se arrepintió casi al mismo tiempo de haber terminado. Ella le contestó con un tono indiferente.

—Pues… ¿y por qué no, Graham?

Después de aquello la garganta se le secó; no recordaba qué más había dicho.

La señora Short

¡Inseguridad Social!

En aquel momento recordó que dentro de unos días debería pagarle a la señora Short el mes de alquiler. Ahora tenía mucho dinero, ¿pero qué sucedería si tardaban mucho en otorgarle el Seguro Social? ¿Y de todos modos, le darían lo suficiente?

Grout permaneció parado en la entrada de la casa de la señora Short, situada en la calle Packington, en Islington. No se decidía a entrar; quizá antes debiera pasar por un pub; resultaba mucho más fácil enfrentarse a la señora Short con un trago encima. Finalmente se dijo a sí mismo que no debía ser tan estúpido; en realidad no tenía ninguna obligación de pagarle el alquiler hasta final de mes y hoy recién era el día veintiocho. Por otra parte, al ser el día de su cumpleaños, se merecía alguna compensación. Entró sin pensarlo dos veces.

El estrecho vestíbulo de la casa de la señora Short se hallaba en penumbra; la pequeña ventana curva de la puerta de entrada estaba sucia de tizne, el color de las paredes empapeladas era de marrón obscuro, y por lo visto la bombilla de cuarenta vatios que solía poner la señora Short otra vez se había fundido. Después de la luminosa calle, Grout era incapaz de ver nada. Vacilante se encaminó hacia las escaleras y comenzó a subirlas; su cuarto se encontraba en la tercera y última planta. La señora Short apareció de súbito en el rellano de la segunda planta.

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