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37 horas

Электронная книга - «37 horas». Краткое содержание книги:

La regla básica en la investigación de casos de desaparecidos es recopilar toda la información y los indicios posibles en las primeras 36 horas tras el suceso, cuando la memoria de los testigos no está contaminada y las pistas todavía pueden ser fiables.
Sarah Pribek, una detective de la policía de Minneapolis especializada en este tipo de casos, conoce bien esta circunstancia. Cuando descubre que su marido, Shiloh, lleva desaparecido 48 horas y se pone a investigar, salen a la luz mu chas cosas que no sabía de él.
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Probablemente, Radich no tenía tanta hambre como yo, pero se dedicaba a la tarea con igual empeño. Cuando comenzó a hablar, de hecho, yo casi había terminado mi bocadillo.

– ¿Qué ha averiguado hasta ahora? -fue su primera pregunta.

– Prácticamente nada -contesté-. No sé dónde está, ni por qué está allí. No conocía a ninguna persona que supiera algo de él. Si no se tratase de mi marido y el caso estuviera a mi cargo, hubiera machacado a la gente con entrevistas e interrogatorios. Como soy la única que vivía con él, soy quien lo conoce mejor y… y…

Me sucedió entonces algo extraño. Me oí a mí misma decir «lo conozco mejor» y, de repente, se me olvidó cómo iba a seguir la frase. No tenía la menor idea de ello.

Radich colocó una mano sobre mi hombro.

– Estoy bien -dije, y acto seguido bebí un sorbo de leche-. Y nadie parece saber nada.

Me alegré de recordar la continuación de la frase.

– ¿Tenía enemigos? -preguntó Radich.

Me encogí de hombros.

– Bueno, todos los policías esperamos alguna «retribución». Sin embargo, nosotros somos cuidadosos. No figuramos en listas ni publicaciones. Los informantes sólo tienen el número de nuestro móvil.

– ¿Qué ha hecho hasta ahora? -preguntó Radich al tiempo que movía la cabeza, pensativo.

– Mucho más de lo que hubiera imaginado que se pudiera hacer -respondí-. He estado confeccionando una lista de las pistas. Interrogué a los vecinos. Incluso he estado en el depósito -acabé, aunque me costó decirlo.

De detrás de la pared de la cocina un ruido como de temblor de tierra atronó el aire, una repetida reverberación.

– ¿Qué demonios ha sido eso? -preguntó Radich.

– Un tren. Están colocando los vagones de un tren de mercancías. Cada vagón que agregan produce un impacto que hace reverberar toda la cadena. Como si fueran vértebras.

– ¿Se ha acostumbrado a esto?

– Bueno, no pasa a todas horas. Sin embargo, los trenes lo hacen algunas veces al día. Varias, diría. Estoy acostumbrada, y a Shiloh incluso le gusta, según dice.

– ¿Fue usted al depósito de cadáveres para una identificación? -Radich volvió al hilo de la conversación que llevábamos.

– En efecto. No era él.

– ¿Por qué la llamaron? ¿No disponían de huellas dactilares? -preguntó Radich tras acabar su Heineken.

– Creo que no. El asistente forense me dijo que las huellas eran… -me interrumpí, intentando encontrar la palabra exacta-. Al parecer, no servían.

– ¿Por qué no?

– No… no lo sé -La pregunta de Radich era coherente. Yo no se lo había preguntado a Rossella, supongo, sólo por el miedo de descubrir que se trataba de él. Shiloh; pensé de manera lógica-. Dijo algo acerca de la exposición del cuerpo al aire libre.

– Sé que la medicina forense no es su fuerte, ni tampoco el mío -dijo Radich-, pero tengo entendido que siempre hay huellas. Sólo desaparecen en caso de calor extremo o desecación, porque la piel se vuelve lisa. He oído hablar de ello.

– Pero ése no era el caso -dije despaciosamente, viendo en mi interior aquella mano derecha en busca de la herida que le había inferido Annelise Eliot.

– Habrá sido un mal trago, ir hasta allí para nada -dijo, dando aparentemente por acabada la conversación. Comenzó a introducir los restos de la comida en la bolsa blanca.

– Yo lavaré -dije, apartándolo con un gesto de las manos-. Estaba todo muy bueno, de verdad.

– Usted tiene mi teléfono del trabajo -dijo tras ponerse de pie y sacar una pluma de su chaqueta-, pero creo que no tiene el de mi casa.

Echó una ojeada a la mesa, vio el menú de color melocotón y escribió dos números en él.

– El de mi casa y el móvil -dijo tendiéndomelo-. Si necesita alguna clase de ayuda… o más comida. -Su boca se torció ligeramente, sin llegar a sonreír, como si las circunstancias no se lo permitieran-. Llámeme.

– Gracias, de verdad -fue lo único que atiné a decir.

– Valor, muchacha.

– Eso intento.

– Todos lo sentimos mucho.

Sus cálidos ojos negros destilaban compasión. Radich llevaba demasiado tiempo en el cuerpo como para decirme que todo se arreglaría.

Capítulo 10

A la mañana siguiente me dirigí al trabajo. Cuando llegué, Vang ya estaba allí.

– ¿Alguna novedad, Pribeck?

– Nada -dije meneando la cabeza-. El asunto me está volviendo loca. Nadie sabe nada. Nadie lo ha visto.

Era la verdad. Había recogido los faxes de hospitales y bancos a lo que había requerido. Había telefoneado al único número de nuestra agenda telefónica que aún no había identificado y resultó corresponder a la oficina del fiscal de San Diego. Coverdell, que trabajaba en el caso Eliot, había explicado que Shiloh había hecho algunas preguntas acerca de la investigación.

– ¿Cuándo fue la última vez que habló con usted? -pregunté a Coverdell-Hace cosa de una semana. No recuerdo qué día -había dicho.

Vang cogió su teléfono, marcó un número y escuchó sujetando el auricular entre el hombro y la mandíbula. No pronunció ni una palabra, se limitaba a tomar nota de sus mensajes en una libreta.

– Prewitt quiere verte -me dijo, apenas hubo colgado.

– ¿De verdad? -levanté la mirada en busca de la expresión de Vang. Prewitt era nuestro teniente-. ¿Ha dicho para qué?

– Me figuro qué se trata de tu marido. Sólo me dijo: «Cuando la vea, dígale que venga a verme». Parecía urgente. Si estuviese en tu lugar, iría a verlo ahora mismo. Está en las oficinas. -Hizo una pausa-. Bonney ha reaparecido, por cierto.

Debí de parecer muy desorientada, ya que Vang se vio obligado a precisar.

– ¿No recuerdas? Sí, el agresor sexual de Wayzata. Al parecer no aparecía porque había intercambiado turnos con un compañero de trabajo que necesitaba algunos días; o sea, que su ausencia fue del todo inocente.

– ¿Ah, sí? -dije sin ninguna clase de interés.

– Admitió haber atropellado y enterrado al perro. Lloraba mientras lo confesaba. Bueno… ya veo que prefieres estar sola, ¿no es así?

– Disculpa -le contesté mientras, tras mirarlo, toda mi atención se concentraba en los faxes-. Estoy un poco en las nubes.

– Bien -dijo, afirmando con la cabeza-. Debería irme. Me espera la brigada de niños desaparecidos.

– Ah, claro -dije. Cuando no estaba de permiso, yo también iría, igual que Genevieve.

Algo en la voz de Vang, sin embargo, me hizo sentir que no había terminado. Lo volví a mirar por encima de mi bandeja de fax y le pregunté qué pasaba.

– Mira -dijo-, Prewitt se puso en contacto con el médico. Le habló de tu situación. Deberías hablar con él sobre un cadáver no identificado, en la morgue.

– Ya lo he hecho.

– ¡No me digas! Pues sí que has ido rápido. Te llamé ayer por la noche para avisarte.

– No te preocupes por eso -le dije.

Pero ya era demasiado tarde. Intenté despejar de mi cabeza la figura de Rossella, pero volvía por su cuenta a mi paisaje mental. Pensaba en el modo en que me había llamado «Señora Shiloh» cuando estábamos en el depósito, y no «Detective Pribeck», así como en su sonrisa privada al darme las gracias cuando me fui de la morgue.

Los sargentos a los que alguna vez había tenido que consultar, se veían obligados a quitar un montón de papeles de la silla del visitante, antes de que éste pudiera sentarse: sobres marrones, documentos de toda clase.

El teniente Prewitt, en cambio, tenía una oficina de verdad, aunque pequeña. La silla de visitas estaba dispuesta a recibirme. Genevieve tuvo que presentarle informes varias veces; ahora, ya que ella no estaba, me tocaba a mí. De no ser por esta circunstancia, nunca habría tenido la oportunidad, o la necesidad, de hablar con Prewitt.

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