Los 36 hombres justos
- Автор: Bourne Sam
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Los 36 hombres justos». Краткое содержание книги:
– He dicho que espere. Nuestro maestro no tardará en llegar. Entonces podrá hablar con él.
El Rebbe, por fin.
El ruido del exterior seguía oyéndose. Podía ser que el Rebbe hubiera hecho por fin su aparición, quizá estuviera trabajándose a la sala antes de ir a trabajarse a Will. El griterío era atronador, y el suelo vibraba como las paredes de una discoteca sacudidas por los sonidos graves, pero Will no tenía forma de saber si había aumentado de repente por la llegada del Rebbe.
– De acuerdo. Empecemos -dijo alguien.
Era la misma voz de barítono de antes, de nuevo a espaldas de Will. Este intentó darse la vuelta, pero dos fuertes manos lo sujetaron por los brazos y se lo impidieron.
– ¿Cómo se llama?
– Tom Mitchell -respondió Will.
– Bienvenido, Tom. Que tenga un buen shabbos. Dígame, ¿a qué debemos el placer de su presencia en Crown Heights?
– He venido para escribir un reportaje sobre la comunidad hasídica para la revista New York. En concreto para una nueva serie llamada «Pedazos de la Gran Manzana».
– Bonito título. ¿Y por qué ha venido usted precisamente este fin de semana entre todos los fines de semana?
– Me encargaron el trabajo esta semana, de modo que he venido lo antes posible.
– No nos llamó ni avisó con antelación. ¿No habría preferido concertar una cita?
– Solo quería dar una vuelta y echar un vistazo.
– ¿Ver cómo viven los nativos en su hábitat natural?
– Yo no lo diría así -gruñó Will. Debido a la fuerza con la que lo sujetaban, los hombros estaban empezando a dolerle-. No querría parecer grosero, pero ¿por qué me sujetan así?
– Sabe, señor Mitchell, me alegro de que me lo pregunte porque no me gustaría que se llevara una impresión equivocada de Crown Heights ni de sus gentes. Aquí damos la bienvenida a los de fuera, se lo digo de verdad. Invitamos a los visitantes a nuestros hogares, y ni siquiera nos mostramos hostiles con la prensa. Por aquí han venido muchos reporteros; The New York Times incluso nos visita regularmente. No. La razón de esta… anormal recepción es que no creo que esté diciendo la verdad.
– Pues soy reportero. Esa es la verdad.
– No, señor Mitchell. La verdad es que alguien ha estado metiendo las narices en nuestros asuntos, y me pregunto si ese alguien no habrá sido usted. -La voz, que había ido subiendo de tono, recobró su equilibrio-. Relajémonos un poco, ¿quiere? Es shabbos, y todos hemos tenido una semana muy ajetreada. Hemos trabajado duramente, de modo que ahora descansamos. Será mejor que nos lo tomemos con calma. Ahora volvamos a mi asunto. Ha estado usted hablando bastante rato con Shimon Shmuel, de modo que doy por hecho que se habrá enterado de algunas de nuestras costumbres.
«Me han estado siguiendo», se dijo Will.
– Usted es una persona inteligente -prosiguió la voz-, y habrá comprendido que la observancia del Sabbat es una de nuestras normas más estrictas.
Will no dijo nada.
– Señor Mitchell…
– Sí, lo he comprendido.
– Y sabe que está prohibido llevar nada encima, ¿verdad?
– Sí. Sandy, bueno Shimon Shmuel me lo dijo. -Enseguida se arrepintió de haber añadido el nombre de Sandy al nombre judío. Parecía un intento deliberado de ofender.
– Puede que él olvidara mencionar que durante el Sabbat no solo no podemos llevar nada, sino que no podemos utilizar electricidad. Las luces que ahora funcionan fueron encendidas antes de que empezara el shabbos y así seguirán hasta que el shabbos acabe, mañana por la noche. Así son las reglas: ningún judío puede apagarlas. Además, se habrá fijado en que no hay cámaras ahí fuera durante el shabbos. Lo que ha visto hoy no ha sido fotografiado ni filmado, nunca, y no será porque no hayamos recibido peticiones. ¿Ve adónde quiero ir a parar, señor Mitchell?
Después de un rato escuchando aquella voz, Will empezó a formarse una imagen de la persona. Era norteamericano, pero su acento no se parecía al de Sandy, sino que tenía algo… ¿quizá europeo? No supo identificarlo, pero le pareció de Nueva York, ligeramente musical. Denotaba cierta indiferencia, cierto reconocimiento de lo absurdo, a veces cómico, de la vida; aunque la mayor parte del tiempo, trágico. Durante una fracción de segundo vio la imagen del rostro de Mel Brooks y oyó a Leonard Cohen. Aun así, seguía sin tener ni idea del aspecto del hombre que le hablaba.
– Señor Mitchell -insistió su interlocutor-, necesito saber si entiende lo que le estoy diciendo.
– Oiga, no llevo ninguna cámara, si es eso lo que me está preguntando.
– La verdad es que no había pensado en eso; más bien en una grabadora.
Will estaba libre de sospechas. A pesar de su edad, hacía las cosas a la antigua usanza: con lápiz y papel. Y no se debía a ninguna tecnofobia por su parte, sino a simple pereza. Transcribir grabaciones suponía demasiado trabajo. Se tardaba media hora para hacer una entrevista y después había que pasar una hora para ponerla por escrito. La grabadora de mini-disc quedaba reservada únicamente para aquellas ocasiones en las que cada palabra contaba: entrevistas con alcaldes, jefes de la policía y ese tipo de personas. Para todo lo demás, prefería el papel y lápiz.
– No. No he grabado nada ni a nadie; pero ¿por qué iba a ser eso un problema…?
De repente, lo empujaron hacia delante y lo alzaron. El joven de su derecha tomó las riendas de la situación; entre los dos le metieron las manos bajo las axilas y lo levantaron al tiempo que le impedían volverse. A continuación, el joven moreno se situó ante él y, sin mirarlo a los ojos, le extendió los brazos y lo registró de arriba abajo, metiéndole las manos en los bolsillos y palpándole la ropa. Actuaba igual que los vigorosos guardias de seguridad de un aeropuerto.
Claro. «Una grabadora.» No estaban buscando el clásico dictáfono de un reportero, sino un cable y un micrófono. Lo que les preocupaba era que pudiera ser de la policía o del FBI. Y se preocupaban con razón porque eran secuestradores y temían que él fuera un poli de incógnito. De ahí las preguntas que había estado haciendo y haber husmeado sin aviso previo.
– Ningún cable -dijo el hombre moreno con un acento que lo delataba como originario de Israel o de algún otro país de Oriente Próximo.
– Pero aquí hay esto -dijo el pelirrojo, cuya tarea durante el registro había consistido en rebuscar en sus bolsillos, incluido el interior de su chaqueta.
Los secretos de Will no ofrecieron ninguna resistencia. Su libreta de tapas de ante siempre abultaba considerablemente en el bolsillo izquierdo. El pelirrojo se la entregó al hombre que seguía a espaldas de Will. Este oyó que alguien hojeaba las páginas mientras lo obligaban a sentarse de un empujón.
Sintió que palidecía. Su mente retrocedió hasta la casa de Sandy, cuando su anfitrión le pidió que dejara allí su bolsa. Él había sido muy listo, lo había hecho pero no sin antes coger la libreta y meter la cartera en lo que creía un compartimiento oculto; no había querido que Sara Leah fisgoneara. Sin embargo, la libreta estaba en esos momentos en manos del Rebbe. ¡Qué idiota había sido!
Will se preparó para lo peor. A medida que el silencio se prolongaba, acompañado únicamente por el sonido de las páginas que pasaban, sus palmas se fueron humedeciendo.
Su mente funcionaba a toda velocidad, intentaba recordar qué había en aquella libreta que pudiera delatarlo. Por suerte no era lo bastante organizado para haber escrito su nombre en la primera página ni en ninguna otra. Walton sí que lo hacía: una pulcra anotación en la tapa de todas sus libretas. Algunos reporteros incluso utilizaban aquellas estúpidas etiquetas. En ese aspecto, al menos, la negligencia de Will podía ser su salvación.
Pero ¿y los cientos de palabras que contenía, incluidas las abundantes notas que había tomado aquel día en Crown Heights? Tal vez no le perjudicaran, al menos podían confirmar su tapadera de Tom Mitchell. De todas maneras, ¿no había apuntado su sesión ante el ordenador de Tom? Seguramente en algún lugar estaría escrita la dirección de correo electrónico de los secuestradores.