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Un Puente Sobre El Drina

Электронная книга - «Un Puente Sobre El Drina». Краткое содержание книги:

Ivo Andric, connotado escritor de origen bosnio (1892-1975), cre? en los a?os de la Segunda Guerra Mundial una trilog?a novel?stica denominada ‘de los Balcanes’. Del primero de sus t?tulos, ‘Cr?nica de Travnik’, ya hay gran rese?a en Hislibris. Esta es la presentaci?n del segundo: ‘Un puente sobre el Drina’.
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Aquí se sientan frecuentemente las personas notables y de edad madura, para conversar un poco de los asuntos públicos y de las preocupaciones comunes, pero aún más a menudo son los jóvenes los que acuden para charlar, cantar y bromear.

Aquí también, con ocasión de los grandes acontecimientos y de las conmociones históricas, se fijan los manifiestos y las proclamas (en el muro, bajo la estela de mármol con inscripción turca y por encima de la fuente), y es aquí, por fin, donde hasta 1878 se ahorcaba y se empalaban las cabezas de todos aquellos, que, por cualquier razón, hubiesen sido ejecutados. Y en esta ciudad fronteriza, sobre todo durante aquellos años agitados, las ejecuciones eran frecuentes, e incluso en determinados momentos, cotidianas.

Las bodas y los entierros no pueden cruzar el puente sin detenerse en la kapia.

Habitualmente, las bodas se preparan y el cortejo se alinea en la kapia antes de hacer su entrada en el centro de la ciudad.

Si los tiempos son tranquilos y sin preocupaciones, la botella de rakia 1 pasa de boca en boca, se canta, se baila el kolo² y, a menudo, se permanece allí mucho más tiempo de lo que se pensaba. En los entierros, los que llevan el cadáver lo dejan unos minutos para descansar un momento, precisamente aquí, en la kapia, donde el difunto pasó buena parte de su vida.

La kapia es el punto más importante del puente, de igual modo que el puente es la parte más importante de la ciudad, o, como escribió en su diario de viaje un viajero turco a quien los vichegradeses trataron bien, "su kapia es el corazón del puente, el cual es el corazón de esta ciudad que ha de permanecer en el corazón de todos".

La kapia demuestra hasta qué grado los antiguos arquitectos, de los cuales se dice en las leyendas que luchaban contra las hadas y contra toda clase de monstruos, y que hacían emparedar a los niños vivos, hasta qué grado repito, tales arquitectos ponían de manifiesto su inteligencia cuando se trataba, no sólo de la solidez y de la belleza de la construcción, sino de la utilidad y de las comodidades que obtendrían las generaciones posteriores. Y cuando se conoce la vida actual de esta ciudad y se reflexiona bien, es forzoso decirse a uno mismo que es, efectivamente, bien pequeño el número de gentes que en Bosnia tiene ocasión y delectación semejantes a las que todo habitante de Vichegrado, aun el último de ellos, pueda tener en la kapia.

El invierno, por supuesto, no puede ser contado. Entonces sólo cruza el puente quien tiene necesidad de hacerlo y avivando el paso e inclinando la cabeza bajo el frío viento, que sopla constantemente por el río.

Entonces, por supuesto, nadie se detiene en las terrazas abiertas de la kapia. Pero en cualquier otra estación, la kapia es una verdadera bendición para grandes y pequeños. En estas épocas, cualquier habitante puede, a una hora u otra del día y de la noche, ir a la kapia y sentarse en el sofá o alrededor de él, ya sea por sus asuntos o simplemente para hablar con sus amigos.

Proyectado y elevado unos quince metros por encima del verde y ruidoso río, el sofá de piedra parece volar en el espacio, sobre el agua, entre las colinas verde oscuro de los tres lados, con el cielo y las nubes o las estrellas encima y con el horizonte desprendido río abajo, como un anfiteatro estrecho y cerrado al fondo por unas montañas azules.

¿Cuántos visires o cuántos ricos hay en el mundo que puedan mostrar su alegría o su preocupación, o su placer, o su ocio en un lugar semejante? Pocos, muy pocos, pero, ¿cuántos de los nuestros, en el curso de los siglos y en la sucesión de las generaciones, han esperado, sentados aquí, en el sofá, la aurora o la hora de la oración de la tarde o las horas nocturnas en que toda la bóveda celeste se desplaza insensiblemente sobre nuestras cabezas?

Son muchos aquellos de entre nosotros que se han sentado aquí con el rostro entre las manos y acodados sobre la piedra lisa y bien tallada y, en presencia del juego eterno de la luz sobre las montañas y de las nubes en el cielo, han desenredado los hilos siempre idénticos, pero siempre intrincados de distinto modo, de los destinos de los habitantes de nuestra ciudad. Alguien ha afirmado hace mucho tiempo (se trataba ciertamente de un extranjero que bromeaba) que esta kapia influía en el destino de la ciudad e incluso en el carácter de sus habitantes. Este extranjero afirmaba que es preciso buscar la llave de la tendencia a la meditación y al ensueño de muchos vichegradeses, en estos interminables ratos de reposo en la kapia y que en ellos reside una de las principales razones de la serenidad melancólica que constituye un rasgo bien conocido de su carácter.No se puede sin duda negar que los vichegradeses, si se les compara con los habitantes de otras ciudades, han sido considerados como personas ligeras, inclinadas a los placeres y al gasto. Su ciudad se encuentra en una situación favorable; los pueblos circundantes son fértiles y ricos, y es verdad que el dinero corre en abundancia por la ciudad de Vichegrado, pero que nunca se detiene en ella mucho tiempo.

Y si se encuentra un patrón economizador y que se administre bien, sin ninguna pasión, se trata indefectiblemente de un recién llegado; pero el agua y el aire de Vichegrado son tales que ya los niños nacen con las manos abiertas y los dedos separados, y tocados por la infección general de dispendio y despreocupación, viven con la divisa: "A nuevo día, nueva ganancia".Se dice que el viejo Novak, cuando se sintió agotado y tuvo que retirarse de la lucha y abandonar el oficio de haiduk 1 en Rumania, dio al adolescente Gruitsa, cuando este último hubo de sustituirle, los consejos que siguen:

– Cuando estés emboscado, mira bien al viajero que se acerca. Si ves que cabalga orgullosamente, y que lleva un chaleco rojo, medallas de plata y polainas blancas, se trata de un habitante de Fotcha². Ataca inmediatamente, pues llevará dinero consigo y en sus alforjas. Si ves a un viajero modestamente vestido, cabizbajo, acurrucado sobre su caballo, como si fuese a mendigar, golpea a placer, pues es un habitante de Rogatitsa³. Así son todos, avaros y solapados, pero forrados de dinero. Ahora bien, si ves a un loco que, con las piernas cruzadas sobre la silla de su montura, toca su tamboril y canta a grito pelado, no hieras ni te manches las manos en vano; deja pasar a tal holgazán: es un vichegradés y no tiene nada, pues entre ellos, el dinero no dura.

Todo esto bastaría para confirmar el pensamiento que acabamos de exponer de este extranjero. Y, sin embargo, es difícil afirmar con certeza hasta qué punto sea exacto. Como en tantas otras cosas, aquí tampoco es sencillo determinar lo que es causa y lo que es efecto. ¿Es la kapia la que hace que los habitantes sean lo que son o, por el contrario, fue imaginada en su espíritu y su inteligencia, y construida según sus necesidades y sus costumbres?

Cuestión superflua y vana. No hay construcciones fortuitas, separadas del medio humano en que han crecido y de sus necesidades, deseos e ideas, como no hay líneas arbitrarias ni formas sin motivo en arquitectura. Pero el origen y la vida de cada construcción grande, hermosa y útil, así como su relación con la aglomeración en medio de la cual ha sido levantada, llevan con frecuencia implícitos ciertos dramas e historias complicados y misteriosos. En todo caso, una cosa es cierta: entre la vida de las gentes de la ciudad y este puente existe un lazo íntimo y secular. Sus destinos están tan entremezclados que no se imaginan ni se pueden contar separadamente…

Por eso la leyenda sobre el origen y el destino del puente es, al mismo tiempo, el relato de la vida de la ciudad y de sus habitantes, de generación en generación de la misma manera que a través de todas las narraciones sobre la ciudad pasa la línea del puente con sus once arcos y una kapia que corona su centro.

CAPITULO II

Hemos de volver ahora a los tiempos en que, por aquellos lugares, no se tenía ni siquiera la idea de un puente o, al menos, de un puente tal y como el que hoy en día existe.

Quizá, en aquellos tiempos, algunos viajeros, al pasar por allí, fatigados y mojados, deseasen que, por algún milagro, el ancho y ruidoso río pudiese ser cruzado, permitiéndoles así llegar con más facilidad y más rapidez al final de su viaje. Porque sin duda, en toda época, desde que los hombres existen y viajan por aquellos lugares y dominan los obstáculos del camino, su pensamiento ha sido el de disponer los medios para trazar un paso, tal y como desde siempre los viajeros sueñan con un buen camino, una compañía segura y un alojamiento cálido donde pasar la noche. Ahora bien, ni cada sueño resulta por fuerza fecundo, ni acompaña a cada pensamiento la voluntad y el tesón que hacen los deseos realidad.

La primera imagen del puente, todavía vaga y nebulosa, que estaba destinada a tomar cuerpo, pasó como un relámpago por la imaginación de un muchacho de unos diez años del vecino pueblo de Sokolovitchi, en una mañana del año 1516, cuando era conducido por allí desde su pueblo natal a la lejana, brillante y espantosa Estambul.

Por aquel entonces, este mismo Drina, torrente de montaña verde y violento, "que a menudo se altera", se precipitaba entre sus orillas desnudas y desiertas, cubiertas de piedra y arena. Ya existía la ciudad, pero bajo otra forma y en otras proporciones. En la orilla izquierda del río, en la cumbre de la colina escarpada donde ahora se encuentran unas ruinas, había un viejo burgo bien conservado, una fortaleza dotada de ramificaciones que databa de los tiempos de apogeo del reino bosníaco, con flores, casamatas y murallas. Era obra de Pavlovitch, uno de los más poderosos señores de la época. En los flancos de la fortaleza y bajo su custodia, se encontraban los barrios de Meïdan y Bikavats, así como la aldea de Duchtché, recientemente dominada por los turcos. Abajo, en la llanura, entre el Drina y el Rzav, allí donde más tarde se desarrolló la verdadera ciudad, no había más que unos campos pertenecientes a habitantes del poblado y cortados por un camino, a lo largo del cual se encontraban una vieja hostelería de madera, unos molinos de agua y unas pocas chozas.

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1. Especie de aguardiente. (N. del T.)

2. Baile nacional yugoslavo. (N. del T.)

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1. El término "haiduk" significa bandido; pero ha de entenderse no en el sentido de un vulgar salteador de caminos, sino en el de una especie de insurrecto y "bandido generoso", huido a las montañas. (N. del T.)

2. Fotcha, pequeño pueblo comerciante, a la orilla derecha del Drina. (N. del T.)

3. Rogatitsa, pueblo de alguna importancia, emplazado a orillas de un afluente del Drina. (N. del T.)

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