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La voz

Электронная книга - «La voz». Краткое содержание книги:

Gulli, el viejo portero de uno de los más conocidos hoteles de Reykjavik, aparece desnudo y acuchillado hasta morir en su miserable habitación en el sótano. Pero Gulli es mucho más que un simple portero que se disfrazaba de Papa Noel todas las navidades, es un completo misterio. Veinte años en el hotel y nadie le conoce realmente. Erlendur Sveinsson decide alojarse en el mismo hotel en busca de la asesina, que, también de eso cree estar convencido, aún debe permanecer muy cerca, pese a que las vacaciones de Navidad están ya encima y el hotel completo. Mientras que al director tan sólo le importa que el asesinato permanezca oculto y su reputación intacta. Erlendur, sin embargo, recibe la visita de su hija, que de nuevo se adentra entre las brumas de la droga y el alcohol, dejando al inspector al borde de la desesperación y la impotencia.
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– ¿De qué?

– De todo y de nada. Le pregunté cómo le iban las cosas, y eso. Él estuvo bastante callado. Me pareció que no se sentía cómodo hablando conmigo. Era como si le recordara un pasado del que ya no quería saber nada. Me dio la sensación de que se avergonzaba de su uniforme de portero. A lo mejor era alguna otra cosa. No lo sé. Le pregunté por su familia y me dijo que no tenía relación alguna con ellos. Luego no supimos qué más decir y nos despedimos.

– ¿Tienes idea de quién puede haber querido matar a Gudlaugur? -preguntó Erlendur.

– Ni la más mínima -respondió Gabriel-. ¿Cómo fue la agresión? ¿Cómo lo mataron?

Preguntó con tacto, con pena en los ojos, no para soltárselo a otros en cuanto volviera a su casa o se reuniera con sus amigos, sino para saber cómo había terminado la vida de aquel muchacho tan prometedor al que tiempo atrás había enseñado a cantar.

– No puedo entrar en detalles -dijo Erlendur-. Se trata de información confidencial por necesidades de la investigación.

– Sí, claro -dijo Gabriel-. Lo comprendo. La investigación de la policía… ¿Tenéis alguna pista? Supongo que tampoco puedes decirme nada respecto a eso, perdón. No consigo imaginarme quién podría haber querido matarlo, pero naturalmente hace mucho que perdí todo contacto con él. Lo único que sabía de él es que trabajaba en este hotel.

– Llevaba muchos años trabajando de portero, y de chico para todo. De Papá Noel, por ejemplo.

Gabriel suspiró.

– ¡Qué triste destino!

– Lo único que encontramos en su habitación, aparte de estos discos, fue un cartel de cine que tenía colgado en la pared. Es de una película de Shirley Temple, del año 1939, llamada La pequeña princesa, The Little Princess. ¿Tienes alguna idea de por qué lo guardaba, o por qué lo apreciaba tanto? En la habitación no había prácticamente nada más.

– ¿Shirley Temple?

– La niña prodigio.

– Naturalmente, hay una similitud bastante obvia -dijo Gabriel-. Gudlaugur se veía a sí mismo como un niño prodigio, y lo mismo puede decirse de cuantos lo rodeaban. Pero en realidad no veo más conexión.

Gabriel se levantó, se colocó la gorra, se abrochó el abrigo y se envolvió el cuello en la bufanda. Los dos guardaban silencio. Erlendur le abrió la puerta y lo acompañó al pasillo.

– Muchas gracias por venir a verme -dijo, estrechando su mano.

– De nada -dijo Gabriel-. Es lo menos que podía hacer por vosotros. Y por ese buen muchacho.

Vaciló, como si fuera a decir algo más pero no supiera cómo expresarlo.

– En él había una terrible inocencia -dijo por fin-. Un chico muy ingenuo. Le habían hecho creer que era único y especial, y que sería famoso, que tendría el mundo entero a sus pies. Los Niños Cantores de Viena. En este país tendemos a hacer una enormidad de cualquier minucia, y ahora más que en cualquier otro momento de nuestra historia; es como una costumbre de esta nación que jamás ha conseguido ser la primera en nada. En el colegio se burlaban de él porque lo consideraban distinto, y eso le hizo tener que soportar muchos agravios. Hacía falta una entereza considerable para aguantar todo aquello.

Se despidieron, y Gabriel se dio la vuelta y salió al pasillo. Erlendur se quedó mirándolo, pensando que muy probablemente la historia de Gudlaugur Egilsson le habría arrebatado toda la energía al anciano director de coro.

Erlendur cerró la puerta. Se sentó en el borde de la cama y pensó en el niño del coro y en cómo había acabado disfrazado de Papá Noel con el pantalón bajado. Se preguntaba cómo el destino le había llevado hasta aquel trastero y a la muerte, tantos años después de la gran decepción de su vida. Pensó en el padre de Gudlaugur, inválido en una silla de ruedas, con sus gruesas gafas de montura de asta, y en su hermana, con aquella afilada nariz de águila y la aversión hacia su hermano. Pensó en el obeso director del hotel, que lo había echado a la calle, y en el jefe de recepción que aseguraba no conocerlo. Pensó en los empleados del hotel, que ignoraban quién era Gudlaugur. Pensó en Henry Wapshott, que había hecho un largo viaje para visitar al escolano, porque el niño Gudlaugur, con su alegría y su bella voz, seguía existiendo y existiría siempre para él.

Antes de darse cuenta, estaba pensando en su propio hermano.

Erlendur volvió a poner el mismo disco en el giradiscos, se tumbó en la cama, entornó los ojos y volvió mentalmente a su hogar.

Aquella canción era, quizá, también la suya.

15

Cuando Elínborg regresó de Hafharfjórdur esa tarde, se dirigió directamente al hotel para hablar con Erlendur.

Subió a su planta y llamó a la puerta, pero al no obtener respuesta volvió a hacerlo; y una tercera vez. Estaba a punto de marcharse cuando finalmente se abrió la puerta y Erlendur la hizo pasar. Se había dormido mientras pensaba, y tenía la cabeza en otro sitio cuando Elínborg empezó a contarle lo que había descubierto en Hafnarfjórdur. Había hablado con el antiguo director del colegio de primaria, un hombre de edad ya muy avanzada que recordaba bien a Gudlaugur, aparte de que su esposa, que murió diez años atrás, había sido muy buena amiga de la madre del muchacho. Con ayuda del director localizó a tres compañeros de clase de Gudlaugur, que aún vivían en Hafharfjórdur. Uno de ellos había asistido al recital del Cine Municipal. Habló con antiguos vecinos de la familia en Hafnarfjórdur y con personas que tuvieron relación con ella en el pasado.

– En este país de enanos, nadie tiene derecho a destacar -dijo Elínborg, sentándose en la cama-. Nadie puede ser diferente en ningún sentido.

Todos sabían que Gudlaugur estaba llamado a ser algo especial en la vida. Él nunca hablaba de ello, en realidad nunca hablaba de sí mismo, pero todos lo sabían. Había tomado clases de piano y estudiaba canto, primero con su padre, después con el director del coro infantil y por último con un conocido cantante que había vivido en Alemania y había regresado al país. La gente no tenía para él más que elogios. Le aplaudían y él hacía reverencias con su camisa blanca y sus pantalones negros, un auténtico caballero, finísimo. Qué niño tan bueno es Gudlaugur, decía la gente. Y se editaron discos en los que cantaba. Pronto sería famoso en el extranjero.

No era originario de Hafnarfjordur. Su familia había llegado del norte, después de vivir un tiempo en Reikiavik. Decían que su padre era hijo de un organista y que en su juventud había estudiado canto en el extranjero. Corría la voz de que había comprado la casa de Hafnarfjordur con el dinero heredado de su padre, que se enriqueció después de la guerra gracias al ejército estadounidense. Decían que la herencia era tan enorme que no necesitaría más dinero en toda su vida. Y eso que él no hacía ostentación alguna de su riqueza en la vida social de la ciudad. Cuando iba de paseo con su mujer se quitaba el sombrero y saludaba con mucha cortesía a todo el mundo. Se contaba que ella era hija de un armador. Nadie sabía de dónde. Habían hecho pocos amigos en la ciudad. La mayoría de sus amigos vivían en Reikiavik, si es que los tenían. No parecía que en su casa recibieran visitas con frecuencia.

Cuando los chicos del barrio o los compañeros de colegio de Gudlaugur preguntaban por él, solían decirles que tenía que quedarse en casa para estudiar, hacer los deberes, practicar con el piano o tomar clases de canto. A veces le permitían salir con sus compañeros, pero entonces estos se daban cuenta de que no era tan bruto como ellos, era extrañamente sensible. Nunca se ensuciaba la ropa, no saltaba en los charcos de barro, cuando jugaba al fútbol parecía casi una niñita, y hablaba de una forma espantosamente culta. A veces hablaba de personas con nombres extranjeros. Un tal Schubert. Y cuando ellos le contaban las últimas novelas de aventuras que habían leído, o las películas que veían en el cine, les respondía que él leía poemas. Quizá no tanto porque le gustaran a él, sino porque su padre le decía que le vendría bien leer poemas. Por la manera en que lo contaba, los demás creían que su padre lo tenía sometido a unas reglas muy estrictas. Un poema cada tarde.

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