El misterio del tren azul
- Автор: Кристи Агата
- Серия: Hércules Poirot #6
- Год: 1928
- Язык: испанский
- Год: Editorial Molino
- ISBN: 8427285094
- Жанр: Классические детективы
Электронная книга - «El misterio del tren azul». Краткое содержание книги:
—¡Ah! —exclamó Van Aldin pensativo—. Ese es el punto importante. En fin, el tiempo lo dirá.
Se levantó y fue a abrir la puerta de la habitación contigua. Poirot y Knighton entraron.
Katherine declinó la invitación a comer del millonario y Knighton la acompañó hasta el coche, que la estaba esperando. Cuando el secretario volvió a subir, encontró al millonario y a Poirot enfrascados en una conversación.
—Si supiéramos, por lo menos, cuál fue la decisión que tomó Ruth —manifestó Van Aldin pensativo—. Pudo muy bien haber decidido media docena de cosas diferentes. Tal vez tuvo la intención de dejar el tren en París y telefonearme. O acaso pensó seguir hasta el sur de Francia para tener una conversación con el conde. Lo cierto es que estamos a oscuras, completamente a oscuras. Pero tenemos la declaración de la doncella, según la cual mi hija se mostró sorprendida y desconsolada por la aparición del conde en la estación de París. Lo que demuestra que no formaba parte de su plan. ¿No lo cree usted, Knighton?.
El secretario se sobresaltó.
—Perdón, Mr. Van Aldin, no prestaba atención.
—Soñando despierto, ¿eh?. Es algo impropio de usted —comentó Van Aldin—. Creo que esa muchacha le ha trastornado.
Knighton se ruborizó.
—Es una muchacha muy bonita —añadió Van Aldin con un tono pensativo—. Muy bonita. ¿Se ha fijado en sus ojos?.
—Ningún hombre dejaría de fijarse en ellos —afirmó Knighton.
Capítulo XXI
En el tenis
Días más tarde, al regresar Katherine de un paseo matinal, se encontró con Lenox, que la sonrió expectante.
—Tu admirador te ha telefoneado, Katherine.
—¿Quién es ese admirador?.
—Uno nuevo, el secretario de Rufus Van Aldin. Parece que le has causado una gran impresión. Te estás convirtiendo en una verdadera rompecorazones, Katherine. Primero, Derek Kettering, y ahora, el joven Knighton. Lo gracioso es que lo recuerdo perfectamente. Estuvo en el hospital de guerra que mamá dirigía aquí. Entonces yo no tenía más que ocho años.
—¿Estuvo gravemente herido?.
—Un tiro en la pierna, sino recuerdo mal. No tuvo suerte; los médicos se equivocaron con él. Le dijeron que no cojearía, pero cuando salió del hospital casi no podía andar.
Lady Tamplin salió a la terraza y se unió a ellos.
—¿Le has dicho a Katherine lo del comandante Knighton? —preguntó—. ¡Un chico muy simpático!. Al principio no me acordaba de él, era uno más entre tantos, pero ahora sí.
—Es que antes era demasiado insignificante para recordarlo —dijo Lenox—. Ahora que es el secretario de un millonario norteamericano, es muy distinto.
—¡Niña! —exclamó lady Tamplin con un vago tono de reproche.
—¿Para qué ha telefoneado el comandante Knighton? —preguntó Katherine.
—Preguntó si querías ir al tenis esta tarde. Dijo que si aceptabas, vendría a buscarte en coche. Mamá y yo aceptamos con empressement. Mientras te entretienes con el secretario, yo trataré de conquistar al millonario, tiene cerca de sesenta años y supongo que estará buscando a una joven bonita y encantadora como yo.
—Me gustaría conocer a Mr. Van Aldin —dijo lady Tamplin anhelante—. ¡He oído hablar tanto de él!. Esos hombres fuertes del Nuevo Mundo tan admirables!.
—El comandante Knighton insistió mucho en que la invitación la hacía Mr. Van Aldin —manifestó Lenox—. Lo repitió tanto que comencé a escamarme. Knighton y tú haríais muy buena pareja. ¡Yo os bendigo, hijos míos!.
Katherine se rió y subió a cambiarse de ropa.
Después de comer llegó Knighton y soportó con entereza las efusiones de lady Tamplin para demostrar que lo recordaba.
Mientras se dirigían a Cannes, Knighton le comentó a Katherine:
—Lady Tamplin no ha cambiado apenas.
—¿De carácter o de aspecto?.
—De ambas cosas. Según mis cálculos, debe de tener los cuarenta largos y todavía es una mujer hermosa.
—¡Ya lo creo! —asintió Katherine.
—Me alegro de que haya podido usted venir. Monsieur Poirot estará también con nosotros. ¡Qué hombre más extraordinario!. ¿Lo conoce usted bien, miss Grey?.
Katherine denegó con la cabeza.
—Lo conocí en el tren al venir hacia aquí. Yo estaba leyendo una novela policiaca y se me ocurrió decir algo sobre que esas cosas nunca suceden en la vida real. Desde luego, yo no tenía la menor idea de quién era él.
—Es una persona muy interesante —dijo Knighton lentamente—, y ha hecho algunas cosas asombrosas. Es un genio para llegar a la raíz de las cosas, y hasta el final nadie sabe nunca qué está pensando de verdad. Recuerdo que estaba yo en una casa de Yorkshire, cuando le robaron las joyas a lady Clanravon. Al principio, parecía un robo vulgar, pero la policía local estaba desconcertada. Les dije que llamasen a Hercule Poirot y que él era el único que podía ayudarles. Sin embargo, prefirieron confiar en Scotland Yard.
—¿Y qué ocurrió? —preguntó con curiosidad Katherine.
—Las joyas jamás se recuperaron —contestó Knighton secamente.
—¿De veras tiene usted tanta fe en él?.
—Claro que sí. El conde de la Roche es muy astuto. Se ha escabullido con bien de muchos aprietos. Pero creo que en Hercule Poirot ha encontrado la horma de su zapato.
—¿Cree usted realmente que el conde de la Roche es el asesino? —preguntó Katherine pensativa.
—¡Desde luego! —Knighton la miró atónito—. ¿Usted no?.
—¡Oh, sí! —se apresuró a contestar Katherine—, aunque también podría tratarse de un robo vulgar.
—Podría ser —asintió el otro—, pero a mí me parece que el conde de la Roche encaja muy bien en este asunto.
—Sin embargo, tiene una coartada.
—¡Oh, las coartadas! —En el rostro de Knighton apareció una sonrisa juvenil—. Usted que ha leído novelas policíacas, miss Grey, debe saber muy bien que aquel que tiene la mejor coartada es siempre el culpable.
—¿Quiere decir que en la vida real pasa lo mismo? —preguntó Katherine con una sonrisa.
—¿Por qué no?. La ficción se basa siempre en la realidad.
—Pero siempre está por encima —insinuó Katherine.
—Quizá. De todas formas, si yo fuera un criminal no me gustaría tener a Hercule Poirot sobre la pista.
—A mí tampoco —dijo Katherine y se echó a reír.
Al llegar al campo, Poirot les salió al encuentro. Como el día era caluroso, llevaba un traje blanco con una camelia blanca en la solapa.
—Bonjour, mademoiselle —dijo—. Parezco un auténtico inglés, ¿verdad?.
—Está usted elegantísimo —contestó Katherine.
—¡Cómo se burla usted de mí! —exclamó Poirot risueño—. Pero no importa, papá Poirot siempre ríe el último.
—¿Dónde está Mr. Van Aldin? —preguntó Knighton.
—Nos espera en la tribuna. Si quiere que le diga la verdad, amigo mío, no parece estar muy contento conmigo. ¡Oh!, esos norteamericanos no conocen el reposo ni la calma. Mr. Van Aldin preferiría que me lanzara en persecución de los criminales por todas las callejuelas de Niza.
—No creo que fuese mala idea —observó Knighton.
—Está usted en un error. En estos casos así no se necesita fuerza, sino astucia. En el tenis se encuentra a todo el mundo y eso es muy importante. ¡Ah!. Ahí está Mr. Kettering.
Derek se acercó bruscamente a ellos. Parecía agitado y furioso como si hubiese ocurrido algo que lo hubiera trastornado. Knighton y él se saludaron con cierta frialdad. Solo Poirot permaneció indiferente a la tensión y charló amablemente en un meritorio intento de que todos estuviesen a gusto. Halagó a unos y otros.
—Es sorprendente, Mr. Kettering, oírle hablar tan bien el francés —comentó—. Si se lo propusiera, lo tomarían por un francés del país, cosa extraña de veras en un inglés.