Cantos De Marineros En Las Pampas
- Автор: Fogwill Rodolfo Enrique
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Cantos De Marineros En Las Pampas». Краткое содержание книги:
Al principio se habló de tener hormiga y la tropa se dió a decir que tenía hormigas, pero después uno habló de que tenía lagartijas, vino otro que por gracioso lo agrandó mas y dijo que él tenía una culebra, otro figuró que el tenía serpientes yarará y al final varios terminaron diciendo que sentían potros cimarrones galopándoles. Cada quien lo agrandaba como podía buscando la forma mas graciosa para decir que sentían un movimiento incontrolable de algo animal, justo en ese lugar, en el culo.
Venia la luz y ni matear buscaban. Pensaban nada mas que en arrancar y avanzar y ni tiempo se daban para discutir desde cual rumbo habían venido a dar al sitio donde les tocó hacer noche: saltaba uno y señalaba un lugar con su rebenque, y en cuanto terminaba de ensillar y alzar las cosas, todos apuntaban para ese lado sin que nadie se lo discutiera. Por instinto, los caballos caracoleaban, resoplaban y sacudían las crines tascando el freno y dándose ímpetus para salir galopando en esa misma dirección.
El plan de sol, para los que pudieron entenderlo, decía que cuando el sol se pusiera el lugar mismo donde lo viesen desaparecer, iría a enseñar la corrección, o sea, lo cuánto se habían venido desviando del rumbo a lo largo del día.
Pero tal como salía el sol también la noche bajaba de repente, como si además del sol, a todo lo que había sido luz y camino se lo hubiera tragado aquel vacío de la pampa.
Ese vacío que mas de uno pensó que iba a terminar chupándoselos a todos.
Y no de a uno en uno: a todos de una vez, tal como venía haciendo con el sol y como el día menos pensado estaba por hacer con el verano, con las chatas cargadas de cajas de fusiles y munición que siempre se demoraban y con todas las cosas, menos con esa tierra de pasto tan igual legua a legua y semana tras semana, que era imposible calcular como podrían hacerla desaparecer.
El sol arriba, la tierra abajo, y adelante mas tierra igual. De noche y todo alrededor, la pura oscuridad y el picoteo lustroso de las estrellas techando.
Atrás, uno que otro quejido de hombre en sueños y el griterío salteado de las chinas, que ahora que nadie se arrimaba a pedirles servicio, hacían ruido entre ellas para que se creyera que algún hombre había vuelto a solicitarlas.
Ya tendían miedo de que por no necesitarlas, una mañana los hombres les quitasen la carreta y los pingos y las dejen ahí para que se las lleven los salvajes si antes no las prendía fuego el sol o las helaba la primer noche del invierno que debía estar pronto a venir.
Pobres chinas: de tan montadas por milicos puebleros, debió habérseles hecho una doctrina el miedo al indio, y ni se les cruzaba el pensamiento de que en la toldería no la iban a pasar peor que carreteando siempre media legua o media hora atrás de la tropa.
Porque seguro los salvajes las solicitarían menos salteado y las obsequiarían mejor que estos que mas ganas tenían de llegar y juntarse con los que iban a volver a empezar, cuanto mas seguros estaban de no estar yendo hacia ninguna parte.
Huellas, jamás ni una pudieron encontrar.
¿Quién no tiene oídas historias de baquianos que encuentran huellas donde nadie las supo ver, y van marcándolas cortando yuyos mordisqueados por la hacienda de un rodeo, mostrando raíces pisoteadas por un potrillo de dos meses, y confirmándole al descreído que andan siempre en lo cierto anticipando cuando tendrían a la vista una res carneada por la tropa, o un rescoldo de leña de una fogatas y señalando lejos el sitio donde tendrían que aparecer esos montones de bosta en seguidilla que marcan el lugar donde pampas o cristianos estuvieron haciendo noche…?
No tenían baquiano. Habían pagado un baqueano que comprometió esperarlos en un puesto de la estancia de Duarte, atrás del bañado de Tortugas.
Pero cuando pasaron por el puesto encontraron a una india feísima con que tenía un solo diente arriba. Era la mujer del baqueano.
Parecía vieja. Temblaba toda por el miedo. Pero si había parido esos dos chicos, que decian ser los hijos hijos del baquiano, tan vieja no debía ser.
Cuando pudo hablar, dijo medio en castilla medio en pampa, que los que le pagaron al marido habían pasado muchos días antes, que el jefe era un coronel y que la comitiva de mas de cuatro manos -serian cuarenta- con carretas y mucho gauchaje a la rastra había rumbeado de prisa al sur porque hacían posta esa noche misma en los corrales de Buenos Aires.
Empezaron a creerle cuando les mostró un tirador con las monedas que había dejado el coroneclass="underline" libras británicas y pesos fuerte con cuño de oro, mezcladas con muchos cobres del Paraguay y contos dorados del Imperio del Brasil.
Muerta de miedo, quería devolver el tirador y dejarles el mayor de los críos que les juró que ya era muy baqueano y hasta mejor peleador que el padre.
Contenta ella y triste el chico quedaron cuando nadie aceptó sacarle las monedas y todos se jactaron de que se las iban a arreglar sin baqueano.
Después, cuando se vio que ni uno era capaz de descubrir huellas ni de adivinar cosas conforme el estado del pasto, unos se lamentaron no haber traído al chico, y otros los consolaron hablando de que estaban mejor así, porque con tan mal ánimo ningún baqueano les iba a durar y a la primer desesperanza le iban a cargar la culpa de todo y ya estaría degollado, o tan enemistado que los iría arreando directo a donde olfateara que podía estar el malón.
De las mentadas marcas en el horizonte -el palo, el árbol, la lomada, el pastizal de un color diferente: todo lo que se enseña en la milicia- ni una vez alcanzaron a ver ejemplos en tantos días de marchar ilusionados con el punto de encuentro.
Casi seguro muchos habrán pensado en el viento. Y mas por el rencor que les quedó después del entusiasmo con el método del sol.
Sin exagerar ni un poco mas: aunque pensar, lo que se dice pensar, es algo que se le podía atribuir a pocos de los que tuvieron idea de volver a empezar, y casi a nadie entre los que se les fueron agregando, no es difícil que alguien también haya pensado en el viento.
Porque esta pampa te hace cavilador: será la forma de marchar, que a los pocos trancos acompasa a hombres, montas y animales de carga. O por el silencio de las paradas.
¿O por la tanta luz que palma y no bien se hace el oscuro, comés algo y te caés dormido hundiéndote ahí como cascote en la laguna…?
Cascotes no. Y mucho menos piedra: ni una se alcanzó a ver en tantos días de marcha. El suelo siempre iguaclass="underline" pasto y mas pasto. Y hurgando bajo el pasto, terrones negros y tan secos que no se entiende como se las compone el yuyal para guardar un verde tan fresco que se nota por el engorde de la monta y de la carne de reserva mas que con los ojos, que se acostumbran rápido a ver verde y todo puro verde hasta que el sol se esconde y no se ve mas nada.
Ya en una de las primeras noches, ya punto de dormirse, alguien hablaba de dar gracias al pasto porque si no ya habrían clavado guampa en la tierra, y cuando desde lo oscuro sonó una voz diciendo que a ese pasto lo regaba el rocío, y, aunque nadie había visto rocío y nunca un poncho amaneció mojado ni con ese olor a bicho que le vuelve al pelo de la vicuña con la humedad, se dijo que el hombre debía tener razón.
Varios se habían dormido. Se oía roncar de un lado y de otro, y después la cantilena del de la flota que había cantado por primera vez:
Cantaba para el solo: nadie lo quería oír. Pero en aquellos primeros dias de marcha después de resignarse a tantas cosas con tal de ir a juntarse con los que querían empezar otra vez, era mas fácil tolerarlo que encontrar voluntad de pedir que se calle, hasta cuando se ponía mas pesado, cambiaba de tonada y poniendo voz gruesa de africano repetía:
Alguno ha de andar todavía vivo capaz de recordárselo mejor.
Tanto repitió el canto en esos primeros días de marcha que antes de que le quedara El Marino, los que no le sabían el verdadero nombre -Esteban- le decían "malarmado", y los mas puercos "el malarmeado".
Ahí en la peor la oscuridad cada cual sabía bien donde tenía su poncho porque lo que empezó como una fila tipo milicia, con cuerpos estirados a la par todo a lo largo de un potrero, los pies para el lado de los carros y la cabeza apuntando del lado del fogón, había terminado formando ese redondel, que era cada vez mas respetado y cada vez mas se parecía a un círculo dibujado, copia del horizonte igual que los tenía siempre en el medio, dando vueltas y vueltas, camino de borrachos.
Borrachos sin tomar. Por cansancio, por pampa y por desánimo: tres venenos peores que el peor aguardiente y que a cada quien le producía el peor efecto que su vida y los daños que debió haber hecho en su vida lo hicieron merecer.