El temor de un hombre sabio. Crónicas del Asesino de Reyes: segundo día
- Автор: Ротфусс Патрик
- Серия: Crónica del Asesino de Reyes #2
- Язык: испанский
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «El temor de un hombre sabio. Crónicas del Asesino de Reyes: segundo día». Краткое содержание книги:
El temor de un hombre sabio empieza donde terminaba El nombre del viento: en la Universidad. De la que luego Kvothe se verá obligado a partir en pos del nombre del viento, en pos de la aventura, en pos de esas historias que aparecen en libros o se cuentan junto a una hoguera del camino o en una taberna, en pos de la antigua orden de los caballeros Amyr y, sobre todo, en pos de los Chandrian. Su viaje le lleva a la corte plagada de intrigas del maer Alveron en el reino de Vintas, al bosque de Eld en persecución de unos bandidos, a las colinas azotadas por las tormentas que rodean la ciudad de Ademre, a los confines crepusculares del reino de los Fata. Y cada vez parece que tiene algo más cerca la solución del misterio de los Chandrian, y su venganza.
– Te pondrás bien. No pasa nada -la tranquilicé-. Tienes que mirarme a los ojos.
Clavó su asustada mirada en mí, y entonces, al reconocerme, abrió aún más los ojos, sorprendida.
– Ahora quiero ver cómo respiras para mí. -Posé una mano sobre su tenso pecho. Tenía la piel caliente y enrojecida. Su corazón latía deprisa, como un pajarillo asustado. Le puse la otra mano sobre la mejilla. La miré fijamente. Sus ojos eran dos lagunas oscuras.
Me incliné lo suficiente para besarla. Olía a flor de selas, a hierba verde, al polvo del camino. Noté que se esforzaba por respirar. Escuché. Cerré los ojos. Oí el susurro de un nombre.
Lo pronuncié en voz muy baja, pero lo bastante cerca para rozarle los labios; muy quedamente, pero lo bastante cerca para que su sonido se entrelazara con su pelo. Lo pronuncié, fuerte y firme, oscuro y dulce.
La mujer aspiró débilmente. Abrí los ojos. La habitación estaba tan silenciosa que oí el susurro de terciopelo de su segunda y desesperada inspiración. Me relajé.
La mujer puso una mano sobre la mía, encima del corazón.
– Ahora quiero ver cómo respiras para mí -repitió-. Eso son siete palabras.
– Ya lo sé -dije.
– Eres mi héroe -dijo Denna, e inspiró lentamente, sonriendo.
– Ha sido muy raro -oí decir al marinero en el otro lado de la estancia-. Su voz tenía una fuerza extraña. Os juro por toda la sal que hay en mí que me he sentido como una marioneta a la que tiran de los hilos.
Escuché disimuladamente. Supuse que, sencillamente, el marinero sabía reaccionar cuando se lo ordenaba una voz con la carga adecuada de autoridad.
Pero no tenía sentido que se lo explicara. El éxito con que había socorrido a Denna, combinado con mi cabello pelirrojo y mi oscura capa, me había identificado como Kvothe. De modo que nadie dudaría que hubiera hecho magia, por mucho que yo intentara disuadirlos. Y no me importaba. Lo que había hecho aquella noche merecía una historia o dos.
Como me habían reconocido, se quedaron observándonos, pero sin acercarse demasiado. El amigo de Denna se había marchado antes de que se nos hubiera ocurrido buscarlo, de modo que nosotros dos pudimos gozar de cierta intimidad en nuestro rincón de la taberna.
– Debí saber que te encontraría aquí -dijo ella-. Siempre estás donde menos espero encontrarte. ¿Por fin has emigrado de la Universidad?
Negué con la cabeza.
– Solo estoy saltándome dos días de clase.
– ¿Piensas volver pronto?
– Pues sí, mañana. Tengo un carro.
– ¿Te importaría que te acompañara? -me preguntó sonriendo.
La miré fijamente.
– Ya sabes la respuesta a esa pregunta.
Denna se sonrojó un poco y desvió la mirada.
– Supongo que sí.
Agachó la cabeza, y el pelo cayó en cascada de detrás de sus hombros, enmarcándole la cara. Tenía un olor cálido e intenso, a sol y a sidra.
– Tu pelo -dije-. Una maravilla.
Sorprendentemente, Denna se ruborizó aún más al oír eso, y sacudió la cabeza sin alzar la vista.
– Después de tanto tiempo sin vernos, ¿eso es lo único que nos queda? -dijo lanzándome una mirada-. ¿Piropos?
Ahora me correspondía a mí turbarme, y balbuceé:
– Yo… Yo no… Es que… -Inspiré hondo antes de estirar un brazo para acariciar una estrecha e intrincada trenza semioculta entre su pelo-. Tu trenza -aclaré-. Casi dice «maravilla».
Los labios de Denna dibujaron una «O» perfecta de sorpresa. Se llevó una mano a la cabeza con timidez.
– ¿Sabes leerlo? -preguntó con incredulidad, casi horrorizada-. Tehlu misericordioso, ¿hay algo que no sepas?
– He estado estudiando íllico -dije-. O intentándolo. Tu trenza tiene seis hebras en lugar de cuatro, pero es casi como un nudo narrativo, ¿no?
– ¿Casi? -repuso ella-. Es mucho más que «casi». -Tironeó con los dedos el trozo de cinta azul que había al final de la trenza-. Hoy en día, ni los de Yll saben íllico -murmuró, claramente irritada.
– Yo sé muy poco -dije-. Solo algunas palabras.
– Ni siquiera los que lo hablan se interesan por los nudos. -Me miró, enojada, de soslayo-. Y hay que leerlos con los dedos, no mirándolos.
– Yo he tenido que aprender mirando las ilustraciones de los libros.
Denna desató por fin la cinta azul y empezó a soltarse la trenza; luego se alisó el mechón para mezclarlo con el resto de su melena.
– ¿Por qué te la has soltado? -pregunté-. Me gustaba más antes.
– De eso se trata, ¿no? -Me miró levantando la barbilla con orgullo mientras se sacudía el pelo-. Ya está. ¿Qué te parece ahora?
– Me parece que me da miedo hacerte más cumplidos -dije, sin saber muy bien qué había hecho mal.
Denna suavizó un poco su actitud, y su enojo se esfumó.
– Es que me da vergüenza. No esperaba que nadie pudiera leerla. ¿Cómo te sentirías si alguien te viera llevando un letrero que rezara: «Soy guapísimo y adorable»?
Se hizo un silencio. Antes de que acabara siendo incómodo, dije:
– ¿Te estoy reteniendo de hacer algo apremiante?
– Solo del caballero Strahota. -Hizo un ademán negligente hacia la puerta, por la que había desaparecido su acompañante.
– Ah, ¿era apremiante? -Esbocé una media sonrisa y arqueé una ceja.
– Todos los hombres apremian, así o asá -repuso ella fingiendo seriedad.
– Entonces, ¿todavía no han cambiado de libro?
Denna adoptó una expresión compungida y suspiró.
– Confiaba en que lo abandonaran con la edad. Pero he descubierto que solo han pasado una página. -Levantó una mano y me mostró dos anillos-. Ahora, en lugar de rosas, me regalan oro, y de repente se vuelven atrevidos.
– Bueno, al menos te aburren hombres con recursos -dije para consolarla.
– ¿Y para qué quiero a un hombre mezquino? No importa si su riqueza está por encima o por debajo de la media.
Apoyé una mano sobre su brazo con dulzura.
– Debes perdonar a esos hombres con mentalidad de mercenarios. Esos ricos pobres que, al ver que no pueden apresarte, intentan comprar algo que saben que no se puede comprar.
Denna me aplaudió, encantada.
– ¡Suplicas clemencia para tus enemigos!
– Solo pretendía hacerte ver que tú también haces regalos -dije-. Lo sé por propia experiencia.
Su mirada se endureció, y sacudió la cabeza.
– Hay una gran diferencia entre un obsequio hecho libremente y otro que intenta atarte a un hombre.
– Eso es verdad -admití-. El oro puede formar una cadena, igual que el hierro. Sin embargo, no se le puede reprochar nada a un hombre por querer decorarte.
– No -dijo ella con una sonrisa entre burlona y cansada-. Muchas de sus sugerencias son bastante indecorosas. -Me miró-. ¿Y tú? ¿Prefieres verme bien decorada o bien indecorosa?
– Le he estado dando unas cuantas vueltas -dije sonriendo por dentro, pensando en el anillo de Denna que tenía guardado en mi habitación de Anker's. La miré de arriba abajo con mucho detenimiento-. Ambas cosas tienen sus ventajas, pero el oro no es para ti. Tú brillas demasiado, no hace falta bruñirte.
Denna me cogió el brazo, me lo apretó y me dedicó una tierna sonrisa.
– Ay, mi Kvothe, te he echado de menos. En buena parte, la razón por la que vine a este rincón del mundo era con la esperanza de encontrarte. -Se levantó y me tendió el brazo-. Anda, salgamos y llévame lejos de aquí.
Capítulo 148
Por el largo camino de regreso a Imre, Denna y yo hablamos de un sinfín de cosas sin importancia. Ella me habló de ciudades que había conocido: Tinué, Vartheret, Andenivan. Yo le hablé de Ademre y le enseñé algunos signos de su lenguaje.
Denna se burló de mi fama cada vez mayor, y yo le conté la verdad que había detrás de las historias. Le expliqué cómo habían acabado las cosas con el maer, y ella se solidarizó conmigo y se sintió debidamente indignada.