El blog del Inquisidor
- Автор: Сильва Лоренсо
- Год: 2008
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «El blog del Inquisidor». Краткое содержание книги:
Una historiadora se encuentra en la web un blog que le llama la atención «Cuaderno del Inquisidor». Ella ha centrado su tesis doctoral en el estudio del Tribunal del Santo Oficio en la España del siglo XVII, por lo que el apelativo del «Inquisidor» despierta enseguida su interés. El diario digital de este Inquisidor refleja a un hombre atormentado que relata que ha tenido parte en unos polémicos sucesos ocurridos en un convento español en el siglo XVII, cuando se acusa a las monjas y el abad de herejía. Él es el encargado de los interrogatorios a los acusados. ¿Pero, quién hay detrás de este inquisidor que cuelga su bitácora en la red? ¿Qué significa este diario? ¿Utiliza el proceso de unas pobres monjas y su abad a modo de expiación de una culpa que es incapaz de afrontar?
Una historia profunda, intrigante, que subraya que estamos ante puro Misterio de la vida, el juego de apariencia y verdad, la manipulación de la realidad.Una novela que se lee de un tirón, que subyuga absolutamente, y que con el tema central de la culpa y la expiación nos descubre los entresijos del alma humana. Una peculiar historia de amor, rabiosamente contemporánea con el toque de Lorenzo Silva.
Está bien, la responderé. En mi novela, no soy el inquisidor. No sólo. Soy el inquisidor, y el fraile, y la monja. Soy todos ellos. No te enfades, Theresa. Te lo explicaré algún día, espero. Ahora, adiós.
No te vayas así.
El siguiente mensaje no se entregó al destinatario:
No te vayas así.
28 de noviembre
Siempre me pareció conmovedor el destino de la pobre Ariadna. Después de traicionar a su padre, y de ayudar a ajusticiar a su medio hermano (eso era, en definitiva, el Minotauro), termina abandonada en Naxos por el inconstante Teseo, al que en mala hora le prestó su hilo para salir del laberinto. Ella representa, como pocas, a la mujer defraudada por la ingratitud del hombre. También a mí, alguna vez, me ha tocado sentirme como Ariadna en Naxos.
Por ejemplo, aquella madrugada, cuando el Inquisidor desapareció de pronto, dejándome con la palabra en la boca (o en la yema de los dedos). No podía dar crédito. No podía entender que su forma de corresponder a mi confianza fuera ésa: marearme con una alambicada disertación histórica (que nadie le había pedido) y esfumarse con una mala excusa en cuanto la conversación empezaba a cobrar algún sentido de confidencia por su parte. Releía sus últimas frases y para mí tenían un lamentable aire de dejà vu: instantáneamente me retrotraían a alguna otra situación en la que alguien me había escrito palabras casi idénticas a través del chat. Aquellos otros corresponsales casi nunca me importaban mucho, y esa tosca manera de escabullirse, y de hacer evidente de paso que en algo, si no en todo, no decían la verdad, no me provocaba, tratándose de ellos, más reacción que una sonrisa condescendiente y su inmediato archivo en las regiones más recónditas de mi disco duro. Pero, tratándose del Inquisidor, la decepción me resultaba tan inesperada como descorazonadora. Venía mezclada, además, con un sentimiento de humillación, por haber creído en algún momento que en nuestra relación, por peculiar que fuera, ambos aceptábamos el compromiso de conducirnos con sinceridad y un mínimo de respeto. No esperaba que desnudara su alma ante mí. Es más, aceptaba como propio de su carácter el afán de mantener un lado oculto. Pero me había permitido creer que no me engañaría ni trataría de confundirme. Y eso era lo que había hecho, incumpliendo su promesa y zafándose de mí de aquella manera tan poco inteligente y tan desprovista de elegancia.
Releía la conversación y me hervía la sangre. A su primera parte no le encontraba mucho más sentido que la exhibición de conocimientos, algo que me parecía impertinente, a aquellas alturas (aunque vista desde aquí, me da la impresión de que me estaba diciendo, a su modo indirecto y oblicuo, más de lo que en ese momento yo era capaz de leer). En cuanto a la despedida, me ponía furiosa, simplemente. Es curioso que ni por un momento contemplé entonces que pudiera haberle surgido de veras algún problema que le impidiera seguir escribiendo. Ahora que lo recuerdo, mientras él sigue sin dar señales de vida, me inclino a creer que sí, y me torturo pensando que el problema pudo ser de una naturaleza determinada, que en aquel momento de ofuscación no imaginé y que tampoco luego, cuando acepté sus excusas, se me pasó por la cabeza. Me doy cuenta de que le disculpé sin creerle del todo, o mejor dicho sin creer que esa noche hubiera tenido más dificultad que su resistencia a ponerme al corriente de aquellas intimidades que había empezado a revelarme y que de pronto, supuse, le hicieron sentir incómodo. A esa misma incomodidad, y a sus dudas sobre si mantener o no nuestra relación, achaqué también, entonces y luego (y acaso volví a ser injusta y torpe al hacerlo), su silencio de los días siguientes.
Los días siguientes… Según mis archivos, fueron exactamente veintiocho. La irritación del primer instante se convirtió en ira, luego en rabia, y después en algo que pretendía ser desprecio pero que escondía una buena dosis de frustración. Porque había sido tan idiota como para contarle mis secretos. Porque lo había hecho en balde. Porque me había quedado con las ganas de saber más.
Por su parte, debió de representarse con no poca aproximación los sucesivos estados de ánimo por los que yo iba pasando. Al menos, fue lo bastante perspicaz como para calcular que no era una buena idea volver a conectarse sin más y tratar de reanudar así nuestra truncada conversación. Encontró otro modo de hacerlo.
El día 24 de agosto de 2007 recibí un correo electrónico. Era suyo. Era largo. Cuando terminé de leerlo, quedé desarmada.
29 de noviembre
Mi querida Theresa: *
En su día convinimos decirnos sólo verdad. Por eso tengo que empezar pidiéndote que aceptes que no te explique la índole precisa del contratiempo que me llevó a interrumpir de forma tan descortés nuestra última conversación, y que durante estas semanas me ha impedido reanudarla. No es algo que desee contarte, creo que ni siquiera debo hacerlo, y siento de tal modo este impedimento que con cualquier cosa que pudiera decirte, por vaga que fuera, correría el riesgo de sugerir lo que no es, llevándote a interpretar algo distinto de lo que realmente ocurrió. Y eso, mentirte, es lo último que me permitiría, contigo que has sido, me consta, veraz e íntegra conmigo. Así que me limito a pedirte perdón, sin poder darte excusa alguna.
Dicho lo anterior, tal vez estés tan enfadada que no te apetezca seguir leyendo. Pero de todos modos yo tengo que escribir esto, que no sé muy bien cómo calificar. Es, o pretende ser, una confesión, aunque no vaya a entrar en los pormenores que normalmente asociamos a esa palabra. También quiere ser una prueba: no me gustaría que pensaras, porque no es así, que me he dedicado a jugar contigo. Hace tiempo que perdí interés por los juegos, al menos por los de cierto tipo, y por eso me resultaría muy desagradable pasar ante ti por jugador. Me importa mucho demostrarte que no lo soy. Por último, intento dar cumplimiento a aquello a lo que me comprometí, porque no quiero que quede en ti la sensación de que algo me hizo cambiar de idea. He incumplido compromisos en el pasado, y esa experiencia, unida a una larga meditación posterior, me ha enseñado una lección que procuro aplicar a rajatabla: no te comprometas nunca a la ligera, pero una vez que lo hagas, revienta o rómpete antes de fallar. Porque lo peor de las deudas insatisfechas no es el menoscabo que uno pueda sufrir en la consideración del acreedor: del acreedor uno puede protegerse, apartarse, incluso borrarlo de la mente. La consecuencia más dañina de nuestros incumplimientos es que nos van empujando, de un modo tan imperceptible como inexorable, hacia el borde de nuestro propio abismo interior. No se trata de que los demás no se fíen de uno, sino de acabar no fiándose de uno mismo: llegados a ese punto, no hay manera de impedir el desastre. Tardé mucho en aceptar que debía comprometerme a algo contigo. Pero cuando lo hice, fue con el convencimiento de que tenía sentido y lo podía cumplir. Y ese convencimiento, por eso estoy aquí ahora, no me ha abandonado.
Así que hago esto para ti, pero lo hago también por mí. Y no te engaño, me siento raro, porque en el fondo no sé quién eres, porque nunca nos hemos mirado a los ojos ni estoy seguro de que me conviniera conocerte. De hecho, creo que en este momento estoy decidiendo, por si había alguna remota posibilidad, que nunca te conoceré. Eso es lo que me permite hacer contigo lo que no hago con nadie. Hablar directamente de mí.
* Aunque esta vez la autora del blog no pide perdón al lector por no traducirlo, el texto que sigue está en castellano en el original. (N. del e./t.)