El Vuelo De La Reina
- Автор: Martinez Tomas Eloy
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «El Vuelo De La Reina». Краткое содержание книги:
Entró en su oficina fingiendo que no oía los saludos. Cuando él llegaba, no permitía que lo molestaran durante media hora por lo menos. Había leído en un libro del general De Gaulle, El filo de la espada, que los grandes hombres, sin salvedad alguna, tienen siempre la facultad de retirarse dentro de ellos mismos. El aire es puro en lo alto y no hay sonidos que desvíen tus pensamientos, Camargo, el mundo debe seguir dando vueltas alrededor de lo que piensas. Y también de lo que ves, Camargo, ya que todo lo ves.
Su feudo era una circunferencia de paredes de vidrio blindado, temible como un acuario de tiburones, en el vigésimo piso de una torre sobre la avenida del Libertador. Allí abajo había dormido Eugene O'Neill, en la intemperie de la recova, y Borges había imaginado en alta voz la última línea trivial de su meditación sobre la memoria: Ireneo Funes murió en 1889, de una congestión pulmonar, mientras caminaba hacia la casa de sus amigos Adolfito y Silvina para una cena tardía. Todo ese pasado te pertenece, Camargo, la frase de Borges, la botella de ginebra que O'Neill bebía bajo los arcos de la recova con el Smitty de Bound East for Cardiff, la costa de Uruguay a lo lejos. Aunque no pensara en ella, la corriente inmóvil y espesa del Río de la Plata estaba siempre allí, ignorante de la ruina que lame sus orillas. Camargo la borró con un ademán. Tomó el control remoto y bajó las persianas. La oficina quedó en penumbras. Encendió los televisores y las noticias de la mañana empezaron a repetirse como un canon de Bach. Cuatro mil soldados chinos avanzaban hacia la frontera de Hong Kong. Se acababa el dominio británico de cien años. Un millar de goletas, juncos y sampanes iban y venían del puerto de Victoria a la península de Kaulún enarbolando la bandera de la República Popular. El locutor dijo con voz ronca: “El pasado, ah el pasado. ¿Hay en nosotros algo que no sea el pasado?”.
La cámara exhibió los cuerpos reconstruidos de unos reptiles marinos de ciento setenta millones de años, cuyos fósiles acaban de ser descubiertos en las fosas de Neuquén. Tres paleontólogos manipulaban los residuos con delicadeza y orgullo. Las noticias dieron un súbito salto a la frivolidad: la ondulante actriz mexicana Salma Hayek escandalizaba los shoppings de Buenos Aires. Había llegado para presentar su última película, y la perseguía una turba de cronistas melosos, preguntándole sobre las glorias del amor a primera vista. Hubo un primer plano de sus piernas y luego se repitió la marcha de los soldados chinos.
Entonces sonó el teléfono. Era su esposa.
– Mi madre tuvo otro infarto -le dijo-. Acaban de avisarme que está muriendo. Tengo que salir esta noche misma para Michigan. Me voy con las chicas. Espero que no te importe, ¿eh? ¿Por qué digo eso? Claro que no te importa.
Brenda tenía la cara dulce y ojos ingenuos de venado. En otros tiempos se había dejado el pelo crecido sobre las mandíbulas, prominentes como las de Holly Hunter, pero al envejecer decidió recogérselo. Era norteamericana, de Traverse City, en la región de los grandes lagos y, como todas las de su estirpe, se movía sin pasión, al compás de su instinto práctico. Cuando se la oía hablar nadie daba un centavo por ella porque su lenguaje era una sinfonía de dudas, pero con Camargo la voz se le transfiguraba e iba de una certeza a otra. Ahora la madre se le estaba muriendo: es decir, se le apagaba todo el peso que la aferraba al mundo, aparte de las mellizas.
¿Cuántos años llevaba la madre en el menester de la muerte? Eran ya incontables: desde que Camargo la conocía estaba preparándose para el más allá en el caserón lleno de aparejos de pesca que llevaban siglos sin usarse, a orillas del lago Torch. También estaban los pájaros. Cientos de ellos: mirlos, zorzales, azulejos, cardenales, que cantaban todo el día para que creciera la tristeza de la madre, para acercarla a la muerte un poquito más. Y al fin había llegado el momento.
¿Sería verdad esta vez que iba a morir? No se veía ningún presagio en el cielo sombrío: sólo falsos infartos y falsas alarmas. Habría querido decirle a Brenda que dejara a la madre en paz. Ella era feliz sola entre los pájaros. Le dijo en cambio:
– Bueno, por fin tu madre va a tener lo que tanto quiso.
– ¿Sí? ¿Te parece que tiene ganas de morir? ¿O que lo estuvo diciendo sólo por llamar la atención? Tiembla de miedo, me dijo el médico. La pobre está llena de tubos, no le queda voz, y por señas pide ver a las nietas. Me las llevo, Camargo. Qué sé yo cuándo podremos volver.
– Semanas. A veces la gente pasa semanas agonizando.
Sintió que Brenda trataba de apagar los sollozos que se le habían encendido, pero eran demasiados. De las cenizas de un sollozo brotaban las llamas de otro.
– Dios quiera que no sea así. Si tiene que morir, ojalá sea rápido. Voy a poner en venta la casa del lago, los muebles, las cerámicas, las cañas de pescar. ¿Quién querrá comprar esas cosas tan viejas, tan solitarias? Las chicas me han dicho que si la abuela muere, van a abrir las jaulas y soltar los pájaros. Podrías ir vos allá. Podrías ir y volver algún fin de semana. No sería la primera vez.
– ¿Cómo se te ocurre, Brenda? Es un viaje de veinte horas. Chicago, Traverse City. Ahora no puedo dejar el diario.
Cada vez que hablaba con la esposa, Camargo no podía controlar sus sentimientos peores. En los primeros años de matrimonio, él se iluminaba por dentro cada vez que estaban juntos. Ahora le sucedía al revés: sentía unas ganas irreprimibles de hacerle daño. Deseaba verla sufrir, caminar descalza por baldíos calcinados, suplicar, hozar en la basura. La voz con que ella le respondía era siempre dulce:
– Entonces, vayamos juntos al aeropuerto. Las mellizas quieren darte un beso.
– Tal vez. Depende de lo que pase en el Senado esta noche. ¿A qué hora sale el avión?
– A las ocho y media.
– Ah, imposible. Después las llamo por teléfono. Ahora tengo que cortar.
– Sí. No vamos a vernos, entonces.
– No. No podremos. Buen viaje, ¿eh, Bren?
Colgó el tubo, aliviado. Otra vez le quedaría la casa para él solo. En los últimos años le sucedía con frecuencia, pero los lapsos eran tan breves que no le daban tiempo a relajarse. La esposa y las hijas mellizas habían formado un trío de piano, violín y cello, y las comisiones de cultura de las provincias, alentadas por el parentesco con Camargo, las invitaban a dar conciertos de los que regresaban con dulces caseros, partituras de músicos vernáculos y artesanías baratas. Brenda, que se había educado en una escuela cuáquera de Kalamazoo y aún hablaba el castellano con esfuerzo, no había podido liberarse de esa insaciable curiosidad que sienten algunos anglosajones por la cultura de los países pobres -o lo que ella creía que era la cultura de la pobreza-, sin distinguir jamás entre el talento genuino y el plagio vil. Tocaba el piano con cierta habilidad y, aun antes de que las mellizas aprendieran a leer, las había forzado a tomar lecciones de música. En el parque de la casa, sobre las barrancas que se alzaban frente al río, Camargo había hecho construir una cabaña con aislamiento acústico para que ensayaran, y poco a poco las tres fueron abandonándolo por los tríos de Beethoven, Alkan y Gabriel Fauré. A pesar de las paredes forradas de la cabaña, Camargo oía el moscardón de las cuerdas cada vez que entraba en la casa. Le ensuciaban el crepúsculo, el aire transparente, le rayaban para siempre la memoria de todos los Beethoven con los que había sido feliz en los teatros del mundo.
Cuando ya no querés a una persona deja de gustarte todo lo que hace, y Brenda, que aún llamaba la atención de los demás hombres, no le movía a Camargo ningún músculo de importancia. Los primeros síntomas de su desagrado empezaron una mañana de hacía doce años. Las mellizas estaban aprendiendo a caminar y lloraban por turnos durante la noche. Brenda tuvo un ataque súbito de histeria y se le hincharon dos venas que le formaban una y en la frente. Quizá le había sucedido antes pero era la primera vez que Camargo lo notaba. De pronto no entendió por qué se había casado con ella ni qué hacían los dos allí, compartiendo la cama y un par de hijas que no los dejaban dormir. Al día siguiente también le molestaron sus bostezos, el olor a leche cuajada de su piel, las pantuflas de conejo con las que preparaba el desayuno. Brenda era algo que le había sucedido a un ser que ya no era él. Pero separarse era una incomodidad peor que la de seguir viviendo como hasta entonces. Tampoco lo haría más libre de lo que era.