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Cenizas de Rencor

Электронная книга - «Cenizas de Rencor». Краткое содержание книги:

Olivia Whitelaw ha vivido su vida como polo negativo de la de su autoritaria madre: esta quería que estudiase, pero ella dejó el instituto y se fue a vivir con un hombre casado, quien no tardó en dejarla a su vez. Abandonada y embarazada, su madre solo la readmitió en casa a condición de que abortase… Ahora quizá es demasiado tarde para enderezar su destino, pero no así para intentar comprender los extraños mecanismos psicológicos por los que una hija puede, aun en su rebeldía, vivir al compás de los caprichos de su madre. Para intentar comprender cómo los actos de una persona pueden venir invariablemente determinados por el criterio de otra. Y cómo una relación emocional tan enrarecida puede involucrar a otras personas e incluso dar lugar a un siniestro crimen… Por su parte, el inspector Linley tendrá que hilar muy fino para llegar al meollo de este amargo entramado de sentimientos.
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Tal vez aquella noche la había convencido de que probara su medio de transporte. Tal vez no había taxis libres cuando salieron de la ópera. O tal vez papá había sugerido que ahorraran algunas libras, en vistas a las vacaciones de verano en Jersey, y cogieran la línea de Piccadilly. En cualquier caso, allí estaban, donde menos me esperaba.

Mi madre no habló. Papá no me reconoció al principio, lo cual es comprensible. Llevaba el pelo corto, teñido de rojo cereza y con un toque púrpura en las puntas. No vestía igual que antes, aparte de los tejanos, y mis pendientes eran diferentes. Había más de un par, para colmo.

Estaba lo bastante tensa como para montar una escena. Extendí los brazos como una cantante a punto de emitir un do mayor.

– Jesús bendito -exclamé-. Chicos, aquí están las entrepiernas de las que soy fruto.

– ¿Qué entrepiernas? -preguntó Barry. Apoyó la barbilla sobre mi hombro y me metió mano entre las piernas-. ¿Tiene ingles un pájaro? ¿Tú lo sabes, Clark?

Clark no sabía gran cosa en aquel punto. Se tambaleaba a mi izquierda. Empecé a reír y mover las caderas contra la mano que me sujetaba. Me apoyé en Barry.

– Basta, Barry. Vas a dar celos a mamá.

– ¿Por qué? ¿Ella también quiere? -Me apartó a un lado y se tambaleó hacia ella-. ¿No te obsequia a menudo? -preguntó, y apoyó una mano sobre el hombro de mi madre-. ¿No se porta este como un buen chico?

– Es un buen chico -dije-. Sabe de qué va el rollo.

Palmeé a papá en la solapa. Se encogió.

Mi madre desenganchó la mano de Barry de su hombro. Me miró.

– ¡Hasta qué extremos has llegado!

Y fue entonces cuando papá comprendió por fin que no se estaba enfrentando a tres gamberros que pretendían chulearle y humillar a su mujer. Estaba cara a cara con su hija.

– Santo Dios -dijo-. ¿Eres Livie?

Mamá le cogió del brazo.

– Gordon -dijo.

– No -contestó él-. Ya es suficiente. Ven a casa, Livie.

Le guiñé un ojo.

– No puedo -dije-. He de chupar pollas esta noche. -Clark se puso detrás de mí y me dio un buen meneo-. Ohhh. Chico malo, pero nada comparable a lo otro. ¿Te gusta follar, papá?

La boca de mi madre apenas se movió cuando dijo:

– Vamonos, Gordon.

Aparté la mano de Clark. Me acerqué a mi padre. Palmeé su pecho y apoyé mi frente sobre él. Parecía de madera. Volví la cabeza y miré a mi madre.

– Bien, ¿le gusta? -pregunté.

– Gordon -repitió ella.

– No ha contestado. ¿Por qué no ha contestado? -Rodeé su cintura con mis brazos y eché la cabeza hacia atrás para mirarle-. ¿Te gusta follar, papá?

– Gordon, cuando está en este estado, no se puede razonar con ella.

– ¿Yo? -pregunté-. ¿Estado? -Me acerqué más y moví las caderas contra mi padre-. Muy bien. Cambiemos la pregunta. ¿Quieres follarme? Barry y Clark sí quieren. Lo harían aquí mismo, en la calle, si pudieran. ¿Y tú? ¿Y si yo dijera que sí? Porque podría ser, ¿sabes?

– Vale.

Clark se puso detrás de mí otra vez, y los tres formamos una especie de emparedado sexual ondulante sobre la acera.

Barry se puso a reír.

– Hazlo -dijo, y canturreó-: Papá quiere hacerlo, hacerlo, hacerlo.

Los transeúntes se mantenían bien alejados de nosotros.

Me sentía como uno de esos fragmentos de colores que se ven al extremo de un caleidoscopio. Estaba integrada en una masa remolineante que oscilaba cuando movía la cabeza. Estaba sola. Después, estaba en el centro de la acción. Era la dominatriz. Después, la esclava.

– Gordon, por el amor de Dios… -dijo la voz de mi madre, como procedente de otro planeta.

– Hazlo -dijo alguien.

– Guauuuuuu -gritó alguien.

– Cabálgala -aulló alguien.

Y entonces, hierros al rojo vivo rodearon mis muñecas.

No sabía que papá fuera tan fuerte. Cuando cogió mis brazos, deshizo el cerco que ceñía su cintura y me apartó, sentí dolor hasta en los hombros.

– ¡Eh! -dije.

Retrocedió. Sacó un pañuelo y lo apretó contra su boca.

– ¿Necesita ayuda, señor? -preguntó alguien, y vi un destello plateado por el rabillo del ojo. Un casco de policía.

Lancé una risita.

– Salvado por el policía del barrio. Qué suerte tienes, papá.

– Gracias -dijo mi madre-. Esos tres…

– No ha sido nada -dijo mi padre.

– Gordon.

La voz de mi madre era puro reproche. Era su oportunidad de enseñar a su engendro diabólico una buena lección.

– Un malentendido -dijo papá-. Gracias, agente. Nos vamos. -Cogió a mi madre por el codo-. Miriam -dijo, y su tono no dio lugar a dudas.

Mi madre estaba temblando. Lo vi por la forma en que sus perlas oscilaban a la luz.

– Eres un monstruo -me dijo.

– ¿Y él? -pregunté-. Porque las dos conocemos a papá, ¿no es cierto? -grité mientras se alejaban-. Pero no te preocupes. Es nuestro secreto. No se lo diré a nadie.

Le había puesto caliente, ¿sabéis? Se le había puesto tiesa como una barra de hierro. Y me encantó la ironía del asunto, el hermoso poder que implicaba. Me lo imaginé andando bajo las luces de la estación, y todo el mundo veía el bulto en sus pantalones, Miriam veía el bulto en sus pantalones, y me sentí débil de regocijo. Haber provocado una reacción al taciturno y desapasionado Gordon Whitelaw. Si yo podía hacer eso, en público, delante de solo Dios sabía cuántos testigos, podía hacer cualquier cosa. Era la omnipotencia personificada.

– Largaos -nos dijo el poli-. Se acabó el espectáculo -advirtió a los espectadores rezagados.

Barry, Clark y yo nunca llegamos a la fiesta de Brixton. De hecho, ni lo intentamos. Montamos, nuestra propia fiesta en el piso de Shepherd's Bush. Hicimos dos de tres, una de dos, y terminamos con tres solitarios, en el que cada uno animaba a los otros dos. Teníamos suficiente droga para toda la noche, y cuando terminó, Clark y Barry decidieron que les gustaba lo bastante la acción para mudarse a mi piso, lo cual me pareció bien. Yo compartía su droga. Ellos me compartían. Era un pacto que prometía beneficios para todos.

Al finalizar nuestra primera semana juntos, nos preparamos para celebrar nuestro aniversario de siete días. Estábamos tirados alegremente por el suelo, con tres gramos de coca y medio litro de aceite corporal de eucalipto, cuando llegó el telegrama. En lugar de telefonear, se las había arreglado para que me lo entregaran. Sin duda, deseaba que el efecto fuera inolvidable.

Al principio, no lo leí. Estaba mirando a Barry mientras cortaba la coca con una hoja de afeitar, y toda mi atención estaba concentrada en una sola palabra: «enseguida».

Clark abrió la puerta. Entró el telegrama en la sala de estar.

– Para ti, Liv -dijo, y lo dejó caer en mi regazo. Puso música y destapó la botella de aceite. Me quité el jersey, y después los tejanos-. ¿No vas a leerlo? -preguntó.

– Más tarde -contesté.

Vertió el aceite y empezó. Cerré los ojos y sentí las oleadas de placer que recorrían primero mis hombros y brazos, después mis pechos y muslos. Sonreí y escuché el «chic chic chic» de la hoja de afeitar de Barry, mientras cortaba los polvos mágicos. Cuando estuvieron preparados, rió y dijo:

– Que empiece la fiesta.

Me olvidé del telegrama hasta la mañana siguiente, cuando desperté en mitad de la niebla, con un sabor a aspirina disuelta en mi garganta. Clark, que siempre era el más rápido en recuperarse, se estaba afeitando, preparado para dirigirse a la City y enfrentarse a otro día de brujería financiera. Barry seguía cocido donde le habíamos dejado, tirado sobre el sofá, con la mitad del cuerpo fuera. Estaba tendido sobre el estómago, y sus pequeñas nalgas parecían dos panecillos sonrosados. Sus dedos se agitaban espasmódicamente, como si intentara agarrar algo en su sueño.

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