Gilgamesh el rey [Gilgamesh the King - es]
- Автор: Силверберг Роберт
- Год: 1988
- Язык: испанский
- Год: Destino
- ISBN: 84-233-1581-9
- Переводчик: Domingo Santos
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «Gilgamesh el rey [Gilgamesh the King - es]». Краткое содержание книги:
—Tienes que salvar el árbol —dijo inmediatamente. —Alberga a tres demonios, me han dicho. —Ah, ¿tú también lo has visto? Señalé a Lugal-amarku. —No. Él lo ha visto.
El jorobado alzó modestamente las manos con las palmas hacia arriba y dijo:
—Es evidente, mi dama.
—Entonces así es —dijo Inanna, y se acercó al árbol. Me miró—. Observa aquí. La serpiente que no conoce conjuro ha hecho su morada aquí. Y en la copa del árbol ha construido su nido el pájaro Indugud, y cría sus polluelos. Y aquí, en el tronco: la vampira Lilitu, la doncella de la desolación, la devoradora de almas, reside ahora aquí.
Miré. Las palabras de Inanna cayeron sobre mí como el resonar de campanas de plomo. ¿Era eso realmente ser rey en Uruk? ¿Debía realizar trabajos imposibles cada mañana, y tres en los días especiales? ¿La serpiente que no conoce conjuro? ¿El pájaro Imdugud? ¿La vampira Lilitu? De hecho había un agujero en el suelo en la base del árbol, que se abría entre dos de las enormes y enmarañadas raíces. Miré a su interior, pero no vi nada. Como tampoco pude ver ningún nido en su copa, ni ninguna casa demoníaca en medio del tronco. Observé primero a Inanna, luego a Lugal-amarku, y de nuevo a Inanna. Tres demonios, ¡y mi tarea era echarlos fuera! ¡Si sólo pudiera encogerme de hombros y marcharme de allí, y regresar a mi palacio para ocuparme de problemas que podían verse y palparse! Pero no podía hacerlo. Debía prestar mi ayuda a Inanna en aquel asunto, o todo Uruik sabría en menos de una hora que Gilgamesh había eludido sus obligaciones y que temía al mundo invisible. Sentí una desesperación que me resulta imposible expresar mientras permanecía allí inmóvil ante el árbol, pensando: ah, mis canales, mis canales, ¡mis canales! Luego dije:
—Combatiremos estas cosas, y rápido. Di órdenes a Lugal-amarku que preparara una poción tan horrible, tan apestosa, que ninguna criatura pudiese resistirla, ni siquiera la serpiente que no conoce conjuro. Tráela aquí dentro de una hora, le dije. Envié a uno de los hombres de mi grupo —el guerrero Bir-hurturre, mi viejo compañero de escuela y atormentador de mi infancia, ahora parte de mi consejo particular— de vuelta a palacio para traerme mi hacha grande. Y le pedí a la sacerdotisa que me trajera un trozo de cuerda gruesa y resistente del templo de Enmerkar. Lucharíamos contra aquellos demonios allí y entonces. Incluso en aquellos primeros días de mi reinado había empezado a poner en práctica mi idea básica del gobierno, que consistía en que todo puede conseguirse con decisión y mostrando una firme determinación.
El jorobado regresó, no al cabo de una hora sino a la mitad de ese tiempo, trayendo un recipiente de bronce lleno con una sustancia amarillenta y burbujeante, salpicada con cosas verdes y rojas, una sustancia tan nociva y pestilente que me sorprendió que no agujereara el bronce. Parecía orgulloso de sí mismo. Le di una animosa palmada en su joroba, frotándola fuertemente para atraer a la suerte, y exclamé:
—¡Esto tiene que funcionar, por Enlil! ¡No hay nada mejor para este trabajo!
Dominando las arcadas producidas por el hedor, tomé el recipiente de sus manos y lo vacié en el agujero en la base del árbol. La tierra silbó apenas el líquido la tocó. Juraría que los bordes del agujero retrocedieron como asqueados. Aguardamos. La serpiente que no conoce conjuro no obedece ni a An ni a Enlil ni siquiera a Inanna, la dueña de todas las serpientes. Pero al cabo de unos momentos hubo una agitación en la tierra, y unos furiosos ojos amarillos llamearon en el interior del agujero, y una negra lengua bífida emergió estremeciéndose.
—Dame el hacha —dije en voz baja a Bir-hurturre.
Lentamente, lentamente, la serpiente se deslizó fuera de su agujero. Su piel era oscura como la noche, con franjas amarillas, y su elástico cuerpo era tan grueso como mi brazo. A mis espaldas, las sacerdotisas canturrearon una y otra y otra vez nombres sagrados, e incluso mis propios hombres susurraron encantamientos defensivos. Sin embargo yo no sentí ningún miedo, quizá porque la serpiente parecía tan afligida, tan enferma y aturdida por el horrible líquido de Lugal-amarku. Normalmente no acabo con uní enemigo que se halla tan desamparado ante mí; pero no había tiempo para tales tiernas sutilezas ahora. Alcé mi hacha y, con un solo y rápido golpe partí la serpiente en dos. Las dos mitades se enrollaron y desenrollaron y saltaron alocadamente, y de la boca de la serpiente brotó un rugido salvaje, y creo que su intención era escupirme su veneno, pero no me alcanzó. Oí sollozos y plegarias a mis espaldas.
Al cabo de unos instantes la serpiente yacía inmóvil.
—Uno — dije.
Ahora tomé la gruesa cuerda del templo, y la pasé en torno al tronco del árbol, y la até a mis espaldas de tal modo que cuando puse mis pies contra el árbol y tensé la cuerda pude impulsarme hacia arriba y andar, más o menos, ascendiendo por el lado del árbol. Así subí, más y más arriba, trepando con facilidad. La corteza era áspera y rugosa, y cuando yo la arañaba con mis pies, de ella brotaba la fragancia de flores de almendro y de intenso vino.
Pronto alcancé la parte media del tronco, donde me habían dicho que estaba haciendo su hogar la demonia Lilitu, esa oscura doncella que mora en los lugares en ruinas y trae la aflicción a los caminantes. Supongo que si me hubiera permitido una pausa para pensar, me hubiera sentido terriblemente asustado. Pero hay veces en que resulta peligroso pararse a pensar. Sujeté los dos extremos de la cuerda con una mano y golpeé fuertemente la otra contra el tronco.
—¿Lilitu? ¿Lilitu? ¿Me oyes? Soy Gilgamesh, rey de Uruk. — Me eché a reír, para demostrar que no le tenía miedo—. ¡Óyeme, Lilitu! ¡Te prohíbo este árbol, que pertenece a Inanna! ¡Te lo prohíbo! ¡Te lo prohíbo! ¡Fuera, fuera, fuera! —¿Obedecería? Esperaba que sí. El nombre de Inanna tenía un gran poder entre tales criaturas. Palmeé el tronco dos veces más, pero no aguardé una respuesta, y seguí subiendo.
—Dos —dije.
En la copa del árbol, o eso había dicho Inanna, el pájaro Imdugud criaba sus polluelos. Miré por entre las densas ramas y no lo vi, pero me pareció captar su presencia. Me impulsé más hacia arriba, ya no trepando por el tronco sino sujetándome de rama en rama.
—¿Imdugud? —dije suavemente—. Imdugud, soy yo, Gilgamesh, hijo de Lugalbanda.
Se trata de la más temible de las aves, el pájaro de las tormentas, el portador del trueno y de la lluvia, cuyo cuerpo es el de un águila y cuya cabeza es la de una leona. Es el pájaro de la fatalidad, que decreta el destino y cuya palabra nadie puede transgredir; y no está ligado a ninguna ciudad, a ningún dios, sino que va allá donde quiere, solo e independiente. Sin embargo, yo no tenía ninguna razón para temerle. Mi padre había hablado a menudo con él, y amigablemente. Cuando era joven, en tiempos de Enmerkar, había ido a petición de Enmerkar como emisario a muchos reinos distantes, y sus viajes lo habían llevado finalmente a la tierra de Zabu, en el extremo del mundo. Cuando quiso volver a casa, a Uruk, descubrió que no podía hacerlo, porque ése es un viaje del que no hay retorno. Sin embargo no sintió miedo por ello. Descubrió en aquella tierra el nido del pájaro Imdugud, y cuando Imdugud estaba fuera, Lugalbanda entró en su nido, y ofreció miel y pan y grasa de oveja a sus polluelos, y pintó sus rostros con los colores del honor, y puso coronas sobre sus cabezas. El Imdugud, cuando regresó, sintió un gran placer en lo que Lugalbanda había hecho, y le concedió sus favores y su amistad, y le ofreció cualquier recompensa que le pidiera. —Decreta un viaje seguro hasta casa para mí, entonces —dijo, y así lo hizo, y a su debido tiempo estuvo de regreso sano y salvo en su ciudad nativa.